El regalo de un Jubileo (En honor a la Virgen del Pirineo y sus peregrinos )

Cuando uno se enamora de una zona o de un paisaje se encuentra gozoso y contento porque la belleza de los montes y la hermosura de sus riachuelos hacen posible sentir que la obra de tales realidades sólo puede proceder de Dios. Eso me ocurre siempre que visito la tierra de Roncesvalles donde los montes y verdor alimentan las mentes y manos  de los artistas. Pero lo más hermoso de estos lares es la imagen de la Virgen que preside la Colegiata de Roncesvalles. ¡Cuántas veces me he quedado embelesado ante esta Reina de los Pirineos! Y es a ella a quien quiero recordar en este tiempo veraniego y a punto de iniciar el Jubileo que nos ha concedido el Papa Francisco por los 800 años de la consagración del altar y el templo de la Colegiata. Me ilusiona y hasta me emociona saber que muchos peregrinos, miles y miles, que han pasado por Roncesvalles llevan consigo la mirada feliz de Santa María que contempla a Jesús, su hijo, con la ternura de una madre enamorada. Nunca se puede olvidar tal “regalazo” como dirían los castizos.

A la Virgen de Roncesvalles debemos dedicar nuestras plegarias y poner nuestras inquietudes y sufrimientos puesto que el camino de la vida tiene una cierta semejanza con el Camino de Santiago. Muchos peregrinos parten de Roncesvalles y después de realizar 780 kilómetros (en diversas etapas)  se hallan en el Monte del Gozo y contemplan las agujas de la Catedral de Santiago de Compostela. Bien merece celebrarse los 800 años de la consagración de la Colegiata y esto es un signo y estímulo para renovar la experiencia de la fe que muchas veces flaquea en nuestras vidas. El Año Jubilar tiene varios matices que conducen a una conversión personal. De ahí que no hay mayor don que sentirnos en paz con nuestro corazón y acompañado por la gracia de Dios.

Hay un recorrido espiritual muy profundo en el Año Jubilar de Roncesvalles. Lo primero de todo nos hemos de sentir pecadores y ejercitando la humildad realizaremos una profunda experiencia de misericordia acercándonos al sacramento de la confesión o penitencia. Las enfermedades se curan con la medicación; lo mismo ocurre con el alma enferma, a causa del pecado, que se cura con la medicina del perdón que procede de Dios en el sacramento de la misericordia divina. Y si nos sentimos débiles y frágiles  a causa de nuestras miserias, también se nos ruega (y así lo manifiesta el sentido del Jubileo) que vayamos dejando las afecciones y adicciones del pecado.

Con tal purificación se requiere acercarse al encuentro del Señor en el gran misterio de amor que es la Eucaristía en  la que participamos limpios y brillantes. Por eso es muy importante la Comunión sacramental de la Eucaristía. El Jubileo tiene como consecuencia ganar la indulgencia plenaria o parcial que limpia las manchas que deja el pecado. Es como cuando uno saca un clavo de la pared, deja  una mancha; para que quede sin rastro de mancha la pared conviene que se limpie. La indulgencia es la que deja el alma totalmente limpia. Y se puede aplicar por las almas del Purgatorio para que queden purificadas y pasen definitivamente al Cielo.

En el proceso del Jubileo de Roncesvalles y para conseguir la indulgencia plenaria, posteriormente a las purificaciones que hemos visto, se requiere estar en comunión con la Iglesia y se rezará un Credo por las intenciones del Papa Francisco. Y esto porque nos unimos en la misma fe y en el mismo Señor que nos ha dicho: “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra: que todos sean uno: como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 20-21). De ahí que un Jubileo es un Año de Gracia que purifica y alimenta el camino hacia la santidad. Por eso deseo que este Jubileo, Año de Gracia, en Roncesvalles sea una luz en el camino de muchos peregrinos o quienes se acerquen a esta hermosa tierra donde la Virgen nos espera en la Colegiata. ¡Feliz Año Jubilar de Roncesvalles!