Carta Ramos Scaled

Jesucristo crucificado y abandonado en la cruz

Homilía del Arzobispo de Pamplona en la celebración del Domingo de Ramos en la Catedral de Pamplona

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación y esto, podríamos decir que es la revelación de nuestro tiempo. Ahora bien, no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado a los hombres puesto que: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).  ¿Cuál es el momento en el que Jesucristo ha sufrido más? Unos dicen que en el Huerto de los Olivos (Mc 14,32) porque suda hasta sangre y sufre una fuerte tristeza. Pero tal vez el momento más fuerte, desde el punto de vista psicológico y fisiológico, fue en el desgarrador grito en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Es el momento en el que ‘atrae’ todo hacía sí. Es la experiencia del dolor ofrecido por AMOR al ser humano que estaba en tinieblas, en la angustia y en la perdición. Por eso, mientras antes quizá arrastrábamos los momentos de dolor y esperando que las circunstancias cambiaran esa situación, ahora se trataría de reconocer en cada dolor el rostro de Jesús Crucificado y Abandonado y de ir al fondo de nuestro corazón para manifestar nuestra elección, nuestra predilección… y abrazarle como nuestro único Señor.  “Porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que estáis bajo la prueba” (Heb 2, 18). A la luz de este texto podemos repasar todos los momentos en que le podemos llamar, porque se presenta con su rostro, por su nombre: Bloqueado, Perplejo, Criticado, Infravalorado, Angustiado, Incomprendido, Esclavizado, Despreciado, Aparcado, Infravalorado… Todos los apelativos que vienen en el diccionario, son su Nombre.

Los cristianos están con Dios en su Pasión. Esto es lo que distingue a los cristianos de los paganos. No es el acto religioso quien hace que el cristiano lo sea, sino su participación en el sufrimiento de Dios en la vida del mundo. Los que se deciden por Cristo han de sufrir una especie de prueba de resistencia de todo su ser. “Dios quiso hacer pasar a aquello santos personajes (Papas), que eran padres de todos los cristianos, por esta humillación y estas aflicciones extraordinarias, para que aprendiesen por propia experiencia a compadecer las humillaciones y las adversidades de sus hijo espirituales; porque cuando uno ha sentido en sí mismo las debilidades y las tribulaciones, es más sensible a las de los demás. Los que han sufrido la pérdida de sus bienes, de la salud y del amor están mucho mejor dispuestos para consolar a las personas que se encuentran con estas aflicciones y dolores, que los demás que no saben lo que es eso” (Cfr. Conferencias a los misioneros, San Vicente de Paúl, nº 1233 y 1234). “Tenemos un Pontífice que sabe compadecerse de nuestras debilidades, porque las ha experimentado él mismo” (Hb 4, 15). “Dichoso el hombre que aguanta en la prueba, porque una vez acrisolado recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman” (St 1, 12).

Ante la desorientación que hoy existe, recuerdo lo que leí y medité, como sabiduría humana, en la ciencia psicológica. “La apetencia del hombre moderno es la de ser dichoso, buscando en la dicha la evitación del dolor y no en la profundización de su existencia” (J.J. López Ibor, Del dolor en el mundo moderno. En el descubrimiento de la intimidad. Aguilar, Madrid 1958, pág 260). La Algofobia, enfermedad moderna, consiste en tener horror al sufrimiento”. Y en otro momento comenta “La angustia del hombre contemporáneo es una angustia ontológica… El progreso le hace sentirse responsable ante la historia, pero se niega a sentirse responsable ante Dios… El dialogar con Dos transforma la frustración en humildad y la angustia en gracia”.

Hoy más que nunca, el hombre ha de habérselas con este misterio. De ahí la angustiosa pregunta que brota de nuestra incapacidad: ¿tiene algún sentido todavía dirigirse a un Dios que calla, rezarle? Albert Camus, desde su dramática falta de fe, lo sentía profundamente: “La noche del Gólgota tiene tanta importancia en la historia de los hombres porque en aquellas tinieblas, abandonando ostensiblemente sus privilegios tradicionales, la divinidad ha vivido hasta el fondo, incluida la desesperación, la angustia de la muerte”. Todos los filósofos, escritores y pensadores se hacen estas preguntas y Paul Claudel responde de esta forma: “Si Dios ha sufrido….Todavía quedan algunas nebulosidades. Pero, al menos, hay algo que jamás podremos decirle a Dios: ¡No conociste el sufrimiento! Y es que Dios no ha venido a suprimir el dolor, ni siquiera a explicarlo. Pero sí que ha venido a llenarlo con su presencia. Por eso no digas nunca: ¿El sufrimiento existe? ¡Luego Dios no! Di más bien: Si el sufrimiento existe y Dios ha sufrido… ¿Qué sentido le habrá dado al sufrimiento?”. Con gran gozo espiritual leí en la Salvifici Doloris de San Juan Pablo II este texto que me conmovió: “Estoy crucificado con Cristo y yo no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.  Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 19-20). La fe permite al autor de estas palabras conocer el amor que condujo a Cristo a la Cruz y si amó de este modo, sufriendo y muriendo, entonces por su padecimiento y su muerte vive en aquel al que amó así; vive en el hombre. Y viviendo en él (a medida que Pablo consciente de ello mediante la fe responde con el amor a su amor) Cristo se une asimismo de modo especial al hombre mediante la cruz. Esta unión ha sugerido a Pablo en la misma carta a los Gálatas, palabras no menos fuertes: “Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6, 14).