Homilía

EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ, PORQUE ÉL ME HA UNGIDO

Estamos pasando un momento en la historia de la humanidad que refleja en su rostro el cansancio y donde se está necesitando una mayor fuerza infundida  por la esperanza. No obstante la solidaridad que se hace más fuerte en los momentos de necesidades como las que ahora, a causa de la enfermedad del coronavirus, se hacen palpables, no obsta para hacernos muchas preguntas.  ¿Estamos perdiendo nuestros afanes de grandeza ante la humillación de tal enfermedad? ¿Se está trastocando el horizonte de nuestra existencia? ¿Seguiremos articulando nuestra vida existencial solamente desde lo tangible, sensible y material? ¿Nos podemos seguir  pavoneando, en la sociedad de bienestar, de tener en nuestras manos la facultad de sentirnos señores y dueños de la naturaleza? ¿Seguiremos con orgullo negando la existencia de Dios? Estas y más preguntas nos hacemos en estos momentos de precariedad y de pandemia. Y ante esta situación podemos caer en la tentación de mirar el futuro con ilusiones idílicas en vez de afrontar estos circunstancias para revisar la vida personal, social y espiritual que están necesitando un cambio y una conversión del corazón. Ante estos avatares dolorosos, ¿no será que Dios quiere darnos un toque de atención? El dolor y el sufrimiento es el último altavoz desde donde Dios nos quiere dar una clara advertencia y es la de que no somos ni dueños ni señores sino hijos de Dios y por lo tanto colaboradores de su proyecto. 

Nunca se ha hablado tanto de la justicia, de la dignidad humana, del respeto a la persona y a la libre expresión y como nunca se están conculcando tanto los derechos humanos: Desprecio al no-nacido, violencias de todo tipo, esclavitudes donde el ser humano convierte sus placeres en divertimento, marginación y depreciación de la ancianidad.   Es el momento que Dios nos pide para construir la Civilización del amor. Es el momento de ponernos en pie y dejarnos llevar por el único que enarbola la Verdad, la Justicia, el Amor y la Misericordia que es nuestro Señor Jesucristo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así os améis también los unos a los otros. En esto conocerán que sois mis discípulos si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 34). Es necesario ponerse en compañía del ser humano, como decía San Juan Pablo II, con la amistad de quien se acerca a ellos con caridad y solidarizándose con todos sus problemas y tribulaciones. En lo más íntimo de todo ser humano se contiene el todo de Cristo.

Jesús está a punto de morir. Todo lo que dice refleja el próximo acontecimiento. Su marcha inminente, de hecho, reclama sobre todo la solución de un problema. ¿Cómo puede hacer él para quedarse entre los suyos y llevar adelante la humanidad y el espíritu cristiano de su Iglesia? Sabemos que él está presente en los sacramentos, en su Palabra, pero también en la comunidad que vive el amor fraterno. A través de la comunidad puede seguir revelándose al mundo, puede seguir influyendo en el mundo. Ahora bien ¿cuáles son las características o condiciones para que se pueda discernir el auténtico amor del falso amor: “En esto conocerán que sois mis discípulos sí os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,34). Este es el signo de autenticidad. Si esto falta el mundo no descubrirá a Jesucristo en su Iglesia.

Muchas veces me paro en esta frase del Evangelio que tanto me impresiona, para hacer una revisión momento a momento del espíritu que debe existir en mí vida y observo que unas veces predomina el prestigio del cargo, otras veces el complejo o el miedo de no hacer bien las cosas, otras el cansancio del trabajo cotidiano o la imposibilidad de convertir a las personas encomendadas por la misión… Pero ¿y el amor o la caridad mutua? ¿Estoy a bien con los que están conmigo? De ahí que hoy, queridos sacerdotes, diáconos, consagrados y fieles  hemos de tener presente lo que hemos escuchado en el evangelio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido” (Lc 4, 16) y “El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena nueva a los pobres, y darles un perfume de fiesta” (Is 61, 1-3).

