Renovar nuestras comunidades cristianas

CUARESMA­‑PASCUA, 2005 

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA,

BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA

CUARESMA­‑PASCUA, 2005

INTRODUCCIÓN

1. La conversión a Jesucristo y a su Evangelio no es un episodio puntual y pasajero de la vida cristiana, sino un proceso constante y necesario. Son innumerables las páginas del Antiguo Testamento en las que somos invitados reiteradamente a convertirnos a Dios. Jesús inaugura su ministerio público con el mismo mensaje: «El Reino de Dios está llegando: convertios y creed en el Evangelio». La llamada enérgica de Jesús es repetida con alta intensidad y frecuencia a lo largo de todo el Nuevo Testamento. Vivir en cristiano consiste en convertirse continuamente. Este axioma es válido para las personas, las comunidades y las mismas instituciones de la comunidad del Señor.

Hay una época del año litúrgico en la que se vuelve más explícita y apremiante la llamada de Dios a la conversión: la Cuaresma. En ella, Dios mismo, a través de la Iglesia, nos ofrece más abundantemente su Palabra, la gracia del Sacramento de la Reconciliación, la Eucaristía que consolida nuestro retorno al Señor. En ella, la Iglesia nos exhorta a orar más y mejor, a practicar la austeridad que nos hace más sensibles ante la voz de Dios y a desprendernos más generosamente de nuestros bienes en favor de los necesitados. La Cuaresma es, pues, «tiempo fuerte» de conversión.

Conversión y renovación

2. La Escritura utiliza una gran variedad de términos para designar este rasgo esencial de nuestra vida cristiana.

Convertirse es retornar a Dios, purificarse, reconciliarse, cambiar de orientación vital. Cada una de estas expresiones evoca mejor que las demás alguno de los múltiples aspectos de la conversión cristiana. Una de ellas recoge más explícitamente el aspecto que quisiéramos subrayar en esta Carta Pastoral: en los escritos del Nuevo Testamento convertirse equivale a renovarse.

En varios pasajes, el apóstol Pablo, en sintonía con todo el Nuevo Testamento, nos apremia a renovarnos interiormente despojándonos del «hombre viejo» y revistiéndonos del «hombre nuevo creado a imagen de Dios para llevar una vida santa».

Convertirse es, pues, para Pablo, transformarnos en hombres y mujeres nuevos. El vocabulario por él utilizado nos aclara que la renovación no consiste en crear otros creyentes y otras comunidades, sino en hacer que estos creyentes y estas comunidades sean «otros», es decir, más impregnados de la pasión por Dios, más tocados por la debilidad hacia los pobres, más modelados en su conducta por los valores evangélicos, más auténticos testigos de la fe.

Una renovación a fondo

3. La perspectiva paulina de la conversión nos resulta altamente iluminadora y actual en un momento en el que nuestras diócesis están empeñadas en un proceso de renovación espiritual y de remodelación pastoral.

En efecto, la renovación postulada por San Pablo no consiste ni en inventar ni en restaurar ni en retocar la vida cristiana personal o comunitaria. La Iglesia está ya inventada, aunque necesitamos creatividad, valentía y paciencia para colaborar con el Espíritu en su renovación. La Iglesia no necesita ser restaurada según el modelo de tiempos recientes ya caducados, aunque habrá de redescubrir y reincorporar valores evangélicos que se han debilitado en ella. La Iglesia necesita algo más que simples retoques que dejan prácticamente intactas sus brechas y sus heridas actuales; habrá de implicarse en una renovación profunda que le conduzca a aceptar a Jesucristo como único Señor y a situarse en actitud de servicio evangélico a la comunidad humana.

