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Muchas veces se ha pensado que a Dios se le ha de temer, puesto que parece estar con la vigilancia autoritaria para que el que hace algo malo se ensaña contra él. Y es todo lo contrario pues Dios ni premia ni castiga. Nos ha dado la libertad para que escojamos nosotros o el bien o el mal. Luego somos nosotros los que nos castigamos o nos premiamos y esto porque Dios nos ha creado por amor y nos ha dado la libertad para tirar hacia el bien o hacia el mal. Ocurre que hemos de ser conscientes que nosotros somos responsables del bien que hacemos o el mal que realizamos. De ahí que hemos de temer no a Dios sino a nosotros al hacer el mal y en definitiva nos hemos de atener a las consecuencias en la elección que hagamos.

Se nos advierte: “El temor del Señor es fuente de vida para escapar de los lazos de muerte” (Sal 14, 27). Y si nos tememos a nosotros por no ser coherentes, lo que ocurre es que se acentúa más el procurar hacer el bien por amor más que por temor. A Dios no se le teme, a Dios se le ama. Muchas veces solemos decir: “Temo si no voy a ser responsable ante el trabajo que se me ha encomendado o asignado”. El temor está en relación con la responsabilidad y si uno es sincero y leal, mirándose a sí mismo, teme no ser responsable y esto le ayuda en su labor para cumplir con el propio deber que es amor. Lo que Dios nos pide y ruega es que vivamos poniendo bien los cimientos. “Si la obra que uno edificó permanece, recibirá el premio; si su obra arde, sufrirá daño” (1Cor 3, 14). “Cristo es el único cimiento y, por tano, los creyentes debemos estar no sólo unidos a Jesucristo, sino adheridos, como pegados a Él… Él es el fundamento y nosotros el edificio; Él es el tallo de la viña y nosotros las ramas; Él es el esposo y nosotros la esposa; Él es el pastor y nosotros el rebaño” (San Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 8,4). El pecado viene como consecuencia de poner el énfasis en los propios caprichos personales más que sustentarnos en el cimiento que es el amor a Jesucristo.

En la Biblia se nos exhorta reiteradamente que debemos temer a Dios. Pero ¿por qué deberíamos tener temor de Dios? ¿No es Dios amor? Así nos refiere San Juan: “En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no es perfecto en el amor” (Jn 4, 18). Aún recuerdo aquellos consejos que me daba mi madre: “Hijo cuando no hagas las cosas por amor, hazlas al menos por temor”. Y es verdad puesto que lo podemos comprobar en el quehacer diario. Hay un ejemplo que nos ayuda a entender mucho mejor este modo de proceder y es cuando conducimos el coche; las restricciones son muchas y si no se cumplen posteriormente viene la multa. De ahí que por temor a ser multados tratamos de cumplir bien las indicaciones de tráfico. Y esto en sentido negativo pero en sentido positivo podemos comprobar que las normas se cumplirán teniendo presente el respeto y la solidaridad con los demás que es lo que implica en sí el amor.

Desde el punto de vista creyente sabemos que no debemos cuentas a nadie más que a Dios por nuestras acciones. Temer deshonrarlo con nuestros actos. Esto asegurará que actuemos con rectitud, amor y bondad hacia nuestro prójimo. Los apóstoles así lo trataban de vivir: “Sino que en todo el pueblo el que le teme -le reverencia- y hace lo justo, le es aceptable -Dios se siente agradado de él-” (Hch 10, 35). Y si el temor es fuente de vida no queda más que escuchar al apóstol que nos invita a la santidad: “Por tanto, queridísimos, teniendo estas promesas, purifiquémonos de toda mancha de carne y de espíritu. Llevando a término la santificación en el temor del Señor” (2Co 7, 1-2). No hemos de perder el tiempo y menos pararnos en nuestras propias empresas existenciales o egoístas, más bien alcemos el ánimo y hagamos todo para la gloria de Dios que bien se lo merece y que él nos lo pagará con creces.

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