La calima y el agua

Hace apenas una semana, a mediados de marzo, buena parte de la Península Ibérica se vio envuelta en una gran calima, una inmensa bolsa de aire caliente y polvo en suspensión procedente del desierto. Más allá de lo espectacular de esta anomalía atmosférica, de sus tonalidades ocres y de su lluvia de barro, más allá incluso de sus deletéreos efectos -ya sean inmediatos para la salud humana, ya sean a medio plazo sobre la fertilidad de los campos- es indudable que este acontecimiento nos acerca al Sáhara y, de algún modo, nos habla de la degradación de nuestro entorno causada por varios factores, entre ellos una voraz actividad humana, con fenómenos como el sobrepastoreo, la deforestación y el exceso de cultivos, además de un descenso en las precipitaciones. De diversos modos y con énfasis variopintos estamos palpando la aridez de nuestras tierras, la sequía y una indeseable escasez de agua.
La etimología de la palabra “calima” nos lleva al latín caligo-caliginis, que significa “humareda negra, nube o niebla opaca y negra, polvareda densa”. Malo sería que, en estos tiempos que corren, nos quedemos a oscuras, obnubilados, casi ciegos. Más bien, la ocasión del Día Mundial del Agua, celebrado internacionalmente cada 22 de marzo, puede ser una oportunidad propicia para ganar en lucidez acerca de la problemática asociada a los recursos hídricos.
El coronavirus ha puesto de relieve la gravedad de la crisis mundial del agua a la que se enfrenta la humanidad. Mientras que en determinadas regiones del planeta es fácil abrir el grifo y lavarse las manos, en otros puntos del mundo esto es difícil o casi imposible. Hay zonas de la tierra donde el agua cuesta mucho dinero y los pobres no tienen acceso a sus beneficios. Para ingentes multitudes de hermanos nuestros se ha vuelto un producto costoso, de fatigosa financiación, con problemáticas exacerbadas por las dañinas consecuencias del cambio climático y la pandemia de Covid-19. Deseamos acercarnos a estos vitales argumentos desde dos enfoques complementarios: uno doctrinal y otro técnico.
Los números 27-31 de la encíclica Laudato Si’ abordan, de forma clara y sintética, “la cuestión del agua”. Una afirmación clave es la siguiente, que aparece subrayada en el mismo texto oficial: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la supervivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable” (LS 30). Son palabras firmes, nítidas, vigorosas y proféticas, que muestran que este precioso elemento no es una mera mercancía. Es un símbolo universal y un recurso precioso para la humanidad, un signo de vida y salud. Por lo tanto, es preciso que a nadie le falte el agua potable y que el saneamiento esté al alcance de todos. No podemos olvidar ni pasar por alto esta enseñanza pontificia.
Desde aquí, la encíclica del Papa Francisco señala algunas concreciones relevantes. Destaco tres de ellas: “El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos” (LS 28). “Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días” (LS 29). “Una mayor escasez de agua provocará el aumento del costo de los alimentos y de distintos productos que dependen de su uso” (LS 31).
Con una perspectiva más técnica, a finales de febrero de este mismo año, se presentó el informe “Cambio Climático 2022: Impactos, Adaptación y Vulnerabilidad” realizado por el Grupo de Trabajo II del Grupo Intergubernamental de Expertos de Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés). Se trata del segundo capítulo del Sexto Informe de Evaluación sobre el cambio climático. Entre otras cosas, este documento señala que la región mediterránea presenta una “relativa alta vulnerabilidad” frente a la crisis climática, aunque con “grandes asimetrías” e impactos más severos en el sudeste.
Los redactores del IPCC advierten que si el planeta se calienta 2 grados centígrados desde los niveles preindustriales para 2100, más de un tercio de la población del sur de Europa vivirá con escasez hídrica, lo que impactará negativamente a su seguridad alimentaria, su salud y su economía. Pero si se alcanzasen los 3 grados centígrados de calentamiento, la cifra de personas expuestas a la falta de agua se duplicará hasta dos tercios de la población del sur de Europa. Esto repercutiría perniciosamente en el mundo agrícola y en las poblaciones que viven al borde del mar.
Si se mantiene un nivel alto de emisiones de CO2, la productividad agrícola en la región mediterránea podría caer un 17% para 2050 a causa del cambio climático. Los expertos del IPCC estiman que habrá una reducción de las aportaciones hídricas en la cuenca Mediterránea de entre un 4% y un 8%, un riesgo que ya será inevitable “con acciones o sin ellas”. Por ello es necesario trabajar en la adaptación y en la mitigación, con medidas como el incremento de la materia orgánica en los suelos y la diversificación de un modelo agrícola dominado por el monocultivo intensivo.
El crecimiento del nivel del mar es otro de los efectos constatados del cambio climático. El mismo informe observa que en la región mediterránea un 37% de la costa es de altura baja, zona en la que habitan 42 millones de personas. Con los datos actuales, se calcula que el nivel del mar podrá subir entre 20 centímetros y más de un metro. Esto conlleva el riesgo de que los daños causados por las inundaciones costeras se multipliquen al menos por 10 a finales del siglo XXI.
Podemos concluir regresando a la encíclica Laudato Si’, en la que leemos: “El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático” (LS 23). El agua es uno de los ámbitos donde esto se hace más patente.
No dejemos que la calima nos impida ver con claridad, orar con esperanza y actuar con coherencia ante una situación que si no se afronta con decisión, sensatez y eficacia, en la búsqueda mancomunada del bien común, acarreará indudables perjuicios actualmente aún solucionables.
Que esta Jornada internacional interpele nuestra conciencia y nuestra manera de actuar. Pensemos seriamente acerca del uso que hacemos del agua. No la desperdiciemos. Sabemos bien que no es un elemento inagotable. La pandemia ha puesto de relieve la importancia que tiene el no contaminarla, así como el procurar una racionalización y sobriedad en su consumo y una educación solidaria y acertada en su utilización. Esto no es solo una prioridad urgente. Es asimismo una grave responsabilidad que ningún ser humano puede declinar. Es, en definitiva, un compromiso ineludible para que toda persona pueda disfrutar de una vida digna. ❏

 

Mons. Fernando Chica Arellano

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