Este es el estilo del amor de entrega. El amor no puede replegarse. Es la entrega, la disponibilidad, el servicio, la ayuda concreta al necesitado. “Lo que hicisteis al más pequeño, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Es la predilección por los pobres y necesitados. Descubrir que él está ahí: “Porque tuve hambre…” (Mt 25, 31-46). “Para que el bien sea amado, la caridad divina es derramada en nuestros corazones no por el libre albedrío, que radica en nosotros, sino por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. La doctrina, pues, por la cual se nos ordena vivir honesta y santamente es letra que mata si no la acompaña el Espíritu que vivifica” (San Agustín, Ev. 2 Cor 3,6). “No está lejos. Ama y se acercará; ama y habitará en ti” (San Agustín, Sermón 21).

El espíritu del amor recíproco crea la unidad. Si detectamos que no hay unidad, debemos concluir inmediatamente que no hay amor recíproco. Todo está ahí: “Que sean uno para que el mundo crea” (Jn 17). Este es el estilo de vida que nos muestra Jesucristo, es la veracidad del apostolado. No se debe entender como una norma, una regla o un mandamiento como los demás. Es su mandamiento. Es él que se manifiesta cuando lo vives. Pedro decía a la primera comunidad: “Sobre todo conservad entre vosotros una gran caridad” (1Pe 4, 8). Antes de iniciar cualquier actividad, antes de ponerte a rezar, antes de estudiar…, comprueba ante Dios si estás en caridad con todos. Sin este fundamento nada agrada a Dios.

Este es el mandamiento nuevo. Y nuevo significa para los nuevos tiempos. Nos ha amado con el mismo amor con el cual él y el Padre se aman. Y con ese mismo amor, nosotros debemos que amarnos mutuamente, para llevar a la práctica el mandamiento nuevo. “Existe, entonces, una afinidad entre el Padre, el Hijo y nosotros, los cristianos, por el único amor divino que poseemos. Es este amor el que nos injerta en la Trinidad. Es este amor el que nos hace hijos de Dios. Es por este amor por lo que el cielo y la tierra están unidos, como por una gran corriente. Por este amor, la comunidad cristiana se eleva a la esfera de Dios y la realidad divina vive en la tierra donde los creyentes se aman”(Ch. Lubich, Amor recíproco, “Ciudad Nueva”, mayo 1980, nº 145).

     Este mandamiento exige calidad de vida. Es la de vivir el momento presente con intensidad. Mirar todo y a todos con mirada nueva, es decir, con los ojos de Dios. Es el amor de misericordia. “Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo en contra tuya, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-25). Un amor que invita a amar hasta el fondo del alma: “Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

 Quien ama vive en el amor de Dios. El cielo es la plenitud amor. Todo lo que es y todo lo que tiene no le pertenece. Su única pertenencia está en la fidelidad a Dios. La fidelidad se expresa por el amor. Es fe operante. “El cielo de las comunidades es la caridad. La caridad es el alma de las virtudes y la humildad es la que las atrae y las conserva. Hay algunas congregaciones como los valles que atraen hacia sí el jugo de las montañas; cuando nos vaciemos de nosotros mismos Dios nos llenará de Él, pues no puede tolerar el vacío” (San Vicente de Paúl, Sobre la vocación del misionero, nº 146,).

Quien ama es libre. “Ama y haz lo que quieras” (San Agustín). Dentro está la raíz de la caridad. No puede brotar de ella mal alguno. El Espíritu nos capacita para cumplir la ley nueva del amor. Nos capacita, nos hace capaces: al cristiano no se le impone ninguna ley, se le abre una nueva posibilidad de vida y esta es la auténtica libertad. Le ayuda a gozar, puesto que quien ama es feliz. “La felicidad no consiste en los bienes efímeros, sino en el Reino de Dios: en la comunicación vital con él” (San Pablo VI). Y esta libertad va por el camino de la conversión puesto que quien ama se convierte: “El iracundo se amansa, el soberbio se humilla, el triste se alegra, el crítico se pone en actitud de misericordia… el impuro vive la castidad” (San Gregorio Mano, Moralia, Lib VI, 22; PL 14, 114 C.).

Roguemos a María que nos enseñe a vivir el magnificat de la caridad como ella la vivió y nos pongamos bajo su manto para que nuestra misión evangelizadora se sustente solo y exclusivamente en cumplir la voluntad de Dios y seguir el camino de la perfecta caridad que es la santidad.