Los destinatarios de la Carta Pastoral

4. Al escribiros este mensaje pensamos, en primer lugar, en el núcleo vivo de nuestras comunidades que comparten con nosotros la misma fe y el mismo amor y preocupación activa por la Iglesia. Son nuestros primeros destinatarios. Quisiéramos ofrecerles alguna claridad en tiempos de bruma y confortar su esperanza. Tenemos también ante nuestra mirada a los numerosos practicantes habituales que celebran con nosotros la Eucaristía dominical y necesitan ser invitados a una vida cristiana más evangélica, más activamente corresponsable en la Iglesia y más interpeladora para la sociedad. Nos dirigimos además a aquellos bautizados que mantienen una fe siquiera debilitada y unos vínculos circunstanciales con la comunidad eclesial, con el ánimo de ayudarles a descubrir la verdad, la belleza, la bondad y la dicha de ser auténticos cristianos y con el propósito de advertirles del riesgo de ir perdiendo progresivamente su fe.

Deseamos asimismo establecer un diálogo con aquellos increyentes que experimentan con alguna frecuencia una insatisfacción por su modo de vivir y se preguntan a sí mismos si eso es todo lo que hay que hacer en esta vida y todo lo que se puede esperar de ella. Quisiéramos mostrarles que, gracias a Aquél que murió y resucitó por nosotros, vivir es mucho más que eso. No podemos olvidar, en fin, a aquellos otros increyentes entregados a causas nobles que constituyen para ellos verdaderas «religiones sin Dios»: la búsqueda de la verdad, el compromiso por la justicia y la práctica de la solidaridad. Apreciamos su honestidad y generosidad y queremos mostrarles «el Dios desconocido» que está en el fondo de sus mejores inquietudes.

Estructura de la Carta

5. El primer capítulo quiere responder a la pregunta: ¿«cómo estamos»? Intenta ser una mirada descriptiva de la situación de nuestras comunidades eclesiales (parroquiales y no parroquiales) y de los creyentes que las componen. Esta mirada pretende ser, al mismo tiempo, analítica y sintética. Por ser analítica, describirá la variada gama de creyentes que se extiende desde la adhesión honda a la fe y a la comunidad hasta los umbrales mismos de la indiferencia religiosa. Por ser sintética recogerá aquellos rasgos, desafíos, problemas y deficiencias que afectan globalmente a nuestras comunidades diocesanas. Vamos a encontrarnos con un panorama que si en algunos puntos es alentador, resulta en otros muchos gravemente preocupante.

El segundo capítulo quiere explicar por qué nos hallamos hoy en esta situación. Retrataremos y valoraremos el ambiente que nos envuelve, poderoso y altamente modelador de la mentalidad, la sensibilidad, las actitudes y los comportamientos de creyentes e increyentes. Junto a estas causas exteriores anotaremos y valoraremos algunos factores interiores a la misma Iglesia que han contribuido también a su actual situación.

El tercer capítulo será, más bien, interpretativo. Diseñará una lectura creyente de «la noche» por la que pasan nuestras Iglesias. Al mismo tiempo destacará los «signos del nuevo día» que empieza a entreverse en sus sombras. Y esbozará algunos rasgos de la espiritualidad reclamada por la estructura misma de nuestra fe y por la coyuntura de nuestro tiempo.

La situación de la sociedad y de la misma Iglesia están reclamando que adoptemos o consolidemos unas opciones básicas necesarias para que la comunidad cristiana y sus miembros mantengamos y aquilatemos, en tiempos de crisis, nuestra identidad, ofrezcamos el Evangelio de Jesús y contribuyamos a humanizar nuestro mundo. Identificar y describir estas opciones constituirá el meollo de un nuevo capítulo: el cuarto.

De unas opciones básicas asumidas con coherencia se deriva la elección de unas actividades prioritarias que sean una parcial y modesta encarnación de aquellas opciones. No podemos hacerlo todo. Hemos de concentrarnos en lo fundamental y realizarlo de manera adecuada. El capítulo final se propone enumerar y exponer estas prioridades.

I.– RADIOGRAFÍA DE NUESTRAS COMUNIDADES ECLESIALES

1. Una mirada analítica

6. Renovar las comunidades eclesiales presupone conocer su situación, su temperatura creyente y eclesial. Tal situación no es homogénea, sino variada. Una radiografía elemental de nuestras diócesis refleja niveles de fe y de vida cristiana muy diferentes. Vamos a describirlos sucintamente.

