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Tenemos unos resortes interiores que conviene conocerlos y me estoy refiriendo a lo que hoy está más en boga y es la afirmación de que la conciencia psicológica debe conducir los actos personales y trata de desplazar y dejar a un lado la conciencia moral porque se la considera un obstáculo al progreso humano. Ya Pablo VI decía: “Por desgracia, se han desencadenado en la psicología moderna muchas y graves objeciones contra el valor de la conciencia moral. Se quisiera abolir, en la actividad espiritual del ser humano, ese acto reflexivo y decisivo que constituye precisamente la conciencia moral, es decir, el juicio que un ánimo inteligente y sereno se da de sí mismo, fijándose en las exigencias de la ley moral, en cuyos imperativos se expresa la propia voluntad de Dios, nuestro transcendental principio y la única meta de nuestra felicidad” (Audiencia General, Psicología moderna y conciencia moral, 19 de Julio 1978). Acertó el Papa Pablo VI puesto que con cierto profetismo anunció uno de los fallos graves que sufre la sociedad, a causa del relativismo, y es la de confundir el bien en mal y el mal en bien.

El filósofo Nietzsche llega a afirmar que “hasta ahora no se ha experimentado la más mínima duda al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo. ¿Y si fuera verdad lo contrario?” Y para lograr la inversión de los valores, Nietzsche debe arrancarlos de su raíz fundamental, que es Dios. Así se entiende su obsesión por decretar la muerte de Dios, cuando afirma que “ahora es cuando la montaña del acontecer humano se agita en dolores de parto, Dios ha muerto, viva el superhombre”. La auténtica conciencia moral tiene claro dónde está el bien y dónde está el mal. Y si esto no se tiene claro vemos en nuestros días que la psicología del superhombre ha triunfado puesto que las ideologías y el individualismo han corroído nuestras estructuras morales. Y si algo se debe reprochar a estas corrientes, que manipulan los códigos naturales, es el haber querido hacer desaparecer a Dios como si esto fuera el mayor signo del progresismo.

Las consecuencias de este error inducen a considerar que, en muchos momentos, la psicología del superhombre ha triunfado. Tal es así que desde la Revolución Francesa, el deber moral fue definitivamente aligerado de su fundamento divino, y sólo quedó apoyado en un mero fundamento civil. El pensamiento de Voltaire se ha difundido de tal forma que él mismo afirma que toda ética basada en el deber aparece como imposición rigorista e intransigente, dogmática, fanática y fundamentalista, saturada por el imperativo desgarrador de la obligación moral. Si no hay sentido moral todo es válido según el baremo de las apetencias personales.

Ante tal desviación que lleva como consecuencia la inmoralidad, es conveniente plantearse una educación fina y segura que debe comenzar en la niñez donde se fraguan los principios morales ante la diversidad de situaciones que se presentan en la vida. La familia es el núcleo fundamental donde se educa y se ha de formar a los hijos y ya no sólo en los comportamientos justos sino con la mirada en todos los actos y obras que conllevan un sentido ético y moral. Hay una regla de oro que hace posible este sentido positivo de la vida: Hacer el bien y evitar el mal, no hacer a nadie lo que no queremos que nos hagan a nosotros y no hacer el mal para obtener un bien. Podemos concluir que en lo más íntimo de todo ser humano existen unos códigos que proceden del Creador que es Dios. La conciencia moral es la habitación dónde Dios habla y reside. “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Somos templo del Espíritu Santo y como suelen decir los santos: “Ha sido un sueño que ha iluminado toda mi vida, convirtiéndola en un paraíso anticipado” (B. Isabel de la Trinidad, Epístula 1906).

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