Young beard man wearing blue shirt praying in modern church.

Estamos celebrando en este mes de octubre el mes del rosario y de las misiones. Momento propicio para seguir construyendo el Reino de Dios. Con la Virgen María como intercesora y como misionera del amor de Dios tenemos una gran suerte. Ya es tradicional que durante este mes se recuerde a los cristianos la oración tan hermosa como es el Santo Rosario. Aún recuerdo en mi infancia el bien que nos hacía rezar juntos, al calor de la “gloria” (sistema de calefacción en Castilla. Un túnel que recorría una habitación por debajo y se alimentaba de paja ardiendo), las avemarías que cada día uno de nosotros recitábamos ante la imagen de la Virgen de Viyuela. Son momentos de recogimiento y de ayuda para crecer en la fe y en la experiencia de amor que Nuestra Señora infunde en nuestros corazones. ¡Cuánto bien haría a las familias que tuviéramos todos los días 15 minutos para rezar juntos a la Madre de Dios! Tal es así que muchos fantasmas desaparecerían y muchas relaciones se recompondrían. Pero las prisas y el afán de vivir locamente apresados por el materialismo y el hedonismo ahogan las fibras más importantes que existen en nuestro interior.

Sin embargo los atractivos de programas y más programas ofrecidos por los medios de comunicación, hacen que poco apoco nos introduzcamos en un túnel que no sabemos dónde nos lleva. Si se pierde el cuidado de la vida interior, se pierden las bases que sustentan nuestra vida. En una ocasión me comunicaba una persona: “¿Para qué sirve rezar? ¡No te reporta nada! Es algo inútil. Se requiere pasártelo bien, poder gozar del bienestar, aprovechar para divertirte y cuánto más posibilidades económicas tengas, pues mucho mejor. Lo demás es pura fanfarria. Además después de esta vida no hay nada”. Y entonces yo le recordé lo que dice San Pablo: “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos. No os dejéis seducir: las malas compañías corrompen las buenas costumbres. Despertaos, como es justo, y dejar de pecar. Porque hay algunos que desconocen a Dios. Lo digo para vergüenza vuestra” (1Co 15, 32-34). A lo que él me respondió: “Eso son cosas que os habéis inventado los curas”. La siembra la hice, los frutos no sé cuáles serán. Pero rezo por él todos los días y a la Virgen le ruego que lo ilumine y ampare.

De ahí que hemos de insistir en rezar y en anunciar, como misioneros, las verdades que emanan de la palabra de Dios. Este mes de octubre tiene también una significación misionera. Es el mes de las misiones. El primero de mes de octubre, para adentrarnos en lo que significa la misión, hemos recordado a Santa Teresita del Niño Jesús, que es patrona de las misiones. Y ella no salió de un monasterio. Vivió toda su vida en Lisieux y un día comprendió cuál era su misión fundamental: “En el corazón de la Iglesia yo seré el amor”. Y este carisma lo tenemos todos: la capacidad de amar. Por lo tanto todos somos misioneros y hemos sido sellados desde el día que recibimos el sacramento del bautismo. El Concilio Vaticano II insiste que respondamos con generosidad y prontitud de ánimo, a la voz de Cristo que en esta hora nos invita a seguir evangelizando con mayor insistencia y llevados por los impulsos del Espíritu Santo para esta misión salvadora.

Tengamos presente también a San Francisco de Javier que junto a Santa Teresita son los patronos de las misiones. Bien se cumple que en la misión se realiza el dicho: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Es un refrán que invoca la importancia de trabajar y esforzarse para conseguir lo deseado, al mismo tiempo que se invoca la ayuda de la gracia divina. San Francisco predicó y recorrió el mundo oriental evangelizando y Santa Teresita en el Monasterio ofreciendo sus plegarias para que Dios sea impulso y fortaleza en los misioneros. Esta expresión popular es la sabia expresión del equilibrio entre espiritualidad y acción. Que este mes, orando con el Santo Rosario a la Virgen, nos ayude para ser misioneros en el lugar que vivimos.

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