Iranzu

Encuentro de sacerdotes en Iranzu

Un año más, el monasterio de Santa María de Iranzu acogió, del 27 al 29 de agosto, el Encuentro de Sacerdotes, que en esta ocasión cumplía su XXXII edición y que llevaban por tema “Liturgia y Espiritualidad”.
La primera ponencia titulada “El sentido espiritual de la liturgia” corrió a cargo del P. Juan Javier Flores (OSB), rector del Pontifico Instituto de Liturgia San Anselmo de Roma. En síntesis, destacó cómo es la persona de Cristo quien une ambos términos, pues su vida representa “la plenitud del culto en espíritu y en verdad”. Por eso “la vida espiritual del cristiano se origina, se incrementa y llega a su plenitud en la liturgia, pues en ella recibimos la vida de Cristo resucitado”.
La segunda jornada estuvo dedicada al tema “Descubrir hoy la espiritualidad de la eucaristía. Su relación con la vida”. Santiago Cañardo, Vicario de Fe y Cultura, señaló que el problema fundamental de la Iglesia es la pérdida de espiritualidad.” La gente se va porque no se siente alimentada. No llegan a tener un encuentro con Jesucristo”. La respuesta a este problema pasa por la denominada “conversión misionera” a la que nos llama el Papa Francisco y el Plan Pastoral, “haciendo de cada parroquia una comunidad de discípulos, en torno a la eucaristía dominical”.
La tercera ponencia, de Mikel Garciandía, Vicario de Mendialde, quiso aterrizar en “La celebración dominical en las unidades pastorales” en las que se agruparán las actuales parroquias, según los objetivos del Plan Pastoral. Señaló que con las UAP, “deseamos vivir la esperanza cristiana, crear comunidades que irradien vida, pasando de algo trasnochado a algo atractivo”.

A continuación ofrecemos las tres ponencias ofrecidas.

1. EL SENTIDO ESPIRITUAL DE LA LITURGIA
A cargo del P. Juan Javier Flores Arcas, OSB

Introducción: Diversos problemas que se plantean a la hora de comenzar

Para poder hablar del “sentido espiritual de la liturgia” habrá que clarificar bien qué se entiende por espiritualidad y qué noción tenemos de liturgia.
Existe una gran complejidad de tema en sí, que es sintético, más que analítico.
Nosotros partimos de la celebración, no filosofamos, partimos de la vida, de la vida litúrgica sacramental y extra sacramental. No hacemos teorías en el aire.
La liturgia es una sinergia teantrópica.
Hablamos del homo liturgicus. Partimos del hombre y volvemos a Dios.
La materia toca a todo el hombre que vive su dimensión espiritual.
Hay, para empezar, la necesidad de clarificar las nociones de espiritualidad y de liturgia.

Espiritualidad:
Desde el siglo XVII, la palabra “espiritualidad” se emplea en francés para designar “todo cuanto se relaciona con los ejercicios interiores del alma desligada de la vida de los sentidos, que no busca sino perfeccionarse a los ojos de Dios” . Vida espiritual quiere decir, por tanto hábito de meditar o contemplar, solicitud por examinarse y estudiarse a sí mismo para llegar a la perfección cristiana. Se emplea también, como sustantivo, la palabra espiritual para designar al que se entrega especialmente a este género de vida. Pero al lado de estos vocablos existen otros muchos de significación parecida como vida interior, vida sobrenatural, perfección espiritual, ascesis, vida mística…todas llevan consigo, en mayor o menor grado la idea común de vida cristiana superior por algún concepto, levantada sobre lo que estrictamente se requiere para la salvación del alma . Aquí tenemos una definición clásica de un autor clásico de los años 50
Hoy con la visión que tenemos de la vida de la Iglesia y con la renovación conciliar en todos los sentidos, la espiritualidad comienza a verse más bien como la reflexión teológica sobre el vivir cristiano. Se trata de una vida en el cristiano en “espíritu y en verdad”, una vida espiritual en cuanto portadora del Espíritu que recibimos en el bautismo y en la confirmación y que se va acrecentando con toda la vida sacramental.
La espiritualidad no es técnica de vida espiritual o modos de vidas sino vida en el Espíritu de Cristo Resucitado.
Vida espiritual es vida según el Espíritu que habita en nosotros. Partimos de esta vida en el Espíritu, porque:
Ø por el Espíritu la espiritualidad se hace cristiana.
Ø por Cristo la espiritualidad se hace Cristo céntrica y puesto que Cristo es «la plenituddel culto»(S C nº5) se convierte automáticamente en liturgia. Por tanto:
ni Cristo sin Espíritu Santo
ni Espíritu Santo sin Cristo

LITURGIA:
Es la celebración del Misterio Pascual de Cristo o con palabras de la Sacrosanctum Concilium «el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la cual y mediante signos sensibles, se significa y se realiza…la santificación del hombre».
No olvidemos que «Cristo es la plenitud del culto divino». Por tanto nunca comprenderán lo que es la liturgia o, en nuestro caso, el sentido espiritual de la liturgia quien pretenda que la liturgia son las ceremonias o las rúbricas, o tiene un sentido jurídico de la liturgia o una visión exclusivamente pastoral o pastoralista o, incluso, una visión estética o catequética o únicamente antropológica de la liturgia.
Con parciales o falsos conceptos de liturgia nunca se comprenderá ni aceptará un sentido espiritual de la acción litúrgica y volveremos a relegar la vida espiritual exclusivamente al ámbito interior y privado.
Podemos decir que si espiritualidad es vida según el Espíritu y si liturgia es celebración del misterio de Cristo, por tanto espiritualidad es Liturgia y Liturgia es espiritualidad.Existe, por tanto, un sentido espiritual de la liturgia que nos hace percibir la presencia del Espíritu en nosotros.

