Biografía de Sta. Margarita María de Alacoque

Biografía de Sta. Margarita Mª de Alacoque

La gran confidente del Corazón de Jesús nació el 22 de julio de 1647 en la ciudad de Lhautecour. Muy joven aún recibió el don de oración y un atractivo extraordinario hacia la divina eucaristía. A los veinticuatro años de edad ingresó en el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial, en el que recibió las grandes confidencias del Corazón de Jesús. Tres fueron las principales manifestaciones. En la primera le descubrió el abismo de su amor infinito a los hombres. En la segunda le pidió la comunión de los primeros viernes de mes y el ejercicio de la hora santa la noche del jueves al viernes. Y en la tercera le pidió trabajar para que la Iglesia instituyera la festividad del Sagrado Corazón el viernes siguiente a la octava del Corpus, ayudándole en su misión su confesor y director el jesuita San Claudio de la Colombière.

En el convento Margarita sufre contradicciones: por un lado tira de ella el afán por la oración y la intimidad con Jesús. Por otro lado está la regla de su orden. Vienen al tiempo las grandes citas extraordinarias de Dios y las grandes humillaciones. Para probarla le imponen faenas humillantes y mortificaciones muy opuestas a sus inclinaciones, le hacen cumplir los oficios más bajos, capaces de distraerla de su oración. Ella obedece a todo, y la gracia de Dios la sostiene; incluso llega a buscar por sí misma más humillaciones y sufrimientos.

Llena de pruebas de toda clase, Jesús quiere asociarla a su obra redentora. Poco a poco, todo va cayendo, hasta que las comunidades de la Visitación aceptan la “nueva devoción” y se propaga por otros monasterios. Comienza una etapa de actividad asombrosa para expandir la devoción: ayuda espiritual en el locutorio y con las cartas, impresión de libros, estampas, imágenes… Y todo esto lo realiza con un deseo de “permanecer en un perpetuo olvido”, para que sólo aparezca el Corazón de Jesús. Su vida interior tan rica permanece oculta, a petición suya, y sólo aparece lo que puede humillarla. En los diecinueve años que vivió en el monasterio fue enfermera, maestra del grupo de niñas que se educaban allá, maestra de novicias y asistente de la comunidad.

Cuando ve que su misión de dar a conocer el Corazón de Jesús y hacerlo amar se ha cumplido, presiente su muerte. A los cuarenta y tres años Margarita se halla totalmente achacosa. Cuando una monja la quiere aliviar, le responde: “Gracias, pero son muy cortos los instantes de vida que me restan para desperdiciarlos. Sufro mucho, mas no lo bastante para satisfacer mis ansias de padecer”; la domina el ansia de ir con Jesús, que la llama el 17 de octubre de 1690.

La devoción al Corazón de Jesús se extendió rápidamente por todo el mundo a partir de las revelaciones de Santa Margarita María de Alacoque, contrarrestando eficazmente la terrible y descorazonadora doctrina jansenista. Tiene por objeto venerar el corazón de carne de Jesús como expresión material de su inmenso amor a los hombres; sus principales prácticas son el amor y la reparación de las ofensas que continuamente recibe de los hombres.

Jesús preveía durante su vida mortal los pecados de los hombres de todos los tiempos. Esto le causaba un intenso sufrimiento; iba a morir por unos seres llenos de ingratitud. Pero también preveía las buenas obras, las oraciones, los sacrificios, las obediencias de sus amigos que así le consolaban. Nuestros pecados de hoy, de nuestra generación, que le ofenden en gran manera, le hicieron sufrir entonces. Nuestras buenas obras y sacrificios de hoy, también le consolaron entonces. Identificada con Jesús, también los pecados de los hombres causaban en nuestra Santa una reacción que no tiene tanto de sentimental como de espiritual y purificadora: se duele de las ofensas a Dios y anhela tributar la mayor gloria de Dios en desagravio por esas deshonras.

Como Jesús en la cruz fue víctima, Santa Margarita también será víctima. Este anhelo explica el heroísmo que alcanzó en el orar, en el obedecer, en el trabajar y en sufrir por amor.

Su vida puede resumirse en una fidelidad heroica a una misión: “predicar a todos los hombres las riquezas del Corazón de Jesús, que había aprendido por revelación suya” (Benedicto XV); y ser “pregonera y promotora incansable de su culto” (Pablo VI).