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La dignidad de los comerratas

Dignidad1Soledad Suárez, Presidenta de Manos Unidas, está realizando un viaje por la zona norte de India, junto con un grupo de periodistas, la responsable de medios de comunicación de la organización, y la coordinadora de proyectos de la zona, para visitar alguna de las iniciativas de desarrollo que nuestra organización apoya en este país.

A su vuelta nos contarán más cosas, pero mientras tanto, además de seguir su viaje en Twitter con el hashtag #ConexiónIndia, te invitamos a leer el sobrecogedor artículo que Juan Luis Sánchez, de Eldiario.es acaba de enviar desde allí.

La dignidad de los comerratas

Reportaje en eldiario.es

A Jyoti la llaman comerratas. Sostiene a su hermana en brazos y camina sin resbalar por el fanguizal que es hoy su aldea después de la lluvia. Dice que tiene 19 años y parece que son 13: figura menuda, ojos de niña que ya no juega, un adorno en la nariz.

A Jyoti la llaman comerratas, como a toda su familia. Viven en la aldea de Kapil Dhara, a unos kilómetros al norte de la ciudad sagrada de Varanasi (Benarés), en el corazón del valle del Ganges, una explanada eterna que es el paraíso de los dioses hindúes y budistas y una ciénaga para sus mortales. En los 10 kilómetros que separan el río santo de la aldea de Jyoti se extiende la vida en forma de pasta densa y concentrada, como si no hubiera sido terminada de untar. Una pobreza urbana monocorde y contundente camufla entre borrones de suciedad escenas que ya por separado serían insoportables. El barro colecciona rostros, el agua encharcada hace tiempo que dejó de buscar una alcantarilla, los edificios son tela raída.

NiñoEn el epicentro mundial de la superpoblación las leyes de la física mutan; las motos y los coches están libres de las reglas de la inercia, sus conductores no sienten miedo; los que pasean no pasean, atraviesan corrientes de tráfico y esquivan hombros; la gravedad no afecta a las estanterías de las tiendas, que acumulan telas, zapatos y semillas que a pesar del bullicio están ahí para no ser vendidas nunca; las ruedas de las bicicletas y los rickshaws no se pinchan a pesar de que el asfalto de las calles está enterrado en polvo y basura, agujeros y piedras; los hombres resisten recostados sobre cualquier esquina el murmullo infartado de las bocinas, que no se avisan sino que conversan.

El punto de apoyo para que Varanasi no pierda por completo su contacto con las normas físicas de este mundo parece estar sobre el lomo de las vacas: deambulan nunca muy lejos de sus invisibles dueños con la parsimonia de la que respira aire tranquilo en una dehesa, con la tranquilidad de lo sagrado, con la pesadez del centro de una órbita.

A Jyoti la llaman comerratas, como a toda su familia, como a muchas de las personas de su aldea. Mira con ojos avergonzados y escépticos. Le preguntamos qué quiere ser de mayor en un impulso egoísta para recibir una caricia de su inocencia todavía infantil, para que contradiga con algo de esperanza lo que dicen sus ropas, su pelo, sus pies, sus manos, su debilidad física. “Maestra”, responde sin entusiasmo, consciente de la ficción. “Ya eres maestra de tu hermana, ¿verdad?”, decimos ya rozando el patetismo. “Sí”.

Los padres de Jyoti han tenido cuatro hijas y dos hijos; eso para una familia pobre india es un problema: significa que tendrán que pagar una dote a cada uno de los maridos de sus cuatro hijas por “hacerse cargo” de sus mujeres. Una ruina. India, con 1.200 millones de habitantes, es de los pocos lugares del mundo donde hay más hombres que mujeres: muchas niñas son asesinadas por sus padres al nacer y conforme la tecnología avanza las clases medias y altas pueden acceder a radiografías y abortos selectivos en función del sexo detectado en el feto.

A Jyoti la llaman comerratas, como a toda su familia, como a muchas de las personas de su aldea, como a cientos de miles de personas más en varios estados del norte de la India, porque así es como llaman a toda su tribu: son los musahar, un grupo de la casta de “los intocables”, el nivel más excluido del sistema de segregación social que sigue imperando en la India a pesar de los esfuerzos públicos por corregirlo a través de cuotas y discriminación positiva en algunas instituciones.

La propia filosofía divina que hay tras el sistema de castas frena esa emancipación: la creencia hindú dice que quien ha nacido siendo un dalit, un marginado, es como pago por lo hecho en una vida anterior; por tanto, lo que hay que hacer para ser algo más privilegiado es portarse bien en esta vida.

