Senior man reading newspaper at home, closeup

Es un hecho que hoy existe el peligro de convertir lo falso en verdad y la verdad en falso. Tal vez incluso cuando uno quiere vanagloriarse, ante los amigos, se enorgullece de haber falseado alguna conversación o situación. Esto que, aparentemente es plausible y de inteligentes, se puede decir que es de una bajeza moral terrible. No hay inteligencia auténtica que sostenga la falacia y la mentira. La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Decía San Agustín: “La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar” (Mend.4, 5). Cuántas veces hemos podido constatar que las noticias que a veces circulan por los corrillos y ahora por los medios de comunicación son falsas. Se han venido en llamar fake news, que es el nombre que reciben las noticias que carecen de veracidad y que son transmitidos a través de medios de comunicación y redes sociales como si fuesen reales. “Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error al que tiene derecho a conocerla” (Catecismo de La Iglesia Católica, nº 2483). No cabe duda que se desfigura lo que es realmente la lealtad y la nobleza de corazón.

Hay unos objetivos que generalmente se desarrollan a través de estas noticias falsas. Uno de ellos es que influyen en la opinión pública ante una situación y momento particular puesto que el afán de poder busca todos los medios para engañar y falsear la situación. No importa quién esté de frente sino cómo convencerle de la trama para conseguir que acepte aún, en medio de la ignorancia, los objetivos pretendidos falsamente. También influye en las conductas de las personas con diferentes finalidades tratando de conquistar, con las ideologías de diverso tipo, trastocar los principios de la auténtica verdad. Y citando de nuevo el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda: “La mentira es condenable por su misma naturaleza. Es una profanación de la palabra cuyo objetivo es comunicar a otros la verdad conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que son desviados de la verdad” (nº 2485).

He podido constatar en muchos momentos el sufrimiento que suponía, en muchas personas, las mentiras que habían lanzado contra ellas. La calumnia es fruto de quien utiliza palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos. Se usa la calumnia como una forma de autodefensa y trata de dañar a los que no se acepta y se utiliza tal arma más dañina y más perniciosa que las armas materiales que destruyen el cuerpo. También he podido constatar que muchas personas han encontrado la pacificación interior al calor de la propuesta de la fe; que habiendo sido vilipendiadas y escarnecidas por la calumnia y las falsas acusaciones o mentiras se han repuesto escuchando la Palabra de Dios: “Mostrad entre los gentiles una conducta ejemplar, a fin de que, en lo mismo que os calumnian como malhechores, a la vista de las buenas obras, glorifiquen a Dios en el día de su visita” (1P 2, 12). Si los que conocen lo íntimo de los sentimientos afirman que el perdón es “medicina para el corazón”, no cabe duda que se sana lo que más vale: la paz del alma.

Los discípulos de Jesucristo, a pesar de la carga que suponen las limitaciones, no deben perder de vista lo que dice San Pablo: “Revestiros del hombre nuevo, que ha sido creado conforme a Dios en justicia y santidad verdadera. Por eso, apartándoos de la mentira, que cada uno diga la verdad a su prójimo, porque somos miembros unos de otros” (Ef 4, 24-25). Con estas actitudes se ha de fomentar la vida nueva que contradice a la vieja apestada de vicios y mentiras. Nada nos debe hacer gozar tanto como es la vida en Cristo que elimina toda mentira y toda falacia porque es la Verdad.

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