Nuevos servidores del pueblo de Dios

23.06.2024 Ordenaciones sacerdotales y diaconal. Catedral de Pamplona. Foto: M.A. Bretos

El pasado domingo 23 de junio, a las 18:00 horas, tuvieron lugar en la catedral de Santa María la Real de Pamplona las ordenaciones correspondientes a este curso pastoral, siendo la primera ceremonia de ordenaciones que preside Mons. Florencio Roselló Avellanas como Arzobispo de Pamplona. En este caso se ordenaron tres seminaristas, procedentes de los dos seminarios diocesanos. Del Seminario Conciliar “San Miguel Arcángel”, se ordenó presbítero Juan María Terrés Goena, de 27 años, natural de Cizur Menor, que durante sus últimos años de estudio en el seminario ha realizado ta­reas de apoyo pastoral en el Valle de Baztán, Cascante y Ribaforada. Del Seminario Mayor Diocesano Internacional y Misionero “Redemptoris Mater” se ordenó como presbítero el joven Ken Beleña Sumpo, de 35 años, natural de Tacloban City (Filipinas) y recibió la ordenación diaconal José Humberto Chamalé Álvarez, de 33 años, procedente de San José Pinula (Guatemala).
La ceremonia comenzó puntualmente con la procesión solemne de entrada, que contó con la presencia de numerosos sacerdotes diocesanos que quisieron acompañar a los ordenandos en este momento tan importante de sus vidas, expresando así la comunión de todos los presbíteros con la Iglesia de Navarra y el arzobispo de las diócesis.
Tras la liturgia de la palabra, comenzó el rito propio de la ordenación. Se llamó a los candidatos por su nombre, quienes se adelantaron y contestaron: “Presente”. Después, dirigiéndose al arzobispo, el superior dijo: “Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes presbíteros a estos hermanos nuestros”. El arzobispo preguntó: “¿Sabes si es digno?” A lo que contestó: “Según el parecer de quienes lo presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que ha sido considerado digno”. El arzobispo aceptó a los candidatos con estas palabras: “Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a este hermano nuestro para el orden de los presbíteros”. A lo que respondió con gozo la asamblea: “Demos gracias a Dios”. A continuación, el arzobispo don Florencio pronunció una magnífica y profunda homilía, que llegó a los corazones de quienes la escucharon (la reproducimos íntegramente en las páginas siguientes, recomendando encarecidamente su lectura).
Terminada la homilía, continuó el rito de la ordenación, con las promesas de los elegidos. El arzobispo dirigió una serie de preguntas a los ordenandos, quienes expresaron públicamente sus deseos de ser sacerdotes y prometieron ser fieles en el cumplimiento de su ministerio sacerdotal, en la predicación de la Palabra de Dios, en la celebración de los sacramentos y en la oración asidua. Finalmente prometeieron obediencia a la Iglesia en la persona del Papa, de los Obispos y de sus superiores. El arzobispo concluyó esta parte con una sentida exclamación “Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término”.
A renglón seguido, los elegidos se postraron en tierra en señal de humildad, de amor y de donación a Dios. La asamblea cantó las letanías de los santos, pidiendo su intercesión por quienes recibían el ministerio de la ordenación diaconal y sacerdotal. Esta parte se cerró con estas palabras del arzobispo: “Escúchanos, Señor, Dios nuestro, y derrama sobre este siervo tu Espíritu Santo y la gracia sacerdotal; concede la abundancia de tus bienes a quien consagramos en tu presencia. Por Jesucristo, nuestro Señor”.
Luego, llegó el momento clave de la ordenación sacerdotal, que se realizó con la imposición de las manos y la pronunciación de la oración consagratoria por parte del arzobispo Mons. Florencio Roselló, quien en silencio impuso sus manos sobre la cabeza de los elegidos arrodillados. Este gesto antiguo significa ya desde el tiempo de los apóstoles la transmisión del poder sacramental del Espíritu Santo. Después, todos los sacerdotes presentes impusieron también las manos a los ordenandos como gesto de comunión en el sacerdocio. La asamblea acompañó este momento de pie y en oración silenciosa.
A continución los nuevos sacerdotes, con la ayuda de algunos hermanos presbíteros, se revistieron con los ornamentos sacerdotales, signo visible del carácter sagrado de su ministerio.
El arzobispo ungió entonces con el santo crisma las manos de los recién ordenados, diciendo a cada uno: “Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio”.
Luego, el arzobispo entregó a los nuevos sacerdotes la patena con el pan y el cáliz con el vino, diciendo: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Con este gesto se quiere indicar que el sacerdote está ordenado para celebrar el sacrificio eucarístico y que él mismo participa en el sufrimiento y la cruz redentora del Señor.
El rito de la ordenación sacerdotal terminó con el abrazo de la paz, que el arzobispo y algunos sacerdotes dieron a los recién ordenados como signo de caridad sacerdotal. Luego, la Eucaristía continuó con normalidad. Al término de la celebración, el nuevo diácono José Humberto leyó unas palabras de agradecimiento.
Como dijo el arzobispo en su homilía, con las ordenaciones de estos tres jóvenes, “la diócesis se viste de fiesta”.

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