Benin 02

Los “niños de la calle” de Benín

benin 02No se puede creer si no se ve. Algunos voluntarios misioneros lo han visto. Los llamados “niños de la calle”viven en los basureros y en los mercados callejeros colindantes a las  grandes ciudades de Cotonou, Porto Novo y Semé en Benín. Durante el día revuelven los deshechos buscando materiales reciclables para vender y se ofrecen en los mercados como porteadores de paquetes. Por la noche duermen sobre unos cartones entre los puestos del mercado y algunos haciendo pequeñas cuevas en los mismos basureros.

Allí entran en contacto con ellos los misioneros salesianos que tienen montados unos puestos entre las tiendas llamados: “Foyer (hogar) Don Bosco” donde acoger a estos chicos. ¿Quiénes son estos “niños”?. Ante todo hay que decir que no son tan niños pues sus edades van desde los ocho hasta los veinte años.

Son niños, adolescentes y jóvenes  maltratados violentamente por los patrones que los hacen trabajar en situaciones esclavizantes, otros han sido vendidos y se han escapado, otros vienen de la policía que los ha sorprendido en robos, proceden de familias rotas en las que han recibido malos tratos y los han abandonado a su suerte, otros son víctima de maleficios de la brujería y el budú, algunos son delincuentes.

La descripción no puede ser más desgarradora, ni más real. Nadie se puede imaginar, si no habla con ellos, cómo acumulan todas las miserias del mundo.

La calle los deja deshechos. Carencias afectivas, incultura, malos hábitos, pobreza extrema, abandono, violencia, malos tratos, enfermedades… Esta descripción es dura pero real. Impresiona y deja herido el corazón sensible.  ¿Qué porvenir les espera a estos pobres?

Ahí entra la caridad cristiana, encarnada por los hijos de San Juan Bosco. Siguiendo su más genuino carisma buscan con amor a estos hijos de Dios que están tirados, los cuidan con amabilidad y les abren un camino en la vida. Solo la fe y el amor pueden abrir los ojos, el corazón y las manos a esta realidad. Este primer encuentro de los misioneros salesianos  con los niños de la calle es admirable. A partir de ese momento se inicia un proceso de recuperación muy bien estructurado y experimentado.

El maravilloso proyecto de reinserción comienza en las casetas o Foyer (hogar) Don Bosco, llamadas en francés “barraques”. Allí llegan maltrechos, desarrapados, cansados, desnutridos, miedosos y encuentran un inicial pequeño hogar.

Los educadores los reciben, comienzan con muchos la alfabetización, les enseñan los rudimentos de las matemáticas, higiene y buenas costumbres. También juegan, se entretienen y hacen sus fiestecillas.

Muchas veces han tenido que ver algo con la policía, que no ha conseguido de ellos ni saber su nombre, ni de qué familia son, ni de qué aldea o barrio vinieron a parar allí. En cambio, la pedagogía del amor del sistema preventivo de los salesianos, la amabilidad, comienza a hacer milagros pues se abren a los educadores que se enteran de sus vidas. A partir de algunos datos se busca a sus familias para programar acciones conjuntas, si se puede. Cada uno carga con un drama espeluznante. Quizás podemos intentar imaginarlos, reconociendo que siempre la realidad supera a la imaginación. Es mejor no contar casos particulares para no humillarlos ni con las letras, pues son hijos de Dios y hermanos en Cristo y merecen la categoría de toda persona y todo el respeto más exquisito. De esto se dan cuenta los chicos cuando entran en los Hogares Don Bosco.

Hay que ver qué pronto aprenden a agradecer, a saludar, a sonreír. Enseguida son felices con bien poco. Cuando el misionero, los educadores y los voluntarios van a su terreno y están en sus faenas no se esconden. Se acercan sonrientes y saludan de forma muy efusiva. Se sienten orgullosos de ser sus amigos.

¿Qué les pasa a los voluntarios misioneros cuando reciben el impacto de esta realidad? Se sensibilizan, se les conmueven las entrañas y se les revolucionan todos sus esquemas. Su cabeza es un hervidero de preguntas. ¿Por qué el mundo es así? ¿Quién es el causante, a quién hay que denunciar? ¿Por qué a ellos y no a mí? ¿Qué tenemos que hacer? La respuesta se la da el misionero: aprender de ellos que son los pobres de Dios, que nos evangelizan más de lo que les evangelizamos,  que nos ayudan más de lo que les ayudamos.

Todo tiene un contrapunto. También la descripción real de “los niños de la calle” de Benin. Si nos quedamos con el platillo negativo de la balanza es para ponerse a llorar, pero esto no arregla nada. El platillo positivo, ilusionante y esperanzador es la acción caritativa de los misioneros que están en primera línea y de todos los que estamos aquí, en la retaguardia, apoyándolos con la oración para que sean valientes, con nuestro afecto para que vivan alegres y con nuestro dinero para que sean eficaces.  n

Félix García de Eulate, desde Benín