Si tuviéramos un sismógrafo para adentrarnos en el interior de la vida cristiana ciertamente que nos quedaríamos sorprendidos al constatar que hay muchos factores que están retardando lo auténtico de la fe en el corazón de los creyentes. Hoy hay muchos retos que hemos de afrontar y sin entrar en discusiones baratas o justificativas. La vida cristiana es un regalo que hemos recibido de Dios, no por nuestros méritos, sino por puro designio de nuestro Señor. La fe no es una consecución voluntarista, sino un regalo que hemos de cuidar con mucho mimo y, al mismo tiempo, no tenemos derecho de juzgar a nadie si este regalo le falta. Quien tiene el don de la fe, tiene un gran compromiso y es el de mostrar con la vida que Jesucristo supone lo más grande en su existencia. San Agustín que era pagano y no comprendía a los creyentes, un día se ve sorprendido por unos amigos cristianos y le impactan llegando a afirmar: “Si estos son cristianos y viven así ¿por qué yo no lo voy a ser?” Es el inicio de su conversión.

Hay varios retos que hemos de afrontar en este tiempo nada fácil. El primero: EN QUÉ CREEMOS. La fe católica se fundamenta en la Palabra de Dios y en el Magisterio de la Iglesia. A través de los siglos se ha ido formulando el CREDO que todos los domingos rezamos al asistir a Misa. Una joven me preguntaba en una ocasión: “¿Cómo puedo decir a mis amigos, que son ‘no creyentes’, en lo que creo?” A lo que le respondí: “Recítales el Credo”. Y este es un reto porque la fe no se inventa sino que se fundamenta en aquellos que son los artículos esenciales de la fe y que se expresan en el Credo. Con sencillez pero con ardor evangélico muchas veces tendremos que anunciar nuestra fe que hemos recibido como un don para también donarla a los demás sin miedo y con generosidad. “Surgirán muchos falsos profetas y seducirán a muchos. Y, al desbordarse la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos. Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Y se predicará este evangelio del Reino en todo el mundo en testimonio para todas las gentes, y entonces vendrá el fin” (Mt 24, 11-13). Jesucristo desvela, con estas palabras, un programa esperanzador para el cristiano: el fin del mundo no es una sucesión de catástrofes, sino un acontecimiento salvador; el evangelio que alcanza al mundo entero. Y con su enseñanza el Señor nos indica también que nuestra actitud debe ser perseverar en medio de las dificultades. La fe que anunciemos con palabras y obras será una luz que nadie podrá apagar.

Un segundo reto: PORTADORES Y TESTIGOS DE ESPERANZA. Los pesimismos, las angustias existenciales, los problemas y las dificultades siempre estarán entre nosotros. La esperanza según Aristóteles “Es el sueño de un hombre despierto”. Es tener la mirada puesta en la cima cuando se camina. “Es una virtud obligatoria para todo cristiano que nace de la confianza en tres verdades: Dios es todopoderoso, Dios me ama inmensamente y Dios es fiel a las promesas” (Juan Pablo I). No cabe duda que hoy se tiende a mirar las realidades humanas desde lo material y desde lo visible e incluso se afirma que esta es la auténtica libertad. Una persona sin esperanza se ve agobiada por la vida si ésta se realiza, se envuelve y se proyecta en lo material. De ahí que hoy se requiere retar a la vida mirando con la certeza que Dios cumple sus promesas. Abrahán “creía firmemente en la esperanza contra toda esperanza” (Cfr. Rm 4,18). Así lo sentía San Juan Pablo II afirmando que la virtud teologal de la esperanza, por una parte, impulsa al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a toda su existencia y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para su compromiso cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al plan de Dios. La esperanza es una victoria que no evita el dolor, sufrimiento y muerte; abre un camino hacia la realidad más auténtica y es que Cristo ha Resucitado y apuesta por la humanidad.

Un tercer reto: CUSTODIOS DEL AMOR. La fuerza de la Caridad es tal que transforma nuestras seguridades egoístas en paz, gozo, alegría. Nadie hay más feliz que el que ama. Desde el Bautismo hemos recibido este gran regalo. “Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Siempre que he leído este texto me he dado cuenta que me queda mucho camino por recorrer. Un día fui a visitar una madre que había perdido un hijo en accidente de helicóptero y ella me dijo: “Mi hijo de veinte años se fue a tierras lejanas como militar para defender a un pueblo oprimido por el terrorismo. Y mi hijo antes de despedirme me pidió que si un día moría que ni llorara ni tuviera pena puesto que él iba para entregarse y ayudar por la paz de este pueblo”. Era un joven cristiano y había entendido que amar es entrega como dice Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida” (Jn 15, 13). El amor además de entrega es misericordia, es restaurar los conflictos hacia la paz, es considerar al prójimo nuestro hermano. Dios es amor y de la fuente de este amor hemos sido creados a su imagen.