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Los niños, los más vulnerables ante los desastres naturales

MANOS UNIDASNuestra “Mirada a la igualdad” nos lleva este mes a la localidad de Medellín, en Colombia. Allí, donde el aire huele a conflicto y a violencia, hemos conocido a Trinidad Correa, mujer, cabeza de familia, víctima de un enfrentamiento que parece no tener fin, ycapaz de triunfar frente a la adversidad.

Aprovechando que en el 25 de noviembre se conmemora el Día internacional para la eliminación de la violencia contra la mujer, y con motivo de nuestra campaña “No hay justicia sin igualdad”, en Manos Unidas queremos dar a conocer un dato realmente espeluznante: hasta un 70% de las mujeres sufren algún tipo de violencia en su vida.

Con la denuncia de este mes, nos hemos centrado en los conflictos armados como fuente de violencia contra las mujeres. Una violencia que puede ejercerse de diferentes maneras; desde la agresión sexual hasta el desplazamiento forzado, pasando por el homicidio, la tortura, el despojo de bienes y el reclutamiento forzoso.

La protagonista de nuestra historia, Trinidad Correa, es una de esas víctimas de la guerra. Trinidad nos cuenta como, por causa del conflicto armado que afecta a Colombia desde hace más de treinta años, tuvo que dejar atrás su vida en el municipio de Ituango, huyendo de las Farc y de los paramilitares, para trasladarse a Medellín, ciudad conocida por la violencia que ejercen los narcotraficantes y las pandilla de jóvenes, los combos.

Trinidad, una mujer que parece crecerse ante la adversidad, tuvo la fortuna de conocer a las hermanas Franciscanas y entró a formar parte del proyecto de la fundación “Esperanza y Vida”, que atiende y apoya a mujeres víctimas de ese conflicto que parece no tener fin.

“Yo, Trinidad Corre de Aguirre, madre, cabeza de familia doy gracias por este medio, por la ayuda recibida, la cual nos ha permitido superar nuestras dificultades, debidas al desplazamiento del que fuimos víctimas de una vereda del municipio de Ituango; de donde tuvimos que huir, dejando todas nuestras pertenencias: tierras, ganado, gallinas, marranos… Cultivos de maíz, plátano; todo.

Llegamos a Medellín y nos ubicamos en una invasión llamada “La Iguana”, a la orilla de una quebrada. Allí, con mis hijos, luchamos como se pudo, pero fuimos desalojados por las autoridades por el riesgo de inundación. Nos reubicamos en el barrio “El Limonar”, del municipio de La Estrella. Con ayuda de la Fundación “Esperanza y vida” y de Manos Unidas, estamos trabajando en un tallercito de confecciones. (…) y no nos vemos en la necesidad de trabajar con máquinas prestadas de grandes empresas textileras de Medellín.

Manos Unidas quiso formar parte del proyecto de la fundación “Esperanza y Vida”, que pusieron en marcha las hermanas Franciscanas en el año 2002, con el fin de apoyar a familias desplazadas, provenientes de zonas rurales y marginales.

Estas familias dependen en gran medida de los ingresos esporádicos que las mujeres cabeza de familia reciben de las empresas textiles, la principal industria de la zona. Otras viven de la venta de diversos productos en las calles de la ciudad, aunque este “trabajo” suele estar asignado a los pequeños de la familia, con el consiguiente abandono escolar.

Las hermanas Franciscanas en Medellín pensaron que, en un entorno textil, un taller sería la mejor solución para paliar la pobreza de muchas mujeres de los barrios marginales. Así surgió el primer taller del que, con los años, y gracias al apoyo de organizaciones como Manos Unidas, han surgido pequeños negocios particulares que las mujeres llevan a cabo en sus casas.

Pero el trabajo de “Esperenza y Vida” no queda ahí. Además de la formación y capacitación para el buen funcionamiento de los talleres, las mujeres reciben apoyo psicosocial, imprescindible para superar los traumas de la violencia y el conflicto.

Ya en el año 2010, cuando Manos Unidas fue premiada con el premio Príncipe de Asturias, RTVE mostraba este proyecto que hoy sigue acompañando a esas valientes mujeres de Medellín. Para verlo, pincha aquí.