Puntos claves para crear un sentido espiritual de la liturgia
Toda espiritualidad auténticamente cristiana tiene que tener en la realidad litúrgico-sacramental su fuente y su culmen.La vida espiritual cristiana nos es transmitida, se desarrolla, madura, llega a su perfección sobre todo a través de la liturgia, a partir del bautismo que es la fuente y el inicio de la vida espiritual de todo cristiano.
La vitalidad presente en toda espiritualidad cristiana puede reducirse a tonalidades y modalidades, pero en el fondo se concreta en vivir lo que es la liturgia y cuanto mana de la liturgia. Así no puede existir un profundo sentido espiritual de la liturgia en un ámbito donde existe una rotura entre espiritualidad y liturgia o una diferencia o rotura entre el momento celebrativo y la vida cristiana, o incluso en el área de las características opuestas a las que tiene la acción litúrgica en sí, es decir las que insisten en:

el individualismo,
el personalismo,
el devocionalismo,
el subjetivismo

posturas, actitudes, posiciones todas que contrastan con el ámbito litúrgico fundamentalmente comunitario y eclesial. Podríamos decir que si la liturgia es la fuente de la vida cristina, a su vez la liturgia tiene que ser la cumbre de toda vida espiritual dado que la liturgia está injertada en vida trinitaria que es actio Christi, in Ecclesia, virtuteSpiritus Sancti.
Del mismo modo no se puede tener una intensa vida espiritual al margen de la vida litúrgica, sin referencia explícita o implícita a las acciones litúrgico-sacramentales. Y cuanto más una espiritualidad esté cercana al estilo, modo, método, formas concretas a la liturgia, tanto más será perenne en el tiempo, fácil de vivir y perdurará a través de las generaciones (cfr. la Regula Benedicti y la vida monástica).

La liturgia es ante todo un acontecimiento de orden espiritual.

La liturgia en su vertiente espiritual tiende a hacer de cada fiel una custodia viva del Dios vivo, en medio de los hombres, extrayendo de la vida y del todo el cosmos una incesante doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo ahora y siempre por los siglos de los siglos.
La liturgia tiene que ser el eje vertebrador de la vida espiritual del cristiano e informar todo su obrar.
La catequesis y la pastoral tendrán que hacer ver el nexo estrecho que hay entre la vida litúrgica y la conducta moral.
La idea, no obstante, no es nueva. En efecto, ya el Papa Juan Pablo II, al cumplirse el XXV aniversario de la Constitución Conciliar, planeando el futuro de la renovación litúrgica, lanzaba un reto que conviene recoger y repasar: «La Liturgia de la Iglesia va más allá de la reforma litúrgica. No estamos en la misma situación que en 1963; una generación de sacerdotes y de fieles, que no ha conocido los libros litúrgicos anteriores a la reforma, actúa hoy con responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad. No se puede seguir hablando de cambios como en el tiempo de la publicación del Documento, pero sí de una profundización cada vez más intensa de la Liturgia de la Iglesia, celebrada según los libros vigentes y vivida ante todo como un hecho de orden espiritual» .


Una mistagogía de la celebración eucarística pensada para presbíteros
Lo primero es convocar: Un encuentro con el Señor.
Lo principal es la convocatoria, la llamada del Señor que es quien convoca, quien nos invita a venir a la Eucaristía.
Nos reunimos en asamblea y recordamos la bella expresión de a. Schemann de que “la Eucaristía es el sacramento de la asamblea”.
La asamblea litúrgica es la forma original y fundamental de la Iglesia en cuanto a través de ella la Iglesia dice a todos lo que ella es, su misión y su finalidad. De ahí que se hable hoy mucho de una eclesiología litúrgica de la que el Vaticano II ha hecho tanto hincapié. Leamos SC 41: “la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la Eucaristía, en una misma oración, junto a al único altar donde preside el Obispo rodeado de su presbiterio y ministros”.
Somos una asamblea litúrgica convocada por el Señor.
Algunas actitudes características.

Antes de entrar a celebrar la Divina Eucaristía reflexionamos a propósito de tres momentos sucesivos:

1. Dios convoca a su pueblo
2. Dios habla a su pueblo
3. Dios ratifica la alianza hecha con su pueblo

Sobre todo: Dios es quien convoca.

Recordemos: Éxodo 24.
Para designar a la asamblea de Israel el texto hebreo de la Escritura utiliza el sustantivo qahal que los LXX tradujeron por Ekklesia, es decir la asamblea litúrgica de los hijos de Israel convocados por Yahveh.
Luego somos Ekklesia, Iglesia convocada, no una simple asamblea sino la más alta manifestación del misterio del Pueblo de Dios reunido de tal modo que dicha convocatoria se convierte para nosotros en una asamblea litúrgica.
En el misal de Pablo VI el ordinario de la Misa comienza así: populo congregato; en cambio en el Misal de Pio V: sacerdos paratus.
La Eucaristía inicia cuando el pueblo se reúne
Es Dios quien llama y el pueblo responde a esa llamada y convocatoria.

