La solidez del amor

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

En estos momentos donde todo parece diluirse y perder consistencia, nos hace bien apelar a la solidez que surge de sabernos responsables de la fragilidad de los demás buscando un destino común”. Así leemos en el número 115 de la encíclica Fratelli Tutti, que aclara en nota a pie de página: “La solidez está en la raíz etimológica de la palabra solidaridad. La solidaridad, en el significado ético-político que esta ha asumido en los últimos dos siglos, da lugar a una construcción social segura y firme”. En los párrafos siguientes, invito a que nos detengamos en la solidez de la solidaridad, tal como aparece en la tercera encíclica del Santo Padre.

Los derechos fundamentales. El Papa sabe bien que “hay derechos fundamentales que preceden a cualquier sociedad porque manan de la dignidad otorgada a cada persona en cuanto creada por Dios” (FT 124). Al mismo tiempo, sabe que “todavía estamos lejos de una globalización de los derechos humanos más básicos. Por eso la política mundial no puede dejar de colocar entre sus objetivos principales e imperiosos el de acabar eficazmente con el hambre” (FT 189). “Esto provoca la urgencia de resolver todo lo que atenta contra los derechos humanos fundamentales. Los políticos están llamados a preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas” (FT 188). Para ello, una herramienta concreta es “la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental” (FT 173). Pero estos retos fundamentales requieren también de una respuesta sólida, con fundamento.

La profundidad del compromiso. La parábola del buen samaritano “es un llamado siempre nuevo, aunque está escrito como ley fundamental de nuestro ser: que la sociedad se encamine a la prosecución del bien común” (FT 66). Como el samaritano se conmovió profundamente, también nosotros necesitamos “apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe” (FT 234). Por este motivo, Francisco reivindica la noción de ‘pueblo’ y de ‘lo popular’, y advierte: “Si no se incluyen -junto con una sólida crítica a la demagogia- se estaría renunciando a un aspecto fundamental de la realidad social” (FT 157). “El amor social es una fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos” (FT 183). El Obispo de Roma invita a construir una paz social trabajosa y artesanal, que no se quede en lo superficial y frágil, sino que sea “el fruto de una cultura del encuentro que la sostenga. Integrar a los diferentes es mucho más difícil y lento, aunque es la garantía de una paz real y sólida” (FT 217). Un modo concreto de avanzar en esta dirección lo brinda la amabilidad que, “cuando se hace cultura en una sociedad, transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas” (FT 224).

Las raíces de la fraternidad. Por activa y por pasiva, la Iglesia insiste en que la base de la solidaridad está en la “inmensa dignidad como persona humana, que no se fundamenta en las circunstancias sino en el valor de su ser” (FT 107). Hablando de estos fundamentos de la fraternidad, el Papa afirma la dignidad inviolable de cada ser humano. A los agnósticos, dice, esto les parece suficiente. Pero, “para los creyentes, esa naturaleza humana, fuente de principios éticos, ha sido creada por Dios, quien, en definitiva, otorga un fundamento sólido a esos principios” (FT 214). Es decir, que “los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad” (FT 272). Esto no se limita a palabras genéricas, sino que aterriza en lo concreto: “No me encuentro con el otro si no poseo un sustrato donde estoy firme y arraigado, porque desde allí puedo acoger el don del otro y ofrecerle algo verdadero. Solo es posible acoger al diferente y percibir su aporte original si estoy afianzado en mi pueblo con su cultura” (FT 143). En realidad, “no se trata de que todos seamos más light o de que escondamos las convicciones propias que nos apasionan para poder encontrarnos con otros que piensan distinto. […] Porque mientras más profunda, sólida y rica es una identidad, más tendrá para enriquecer a los otros con su aporte específico” (FT 282).

El fundamento de los consensos. El capítulo 6 de la encíclica está dedicado al diálogo y la amistad social; dentro de él, hay una sección que trata del fundamento de los consensos, de donde tomamos las siguientes referencias textuales, que concatenan un argumento sólido. Sabemos que “el relativismo no es la solución” porque, si “no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas […] no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes” (FT 206). “Una sociedad es noble y respetable también por su cultivo de la búsqueda de la verdad y por su apego a las verdades más fundamentales” (FT 207). “Lo que llamamos ‘verdad’ no es solo la difusión de hechos que realiza el periodismo. Es ante todo la búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes” (FT 208). “De otro modo, ¿no podría suceder quizás que los derechos humanos fundamentales, hoy considerados infranqueables, sean negados por los poderosos de turno, luego de haber logrado el ‘consenso’ de una población adormecida y amedrentada?” (FT 209). Frente a ello, “aceptar que hay algunos valores permanentes, aunque no siempre sea fácil reconocerlos, otorga solidez y estabilidad a una ética social. Aun cuando los hayamos reconocido y asumido gracias al diálogo y al consenso, vemos que esos valores básicos están más allá de todo consenso, los reconocemos como valores trascendentes a nuestros contextos y nunca negociables” (FT 211).

Quiera Dios concedernos avanzar en esta senda trazada por el papa Francisco. Que defendamos los derechos fundamentales, que nos conmovamos profundamente y arraiguemos así la firmeza de nuestro compromiso, que ahondemos en las raíces de la fraternidad y que busquemos el fundamento de los consensos. Los hambrientos, los débiles, los olvidados y menesterosos reclaman esta solidaria solidez del amor. ¿A qué esperamos?

Artículo publicado en el Semanario La Verdad de la diócesis de Pamplona-Tudela
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