Woman with disposable mask and smartphone outdoors. Dangerous virus

Estamos pasando por unos momentos de fuerte dolor tanto física como espiritualmente. Son momentos de honda reflexión. No podemos caer en la superficial frase: ¡Estamos en la nueva normalidad! Lo primero que no es verdad y lo segundo que se pretende vivir con los mismos modos y resortes que antes se vivía. Conviene tener presente lo que ya muchos científicos de la interioridad (los sicólogos y siquiatras) afirman en sus ambientes propios con gran conocimiento por dónde se mueve este tiempo de pandemia atroz en algunos casos: “Los miedos, los temores, lo sustos, los momentos inciertos… están llevando a muchos a la desesperación y a grandes depresiones”. Toca trabajar mucho más para frenar estos efectos o frutos de la pandemia. Ahora bien, cuando los resortes son muy escasos y hasta muy limitados, se requiere afianzar con los apoyos espirituales que nos ofrece la experiencia cristiana, tan necesaria como la curación que ejercen los médicos del cuerpo o como los que cuidan de lo anímico (lo sicológico). Todo coopera para sanar integralmente a la persona.

Es significativo constatar cómo San Pablo, que era un gran maestro espiritual, define o describe al ser humano en tres partes que forman una unidad compartida. En el Nuevo testamento la distinción entre cuerpo, alma y espíritu aparece una sola vez. “Que Él, Dios de la paz, os santifique plenamente, y que vuestro ser entero –espíritu, alma y cuerpo- se mantenga sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1Ts 5, 23). Tan bien entrelazados están, que son lo constitutivo del ser humano. El cuerpo, el alma y el espíritu son una sola naturaleza humana y si de humanismo auténtico hemos de hablar, no se pueden separar, todo lo más distinguir. Tal es así que tenemos la certeza que alma y espíritu se compenetran en interacción con el cuerpo. Lo único que diferencia es saber que el cuerpo cuando muere permanece identificado con la tierra mientras que alma-espíritu son acogidos en recompensa eterna o en castigo eterno (según haya sido su respuesta al amor de Dios). Al final de los tiempos se realizará la resurrección de los cuerpos en la segunda venida de Jesucristo, el Juicio final.

Hay un lugar en el interior del ser humano donde Dios habita. Ya San Agustín, después de haber padecido tantos desengaños en la vida, un día por fin descubre que Dios está en lo más íntimo de él mismo (“Interior intimo meo”). Este es el lugar más profundo del ser humano, donde él es él mismo de tal forma que no es más él sino Dios. Dentro de su naturaleza humana existe lo sobrenatural, la presencia de Dios. Es la gracia de Dios como sabemos desde los inicios del ser humano. Los bautizados poseen una consistencia aún mayor, pues pueden y deben reconocer que son hijos de Dios, templos del Espíritu Santo. De ahí que se ha de estar atentos, ante los momentos de dificultad y circunstancias adversas, para que el virus destructor no acabe o anestesie la vida espiritual. Y uno de los males que puede acosar, sobre lo humano, es devaluar o ignorar la vida espiritual que es parte constitutiva de su ser personal.

Si hiciéramos un repaso sobre cómo se han comportado los santos, en las encrucijadas difíciles (pandemias de todo género), durante su vida, apreciaremos la fuerza espiritual que ellos muestran sin desentenderse de lo más humano-corpóreo y de modo especial de favorecer a los más necesitados que estaban ansiosos de encontrar una mano amiga, de un refugio para curarles sus enfermedades, de una mesa sencilla donde poder encontrar un plato de comida y así sucesivamente. Este sentido integral es lo más indicado para saber si se contemplan los estadios de la experiencia humana. Si alguno de ellos falla estamos ante una frustración que para nada ayuda a aquello que es lo más humano. No permitamos que la pandemia espiritual sea ahogada por creer que el único valor humano es su corporeidad y nada más. La sociedad necesita cuidarse y curarse corporal y espiritualmente. Este es el gran reto de hoy y no debemos dejarnos llevar por la frustración sino por la esperanza que se sustenta en la fe y la caridad.