Pero también: Dios es quien habla

Como Israel también la comunidad cristiana se constituye por la Palabra de Dios: Praedicaverunt verbum veritatis et genuerunt ecclesias (Agustín, In ps. 44, 23). Predicaron la Palabra de Dios y surgieron iglesias.
La asamblea litúrgica es el lugar hermeneútico original de las Escrituras: éstas se escuchan y se comprenden plenamente en la Ekklesia porque nacieron para una asamblea litúrgica.
La asamblea es el lugar teológico de la escucha, de la inteligencia, de la interpretación, de la actualización y de la eficacia de la Palabra de Dios

Y por supuesto: Dios ratifica la alianza hecha con su pueblo.
Los cristianos son convocados en asamblea para convertirse en el Cuerpo de Cristo: la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre del Señor por la acción del Espíritu Santo no es un fin en símismo sino que hay una doble epíclesis: sobre los dones y sobre quienes van a recibir los dones. Lo dice la segunda plegaria eucarística:” Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo” de ahí que podamos hablar del cuerpo eclesial y del cuerpo eucarístico.
Son dos cuerpos puestos en relación, el uno se refiere al otro de modo que la verdad del cuerpo eucarístico es el cuerpo eclesial.
Somos lo que recibimos.
Ya lo decía San Agustín: “nos hemos convertido en su cuerpo y por su misericordia nosotros somos aquello que recibimos” y en otro sitio: “los fieles saben lo que es el cuerpo de Cristo, si no descuidan ser ellos mismos también el cuerpo de Cristo”.
La Tradito Apostolica 35 define a nuestra asamblea litúrgica como el lugar ubi floret Spiritus. La asamblea convocada y reunida es el lugar donde el Espíritu da fruto.

El acto penitencial
Es un acto constitutivo y esencial que pertenece a la celebración eucarística desde el inicio, como leemos en Didaché 14, 1:“el domingo, día del Señor, habiéndonos reunido, romped el pan y dad gracias, confesando vuestras culpas de modo que vuestro sacrificio sea puro”.
San Francisco de Sales en su “Introducción a la vida devota” dice que desde el inicio de la Misa hasta que el sacerdote haya subido al altar, haga la preparación a la Misa que consiste en ponerse en la presencia de Dios, reconocer su indignidad y pedir perdón por sus propias culpas.
El significado espiritual del acto penitencial es el de acercarse a la santidad de Dios y purificar sus propios pecados.
Recordemos que según Lumen Gentiumnº8, la Iglesia es a la vez, sancta simul et purificanda. Leamos el texto: «Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación».
Santos por vocación pero pecadores por condición.
Recordemos Ex 25: quítate las sandalias porque esta es tierra santa…; San Agustín lo interpreta así: quitarse la sandalias es renunciar a las obras de la muerte….quitarse las sandalias es el símbolo de las disposiciones interiores necesarias para todos aquellos que en el culto llegan a la presencia de Dios para adorarlo: renunciar a las obras de la muerte, es decir, al pecado o bien acercarse a la santidad de Dios.
¿No deberíamos celebrar la Eucaristía con los pies descalzos?
El acto penitencial tiene el sentido de recorrer ese camino que es pasar de las obras del mundo a las obras de Dios…..exige una purificación preliminar como condición previa para estar en la presencia de Dios con el fin único de “celebrar dignamente los santos misterios” y unir nuestra voz con la liturgia del cielo.
En la Didaché se lee: “Dad gracias, confesad vuestras caídas para que de este modo el sacrificio sea puro” (14,1) y el mismo documento dice en otro sitio: “El que sea santo que venga. Quien no lo sea que se convierta. Maranatha. Amen” (10,6).
En este itinerario penitencial podemos también pensar en algunos pasos bíblicos como es el caso de la mujer adúltera: “lo dejaron sólo, y la mujer estaba allí en medio” (Jn 8,10) y san Agustín comenta: Relicti sunt duo, misera et misericordia. Se quedaron solos los dos, la miseria y la misericordia…Gracias al Misal de Pablo VI el acto penitencial es acción de la asamblea entera y esto es una gran adquisición fundamental de la reforma litúrgica.

La Liturgia de la Palabra
Podremos tomar como ejemplo Lc 4, 16-21: tipos de una liturgia de la Palabra. Cristo es el caput libri del Nuevo Testamento.
Hay tres elementos constitutivos de la liturgia de la Palabra que la Iglesia ha heredado de la Sinagoga:

• La comunidad que se reúne en asamblea litúrgica
• El libro de las Escrituras canónicas
• El lector que proclama la lectura

Hay por tanto una interacción entre comunidad, Escrituras y lector o voz de lector y a través de esta interacción la Palabra de Dios se hace evento, actúa de modo eficaz.
Hay una performance de la Palabra de Dios. Leamos Verbum Domini 11: “Esta condescendencia de Dios se cumple de manera insuperable con la encarnación del Verbo. La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Ga 4,4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación, nunca habría podido inventar. Se trata de una novedad inaudita y humanamente inconcebible: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn1, 14a). Esta expresión no se refiere a una figura retórica sino a una experiencia viva. La narra san Juan, testigo ocular: «Y hemos contemplado su gloria; gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14b). La fe apostólica testifica que la Palabra eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra divina se expresa verdaderamente con palabras humanas.

La comunidad de los creyentes reunidos en asamblea litúrgica. Este es el primer dato narrativo porque es el primer dato teológico y por tanto litúrgico. La comunidad precede a las Escrituras porque antes de la Biblia está el pueblo de la Biblia. La comunidad está antes que el libro que narra la experiencia de esa comunidad.
Es importante una norma litúrgica todavía en vigor en el culto sinagogal según la cual el rotulo de la ley no se puede sacar del arca que lo contiene para ser leída si no están presentes al menos diez hombres adultos. Se necesitan orejas que escuchen la Palabra proclamada. No es estudio es proclamación. El libro, quien lo lee y quien lo escucha están siempre situados dentro de la ekklesia.
La escucha de las Escrituras sucede sólo dentro de la Iglesia y en comunión con ella porque dentro de ella nacieron.

