Los fallecidos por el Covid-19 son nuestros hermanos

Homilía de la Misa en la Catedral de Pamplona por las víctimas de la pandemia del Covid-19

 

Hoy en esta fiesta de Santiago Apóstol se nos abren los sentimientos más profundos del corazón y no sólo al contemplar al gran evangelizador de nuestras tierras españolas sino también al recordar a tantos que han fallecido a causa del Covid19 durante esta larga pandemia. No es un homenaje lo que hacemos, es una oración convertida en sufragios como manifestación de amor y de comunión con los que han partido acogidos en la misericordia del Señor. No es un recuerdo, más o menos sentimental; es una memoria en Aquel que nos ha dicho: “Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Jn 11, 25). La muerte no es el final del camino existencial, es la puerta abierta para la Vida eterna. Por eso una de las afirmaciones más fuertes que la pandemia ha podido pronunciar ha sido que el ser humano es vulnerable e impotente. Pero ¡atención! Esto no quiere decir que se sienta apelmazado o desesperanzado, todo lo contrario: se afianza mucho más  en las verdades auténticas que Dios nos regala. Los apóstoles y entre ellos Santiago supieron dar un giro en su vida pasando de la comodidad a la entrega y de la increencia a la confianza. Se plantaron y oyeron al Maestro: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20, 26).

Muchos ha habido que con su entrega generosa han sido y siguen siendo manifestación del amor de servicio. Esto no sólo lo aplaudimos sino que nos hace pensar en el auténtico sentido que nace del corazón humano y de ahí que esto manifiesta la humanización de la que habla el evangelio: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos” (Mt 20, 28). Muchas veces nos encontramos abrumados ante las dificultades y contrariedades; por eso el servicio mayor es el amor de entrega: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). La gran mayoría de los que han fallecido han pasado por la soledad y los familiares sólo han podido recordar la entrega generosa de su seres queridos. Recordaban las veces que su padre o su madre estuvieron al lado de sus hijos en los momentos difíciles; otros recuerdan las veces que se sintieron consolados por aquellos que ahora no podían despedir y besar; muchos sabían que los fallecidos habían sentido el consuelo de un médico o enfermero cogidos de la mano antes de morir; la gran esperanza para otros era saber que el sacerdote había dado los últimos sacramentos a su ser querido. Por eso las palabras del Señor nos hacen recordar que el mayor amor se hace servicio y plegaria.

Ante el altar, en el momento del ofertorio, vamos a colocar un álbum con todos los nombres de nuestros difuntos diocesanos a causa de la pandemia del Coronavirus. Día a día en la Eucaristía celebrada por la tarde -durante casi tres meses- en la Parroquia de San Lorenzo a los pies de la Capilla de San Fermín, se han ido recordando sus nombres y apellidos. Quedará para la posteridad estos nombres de nuestros hermanos que arrebatados por la muerte han encontrado el consuelo por los sufragios ofrecidos en la Eucaristía. Dios que conoce lo más íntimo de cada persona habrá dado el abrazo de la paz a los que supieron corresponder a su Amor. No hay mayor dicha que la gloria del Cielo y por eso hemos pedido y hoy de modo especial en todas las parroquias e iglesias de nuestra Diócesis de Pamplona y Tudela.

Estoy seguro que la Virgen María así como se apareció en el Pilar de Zaragoza a Santiago Apóstol y le animó para evangelizar sin miedos y sin traumas, sea para todos nuestros seres queridos, la Puerta del Cielo donde desaparecen las penas y donde el gozo se hace eterno. El mayor consuelo se hace vital al saber que después de esta vida existe la plena vida en eternidad. Roguemos por ellos y que descansen en paz.