San Fermín fue fiel al misterio de la Trinidad

Homilía de la sexta Misa de la escalera de San Fermín

 

Es digno de elogio reconocer que quien hace el bien ni teme a Dios, ni teme al hombre ni teme al futuro. Y esto es lo que celebramos este día y en este último peldaño de la Escalera hacia la fiesta de San Fermín ya próxima. Hacer el bien es lo más noble que existe en el corazón humano. Por el contrario hacer el mal es lo más inhumano porque degenera su corazón. Habéis venido de muchas instituciones y en vuestro corazón solamente se oye un susurro: ‘Ante la pandemia nos hemos volcado por los enfermos’. Y aquí es donde resuena la voz de Cristo: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus hermanos” (Jn 15, 12-13). Quien así vive está ejercitando el máximo de humanidad. Vosotros sois testigos de esa entrega que habéis profesado a muchos y de muchas formas en esta pandemia.

San Fermín fue y sigue siendo un testimonio extraodinario de fe en el amor a Dios y al prójimo. Y murió mártir por ser fiel a Dios. Un gran enamorado de la Santísima Trinidad puesto que se sintió ser un templo suyo más que los templos materiales de los dioses paganos. Siguió a pie juntillas lo que nos dice el evangelio: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Puesto que no adoraba a los dioses paganos en sus templos, simplemente por esto lo martirizaron. Las leyes paganas no respetaban al ser humano por lo que es sino por sus intereses ideológicos. Y el ser humano es sagrado porque es imagen de Dios y sagrario de la Trinidad. Y si la vida humana es sagrada desde el inicio (en el seno de la madre), en la vida intermedia (procurando la salud y curando las enfermedades) hasta el final de la misma (en el momento de la muerte) indica que todas las fases de la vida están marcadas por la dignidad humana que hay que respetar. Defender la vida y cuidar de la vida humana, en sus distintas etapas y facetas, es lo más auténtico de lo humano. Este es el auténtico humanismo.

También San Fermín tocaba el corazón de sus oyentes cuando resonaba la palabra de Dios en ellos: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado…” (Jn 3, 16-18). El fin de la predicación de San Fermín tenía como base el concienciar a las gentes que le escuchaban para que convirtieran su corazón al Salvador. Les veía esclavizados por las modas y superficialidades del tiempo. También hoy podemos decir que se requiere una reconstrucción no sólo económica y social sino también moral y espiritual. La nueva normalidad de la que tanto se habla deberá ser también un momento para reflexionar y dar un nuevo impulso hacia los valores que favorecen la convivencia, la amistad, la fraternidad y la solidaridad. Teniendo muy presente a aquellos que más sufren y más desamparados están, buscando caminos de apoyo y dignificación humana. Que ni el materialismo, ni el hedonismo bloqueen las relaciones humanas, ni las deterioren.

Como estamos celebrando el centenario de nacimiento del Papa San Juan Pablo II traigo a colación algo que me impresionó hace unos años, en 1995, un día después que me anunciaran el nombramiento de obispo. Y así afirmaba el Papa:”A este respecto, se han realizado numerosos sondeos en diversos países y sus resultados parecen contradictorios: junto a una persistente afirmación de la fe en Dios se constata una preocupante ausencia de práctica religiosa unida a la indiferencia y a la ignorancia de las verdades de la fe. Quizás se debería hablar más bien de un debilitamiento de las convicciones que en muchos ya no tienen la fuerza necesaria para inspirar el comportamiento. De ahí brota una verdadera desertización espiritual de la existencia, que priva a la persona de sus razones de ser y de vida, y lo deja sin guía y si esperanza” (Juan Pablo II, El desafío del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del tercer milenio, Roma, 2 de diciembre 1995).

Ciertamente como afirma la ciencia de la sicología que, el gran déficit de hoy, es la falta del sentido de la transcendencia y que provoca grandes vaciamientos existenciales. Momento importante también después de la pandemia del Covid19 que se ha de cuidar ante los desfases sicológicos afectivos y espirituales. “El hombre quiere realizarse plenamente. Se ha equivocado al creer que podía llegar a realizarse plenamente rechazando a Dios. Una visión secularista del mundo lo ha mutilado, encerrándolo en su inmanencia. ‘Sin el misterio –decía con razón Gabriel Marcel- la vida resulta irrespirable’. La cultura secularista ha alterado las relaciones sociales. La pretensión de organizar la sociedad con una racionalidad puramente tecnológica, la primacía del hedonismo individualista y la marginación de la dimensión religiosa de la cultura, han minado los cimientos mismos de la civilización… Dios no es el rival del ser humano, sino el garante de su libertad y la fuente de su felicidad. Dios hace crecer al hombre dándole la alegría de la fe, la fuerza de la esperanza y el fervor del amor” (Juan Pablo II, El desafío del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del tercer milenio, Roma, 2 de diciembre 1995).

Este sencillo análisis que aparentemente es negativo no lo es porque positivamente, como lo suele hacer un político o un médico o un sanitario o o un vigilante de la seguridad en la sociedad o un comerciante, detecta dónde está el problema y pone los medios y remedios necesarios para sanar y para armonizar tal situación. Por eso detectemos dónde están los problemas y pongamos los mejor de nosotros mismos para poder remediar según nuestras posibilidades. Cada uno desde su servicio político, social o espiritual nos apoyemos. Os doy las gracias en nombre de toda la Diócesis y al mismo tiempo os animo para que sigáis siendo puntales de la sociedad que necesita de nosotros y para que reinen las cinco columnas que la sostienen: La Justicia, La Verdad, La Defensa de la Vida, El Amor de entrega y La Misericordia compasiva.

Al constatar que han muerto muchos de nuestros paisanos navarros a causa del Coronavirus, entre ellos también varios sacerdotes y religiosos, os lo digo desde lo más profundo de mi corazón ha habido dos consolaciones: La primera ha sido la armonía que ha habido en el tejido social para atender con cuidado de todos los enfermos y el empeño de hacerlo en común. La segunda que me conmueve y es la de saber que muchos han fallecido acompañados por sanitarios y capellanes –aun cuando la familia por desgracia no ha podido-. Los capellanes han atendido sacramentalmente a 475 enfermos en Hospitales, además de los que han atendido los sacerdotes en sus parroquias o acompañado en el Cementerio. Han dado la posibilidad a los enfermos de participar en la gracia de Dios. Al final de todo la única patria que permanece para siempre es la eterna.

Ruego a María Virgen Dolorosa que pasó por el trance de ver sufrir y morir a su Hijo Jesucristo en la Cruz que ella nos ayude a saber aceptar estos momentos tan dolorosos con espíritu de fe.

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