La buena noticia de Jesucristo

Cada año la Iglesia nos invita a los católicos a dedicar una jornada a recordar la dimensión misionera de nuestra vocación cristiana. Con frecuencia pensamos que nuestra obligación como cristianos termina con el cumplimiento de unos cuantos preceptos y el cuidado de nuestra propia salvación. Basta tener una idea algo clara de lo que es la fe cristiana para darnos cuenta de que los cristianos tenemos algo más que hacer en el mundo. Si hemos recibido un don tan grande como el conocimiento de los planes de Dios sobre el mundo, si creemos de verdad que Jesucristo es el salvador de la humanidad entera, por gratitud, por fidelidad, por amor a los demás, nos sentiremos obligados a anunciar y difundir lo que nosotros sabemos, a ofrecer a los demás la posibilidad de vivir ya desde ahora, como nosotros, la alegría y las riquezas de la salvación de Dios.

El lema de este año nos pone como modelo a la Virgen María. Nada menos. “Con María, llamados a la misión”. Conviene hacer un esfuerzo para que estas hermosas palabras no queden en una expresión meliflua que nos pase de largo sin conmovernos de verdad. María es madre y modelo de la Iglesia porque es la perfecta creyente, la mejor discípula de Jesús. María es la memoria contemplativa de la Iglesia, nos dice el Papa. Por eso mismo es también la fuente permanente del amor fiel y de la alabanza contagiosa.

Para hablar de Jesús, para poder decir “haced lo que El os diga” hace falta quererlo mucho, estar muy convencido de que El es el Salvador, confiar mucho en su presencia, en su amor, en su poder. Esta fe de María, arraigada en el corazón de la Iglesia, es la raíz viva de la vocación misionera, la fuente inagotable de la solicitud misionera de los mejores cristianos.

Nuestra Iglesia de Navarra ha sido y sigue siendo muy misionera. Ahí están los más de 1500 misioneros y misioneras navarros desplegados por el mundo entero para anunciar el evangelio de Jesús, la gran noticia de nuestra salvación. Pero seríamos hipócritas si no dijéramos algo más. La verdad completa es que desde hace bastantes años estas vocaciones misioneras han disminuido drásticamente entre nosotros. Los jóvenes de ahora ya no se sienten animados a dedicar su vida al anuncio del evangelio. Nos falta fervor, claridad y firmeza en la fe, estima del evangelio y de los valores del espíritu, grandeza de ánimo y generosidad de corazón. Nos puede la preocupación por el bienestar material. Así perdemos una posibilidad muy real de engrandecer nuestra vida y preparar muchos méritos para la vida eterna.

El desinterés misionero de muchos cristianos es más grave si pensamos que en las circunstancias actuales se puede y se debe ser misionero, propagandista del evangelio de Jesús, también aquí, con los amigos, en el colegio o en la universidad, en el trabajo y a lo mejor en la propia familia.

Para que en nuestros cristianos y en nuestras comunidades crezca el verdadero espíritu misionero, la fórmula es bien sencilla: que crezca el conocimiento y el amor de Jesucristo como Salvador universal, que aumente la claridad y la valoración de los planes de salvación de Dios para todos los hombres, que disminuya el egoísmo y crezca el deseo de ofrecer a los demás los mismos bienes que nosotros recibimos por la fe en la santa Iglesia de Dios. Y todo esto en una perspectiva clara de salvación eterna para nosotros y para los demás. Una salvación conocida, preparada y vivida desde ahora. Así lo vivieron los Apóstoles reunidos en oración con María, la Madre de Jesús. El Espíritu Santo, espíritu de amor y de fortaleza, los hizo misioneros del evangelio en el mundo entero.

Mientras tanto, ayudemos a los misioneros con nuestro dinero de manera generosa. El dinero que se recoge en el Domund se le ofrece al Papa para que él ayude a las Iglesias más necesitadas, para que apoye y dé impulso a las empresas de evangelización y promoción más urgentes. De esta manera la colecta del Domund nos ofrece la ocasión de transformar el valor de nuestro dinero en acciones para la vida eterna.

Como María, nos sentimos todos obligados a colaborar para que el mundo entero conozca a Jesucristo, para que en todas partes sea conocido el mensaje de Jesús, para que todos los hombres se enteren de que son hijos de Dios y vivan felices como hermanos en su Iglesia, iluminados por una misma fe y unidos por el amor de Dios en una gran familia universal. Así surgirá de nuevo en nuestras parroquias el ímpetu misionero de otros tiempos.