Los grandes sabios dejan siempre grandes reflexiones que nos ayudan a vivir la verdad. Decía San Agustín: “Dios ama la disciplina; y el educador ha de observarla e imponerla” (Com. Sal 50, 24). Y tiene toda la razón. La palabra disciplina filológicamente significa fiel discípulo que viene del latín: discipulus. Y no hay mejor discípulo que el que es disciplinado. Lo podemos comprobar cuando la anarquía se convierte en una forma de vida. ¿Qué ocurre? Todo se desordena y se deprecia. ¡Hay caos! La razón es muy sencilla: las líneas torcidas nunca pueden armonizar un cuadro o la construcción de una casa. Sólo lo recto recrea la armonía y lo torcido lo manipula y deteriora. Ya Isaías prevenía ante esta tendencia: “Una voz grita: En el desierto preparad el camino del Señor, en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios. Todo valle será rellenado, y todo monte y colinas allanados; lo torcido será recto, y los escarpado, llano…” ( Is 40, 3-4). Quien sigue los consejos y enseñanzas del Señor se convierte en discípulo y como consecuencia en disciplinado.

Uno de los grandes obstáculos que nos impiden ser disciplinados es la medida que usa la persona y donde sólo busca su propio interés. No hace mucho me encontré en el avión, camino de Roma, con una persona sabia y con sentido común. En la conversación salió este tema de la falta de disciplina y después de una larga conversación llegamos a la misma conclusión: Cuando las leyes no se cumplen, y de modo especial no tienen en cuenta los Diez Mandamientos porque se dejan en el baúl de los recuerdos, las consecuencias suelen ser muy nefasta.

Por otra parte se tiene la desfachatez de dulcificar con palabras engañosas la dureza de la realidad: Ante el aborto que es un asesinato se le llama interrupción del embarazo; ante la falta de respeto a la persona en lo más íntimo que tiene que es el lenguaje de la sexualidad se le denomina agresión sexista cuando siempre se ha considerado ético y moral el no cometerás actos impuros y respetarás el cuerpo como un regalo de Dios y no adulterarás; ante la corrupción del soborno o el robo se le denomina tráfico de influencias o apropiación indebida, lo cual queda bien pero no cambia la esencia; ante la corrupción moral sobre la prostitución de lujo se le denomina servicio de acompañamiento y si es adulterio se denomina relaciones impropias. Y muchos más eufemismos se pueden seguir añadiendo.

Es curioso comprobar que cuando nos queremos justificar utilizamos eufemismos (esa manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonantes). Claro está que Dios nos ha concedido un lugar donde él nos habla y es la conciencia y a la postre ella nos delata y nos juzga con luz propia. Por eso cuanto más justifiquemos la mentira, al final sale la verdad y como dice el refrán: “La mentira tiene patitas muy cortas”. De ahí que la disciplina en sentido positivo es aprender a ser responsables, respetuosos y miembros de una comunidad familiar o social para llenarnos de recursos y actuar en consecuencia con madurez mental, afectiva y de reciprocidad mutua en amistad y fraternidad. Incluso hemos de utilizar los errores como oportunidades de aprendizaje. Una sociedad que fomenta en la educación la sana disciplina es una sociedad que trabaja por un futuro armónico y más humano. Lo que se ha aprendido de pequeños se convertirá en frutos dulces o en frutos amargos. No olvidemos que la disciplina auténtica integra y dignifica; por el contrario la anarquía desintegra y deteriora la relación humana.

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