21431088 - young pregnant black woman showing an ultrasound picture of her belly , isolated on white background - african people

Me siento muy mal cuando, con pretensiones progresistas, se dan circunstancias en las que se contradice el sentido lógico y común. Mi corazón siente un gran dolor que me hace sufrir. Comienzo poniendo un ejemplo y es el de los que defienden la naturaleza y su proceso normal y por lo tanto un nido de águilas no se puede vulnerar por un depredador. ¡Estoy de acuerdo! La ley penaliza a quien destruya los huevos de águilas porque el mismo ecosistema padecería las consecuencias. Además no es de recibo eliminar por gusto personal algo que debe llegar a su término. Me siento mal cuando se maltrata a los animales sean de la especie que sea y se penaliza a quien así lo haga. ¡Me parece muy bien que se penalice! Nos echamos las manos a la cabeza cuando a un anciano se le maltrata y se despide del trabajo a quien así lo ha hecho e incluso se le penaliza. ¡El anciano merece todo respeto! Aplaudimos a los sanitarios que cuidan de los enfermos y de modo excepcional en estos tiempos de pandemia. ¡Digno de elogio y me sumo a tales aplausos! Sin embargo, no se utiliza la misma medida de la ley para el feto, en la especie humana, que está en el seno de la madre. Sabemos que son millones de seres humanos en todo el mundo, más de veinte, a los que todos los años se les impide llegar a ver la luz y se les lleva a la máquina trituradora de desechos sanitarios. Es la injusticia más atroz del S. XX-XXI. La consecuencia que deduzco es que para la especie animal, al anciano, al enfermo de virus…, se respeta el proceso y para el no-nacido humano, ¿no? No lo entiendo ni desde la lógica, ni desde la razón. Me parece una aberración de sentido común y de sentido ético y moral. Es un asesinato manifiesto y nadie podrá justificarlo por más que se busquen razones.

La ciencia debe regirse con la conciencia y, si son bien armonizadas ambas, su labor será muy positiva en el suceder de la historia. Por eso, la ciencia, tiene en sus manos hacer el bien que llevará a frutos abundantes de humanización y si realiza el mal las situaciones deshumanizadoras son irreversibles y muy difíciles de corregir. Con la vida y con las manipulaciones de la misma no se puede jugar. La historia juzgará de forma implacable las consecuencias de tales errores. Por supuesto, Dios también las juzgará. Esto es un principio de sentido lógico que nos lo resume el dicho popular: “Quien con fuego juega, se puede quemar”. El mal se vence con el bien y con los que luchan por el bien. Como decía Edmund Burke: “Todo lo que es necesario para el triunfo del mal, es que los hombres de bien no hagan nada”. El mal se vence con la puesta en escena del bien y defendiendo la vida que es sagrada. Y no hay que avergonzarse de anunciar esta verdad: “Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos. Pero tú sé sobrio en todo, sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio” (2Tm 4, 3-5).

Desde la misma razón se hace un discernimiento lógico: ¿Cómo es posible que no se de importancia a la defensa de la vida desde la concepción, desde la primera formación de un ser vivo, desde el momento que la vida se ha hecho presente en un embrión? La persona no es un ente abstracto sino un ser vivo que ha comenzado a ser y existir cuando inicia su vida. Si a mí me hubieran truncado los inicios de vida ahora no existiría. ¿No es éste un argumento suficiente y convincente? No se necesita más que recurrir a la sindéresis, es decir, a la capacidad natural para juzgar rectamente y el respeto a la vida es de pura justicia. Hace pocos días me encontré con una persona que estaba buscando a su madre que la abandonó en manos de una familia adoptiva y simplemente quería expresar a su madre biológica el agradecimiento por haberle dado la posibilidad de vivir.

La defensa de la vida es una de las esencias fundamentales del mensaje evangélico y cristiano. Por ello la Iglesia siempre aplaudirá a quien defienda la vida y condenará lo que vaya en contra de la vida misma. En los años que vivió el Papa Juan Pablo II lo expresó de forma contundente: “El aborto es la matanza deliberada y directa, por cualquier medio que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, entendiéndose de la concepción hasta el nacimiento” (Evangelium Vitae, nº 6). Y en muchos de sus discursos el Papa Benedicto XVI ha dado doctrina firme en sus afirmaciones: “Pasa con el aborto o la creación de humanos en el laboratorio. La sociedad moderna está formulando un credo al anticristo que supone la excomunión de la sociedad cuando uno se opone” (Una Vida, Biografía de Benedicto XVI, año 1978). El mismo Papa Francisco lo dice firmemente: “¿Pero cómo puede ser terapéutico, civil, o simplemente humano un acto que suprime una vida inocente e inerme en su nacimiento? Yo os pregunto: ¿Es justo eliminar una vida humana para resolver un problema? ¿Es justo contratar un sicario para resolver un problema? ¡No se puede, no es justo eliminar a un ser humano, aunque sea pequeño, para resolver un problema!” (Audiencia del 11 de octubre 2018). También los obispos lo hemos manifestado hasta la saciedad y los creyentes como humanos favorecemos, por el bien de la humanidad, la “cultura de la vida”. La conciencia no se somete a los fáciles manejos de las antropologías recortadas e interesadas, la conciencia verdadera defiende la vida y la protege. De ahí que se ha de trabajar por el bien de la humanidad pues de lo contrario se la puede dañar y de forma absoluta. Apoyemos la “cultura de la vida y no la de la muerte” en nombre de Dios y en nombre de la misma humanidad. La Iglesia abre sus puertas para acoger a aquellos que no se les quiere dar la posibilidad de vivir. Ella se encargará de propiciarles lo mejor para que se sientan miembros vivos y felices entre nosotros.