Homilía de la Misa de San Fermín del 7 de julio

 

En el corazón de todos los pamploneses y de todos los navarros hay una fuerte experiencia de devoción a la fiesta de San Fermín. Una cosa es la fiesta del santo que sigue en pié y otra cosa los festejos que se han aplazado. Por eso en estos momentos celebramos la fiesta bien acogida por todos los devotos y amigos de San Fermín. Es curioso observar que en todas las fiestas de nuestra tierra navarra acudimos a Jesucristo, a la Virgen o a los santos. Y tiene su propio sentido puesto que es la estela de su luz que nos han dejado  y en esta fiesta de modo especial, la luz de San Fermín, permanece durante siglos. Nadie se atreve a borrar la fuerza de la fe que nos han testificado. Hoy venimos a los pies de San Fermín para rogarle que nos ayude a vivir con nobleza de corazón y dando gracias por el fin con el que hemos sido creados y es para amar puesto que la fuente está en Dios. Y este es el auténtico humanismo. Un humanismo que niega de raíz a Dios, es un humanismo que poco tiene que ver con lo humano. ¿Por qué el humanismo exclusivo, que pone su énfasis en colocar al ser humano como centro del universo, no ha dado con la solución a los problemas del corazón humano?

Necesitamos ver que hay dos errores básicos que el humanismo exclusivo comete en sus diversas corrientes. El primero es creer que el ser humano es altruista y bueno por naturaleza. Se afirma que todos somos buenos. Pero hemos de corregir diciendo que más bien tenemos muchas inclinaciones al mal: “Lo más falaz de todo es el corazón, y lo más insanable. ¿Quién lo entiende?” (Jer 17, 9). Si somos honestos, ante la historia de la existencia humana, nos aparecen maldades y pecados. Basta mirar la historia que ahora nos toca vivir. “La verdadera amenaza consiste en la dictadura mundial de ideologías aparentemente humanistas, cuya negación implica ser excluido del consenso social básico. Hoy queda socialmente excomulgado quien se oponga a ello” (Papa Benedicto XVI). El segundo error es el de cierto aparente humanismo que no da crédito a la Palabra de Dios que es viva y eficaz. Lo hemos escuchado en la primera lectura de los Hechos de los apóstoles. Para que podamos amar necesitamos que Dios transforme nuestros corazones.

La única manera en el universo en que podemos cambiar en realidad y convertirnos es por medio de aceptar y creer la verdad de Dios y su plan de salvación en Jesucristo: “El estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de El, y el mundo no lo conoció. A los suyos vino y los suyos no lo recibieron. Pero todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Jn 1, 10-13). Solo así por la gracia de Dios podremos ver el mundo y la vida de otra manera y lo humano adquiere su auténtica valoración puesto que ha renacido espiritualmente. El amor a Dios, el mismo que se requiere para amar al prójimo, no es algo que tenemos por naturaleza. El Señor tiene que realizar una obra en nuestro interior para que seamos investidos con tal amor, que es fruto del Espíritu Santo cuando viene a morar en nosotros: “Imitad, por tanto, a Dios, como hijos muy queridos, y caminad en el amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios” (Ef 5, 1-2).

El testimonio de San Fermín tenía como base, en su experiencia humana, este modo de ejercitar la esperanza: “Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5). Necesitamos que Dios transforme nuestros corazones. Ni la Ilustración, ni las propuestas ideológicas, ni las propuestas sociales de cierto humanismo han funcionado  jamás para cambiar el corazón de los hombres. Esta promesa fue comprada por Jesucristo en la cruz a favor nuestro. Esto es lo que necesita la humanidad para cambiar en lo más profundo. Sólo Dios puede transformarnos realmente. Un humanismo que se abre a la trascendencia es un humanismo verdadero. El humanismo por sí mismo no es suficiente, necesita la gracia de Dios revelada en Cristo.

Estamos pasando unos momentos difíciles que a todos nos hacen, dentro del dolor, reflexionar. La pandemia del Covid19 está martilleando nuestras conciencias y es un aldabonazo para que meditemos y nos preguntemos: “¿Estoy en el recto camino y me encuentro a bien con el Dios que me ama?” Por eso, queridos fieles cristianos, no hemos de sentirnos ni frustrados ni avergonzados ante estas circunstancias, más bien alentados y animados para no desmayar y seguir anunciando el evangelio de Jesucristo que ha venido a sanar los corazones afligidos. No hay mayor consuelo y es el que cada vez que se arrepiente un pecador hay regocijo en el cielo y una nueva vida transformada en la tierra. “Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15, 7).

Es muy hermoso ver que todos agradecemos a los expertos en medicina y su distintas especialidades, a los que han tenido cuidado de vigilarnos, de alimentarnos y de servirnos en tantas facetas vitales. Mucho que agradecer a las instancias sociales y autoridades. Pero no olvidemos que tan importante como el cuerpo es el alma. Un enfermo, que después de tanto sufrimiento falleció, decía antes de morir: “Si no puedo curar el cuerpo, quiero tener el alma limpia y en paz, puesto que al final existe la vida que no acaba y esta vida es la más importante puesto que es eterna”. Rogó que fuera un sacerdote y le administrara los sacramentos. Con una cara resplandeciente murió. Así se cumple el auténtico humanismo que nos enseña San Fermín. Él fue mártir por ser coherente con la fe y supo superar los halagos de los que querían que él apostatara. Fue fiel porque supo dar lo mejor de sí y rompió el mito que para ser buena persona conviene acomodarse a las ideologías de turno y a lo políticamente correcto. Lo humano es enarbolar la verdad y no dejarse llevar por la mentira. Lo humano es ponerse al servicio de los necesitados sean de la condición que sean. Lo humano es mirar cara a cara a Dios y no tener rubor de seguir sus mandamientos, aunque nos digan que esto no es actual ni moderno. Lo humano es vivir en gracia de Dios y no en pecado. Lo humano es ser mártir, como miles de cristianos, que hoy mueren por defender la fe. Lo humano es respetar la vida en todas sus facetas: el humanismo de la vida. Lo humano es vivir de la justicia y rechazar el relativismo que la deprecia y desprecia. Lo humano es perdonar cuando hemos sido ofendidos, como hizo San Fermín antes de ser martirizado. San Fermín es un ejemplo de auténtico humanismo.

Pidamos a San Fermín que nos ayude a vivir la autenticidad de la realidad humana y nos eche el capotico en este nuevo tiempo. Que la Virgen María, con su ternura de Madre, nos empuje a ser coherentes en nuestra vida y consecuentes con nuestros gestos de amor que son los más humanos.