Adiós a Sor María de Jesús

El pasado 25 de octubre, enterrábamos en la cripta de la Iglesia del Convento de las Clarisas de Cintruénigo a mi tía Pilar, Sor María de Jesús en religión, recién cumplidos noventa y cinco años y con setenta y cinco de vida religiosa como clarisa. Y lo hacíamos dando gracias a Dios y parafraseando a su padre en la fe San Francisco de Asís, con su Cántico de las Criaturas: «Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, y hoy especialmente alabado seas por habernos permitido conocer y amar a tu hija Pilar».

Recuerdo aquellos años de mi infancia en que íbamos en familia a visitar a las monjas. Siempre acudían en comunidad a la «reja», como llamábamos a la celosía que nos separaba de la clausura. Conversaciones llenas de risas sobre los acontecimientos familiares y del mundo en general, acompañadas por las ricas «tontas», pastas redondas y pequeñas con sabor a anís que nos regalaban y nos sabían a gloria. Y siempre la pregunta de mi tía: oye niño, ¿tú ya rezas?, con dulzura y una sonrisa siempre en los labios. No recuerdo lo que yo podía responder pero seguro que tenía la boca llena con aquellas ricas pastas…

Lo que sí recuerdo bien es que me costó mucho comprender lo que significaba ese estilo de vida. El cómo una joven de casi veinte años es capaz de entrar en un convento de clausura para dedicarse a la oración en pobreza casi extrema. Y siempre las preguntas: ¿no hubiese hecho más y mejor como misionera? ¿o en otro tipo de orden religiosa de vida más activa? ¿no será la vida contemplativa una especie de huida de los problemas del mundo?…

Comencé a entender cuando con los años empecé yo mismo, a sentir la llamada al sacerdocio que no cuajó hasta que no me tomé en serio la vida de oración. Yo sé además, con la certeza que sólo puede dar el corazón, que en mi vocación la oración de intercesión de mi tía tuvo un papel muy importante. Es más, estoy seguro que su oración ha sostenido la vida de mi familia y la de mi pueblo. Y que la oración de todos la que la practican es la fuente de gracia y bendición que atrae el favor de Dios sobre el mundo, cada día, todos los días.

Así, año tras año, mi tía vivió la vida conventual con las vicisitudes propias de la vida religiosa del posconcilio: la falta de vocaciones, el envejecimiento de la comunidad, la incomprensión hacia su estilo de vida, la secularización… Pero el claustro nunca le impidió estar al tanto de lo que pasaba en el mundo y a su alrededor que conocía a través de las visitas y las noticias de la radio que escuchaban en comunidad en algún momento de recreación. Nunca perdió la esperanza, siempre me decía si conocía alguna joven con vocación para invitarle a entrar en el convento. Y recuerdo también que en alguna ocasión me dijo que para ella la pérdida de la oración estaba en el origen de todos los males.

Así fue la vida de mi tía, una vida escondida en Cristo, al más genuino estilo de los pobres del evangelio, una vida dedicada a la oración y al regalo de su sonrisa a todo el mundo. En sus últimas visitas al hospital nos comentaban los médicos y enfermeras lo sorprendidos que estaban de cómo a pesar de los dolores, pinchazos y tratamientos, nunca le veían un mal gesto, una queja, y siempre con una sonrisa. ¡Ay querida tía! esa sonrisa que nunca olvidaré y que espero reencontrar un día junto a Dios.

José Mª Garbayo Solana

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