El libro. Es el segundo elemento. Jesús se levantó a leer; se le dio el rótulo del profeta. Jesús aparece como lector de la Palabra de Dios. Este Cristo que tiene entre sus manos el rotulo de las Escrituras es una verdadera y propia cristología iconográfica. Podríamos leer Nehemías 8, 1-3 y luego 8, 2.4-6 donde se insiste en levantar el libro en medio de todos los presentes y éstos se levantan en señal de respeto y veneración.
Elevar, a la vista de todos, el libro de las Escrituras es un acto ritual que manifiesta la presencia santa de Dios en medio de su pueblo. En la liturgia sinagogal sefardita se hace el rito de la hagbahà o levantamiento: antes de la lectura el rótulo se alza bien alto en un gesto de elevación u ostensión de modo que pasando por la sinagoga todos lo puedan ver y venerar mientras se canta: “Esta es la ley que Moisés dio a los hijos de Israel” (Dt 4, 44).
Elevando, alzando y venerando el leccionario o el Evangeliario, la Iglesia reclama la superioridad y autoridad de la Palabra de Dios sobre cada palabra humana.
La liturgia cristiana en su forma solemne también tiene dos ostensiones del Evangeliario. La primera durante la procesión inicial hasta colocarlo en el altar donde tronea y permanece hasta la proclamación del Evangelio. Antes del ambón el altar es el lugar privilegiado de la Palabra donde el Evangeliario está dentro de la liturgia.
El evangeliario en el altar: ocupa el puesto de los dones eucarísticos, de modo que así no es sólo objeto del culto sino también sujeto del mismo. La Dei Verbum 21 dice que el cristiano se nutre “del pan de la vida en la mesa del Señor sea de la Palabra de Dios sea del Cuerpo del Señor”.
Es importante este hecho de tomar el Evangeliario o el leccionario del altar. Significa y manifiesta la escucha y la comida eucarística de la Palabra de Dios.
Guillermo Durando en su obra Rationale divinorum officiorum IV, 25 interpreta así este gesto de tomar el Evangeliario del altar para manifestar la escucha: “La razón por la cual se toma el libro del altar es porque los apóstoles recibieron el evangeliario del altar cuando en su predicación recibieron la pasión del Señor”. Para Durando los apóstoles recibieron el evangeliario del altar porque la predicación evangélica es sobretodo anuncio de la Pasión de Cristo.
No lo olvidemos: manducatio panis-manducatio Verbi

El tercer elemento es el lector. Abrir el libro, proclamar la Palabra. Podemos recordar el capítulo 5º del Apocalipsis (5,2): ¿Quién es digno de abrir el libro y deshacer los sellos? En la sinagoga de Nazaret el exegeta Jesús abrió el rótulo y luego volvió a enrollarlo. Es el primer gesto de su ministerio como el tomar y dar el pan en la última cena fue el último gesto de su ministerio.
El presbítero toma el libro y lo abre como hizo Cristo. Leamos Ap. 5,9 donde se dice que sólo el cordero y ningún otro es digno de realizar este acto porque ha sido inmolado.
El lector es siempre esencial al libro.
La lectura forma parte de la Escritura, porque está hecha para ser leída.
La voz del lector pertenece al texto en un modo constitutivo y es función suya hacer que su voz se someta al texto escrito.
La lectura es un acto de Encarnación, dice Ivan Illich (“La Parola costruisce la comunitá” Qiqajon, Bose 1993, 49), por eso proclamar la Palabra ante la comunidad no es sólo leer en voz alta sino dirigir la Palabra de vida a la comunidad en el nombre del Señor.
Del texto de la Sagrada Escritura se debe de pasar a la palabra dirigida a una comunidad, por eso en la liturgia de la Palabra y a través de la Escritura, Dios habla y forma a su pueblo, crea la comunidad. Leamos SC 33: “Aunque la Sagrada Liturgia sea principalmente culto de la divina Majestad, contiene también una gran instrucción para el pueblo de Dios. En efecto en la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración”.
Presentación de los dones

Es un gesto y un rito que el Misal de Pablo VI bien descriptivo y bien situado.
Pensemos no obstante Mt. 5, 23-24: se tu presentas tu ofrenda al altar y te recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu don ante el altar y ves a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a depositar tu don al altar.
Se pasa de presentar el don al altar a dejarlo allí sobre el altar.
Se interrumpe el culto para que domine la caridad sobre el culto.
San Agustín insiste comentando este texto en la necesidad de interrumpir y remandar el acto cultual para afirmar el “primado de la caridad”.
No hay altar del Señor que no sea a la vez memoria del altar que es el hermano, por eso la Didascalia (IX, 26,8) ordena a los cristianos lo siguiente: “las viudas y los huérfanos serán para vosotros como un altar”.
El catecismo (nº 1350) dice que la presentación de los dones en el altar asume el gesto de Melquisedec y pone los dones del creador en las manos de Cristo que es quien en su sacrificio lleva a la perfección todos los tentativos humanos de ofrecer sacrificios. Leamos el texto:“La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, “tomando pan y una copa”. “Sólo la Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole con acción de gracias lo que proviene de su creación” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. Él es quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios.
Mientras se preparan los dones, nos abrimos a la acción de Dios que transformará en pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Normalmente durante este rito se hace una colecta…para la caridad. La Iglesia antigua lo hizo siempre para expresar los lazos de comunión. San Juan Crisóstomo decía: «El que ha dicho: Este es mi cuerpo. También ha dicho: Me habéis visto hambriento y no me habéis dado de comer y Lo que no has hecho a uno de estos más pequeños no lo has hecho a mí. Aprendamos a ser inteligentes y a honrar a Cristo como él quiere, dando nuestras riquezas a los pobres. Dios no tiene necesidad de ornamentos de oro, sino de almas de oro ¿cómo es posible que su mesa esté llena de cálices de oro, cuando él mismo muere fuera de hambre? Ante todo, sacia al hambriento y entonces con lo que sobra adornarás su mesa” (InMt. Homil L, 3-4 (PG 58, 509).
Leamos el texto del catecismo: “Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf. 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9):«Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en necesidad» (San Justino, Apologia, 1, 67,6).” (1351)

