Al servicio de los pobres del mundo rural y del medio ambiente

La novedad introducida por Laudato si’ y la idea apoyada tanto por el Papa Francisco como por el Patriarca ecuménico de Constantinopla Bartolomé es que la acción humana que precipita el cambio climático no solo es un crimen contra la naturaleza y contra uno mismo, sino también un pecado contra Dios (cfr. LS, n.9). Por eso urge una incisiva acción paliativa y reparadora de la mezquindad y miopía con que el ser humano ha gestionado hasta ahora la casa común que a todos nos acoge, indiferente a las consecuencias nefastas de su comportamiento equivocado y no inspirado en la benéfica lógica del cuidado. Este cambio de mentalidad, que se reclama desde muchos ámbitos, debe concretarse en acciones destinadas a preservar los ecosistemas y el uso sostenible de los recursos naturales, imprescindibles para proteger la vida y los medios de subsistencia de los habitantes de las zonas rurales y de la población mundial.

Y es que los fenómenos meteorológicos extremos aumentan en gran medida la vulnerabilidad de las poblaciones rurales, que son a su vez responsables de la producción del 50 % de las calorías que se consumen cada día en el mundo, y por eso hay que comprometerse firmemente en su favor. En particular, es preciso garantizar que los pequeños agricultores dispongan de los recursos económicos necesarios para poder responder a las perturbaciones medioambientales con soluciones agrícolas resistentes, innovadoras e inteligentes desde el punto de vista climático. En este sentido, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), como institución financiera internacional y organismo especializado de las Naciones Unidas, realiza una contribución clave al objetivo de transformar los ecosistemas productivos rurales hacia modelos de conservación, regeneración y gestión sostenible de la tierra mediante la concesión de préstamos y subvenciones a bajo interés para financiar proyectos y programas innovadores de desarrollo agrícola y rural. El FIDA no solo ofrece apoyo financiero, sino también asesoramiento especializado, ya que esta organización lleva muchos años brindando personal técnico medioambiental que asesora a los agricultores sobre las prácticas de gestión de las tierras de cultivo para que desarrollen sistemas agroforestales resilientes y adecuadas técnicas de conservación del suelo y el agua.

La contribución del FIDA es crucial en muchas partes del mundo. En Kenia, por ejemplo, en la región de la cuenca del Alto Tana, unos cinco millones de personas dependen de la agricultura como principal fuente de ingresos. En este contexto, el FIDA y el gobierno keniano han creado un fondo con el objetivo de remunerar a las asociaciones rurales locales por las actividades de mejora de los servicios ecosistémicos, la retención de carbono en el suelo y la consiguiente reforestación y conservación de la biodiversidad que contribuyen a garantizar la seguridad alimentaria y a promover el crecimiento económico de los pequeños productores sin empeorar la calidad del medio ambiente. La Iglesia Católica también participa en este proyecto. A través de la diócesis de Murang’a, la Iglesia está informando y educando a las poblaciones que viven cerca de los bosques sobre la oportunidad de constituir asociaciones forestales comunitarias voluntarias, con el fin de ser reconocidas por las autoridades gubernamentales y tener así acceso a subvenciones por el servicio que prestan en la protección del ecosistema.

No solo en África se llevan a cabo iniciativas de este tipo. En Europa del Este, por ejemplo, en concreto en Moldavia, el FIDA está apoyando a las comunidades locales para que transformen las tierras degradadas en bosques mediante el desarrollo de una técnica agroforestal llamada en inglés “shelterbelting”, consistente en la creación de cinturones forestales, lo que reduce la erosión del suelo mediante la plantación de árboles autóctonos que conservan el agua, protegen contra los daños de las tormentas, actúan como cortavientos e incluso capturan carbono. En resumen, esta práctica es una forma óptima de ayudar a las comunidades rurales a adaptarse al cambio climático y a sus efectos, incluidos los fenómenos meteorológicos extremos, al permitir a los pequeños productores rurales, mediante una planificación cuidadosa, aumentar sus ingresos creando las condiciones para mejorar el rendimiento de los cultivos en los campos circundantes, así como producir bienes derivados de la silvicultura, como la miel obtenida de la apicultura en los bosques y parques forestales estatales. Al elegir árboles que florecen en distintas épocas del año, como el tilo, el cerezo, el cornejo y, sobre todo, la acacia —que crece rápidamente y es muy apreciada por las abejas—, este tipo de producción impulsa las economías locales, favorece el abastecimiento a largo plazo y crea oportunidades de empleo para los jóvenes que deciden quedarse a vivir en las zonas rurales.

De hecho, en 2020, en la aldea moldava de Nishcani, gracias a un proyecto ejecutado en cooperación entre el FIDA y el Gobierno de Moldavia, se destinaron unos 16.000 dólares para plantar y explotar siete hectáreas de bosque como cinturón forestal justo al norte de la aldea, en lo que antes había sido un terreno muy degradado cerca de un vertedero. Los residentes ya están constatando algunos beneficios de esta zona verde recién creada: se está convirtiendo en un lugar de exuberante biodiversidad, ideal para la supervivencia de las abejas y capaz de frenar la erosión del suelo. También se está convirtiendo en un entorno adecuado para el crecimiento de plantas medicinales y en una barrera natural contra la degradación y la contaminación del vertedero.

Se requiere perseverancia y convicción para que estos proyectos transformen la realidad circundante y restauren los ecosistemas ambientales: los árboles crecen lentamente y hay que salvaguardar los bosques mientras maduran. Por eso, en las zonas enriquecidas con cinturones forestales, las autoridades locales han decidido supervisar su gestión hasta que los árboles estén suficientemente arraigados. Esto, junto con la formación en agricultura resistente al clima para pequeños agricultores, caracterizará la sostenibilidad de la iniciativa incluso cuando los proyectos piloto que la pusieron en marcha lleguen a su fin.

La Santa Sede, por su parte, sintoniza con estos proyectos llevados a cabo por el FIDA, que ha sabido conjugar mejor que ninguna otra institución el llamamiento de san Pablo VI a desviar la financiación en materia de armamento hacia la creación de un Fondo Mundial «destinado a dar un impulso decisivo a la promoción integral de las zonas menos favorecidas de la humanidad» (Discurso a los participantes en la Conferencia Mundial sobre la Alimentación, 9 de noviembre de 1974). Por su parte, el Papa Francisco, el 14 de febrero de 2019, con motivo de su participación en el Consejo de Gobernadores del FIDA, reafirmó de forma contundente la necesidad de promover una “ciencia con conciencia” y a eso tienden las iniciativas mencionadas anteriormente y financiadas la citada Organización de la ONU: a poner la innovación al servicio de los más pobres y del medio ambiente, porque solo así se promoverá la existencia armoniosa del ser humano en nuestro planeta, llamado a no dejar de ser aquel jardín que Dios creó para que el hombre lo habitara, lo labrara y lo guardara (cfr. Gén 2,15).

 

Fernando Chica Arellano

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