Semana Santa 1

Diario del Arzobispo (VIII)

Queridos sacerdotes, diáconos, consagrados, agentes de pastoral y voluntarios:

A punto de comenzar la SEMANA SANTA y padeciendo los dolores y sufrimientos que están presentes en nuestro amado y querido pueblo de Navarra. Hemos de reforzar nuestra esperanza y mostrar nuestro agradecimiento al Hijo de Dios que sufrió por nosotros. Es un Viacrucis viviente que está enmarcado en un nombre: Coronavirus –COVID19- Pandemia mundial. Mañana, Domingo de Ramos, la Palabra de Dios nos recuerda la Pasión del Señor en el evangelio y el salmo 21 nos muestra el sufrimiento del Señor que grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. A este respecto recuerdo lo que decía el psiquiatra Dr. López Ibor:”La angustia del hombre contemporáneo es una angustia ontológica y existencial…El progreso le hace sentirse responsable ante la historia, pero se niega a sentirse responsable ante Dios… El dialogar con Dios transforma la frustración en humildad y la angustia en gracia…” (De la noche oscura a la angustia, Edic. Rialp S.A., Madrid, 1973, pag. 32). Esta hora en la que Cristo muere es la nuestra. El Viernes Santo es hoy. Y hoy ocurre algo decisivo para cada uno de nosotros. Decisivo para las personas que viven unidas a su sufrimiento y a su muerte. Cristo se convierte en medicina existencial para nuestra alma y nuestra vida. “La apetencia del hombre moderno es la de ser dichoso, buscando la dicha en la evitación del dolor y no en la profundización de su existencia. Esto provoca una nueva enfermedad la Algofobia (=horror al dolor)”, como dice el mismo psiquiatra López Ibor hablando del dolor en el mundo moderno. Con este sentido creyente recuerdo un poema de Paul Claudel: “Todavía quedan algunas nebulosidades. Pero, al menos, hay algo que jamás podremos decirle a Dios: ¡No conociste el sufrimiento! Y es que Dios no ha venido a suprimir el dolor, ni siquiera a explicarlo. Pero sí que ha venido a llenarlo con su presencia. Por eso no digas nunca: ¿El sufrimiento existe? ¡Luego Dios no! Di más bien: Si el sufrimiento existe y Dios ha sufrido… ¿Qué sentido le habrá dado al sufrimiento?”. Algo que nos recuerda San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 19-20). “Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6, 14).

1. Cada Jueves Santo, en la Misa de la Cena del Señor conmemoramos la institución de la Eucaristía. Y la liturgia nos invita a que durante la noche dediquemos un tiempo de adoración al Santísimo Sacramento que se reserva solemnemente al acabar la celebración. Este año, las circunstancias provocadas por la pandemia del coronavirus no permiten que todos nuestros fieles participen -a no ser un pequeño grupo- físicamente de la celebración eucarística y ha sido suprimida esta solemne reserva. Sin embargo, os invito a vosotros sacerdotes celebrantes, que después de la comunión coloquéis sobre el altar la Custodia con una hostia consagrada y, tras la oración después de la comunión, os dirijáis a la puerta de la Iglesia (tal y como hizo el Papa Francisco el día de la bendición Urbi et Orbi) e impartáis la bendición con el Santísimo Sacramento al pueblo que se os ha confiado y encomendado a vuestro cuidado pastoral. Descienda así la bendición de Dios como un abrazo sanador y consolador sobre todos los fieles y aliente nuestra fe en Aquel que ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su Resurrección Gloriosa. Seguidamente podréis hacer la reserva del modo habitual y regresar a la sacristía.

2. También quiero agradecer a los sacerdotes la cercanía que seguís teniendo con los fieles y de modo especial con los familiares de los difuntos a quienes acompañáis al Cementerio para rezar un responso por el familiar difunto. Sabemos que sólo pueden asistir “dos o tres familiares, más el ministro religioso” según dictan las normas civiles. Por ello os invito que estéis presentes y poder aliviar a la familia en ese momento de fuerte dolor y por otra parte así poder cumplir la obra de misericordia: “Enterrar a los muertos y rezar por los difuntos”. Los funerales conviene aplazarlos para mejores momentos.