La plegaria eucarística

Llegamos al momento central de la celebración.
Toda la plegaria eucarística refleja elementos de comunión.
Se inicia cuando el sacerdote in persona Christi como hacía el mismo Cristo abre un diálogo con los fieles: El Señor esté con vosotros… y se concluye con un solemne “Amen”.
Veamos algunos elementos de la plegaria eucarística:

1) La epíclesis
2) La anamnesis
3) El relato de la institución
4) Las intercesiones
5) La doxología

La epíclesis: la invocación del Espíritu durante la gran plegaria eucarística se llama epíclesis. Pensamos en las diversas epíclesis de la historia de la salvación: en la Anunciación, en el Génesis, en Pentecostés. En la plegaria eucarística se invoca el Espíritu para que produzca una nueva creación; es un modo de manifestar que dicha acción proviene de Dios. Se pide al Padre que envíe su Espíritu-la potencia de su bendición- para que los dones santificados del pan y del vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y los que participan de la Eucaristía se conviertan en un solo cuerpo y un solo Espíritu. Lo dice claramente la epíclesis de la tercera plegaria eucarística:«Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la victima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad para que fortalecidos con el cuerpo y la sangre de tu Hijo lleguemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu».

La anamnesis: el memorial del Señor. Celebrando el memorial recordamos lo mismo que hizo Jesús, no como una lección de historia, sino como un acontecimiento que nos engloba a todos. Pensamos a la Pascua, el memorial de la salida de Egipto y el banquete que lo conmemoraba (Ex 12, 1-28). Pensemos en la Última Cena que Jesús celebró con sus discípulos en el contexto de la Pascua hebrea. Cuando llego el momento de comer el cordero, Jesús tomó el pan y el vino, los bendijo y proclamó: «Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros» y «Este es el cáliz de la nueva y eterna alianza en mi sangre que será derramada por vosotros» (Lc 22, 19-20). De este modo Jesús interpretó su muerte sobre la cruz como el sacrificio del nuevo cordero que habría salvado a la humanidad de la esclavitud del pecado y nos habría obtenido la libertad de los hijos de Dios juntamente con la comunión entre nosotros.
Por medio del memorial nos hacemos contemporáneos de Cristo, su “hoy” se convierte en un hoy permanente, leemos en el catecismo 1085:«En la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida».

El relato de la institución: narración de la institución y consagración. Con las palabras y los gestos de Jesús se realiza el sacrificio que el mismo Jesús instituyó en la última cena, cuando tomando las especies de pan y de vino ofreció su cuerpo y su sangre y se los dio a sus discípulos en forma de comida y les encargó perpetuar ese mismo misterio.

Las intercesiones. Actualizan el misterio en la realidad eclesial. Perdimos por todos: vivos y difuntos. Dice la Institutio que por las cuales (intercesiones) «se expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, tanto con la del cielo, como con la de la tierra; y que la oblación se ofrece por ella misma y por todos sus miembros, vivos y difuntos, llamados a participar de la redención y de la salvación adquiridas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo».

Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es afirmada y concluida con la aclamación Amén del pueblo.

Los ritos de comunión
Veremos sólo algunos momentos importantes como el Padre Nuestro y el Rito de la paz antes de la comunión.
Hay otros ritos significativos como el fermentum o también la inmixtio al partir el pan una parte del mismo se echa dentro del cáliz lo que es un recuerdo de una antigua praxis.
El rito de la paz. Antes de comulgar la liturgia nos invita a darnos fraternalmente la paz; esta paz es un don y no es sólo fruto de afecto o de sentimiento. El hermano al que doy o de quien recibo la paz es símbolo de aquél que tengo que perdonar o de quien quiero recibir el perdón. Podemos aplicar cuando leemos en LG 26: “en las comunidades, aunque sean pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa católica y apostólica”.

La fractio panis. Se parte el pan y lo recibimos partido.
Recibimos el cuerpo de Cristo porque somos cuerpo de Cristo. San Agustín lo expresa claramente:«si vosotros sois el cuerpo de Cristo y los miembros de Cristo, sobre el altar del Seño está depositado el misterio que vosotros sois: recibir vuestro misterio. A lo que sois responded: Amen. Se os dice “El cuerpo de Cristo” y respondéis: Amen. Sed miembros del cuerpo de Cristo, para que vuestro amen sea autentico» (Agostino, Discorsi 272).
La participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos. Leamos Lumen Gentium nº 26:«El Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del orden, es «el administrador de la gracia del supremo sacerdocio» sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra o procura que sea celebrada, y mediante la cual la Iglesia vive y crece continuamente. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidas a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias. Ellas son, en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y en gran plenitud (cf. 1 Ts 1,5). En ellas se congregan los fieles por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor «para que por medio del cuerpo y de la sangre del Señor quede unida toda la fraternidad». En toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y «unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede haber salvación». En estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Pues «la participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos».
Como el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así nosotros nos transformamos en este mismo Cuerpo y Sangre del Señor.
Llegamos a ser una comunidad de vida que supera cualquier división y crea una verdadera comunidad humana.

