Senior man in gray sweater at home in his living room praying, hands clasped together, eyes closed. Burning candles behind him. Close up.

En este tiempo de Cuaresma, bien podemos meditar y analizar el lugar preferencial donde ponemos nuestra esperanza. El Salmo nos examina sobre la posición donde nos movemos y para ello va poniendo ejemplos y metáforas y así hacernos comprender que la vida bien merece la pena vivirla con intensidad y, aún menos, despreciarla. Quien obre bien: “Será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo, y no se marchitan sus hojas: cuanto hace prospera” (Sal 1,3). Las tierras movedizas de aquel que sólo se fía de lo material o de los triunfos en la vida o de la confianza en personas o del éxito a un cierto momento… son como una nube hermosa pero sin consistencia. Basta que venga un contratiempo que, si no se tienen bien puestos los cimientos, todo se derrumba.

Este es uno de los mayores fracasos que azotan en nuestra época. La falta de sentido vital tiene sus raíces en la falta de confianza en Dios. Y no es una entelequia o una imaginación poética creer en Dios sino que la confianza en él hace posible ya no solo centrar nuestra vida sino que la refuerza: “Y he aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Este convencimiento lleva al cristiano a amar la vida, a no maldecirla nunca, pues todos los momentos, por muy dolorosos, oscuros y opacos que sean, son iluminados con la certeza y el recuerdo gozoso de Jesucristo. Con su amor estamos convencidos que nada es inútil, ni vacío, ni fruto de la vana casualidad, sino que cada día es un momento de gracia puesto que la fuerza interior del alma tiene como base fundamental la vida y promesas de Jesucristo. Basta pensar en los santos; todo hubiera ido en pérdida total si no se hubieran fiado del Señor.

En muchos momentos, el Papa Francisco con su espíritu ignaciano, nos ha recordado que, muchas veces, depositamos nuestra confianza en un trabajo, en una persona que creemos fiable, pero nos decepcionamos cuando -por causas ajenas a nuestra voluntad- perdemos ese trabajo que nos daba confianza o ese amigo que era nuestro apoyo total. Hay muchas cosas que nos pueden fallar. Son cosas que no podemos controlar y entonces, en ese momento, nos percatamos que solo nos queda un resorte vital y es el de saber que Dios nos saca del apuro. Si no confiamos en Dios ¿en quién podemos poner nuestra confianza? Todo puede caer, Dios nunca.

Pensemos en la historia de San Ignacio de Loyola que habiendo buscado en las realidades humanas todo su quehacer, se sorprende ante la herida provocada por una situación de guerra y en tal situación halla la mayor auténtica realidad que sólo la Vida en Cristo puede darle solidez a su existencia. Quien busca primero el Reino de Dios, no tiene que preocuparse por todo lo demás, Dios se le dará por añadidura (cf. Mt 6,33). Por lo tanto el abandono en Dios es el resultado de la confianza en su Amor. Es significativo el resultado pues le conduce a San Ignacio hacia “la santa indiferencia” porque sabe agradecer a Dios todo lo que le venga de su mano: “Que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza. Honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás” (Ejercicios Espirituales, 23).

En este tiempo de Cuaresma conviene que hagamos un buen examen de conciencia y discernir -con la fuerza de Dios- cuál es nuestro modo de proceder ante las circunstancias que nos afectan. La conclusión podrá tener muchos matices pero el hilo conductor de tal reflexión nos ayudará a ver si confiamos en Dios o en los quehaceres que llevamos entre manos o en los programas a largo plazo o en la angustia existencial que viene como fruto de una enfermedad, situación familiar o laboral. Dejemos que vaya haciendo mella y, a ejemplo de San Ignacio o de otros santos, demos un paso más firme en la plena confianza en Dios que en todo y siempre quiere nuestro mayor bien.

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