¿Quién nos apartará del amor de Cristo?

Hoy se comienza un nuevo curso y todos estamos con cierta pena que no se pueda desarrollar como en otros momentos o años anteriores. Se limita el número, se ponen las mascarillas, conviene dejarse desinfectar las manos con geles, no se debe estar muy junto unos de otros para que haya distancias, se desinfectan las aulas… ¡Cuidado con los movimientos extraños de fiestas que ahora se llaman no-fiestas!… Todo se convierte en una amalgama de cambio social: Y ¿qué podemos hacer? Que nadie se mueva porque si hay algún contagiado debe confinarse en cuarentena que son quince días. Utilizamos un lenguaje simbólico puesto que si el virus escala hasta el pico se piensa que cuánto antes se ha de llegar a la desescalada para volver a la nueva normalidad. Es un momento para agudizar el sentido de la sindéresis, es decir, tratar las cosas como son con sentido racional y no con el latiguillo del lenguaje tan vacío que provoca insatisfacción y miedos persecutorios.

Me preguntaréis por qué utilizo esta introducción a la homilía. La razón es muy sencilla pues porque parece que la sociedad ha perdido otros motivos para pensar o reaccionar y se queda en la penumbra de un aparente ‘sin-sentido’. Y todo lo que nos sucede tiene un sentido. El primero de todos es saber que el ser humano no es dueño de la vida sino administrador; no es creador sino imagen de un Dios que nos ama y por amor nos ha creado; las dificultades se han de afrontar con todo realismo y poner todo el empeño en defender la vida y en todas sus facetas, puesto que la vida es sagrada y no sólo la del que padece Covid19 sino la del que padece malaria o ébola o cáncer y también la del que está en los inicios de vida que es tan persona como cualquier otro ser humano. De ahí que San Pablo afirma: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez o el peligro, o la espada?… Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó… nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 33-39). Profundizar en estos momentos es descubrir que más allá de todos los sufrimientos tenemos le cercanía de Dios. “Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de la luz (Ef 5,8) En medio de todo esto muchos son los retos que hemos de afrontar, pero sin miedos o angustias.

Uno de los grandes retos que hoy se tiene es lo que ha venido en llamarse “la emergencia educativa”  que tiene como meta el ir a las raíces profundas de la misma para encontrar las respuestas adecuadas a este desafío. Hay dos causas profundas de la crisis, por un lado un falso concepto de la autonomía del ser humano y por otro el escepticismos y el relativismo. El Papa Benedicto XVI recuerdo que hablando a los Obispos italianos en Roma (27 de mayo 2010), les decía: “La falsa autonomía es cuando el hombre debería desarrollarse por sí mismo, sin imposiciones por parte de los demás, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en su proceso. Sin embargo, esto no es verdadero, pues para la persona humana es esencial el hecho de que llega a ser ella misma sólo desde el otro, el ‘yo’ se convierte en sí mismo sólo desde el ‘tú’ y desde el ‘vosotros’, está creado para el diálogo, para la comunión sincrónica y diacrónica”. Me alegra que en esta Universidad se tenga como comienzo, medio y fin la persona tanto en los docentes como en los alumnos. Y esto es muy importante en la educación: respetar, amar, orientar, discernir y salvar a la persona. La despersonalización amenaza con ser el emblema social.

A la luz de esto se desprende que se ha de estar al margen y por encima de rencillas y discusiones banales. Nada hay más estéril que cuando uno se arroga ser un gran discutidor. Se suele decir que la sabiduría brilla por sí misma no es necesario demostrarla puesto que la luz luce por sí misma y no se luce. ¡Cuántos lucimientos inútiles que sólo muestran la cultura del vacío! Con un ignorante no des razones porque siempre tendrá la razón aunque esté sin razón. Jesucristo se presenta como la Luz del mundo y rompe con todos los esquemas de los fariseos que discutían sin parar pero eran “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27). “Y la luz no se enciende y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa” (Mt 5,15). De ahí que es importante en la educación dejar que la luz sea expuesta y no se oculte. Hoy se oculta con el escepticismo y el relativismo puesto que son los dos mantras que excluyen las fuentes que orientan el camino humano: la naturaleza y la Revelación. “La naturaleza es considerada hoy como algo puramente mecánico, y que por ello de su ser no procede orientación alguna. La Revelación se considera como un momento del desarrollo histórico, y por lo tanto relativo, como todo el desarrollo histórico y cultural, o como algo sin contenido… Es fundamental volver a encontrar un concepto verdadero de la naturaleza como creación de Dios que nos habla a través de ella. Y la Revelación, es reconocer que el libro de la creación, en el que Dios nos da las orientaciones fundamentales, está descifrado en la Revelación, está aplicado y hecho propio en la historia cultural y religiosa, no sin errores, pero de una manera sustancialmente válida, que cada vez hay que desarrollar y purificar… Educar es formar a las nuevas generaciones, para que sepan entrar en relación con el mundo, fuertes en una memoria significativa que no es sólo ocasional, sino acrecentada por el lenguaje de Dios que encontramos en la naturaleza y en la Revelación, por un patrimonio interior compartido, por la verdadera sabiduría que, mientras reconoce el fin trascendental de la vida, orienta el pensamiento, los afectos y el juicio… No se trata de adecuar el Evangelio al mundo, sino sacar del Evangelio esa perenne novedad, que permite en cada tiempo encontrar las formas adecuadas para anunciar la Palabra de Dios que no pasa, fecundando y sirviendo a la existencia humana” (Ibid. Benedicto XVI).

¡No os canséis de educar, queridos profesores, y no os canséis de aprender queridos alumnos con las antenas de la auténtica sabiduría! Un nuevo curso comienza y con características especiales. Lo más importante será mirar la realidad en la esencia de ella misma y superar los obstáculos con todo el saber humano y divino. ¡Feliz Curso 2020-2021!

Ruego a la Madre de Dios Nuestra Señora de la Sabiduría que acompañe vuestros trabajos, ilusiones y momentos de tiniebla con la ternura que la caracteriza.