Los ritos de conclusión

Acabada la Misa “cada uno vuelva a su trabajo alabando y bendiciendo a Dios” (IGMR 90).
Volvamos a los discípulos de Emaús que se quedaron admirados y asustados de lo que habían visto y oído casi sin darse cuenta.
Ahora nos toca a nosotros llevar a la práctica lo que hemos celebrado.
Somos enviados al mundo para vivir la Eucaristía.
Volvamos a la Última Cena, después de lavar los pies Jesús dice: “Os he dado ejemplo para que también vosotros hagáis lo que yo he hecho (Jn 13, 15).Hay que dar a la vida una “forma eucarística”.
Lo expresa admirablemente bien la “Sacramentum caritatis” nº63: «La forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y comunitaria. El modo concreto en que cada fiel puede experimentar su pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la diócesis y las parroquias, como estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio particular. Las asociaciones, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades —con la vitalidad de sus carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo—, así como también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de dar su contribución específica para favorecer en los fieles la percepción de pertenecer al Señor (cf. Rm 14,8). El fenómeno de la secularización, que comporta aspectos marcadamente individualistas, ocasiona sus efectos deletéreos sobre todo en las personas que se aíslan, y por el escaso sentido de pertenencia. El cristianismo, desde sus comienzos, supone siempre una compañía, una red de relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la Palabra, la Celebración eucarística y animadas por el Espíritu Santo».
Comienza ahora- precisamente al final- la vida; tras la celebración, la vida, una forma de vida eucarística. O evangelizar con la vida.
Volvemos a la vida, con la Eucaristía celebrada.
Hay que volver a la “habitación interior” donde con la institución de la Eucaristía ha nacido también la Iglesia como familia de Dios, teniendo un solo corazón y una sola alma.
Hay que volver a la “habitación alta” para descubrir los latidos de Cristo que nos llama a vivir en plenitud el misterio.
Y de la “habitación interior” al “atrio de los gentiles” o al patio, a la calle, a la vida, al trabajo, a los quehaceres de la vida.De volver al trabajo alabando y bendiciendo a Dios…desde la óptica que Dios está en mí y yo en El.
Evangelizar con la vida y con las palabras.

Lo último: el Saludo al altar

Queda en paz, altar santo
y divino del Señor:
no sé si volveré a ti o no.
Que el Señor me conceda
verte un día en el cielo
en la asamblea de los primogénitos.
Y en esta esperanza
pongo mi confianza.

Queda en paz, altar santo
y propiciatorio;
que el santo cuerpo
y sangre del sacrificio
recibidos por ti
sirvan a la expiación de mis culpas
y a la remisión de mis pecados;
que me infundan confianza cuando me llegue la hora
de presentarme ante la estremecedora majestad
de nuestro Dios y Señor por los siglos.
Queda en paz, altar santo
y mesa de la vida;
implora para mí la misericordia
de nuestro Señor Jesucristo:
así, a partir de ahora y para siempre,
nunca desaparecerá de mi memoria
tu recuerdo.

Inscripción que se encuentran en el Catolicón de una Laura del Monte Athos y en la capilla de san Nicolás del mismo lugar

Estás contemplando el santuario
de la santa Mesa del Señor;
Permanece, pues, temblando, oh hombre,
baja los ojos al suelo.
Pues ahí dentro es inmolado
todos los días el Señor
y todos los grados del ejército
celestial le adoran con
santa sumisión y
llenos de temor.

Conclusión

Empezábamos hablando de la relación existente entre liturgia y espiritualidad.
Según los conceptos, las ideas que tengamos de una y otra, podremos crear un puente entre ambas.
Llegamos a establecer un sentido espiritual de la acción litúrgica.
Y lo aplicamos a la Eucaristía, porque es la fuente de la espiritualidad, así lo expresan muchas oraciones del Misal Romano de Pablo V:

«Que te agraden, Señor Dios, las ofrendas que te presentamos [en la fiesta de san Ignacio de Loyola;] concédenos que estos divinos misterios, que estableciste como fuente de toda santificación, nos santifiquen también en la verdad» .

¿Hay mayor santificación que la celebración de la Eucaristía?

Y en otra parte del Misal actual leemos:

«Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos gracias a tu generosidad para que estos santos misterios, donde tu poder actúa eficazmente, santifiquen los días de nuestra vida y nos conduzcan a las alegrías eternas» .

Si los misterios que celebramos son la fuente de la santificación de los cristianos, especialmente en la Divina Eucaristía, a ella hemos de recurrir continuamente y de ella hemos de alimentar nuestra vida espiritual.

2. Descubrir hoy la espiritualidad de la eucaristía. Su relación con la vida
A cargo de Santiago Cañardo

EL PROBLEMA: El desplome de la Eucaristía dominical en nuestro contexto
– Sus causas: La vivencia religiosa cristiana ha quedado desprovista en gran medida del encuadre cultural en el que se ha asentado durante siglos. El cristiano ya no nace (cristiano identitario o de pertenencia; cristianismo como agente identificador de un pueblo), sino que se hace (cristiano de elección, de decisión personal, de encuentro con Jesucristo en su Iglesia). La gente se va porque no se siente alimentada. No llegan a tener un encuentro con Jesucristo, una experiencia de Iglesia.
– El problema de la pérdida de espiritualidad es el problema decisivo en la Iglesia: “El cristiano del futuro o será místico o no será cristiano” (K. Rahner).

