Hay una realidad profunda en el ámbito social que parece no tiene resonancia puesto que todo se mide por la magia de las ideologías inmanentes y por lo tanto todo lo que transciende se filtra, se margina y se ridiculiza. Y uno de los temas que hoy resulta difícil entender y comprender es la figura personal del Maligno.

¿Quién es el Maligno? Pues bien vamos a reflexionar y ahondar en este tema importante y que para la gran mayoría no tiene vigencia actual puesto que se piensa que son cosas del pasado. Habitualmente rezamos el Padre Nuestro y en él se nos dice: “Líbranos del mal”, es decir del Maligno. Aún se recuerda lo que afirmó el Papa Pablo VI el 15 de noviembre de 1972: “¿Cuáles son las necesidades más grandes de la Iglesia? Que no os maraville como simplista o incluso supersticiosa o irreal nuestra respuesta: Una de las más grandes necesidades de la Iglesia es la defensa contra este mal que llamamos Demonio”. Se ha infiltrado en la sociedad y también en el ambiente creyente una especie de relativización del Maligno, Demonio o Satanás. Y ésta ha sido su victoria la de creer que es un mito y no existe; pero él sigue actuando con unas artimañas muy sutiles.

Jesucristo en la última cena con sus apóstoles afirma: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 15). El Diablo, tal como viene en los Evangelios, es constitutivamente mentiroso. Quiere confundir la razón porque así aplasta nuestra libertad. Decía Blondel: ”La libertad de la libertad es un engaño”. Bien se puede aplicar hoy, en esta época, cuando con la bandera de libertad se promueven leyes que entrañan un gran engaño y es la de creer que el aborto, la eutanasia, la manipulación antropológica, las mentiras para conseguir los propios fines, las falsas noticias, los abusos de todo tipo… son una conquista progresista y de libertad. La verdadera libertad es la del que ama, la libertad se realiza en el amor que Dios ha sembrado en nuestros corazones. ¡Cuidado que quien rompe con las leyes de Dios ha de atenerse a consecuencias muy dolorosas! La libertad sin el amor se destruye así misma. El Demonio con sus artimañas, de una forma silenciosa pero perversa, teje lazos y ataduras de esclavitud. “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quien devorar” (1P 5, 8). No se debe jugar con la mentira y menos convertir la verdad en falsedad. Los frutos, de tal juego peligroso, son muy amargos.
Las artimañas del Maligno son varias y las realiza de tal forma que a la oscuridad la convierte en luz. Pongamos el ejemplo de un matrimonio que se han amado de verdad y por circunstancias de la vida pasan por momentos de prueba. De una forma muy ladina el Diablo (=el que divide) infunde en sus corazones sentimientos de rencor, de odio, de deseo de venganza. Comienzan a desconfiar y a culpabilizarse mutuamente. Se plantean separarse como si fuera la única solución. En lugar de ponerse en una actitud de conciliación y reconciliación que es la máxima expresión del amor y que hace libres, se enredan con las instigaciones del Maligno. Lo mismo y de forma más sutil sucede con los consagrados al Señor (sacerdotes, religiosos, vírgenes…). Les engaña con nuevas aventuras aparentemente amorosas y caen en la trampa de la esclavitud que degenera en egoísmo idolátrico.

Solamente pueden superarse estos momentos cuando se ruega en el Padre Nuestro: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal -del Maligno-“ (Mt 6, 13). El mismo Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña: “Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo” (nº 2854). La confianza en Dios hace posible que se venza al mal: “¿Qué diremos a esto? Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? (…) ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? (…) Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó” (Rm 8, 31-37). Dios nunca engaña, el Maligno siempre.

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