Homilía del funeral del padre Isaac Totorika

El 29 de julio tuvo lugar el entierro y funeral, en el Monasterio de la Oliva, por el P. Abad Isaac Totorika. La homilía de dicho funeral fue predicada por el Abad del Monasterio de Santa María de Huerta, en Soria, el P. Isidoro María Anguita. A continuación ofrecemos dicha homilía:

Estamos aquí reunidos para celebrar un funeral. Cuando toca celebrar el funeral de un desconocido uno se pierde en descripciones teóricas y piadosas sobre la muerte y la resurrección. Cuando se celebra el funeral de un ser querido, todo adquiere un valor diferente. Reconozco que para mí Isaac era un hermano, un amigo y un monje cabal con quien podía hablar de temas de fe en total sintonía.

Por eso no me puedo perder en esta homilía en discursos sobre la resurrección que bien conocemos. Isaac era una persona concreta, nada teórica. Practicaba el amor, aunque no fuera capaz de escribir libros sobre el amor. Por eso su seguimiento de Jesús resultaba más auténtico, más entendible para todos. Tampoco quiero dejarme llevar por un panegírico falso, simplemente quiero recordar hoy esos rasgos de Isaac que son para nosotros luz que ilumina nuestro camino de amor y de seguimiento del Señor Jesús.

Ayer por la tarde recibí un correo de nuestro Abad General conmovido y disculpándose por no poderse hacer presente en esta eucaristía por la dificultad de los viajes en este tiempo de pandemia. Decía en el correo: “Que el P. Isaac descanse en paz y disfrute de la beatitud de lo que verdaderamente fue: un buen siervo del Señor y de los hermanos. Isaac para mí era todo una pieza; lo que se veía en él era de veras lo que era. Siempre era el mismo Isaac, sin importar la situación o con quién estuviera tratando. Era un hombre sencillo e íntegro, sin duplicidades. Muy generoso, amaba la vida cisterciense y se entregó totalmente a los hermanos, a La Oliva, a Zenarruza y a buscar verdaderamente a Dios. Tenía una estima por el Abad General de la que yo me sentía indigno”.

Isaac gozaba de una sencillez y humildad que resultaba atrayente. Muchos son los mensajes que recibió a lo largo de su breve y dura enfermedad en la que yo tuve que hacer de filtro para que no se fatigara más de lo que ya estaba. Poco a poco se los hacía llegar. El último que le acerqué al oído antes de comenzar la sedación fue el de una abadesa que decía: “A Isaac lo más fácil es quererlo”. Las enfermeras y médicos del hospital lo dejaron también de manifiesto sin haberlo conocido previamente.

Luchó con gran fortaleza física y espiritual en una suerte de montaña rusa emocional donde la esperanza y la desesperanza se alternaban sin pausa. Tan pronto veíamos un atisbo de esperanza como nos la quitaban drásticamente para volver a recibirla a continuación. Todo dependía de su evolución que nunca llegaba a culminarse de forma positiva.

Pero más allá de todas las emotividades lo que resaltaba en Isaac eran dos cosas. Una más visible y evidente que lo hacía tan atractivo y otra más oculta que sostenía a la primera: su capacidad de entrega en el amor y su vida de fe.

Hay una frase que Jesús se aplica a sí mismo cuando habla de los jefes de este mundo y que define perfectamente a nuestro querido Isaac: No he venido a ser servido, sino a servir y dar mi vida por todos (Mt 20, 28). ¡Qué tentación tan grande es buscar ser servido cuando se tiene autoridad, para “vestir” así el cargo! Pero esa no es la enseñanza de Jesús y bien lo sabía Isaac, demostrándolo con una vida completamente entregada, incluso más allá de sus fuerzas, algo de lo que soy testigo. Hay muchos ejemplos que los más cercanos conocemos muy bien, aunque no los mencione. Una entrega hecha con gran amor, dedicación y sin darse importancia para no molestar. ¡Cuántas veces me manifestaba que prefería hacer él mismo las cosas para no molestar y para dar ejemplo, incluso en su última etapa, cuando estaba ya teniendo muchos dolores!

Quizá en todo eso haya tenido un gran papel el ejemplo que le dejó su madre en el trabajo de la tintorería que luego continuaba en casa de una forma tan abnegada. Para él fue un punto de referencia que siempre tuvo presente.

El otro aspecto que resaltaba en Isaac fue su vida de fe. Aspecto menos llamativo, pero que era lo que sustentaba su donación. Os voy a ilustrar este aspecto con un ejemplo que recuerda la lucha nocturna de Jacob con el ángel de Dios.

Todos sabemos que el anillo es un signo de alianza, la señal del sí que se da al otro con quien se quiere compartir la vida. Pues bien, Isaac llevaba ese anillo grabado en su carne, el anillo del sí al Señor grabado en su pierna en forma de cicatriz de más de 10 cm. Cuando el Señor se fija en alguien y le pide su sí, con él le va a pedir su corazón, no para destruirlo sino para darle una vida más sublime. Isaac tenía en su corazón a Zenarruza. Allí era feliz y allí fue elegido primer prior titular. Estaba feliz en medio de un contexto sencillo, rodeado de campo y cerca de su pueblo. Poco le duró su dicha. No había pasado un año y le comuniqué la posibilidad de que fuera elegido abad de La Oliva. Su lucha fue terrible, no porque no quisiera a los hermanos de La Oliva, a los que amaba y veneraba, sino porque su corazón estaba en Zenarruza. Y en esa lucha interior, mientras estaba trabajando, gritó: “¡yo no me voy de Zenarruza!” Apenas dijo eso, se rompió una tabla, se cayó y se le clavó haciéndole una gran herida. Consciente de lo sucedido se sometió humildemente a lo que decidiera la providencia divina que se manifestó con inusitada claridad posteriormente.

Isaac supo amar incondicionalmente a todos y a cada uno de los hermanos de La Oliva viviendo desde la fe. A veces tuvo que sufrir, pero soy testigo de la paz y mansedumbre con que lo hacía. Su deseo era dinamizar una comunidad y una vida monástica en la que creía plenamente hasta dejarlo todo por ella como seguimiento del Señor. Nosotros solemos mirar sólo las apariencias, pero Dios ve el corazón. Ahí es donde reside la obra del P. Isaac que es grata a los ojos de Dios. Eso que está en lo profundo del corazón, lugar donde habita Dios y donde se encuentran los que aman a Dios.

Interpela por qué el Señor se lo ha llevado de nuestro lado tan joven y haciendo una labor tan auténtica. Más que cuestionar lo sucedido, hemos de abrir los ojos espirituales para ver más allá, acogiendo el mensaje final que nos deja el P. Isaac: una vida de fe madura, que a veces lucha con Dios, pero que siempre se somete a él con humildad y confianza filial; una vida de entrega a los demás y olvido de sí, sabiendo que el amor que hemos practicado es lo único que nos acompañará por toda la eternidad.

El Señor ha reclamado para sí lo que nos hizo gozar en su persona mientras estuvo entre nosotros. De Dios venimos y a Dios volvemos, de Dios recibimos todo y a él retorna de nuevo. Seamos agradecidos con todo lo que nos da sin apropiarnos nada. Sólo la providencia divina conoce sus planes inescrutables.

Finalmente quiero agradecer en el nombre de Isaac a tantas y tantas personas que se han mantenido muy cercanas ofreciendo toda su ayuda, desde nuestro arzobispo Francisco a médicos amigos y tantos miembros de nuestra Orden y de su familia. Isaac continúa en medio de nosotros. Que descanse en paz.