Walking lonely person on a forrest path in a dark and cold foggy day

Quiero profundizar sobre este tema que me parece interesante a la hora de afirmar que cristianismo y cultura no son incompatibles sino todo lo contrario. Es tal la fuerza que desarrolla la fe en la vida de los cristianos que, no cabe la menor duda, que también ilumina cualquier realidad humana que se pueda dar. El Concilio Vaticano II apuesta por el término cultura y se refiere a todo aquello que facilita al ser humano el desarrollo y perfeccionamiento de las facultades del cuerpo y del espíritu, es decir, su desarrollo integral como persona. Cristianismo y cultura no se contraponen sino que se enriquecen mutuamente. Pero sucede que conviene tener muy presente las definiciones que hoy se da al término cultura y habrá tantas como ideologías se precien.

La cultura se puede definir que es la forma en cómo interpretamos la realidad. Y lo ideal es verla como es, no como la imaginamos o manipulamos. “Una cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura” (Benedicto XVI, Discurso en el Colegio de los Bernardinos, Paris, 12 de septiembre 2008).

Parece que lo moderno o el modernismo que hoy más se hace valer en los foros y en los ámbitos académicos se refieren al eclipse de Dios. Además hay tal ambiente que parece como si todos los asistentes afirmaran, con su silencio, que ésta es la mejor tesis del progresismo. En la sociedad actual se constata una especie de eclipse de Dios, una cierta amnesia y como un narcótico que impide razonar; pero, más aún, hay un verdadero rechazo del cristianismo como si de una realidad antigua se tratara y se le considera como un impedimento al progresismo. Se niega el tesoro de la fe recibida y, aún más, se reniega de ello porque nada tiene que ver con las propuestas de una sociedad libre y sin traumas, dicen los ideólogos, para conseguir mayor independencia. Esto conlleva el riesgo de perder aquello que más nos identifica.

Las consecuencias del eclipse de Dios son nefastas y conforman un modo de vivir ausente de un auténtico humanismo. La devaluación de lo que es la familia, la degradación de la ética sexual, el relativismo de la verdad, la autoafirmación del yo como único punto de referencia y las actitudes antimorales como forma de vida. Si Dios desaparece, desaparece el pecado. “Muchos no aceptan la palabra pecado porque supone una visión religiosa del mundo y de la persona. De hecho, es verdad que si se elimina a Dios del horizonte del mundo no se puede hablar de pecado (…) El eclipse de Dios lleva aparejado el eclipse del pecado. Por eso, el sentido de pecado –que es muy diverso del sentimiento de culpabilidad como lo entiende la psicología- se adquiere redescubriendo el sentido de Dios” (Benedicto XVI, Rezo del Ángelus, 13 marzo 2011). A estas consecuencias lleva la cultura de una secularización voraz y autosuficiente.

Pero ante tales situaciones negativas se ha de levantar el ánimo y espíritu para seguir entregando el tesoro de la fe que, como excelente medicina, cura los males y recrea la cultura de la transcendencia. En el pensamiento, de los últimos Papas, tienen muy presente y afirman que la acción evangelizadora de la Iglesia debe buscar constantemente los medios y el lenguaje adecuados para proponer o volver a proponer la revelación de Dios y la fe en Jesucristo. “La cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil –en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el sentido moral- protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento” (Benedicto XVI, Cáritas in Veritate, nº 78).

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