BENDICIÓN ABACIAL DEL P. JAVIER URÓS (Aba del Monasterio de la Oliva)

Nuestro querido arzobispo me ha pedido que diga yo la homilía, lo que hago por el
aprecio que le tengo, aunque me hubiera gustado más escucharle a él. En cualquier caso,
también hubiera bastado con leer en este momento los capítulos 2 y 64 de la RB, donde el
patriarca de monjes nos dice cómo debe ser el abad. Pero como no se trata de leer la Regla
ahora, intentaré resaltar algunos puntos que creo pueden ser útiles para el P. Javier en este día
de su bendición abacial.

Hoy la Iglesia te bendice reconociendo la misión que se te ha encomendado por la
elección de tus hermanos. En su bendición, la Iglesia te da su gracia, la gracia de Dios sin la cual
no podrás ejercer tu misión según el corazón de Cristo. Acoge la gracia que se te ofrece y ponla
por obra, pues quien te ha traído hasta aquí no te dejará de su mano.

Te recuerdo muy bien, P. Javier, cuando eras novicio y muy pronto te entregaste a tus
hermanos atendiendo a los enfermos, una vocación que ya te venía de antes. Una atención
física a los enfermos que ahora tendrás que practicar también espiritualmente, pues esa es
una de las cualidades que ha de tener el abad, ser médico para sus hermanos. Otra misión que
te encomendaron fue la de la secretaría, administrar los bienes materiales de la comunidad,
que también es otro de los cometidos del abad en su monasterio, al ser el último responsable
de la administración temporal. Tantas y tantas cosas que nos pasan en la vida terminan
encontrando un significado providencial, como si la providencia divina nos estuviera
preparando para una misión que no imaginábamos.

Ser abad es un honor porque han sido tus mismos hermanos los que te han elegido.
Pero un honor, ante todo, al poder servirlos, como nos recuerda San Benito: Sepa el abad que
más le corresponde servir que presidir. Son tantas las cualidades que debe tener el abad según
San Benito, que no las podemos recordar todas aquí. Basta con fijarnos en algunas más
esenciales.

Javier, nunca olvides que ante todo debes ser padre, que es lo que significa el nombre
que se te da. Y para ser padre debes portarte como tal, procurando ser más amado que
temido, como nos recuerda la Regla. Debes acompañar a tus hermanos en su camino,
procurando que nadie se quede en la cuneta. Has de liderar a tu comunidad llevándola tras los
pasos de Cristo, sin conformarte con que camine por inercia, cargando sobre ti a los más
débiles para que ninguno se rezague. El abad que no está dispuesto a ello no debe aceptar este
oficio. Recuerda también lo que nos decían los padres del desierto: el abad debe ser un
“pneumatophoros”, un portador del Espíritu, con el carisma de discernimiento para ayudar a
sus hermanos a dar a luz el espíritu que habita dentro de ellos. A fin de cuentas, se es padre
porque se transmite la vida, no por llevar un título honorífico.

Un padre espiritual y un pastor solícito que acompaña a los hermanos, sin limitarse a
vigilar por el cumplimiento de todas las normas, pues estar demasiado encima puede
“exasperar a los hijos”. Un padre que se sabe adaptar a todos y a cada uno, sin esperar a que
los hermanos se adapten a él. Un padre que no infantilice, que sepa dar responsabilidades y
promueva la colaboración de todos, haciéndoles ver que solo madura quien entrega su vida.
Un padre paciente que crea en sus hermanos, pues eso les dará vida.

También nos recuerda San Benito que el abad es el padre del monasterio porque “hace
las veces de Cristo”. Esto es importante, Javier, créete que haces las veces de Cristo sin
reemplazar a Cristo. Cristo te hablará al corazón si te dejas transformar por él, pero Cristo
también te hablará en la comunidad porque ella es “auditorio del Espíritu Santo”, como nos
decía San Bernardo. Busca con ahínco lo que Cristo quiere para transmitírselo a cada hermano,
lo que te será imposible si no los escuchas. La Iglesia te reconoce hoy una autoridad, pero la
autoridad moral tú te la tienes que ganar, lo que solo conseguirás si vives para tus hermanos,
sirviéndolos de corazón, en coherencia de vida, centrado en lo esencial y afrontando los
problemas sin eludirlos. La autoridad moral huye del abuso de poder, se aleja del
paternalismo, evita el igualitarismo y también el infantilismo.

Como buen pastor se te encomienda la misión de guiar a tus hermanos estando junto
a ellos, como nos dijo desde el principio de su pontificado el papa Francisco. Una presencia no
invasora, sino cercana. No basta con estar, hay que guiar, y para ello tú mismo tienes que
conocer dónde están las mejores fuentes y los mejores pastos, sabiendo intuir lo que se
avecina, pues ningún ciego puede guiar a otro ciego. Tengo experiencia que a veces atribuimos
a la mala suerte o a los ocultos designios de Dios lo que no pasa de ser pereza nuestra, parálisis
por nuestros miedos y falta de confianza. Un grupo no avanza si nadie lo lidera. Los resultados
no vienen si no se trabaja. Y no me refiero a las apariencias externas, sino a la transformación
del propio corazón, que es lo que a Dios le interesa.

Ama a tus hermanos, Javier, ama a tus hermanos y todo será más sencillo. Ámalos sin
favoritismos, aunque unos te resulten más sencillos que otros. A quien ama se le abren los
corazones. Quien ama no se paraliza fácilmente, pues confía en Dios antes que en sus propias
fuerzas. Quien ama no se desanima enseguida, pues bien sabe que a él solo se le pide el
trabajo, no la cosecha. Y el amor, no te olvides, supondrá también sobrellevar con humildad las
injurias, sin que por eso dejes de amar perdonando y corrigiendo con mansedumbre.
Aprovecha esos momentos difíciles recordando lo que nos dice San Benito, que al acompañar a
los hermanos en el camino del evangelio nosotros mismos nos vamos corrigiendo. No te
justifiques para quedarte metido en tu despacho esperando a que vengan los hermanos, el
buen pastor debe salir en su búsqueda y orar mucho por todos y cada uno, sabiendo también
esperar con prudencia, pues cada uno lleva su propio ritmo.

Tampoco debes olvidar que al aceptar ser abad, aceptas ser maestro en tu comunidad.
Maestro para enseñar con tu doctrina y con tu ejemplo de vida. No es algo optativo, sino una
obligación asumida, hablando con regularidad a tus hermanos y formándote tú mismo en la
doctrina de Cristo.

Y termino con la característica abacial con la que comencé porque fue tu primera
llamada: debes ser médico para tus hermanos. Médico que sepas diagnosticar certeramente y
ayudes a sanar con mucha paciencia y misericordia. Es aquí donde la propia experiencia de tu
enfermedad te hará más comprensivo con los demás, sabiendo distinguir siempre entre las
enfermedades graves y los simples resfriados para no dramatizar más de lo debido.
Javier, hoy te acompañamos con alegría y te ofrecemos también nuestro apoyo. Que
Ntra. Sra. del Rosario, a la que tú tienes especial devoción, te arrope con su bendición y su
espíritu maternal en esta misión de padre y pastor que recibes.

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