Dice la leyenda que cuando fueron creados los primeros hombres, los dioses les entregaron un caballo y una herramienta de trabajo. Uno de ellos usó la herramienta para hacer dos agujeros a cada lado del vientre de su animal para poder fijar allí sus pies y no caerse al montar. Esa crueldad enfadó mucho al dios Parmeshwar, que le hizo a él y a sus descendientes cazadores de ratas. Con este agradable cuento como argumento, el sistema de castas ha relegado tradicionalmente a los musahar –que de hecho significa literalmente “buscadores de ratas”. El sacerdote Abhi, que lleva 35 años trabajando en el estado de Uttar Pradesh, hizo su tesis doctoral sobre los musahar: “como solo consiguen trabajo en la agricultura, cazan ratas para poder comer”, nos explica. “Cavan debajo de las plantaciones de arroz porque saben que allí se esconden los roedores”, dice. Esos cultuvos pertenecen a terratenientes de otras castas que les dan trabajo como agricultores unos meses al año.

En las camas de Kapil Dhara no hay colchones. Un somier de madera atravesado por cuerdas gruesas preside los cuartuchos de casas de barro; de pared a pared, algunas veces de ladrillo como símbolo de prosperidad, un cordel sostiene el peso de las colchas y de la ropa familiar que escurren la humedad.

Un niño llora en una cama de la aldea de Kapil Dhara. El 85% de los musarah sufren desnutrición; más del 40% de la población del estado de Uttar Pradesh vive en la pobreza. Varanasi (India), 2013. Foto: Juan Luis Sánchez

En la calle empedrada un cerdo engorda en un barrizal oscuro a la puerta de una casa que venderá su carne. En la esquina de más acá luce una pequeña tienda que presume con tiras de paquetitos de dulces prefabricados colgando del quicio y bolsas de galletas clavadas en la pared; en el escalón, la madre prepara bandejas de cereales, la abuela pela verdura y los niños juegan con dos piedras redondeadas hasta que hacen de canicas. El padre de la familia, que va y viene con la moto cada tanto a por la mercancía, observa desde el claroscuro.

Una de las cosas que ve, a su derecha, es a dos chicas en los límites del cultivo fregando los platos con barro, a falta de estropajo y jabón. A su izquierda, una señora hace una de las especialidades de los musahar, unas coronas de hojas secas cosidas para emplatar comida en bodas y fiestas.

La tienda, el cerdo, las coronas… estas iniciativas de autoempleo surgen con la ayuda de un sistema de microcréditos que poco a poco cambia la mentalidad y las oportunidades en aldeas como esta. Las mujeres –siempre las mujeres– ahorran hasta que tienen un bote suficiente como para dar prestado a alguna familia de la comunidad que tenga un proyecto de economía productiva –no vale reparar la casa, y mira que lo necesitan– y quiera financiarlo. La familia se compromete a devolver el dinero a ese mismo bote con un interés del 2%, en lugar del 10% de bancos que además no confiarían un crédito a personas tan pobres.

El porcentaje de personas que saben escribir y leer no llega al 3% y en el caso de las mujeres la cifra es prácticamente ruido estadístico. Sin ayuda no podrían y las organizaciones locales hacen de guía técnico y sobre todo emocional en un viaje de emancipación que parte desde el cero más absoluto. En Kapil Dhara y otras aldeas de la zona, la organización Lok Chetana Samiti, que coordina el sacerdote misionero Shathish Augustine, recibe dinero de Manos Unidas para el desarrollo comunitario a través de la actividad económica y social de las mujeres.

El viaje hacia la dignidad en la ciénaga santa de Varanasi necesita de mitos nuevos; necesita de leyendas que cambien la condena divina por autoestima, la reencarnación por la urgencia, la sumisión por la lucha. Y esa historia, y es real, se cuenta en una aldea muy cerca de Kapil Dhara, donde viven las 120 mujeres de azul de Gaura Kala.

Hace seis años eran tan pobres, tan sometidas, tan poco conscientes de sí mismas, tan maltratadas como lo son hoy las de Kapil Dhara. El mismo sistema de microcréditos que ahora ensayan entre cerdos y hojas cosidas sus vecinas les ha llevado a formar una comunidad activa y hasta activista con el paso de los años.

A las mujeres de azul de Gaura no hay que escarbarlas con preguntas estúpidas de respuestas estériles, ellas llevan la iniciativa de la conversación en un discurso que, sin traducir, ya suena elocuente. Grueso como lo son sus libros de anotaciones donde organizan las entradas y dineros del banco. Estimulante como la idea de saber que han organizado un grupo de presión para ir a reclamar trabajo a la puerta de responsables empresariales y políticos para hacer pozos, carreteras o canalizaciones. Esperanzador como escuchar de su boca, en una zona empobrecida y marginada con la excusa del castigo divino, donde el matrimonio es concertado y el nacimiento de una hija es una carga, que ese grupo de 120 mujeres de azul de Gaura Kala tiene el valor de ir a las casas si es necesario para advertir a algún hombre que, a su compañera, ni un golpe más.

Nota: Esta cobertura de eldiario.es en India es posible por la invitación de Manos Unidas. La ONG ha corrido con los gastos del viaje.