LA RESPUESTA: Pastoral de conversión misionera (Evangelii Gaudium y Plan Pastoral)
El encuentro con Jesucristo que lo cambia todo (EG 1).
Vivir la pertenencia es lo que lleva a creer y actuar de una forma nueva.

– La Parroquia se reconstruye haciendo una comunidad de discípulos, en torno a la Eucaristía dominical (Emaús).

LA CENTRALIDAD DE LA EUCARISTÍA: el alimento fundamental de la espiritualidad cristiana: ser en Cristo, participar de su Pascua; hacer de Él el centro de la vida, descubriendo que somos hijos en Cristo (Rom 8,15-17; Gal 4,6-7) y verdaderos hermanos (Col 3,12-13). El encuentro con Él cambia el estilo de vida, los valores…

– Es lo que buscan los jóvenes cristianos (Cf. Instrumentum laboris, Sínodo sobre los jóvenes): relaciones significativas en “comunidades auténticas” (175); una experiencia familiar de Iglesia (178), no “Misas o comunidades, que parecen muertas (187)

LA EUCARISTÍA DOMINICAL CONFIGURABA LA VIDA DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS
(Cf. Plinio, Carta a Trajano. Ponto (110) y Justino, Apología (155):
El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo…
– Configuraron un habitus (una forma de vida arraigada en la persona y en el grupo cuando se hace habitual y permanente) a partir de la eucaristía dominical, de la que nacía un nuevo estilo de vida basado en las enseñanzas de Jesús, antes que en las convicciones sociales.

La relacionalidad del cristiano nace de la eucaristía (nos hace hijos y hermanos). Se plasma en la eucaristía como banquete y sacrificio: “Aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un mismo pan” (1 Cor 10, 16,17):

– Nos llena de su amor. Nos transformamos en “ofrenda permanente” y nos envía para transmitir a los demás la buena noticia.

CONCLUSIÓN: Vernos y sentirnos en Cristo hijos en relación con el Padre, y hermanos en relación con todos los hombres, es la experiencia que no puede faltar en la eucaristía.
CLAVES ESPIRITUALES DE LA EUCARISTÍA PARA EL PAPA FRANCISCO
(Cf. Catequesis sobre la Eucaristía 13-12-2017 al 4-4-2018)
DESCUBRIR LO FUNDAMENTAL: El encuentro real con Cristo, que nos hace su Iglesia:
“Vamos para encontrar al Señor resucitado, o mejor dicho para dejarnos encontrar por Él. Jesucristo, nuestra vida, se hace presente”.
PASAR DEL PRECEPTO A LA NECESIDAD:
“Sólo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento del amor y así ser sus testigos creíbles”.
LA CELEBRACIÓN: UN ENCUENTRO PROGRESIVO CON DIOS EN CRISTO, como en Emaús
EL SILENCIO: Algo previo y continuo: “Descubrir por qué estamos allí”.
EL ACTO PENITENCIAL: Lo que somos: “Pecadores con la esperanza de ser perdonados”.
EL GLORIA: “La gratitud ante la Misericordia”.
LA ORACIÓN COLECTA: Oremos y silencio “para que emerjan las intenciones personales ante Dios”. Sugerencia: con los brazos abiertos y la actitud del orante
LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS: “que llegue al corazón y transforme la vida”
– Los signos de la centralidad del Evangelio: Cristo resucitado nos habla.
LA HOMILÍA: Retomar el diálogo de Dios con su pueblo, para que se haga vida (EG 135-144).
“No dices algo tuyo: Predicando estás dando voz a Jesús”. “Se prepara con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve: no tiene que durar más de diez minutos, por favor”. “A través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con su pueblo. La “buena noticia”, nos convertirá y transformará y así podremos cambiarnos a nosotros mismos y al mundo”.
Silencio después de la homilía “Permite que la semilla recibida se sedimente en el alma, para que nazcan propósitos de adhesión a lo que el Espíritu ha sugerido a cada uno”.
EL CREDO: “La fe nace de la escucha y conduce al sacramento” (bautismo)
LA ORACIÓN UNIVERSAL: “La fe se hace súplica confiada por todos”.
Sugerencia: “Dar voz a las necesidades concretas de la comunidad eclesial y del mundo, evitando el uso de fórmulas convencionales y miopes”.
LA LITURGIA ECUCARÍSTICA: Hacemos lo mismo que hizo Cristo en la última Cena y confió a sus discípulos:
“El sacerdote, que en la misa representa a Cristo, cumple lo que el Señor mismo hizo y confió a los discípulos en la Última Cena”
PREPARACIÓN DE LOS DONES (ofertorio): la ofrenda de la propia vida a Dios: “Está bien que sean los fieles los que presenten el pan y el vino. “La ofrenda de nuestra vida, para que sea transformada por el Espíritu Santo en el sacrificio de Cristo y se convierta con Él en una sola ofrenda espiritual agradable al Padre”.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS: “Invocando el fruto del admirable intercambio entre nuestra pobreza y su riqueza”. “Que la espiritualidad del don de sí, que este momento de la misa nos enseña, pueda iluminar nuestras jornadas, las relaciones con los otros, las cosas que hacemos, los sufrimientos que encontramos, ayudándonos a construir la ciudad terrena a la luz del Evangelio”.
LA PLEGARIA EUCARÍSTICA: la gracia de unirnos al sacrificio pascual de Cristo, para que nuestra vida sea una constante acción de gracias
“Cristo realmente presente en el pan y en el vino consagrados”.
– Su carácter presidencial y las aclamaciones de la comunidad como respuesta.
Es la oración más completa: No olvidamos a nadie. “Todo se reconduce a Dios”. Posee un gran significado espiritual: “dar gracias siempre y en todo lugar, hacer de nuestra vida un don de amor, construir la comunión concreta, en la Iglesia y con todos”.
Sugerencia: “La misa es el sacrificio de Cristo, que es gratuito. La redención es gratuita. Si quieres hacer una oferta, hazla, pero no se paga”.
LA PREPARACIÓN DE LA COMUNIÓN:
EL PADRENUESTRO: la gran oración que nos ha enseñado Jesús. Hijos y hermanos. “Rezamos como rezaba Jesús: a Dios llamándolo “Padre”, porque hemos renacido como hijos suyos.
Sugerencia: Rezar con los brazos abiertos o dándose la mano.
EL RITO DE LA PAZ: se invoca de Cristo el don de su paz. “Él nos da la gracia de perdonar a los que nos han ofendido”.
LA FRACCIÓN DEL PAN: Cristo nos da la comunión con Dios y con los hermanos. “La asamblea orante reconoce al verdadero Cordero de Dios”.
LA COMUNIÓN: “La unión íntima con Cristo es fuente de alegría, de santidad, verdadero consuelo y verdadera fraternidad”.
– La procesión para comulgar: “Es Cristo quien viene a nosotros para asimilarnos a él. ¡Hay un encuentro con Jesús!, que nos transforma en Eucaristía viviente”.
– El “Amén”: “Nos une a Cristo, arrancándonos de nuestro egoísmo y nos une a todos aquellos que son uno en Él”.
– Sugerencia: “Comulgar con hostias consagradas en la misma misa y bajo las dos especies”.
– La oración silenciosa después de la Comunión: “Hablando con Jesús en el corazón”.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN: Agradecer el don recibido. Que transforme nuestra vida y nos haga vivir como cristianos.
– BENDICIÓN: Dios nos bendice y llevamos la bendición de Dios a nuestra vida cotidiana (“ir en paz”). “Salir mejor de como entré, con más vida, con más fuerza, con más ganas de dar testimonio cristiano”.
– La reserva en el Sagrario: “Nos ayuda de hecho a permanecer en Cristo”.

