Homilía ofrecida en la ordenación diaconal del 27 de junio, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona.

Una de las razones fundamentales por la que las personas e individuos luchamos es la de encontrar gozosos la fuente de la felicidad. Pero la felicidad no puede sustentarse en cimientos de vacío sino en cimientos fuertes. Para ello deben llenarse, los cimientos, de un material consistente pues de lo contrario el edificio se derrumba. Si ahondamos comprobaremos que el verdadero humanismo debe sostenerse en lo único que lo fortalece. En esta época y ambiente social-cultural que nos toca vivir se confunde lo banal y superficial con lo auténtico. ¡Es una falsedad!  Lo único que debe brillar y dar esplendor es la caridad. De ahí que San Pablo en la lectura que acabamos de proclamar diga a los fieles de Corinto que sobresalgan en la caridad (Cf 2Co 8, 7).  El verdadero humanismo contiene, en su base, una fuerza existencial y ésta es la caridad que es aquella virtud que tiene como fuente y origen a Dios Amor. “Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). El testimonio que hoy nos pide el Señor ha de mostrarse con  valentía y ésta solamente tiene su origen y arraigo en la caridad y en la misericordia.

A la luz de la palabra, sigue diciendo el apóstol: “No os lo digo como una orden, sino que, mediante el desvelo por otros, quiero probar también la autenticidad de vuestra caridad. Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza” (2Co 8, 8-9). Aquí está el secreto en vuestra próxima experiencia de diáconos y sabiendo que hoy vais a recibir este ministerio no olvidéis que habéis de ser: un desvelo por todos. Y solamente se consigue cuando el corazón se afianza en Dios que es misericordioso. La pobreza es desprendimiento de uno mismo para ser rico en caridad. ¿Queréis identificaros con Cristo? ¡Desprendeos de todo! Esta es la mayor riqueza puesto que el inquilino de vuestro corazón es Jesucristo. Y ¿Cuáles han de ser los desprendimientos que hoy os pide el Señor? El primero de todos es dejarse llevar por la voluntad de Dios en cada momento desplazando todo atisbo de egoísmo. Con el salmo decirle: “Enséñame a cumplir tu voluntad, Tú eres mi Dios. Tu espíritu bueno me guíe por tierra llana” (Sal 143, 10). Hemos de ser pobres de espíritu dónde sólo habite Dios y no pordioseros que buscan el aplauso de las gentes, el afecto sensiblero, la paga a los propios méritos y el acomodo farisaico huyendo de todo dolor y sufrimiento.

Hoy, queridos candidatos al diaconado, os vais a comprometer a la obediencia y al celibato. Son los consejos evangélicos y virtudes propias del ministerio que vais a recibir. Son muy importantes estas promesas puesto que con la obediencia y el celibato os vais a revestir más de Jesucristo. Y no lo conseguiréis con vuestras propias fuerzas sino confiando en lo que decía el apóstol a los gálatas: “Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2, 19-20). Morir al propio yo no se logrará a no ser que se abrace la cruz de Cristo. Como cristianos y en la vocación que hoy os regala el Señor, a través de su Iglesia,  no lo olvidéis debéis ser grandes enamorados de la cruz puesto que bien abrazada transforma el egoísmo en gracia (el grano de trigo en espiga) y lo carnal en espiritual. Lo que para el mundo es un escándalo, la cruz, para nosotros es un acicate del paso de la muerte a la vida como nos testifica con su entrega Jesucristo.  La entrega de vuestro ministerio significa daros sin medida a Dios y a los hermanos.

No olvidéis que vuestro ministerio diaconal os será gratificante en muchos momentos pero también os hará pasar “por cañadas oscuras” de tipo personal, de tipo afectivo, de tipo pastoral, de tipo social y cultural. Ahora bien, nunca dejéis de orar con insistencia y donde la palabra de Dios sea el centro y ella os orientará y os iluminará. Hoy también os comprometéis a rezar la Liturgia de las Horas. Os puedo decir -por experiencia- el gran bien que ha realizado, esta oración, en mi propia vida. Seguid abriendo vuestra alma al Señor, a través del acompañamiento espiritual, con vuestro director y que el sacramento de la penitencia sea fortalecimiento en momentos de debilidad y gracia segura para el alma. Que la Eucaristía sea el alimento diario. Si Jesucristo está a vuestro lado y dentro de vuestros corazones no tengáis miedo. Os lo repito: ¡No tengáis miedo! Es el mismo Señor quien lo afirma: “No tengáis miedo…Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Además “si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la Gloria de Dios y para su eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado” (San Roberto Belarmino, De Ascensione mentis in Deum, 1). La vida cristiana en el ministerio que vais a recibir no tiene otro alimento más seguro que el Señor. ¡Dejad que se abra paso en vuestras vidas!

El Evangelio de hoy nos da las claves fundamentales de cómo Jesucristo se acercaba a la gente. Y una de las cosas que más llama la atención es ver la gran movilidad que él tenía. Incluso hasta cuando descansaba, le interrumpían. La descripción que hace el evangelista Marcos deja notar su gusto por los detalles que evocan recuerdos muy precisos. Nuestra entrega y nuestro servicio pastoral tienen en estos testimonios el estilo que hemos de adquirir para acercarnos a nuestros fieles y a los que tal vez se encuentren lejos. Me impresiona con la soltura que atiende Jesucristo a cada uno. En estos momentos que nos toca vivir, tengo la impresión que al sufrir todos por la pandemia que tantos dolores ha producido y sigue produciendo, nos puede servir la respuesta que da a la hemorroisa  que había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia” (Mc 5, 34) o  al jefe de la sinagoga que lloraba por su hija muerta: “No temas, ten sólo fe” (Mc 5, 36). Lo peor de las dolencias, enfermedades, pandemia incluida no es lo material del sufrimiento sino la ausencia espiritual en él mismo. La fe y la vida espiritual ayudan a saber sobrellevar con entereza las adversidades y ofrecer la propia vida, si así llega, en las mejores manos que son las de Dios.

Ruego a Santa María la Real que nos ayude a vivir con ilusión la fe que hemos recibido como don y roguemos por Pedro-Luis, Renato y Jonatán para que sirvan con generosidad -en el ministerio diaconal- a todos los que la Iglesia les confíe.

 

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