3. La celebración dominical en las unidades pastorales
A cargo de Mikel Garciandía

1. El momento de la Iglesia
Francisco: (EG 27, 28)
Benedicto XVI: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud».

2. La perplejidad ante el cambio de escenario

3.La visión
Superación de la cristiandad hacia un cristianismo místico y profético
GE 18: Pero precisamente para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción, incluso en medio de la debilidad humana».

4. Los caminos
El itinerario de la vida se hace de tres modos:
• Como vagabundos: para huir de lo que dejamos atrás
• Como turistas: para coleccionar experiencias
• Como peregrinos: atraídos por la meta
El tiempo es superior al espacio. Evangelii gaudium:
¿Para qué la Iglesia? Para anunciar, anticipar el cielo. ¿Cómo? Como comunidad

5. Una asamblea que irradia vida
Ars celebrandi según Benedicto XVI. Dietrich von Hildebrand.
“Cuando imitamos a otro hombre, acabamos siendo serviles y perdemos nuestra individualidad: pero cuando imitamos a Cristo, imitamos a Aquel en el que está contenida toda la humanidad y la plenitud de la divinidad.
“Perderse” en la lógica del Evangelio para visibilizar el amor de Dios en Jesús.
GE 142. La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado»[105]. Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera. Esto da lugar también a verdaderas experiencias místicas vividas en comunidad, como fue el caso de san Benito y santa Escolástica, o aquel sublime encuentro espiritual que vivieron juntos san Agustín y su madre santa Mónica.
Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar
Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.

6. Las unidades de atención pastoral
Aquellos rasgos que viven las comunidades cristianas alentadas por la fuerza y el gozo del Espíritu, que las hace proféticas, significativas, diferentes, fecundas…
1. Adoración, alabanza, la liturgia (leitourgía)
2. Bella comunidad (koinonía)
3. Caridad (diakonía)
4. Discipulado (catecumenado-Seguimiento)
5. Explícito anuncio (kerygma)
A los cinco rasgos que caracterizan toda comunidad evangelizadora les corresponden cuatro áreas de actuación. La dinámica de la fe se despliega en la liturgia (A), la diaconía (C), y el discipulado (D). Estas tres áreas de actuación son las directamente requeridas por la UAP. Una vez organizados, equipados y dotados de la visión de lo que somos ante el Señor, podremos abordar de modo conjunto el kerigma (E) que es la propuesta de todo plan de pastoral hoy. Y en cuanto a la dimensión comunitaria, la koinonía (B) es el modo en el que toda la tarea eclesial se realiza, porque es el don del Espíritu que nos hace uno con Cristo para dar gloria a Dios acogiendo su amor y luchando por el Reino.

7. La celebración dominical en las unidades de atención pastoral
• La necesidad de una conversión pastoral del clero
• La necesidad de equipar y acompañar a los fieles laicos
• La necesidad de integrar todas las realidades eclesiales en una idea común
• El minimalismo de la atención en el maximalismo de los templos
El peligro de la clericalización del laicado
• La constitución de la comunidad cristiana en el territorio.
Eucaristías de referencia para todos
• La iglesia doméstica (domus, oikós, paraoikía)
• El don del Espíritu:
No bendigas Señor lo que hemos concebido y pensado. Ayúdanos a secundar lo que Tú bendices y bendecirás