1.1. Los creyentes motivados y comprometidos

Son el núcleo central y más vivo de nuestras comunidades. Nos conforta su adhesión viva a Jesucristo, su servicio a la comunidad cristiana y su generosidad en el compartir. Tienen una sensibilidad religiosa despierta, que se refleja en una práctica orante diaria o frecuente. Buscan una mayor formación que les ayude a vivir una auténtica vida cristiana en la familia, en el trabajo, en las pruebas de la vida, en el uso de los bienes. Su fe constituye un auténtico estímulo que les induce a asumir compromisos de servicio dentro de la comunidad cívica o de la comunidad eclesial.

Sienten preocupación dolorida ante la creciente debilidad de la Iglesia, a la que aman mucho. Es su casa. Experimentan esta debilidad en miembros de su misma familia y sufren por ello. Se preguntan si en un futuro próximo el declive de la fe no va a reducir a la Iglesia a un residuo sin relieve. Quisieran que esta Iglesia fuese más evangélica, menos clerical, más participativa. A pesar de ello siguen en la brecha con tenacidad y fidelidad. Encuentran en la fe y en la oración consuelo y fortaleza.

Ciudadanos de esta sociedad concreta e impregnados de su sensibilidad, no todos sintonizan siempre fácilmente con algunas formulaciones doctrinales y morales de la Iglesia. Pero esta tensión, nacida de su pertenencia a la comunidad humana y a la comunidad cristiana es bien asumida. Una actitud hecha de fidelidad y de libertad es su talante habitual.

Este núcleo ha crecido mucho en los dos últimos decenios. Son muchos miles; más numerosos los que se comprometen en tareas eclesiales que los que se implican en virtud de su fe en la humanización de la sociedad a la que se sienten enviados por el Señor. Tal vez la tentación mayor de este primer grupo es la desesperanza ante el rumbo de la sociedad y el debilitamiento evangélico del conjunto de la comunidad cristiana. Con frecuencia tienden a acentuar más los males eclesiales y sociales que a identificar sus aspectos luminosos.

Son un tesoro para la Iglesia, un consuelo y esperanza para sus pastores.

1.2. Los cristianos practicantes

7. Se mantienen fieles a la práctica semanal de la Eucaristía. Un buen número responden también a otras convocatorias: catequesis cuaresmal, celebraciones de la Penitencia, marchas a Santuarios, Vía Crucis, Asambleas parroquiales… Colaboran económicamente con la comunidad cuando se trata de necesidades eclesiales y sociales. Se muestran bastante sensibles afectiva y activamente a la miseria del Tercer Mundo. Con todo, se sienten más bien destinatarios de unos servicios religiosos que miembros habitualmente activos de la comunidad eclesial.

Es un grupo todavía muy numeroso, pero en neto y continuo descenso. Los porcentajes en nuestras diócesis son desiguales, pero progresivamente bajos. Resulta patente y preocupante la débil presencia de jóvenes y de la generación entre los 30 y los 50 años.

Bastantes pertenecen a generaciones para las cuales la Misa dominical entra como una pieza natural dentro del programa de la semana. La práctica religiosa es para ellos una valiosa herencia que han recibido. Se han identificado vitalmente con ella y quieren sinceramente conservarla, porque «forma parte de su mundo» y es signo especial de su fe. Otros continúan fieles a esta práctica cuando muchos de su generación se han ido descolgando por desidia, por decepción, por enfriamiento de su fe. Sienten que ésta «les dice algo». Su fidelidad a este Encuentro cristiano fundamental no es, pues, fruto de la mera costumbre, sino una opción personal.

Los cristianos practicantes oran, siquiera de manera simple, vocal y frecuente, sobre todo en momentos de emergencia. Su espiritualidad, aunque sólida, es bastante elemental. Tantos años de escucha de la Palabra y de la predicación han dejado en ellos la herencia de criterios y actitudes honestas y cristianas. Con todo, la influencia del ambiente cultural y de las formas de vivir actuales se deja sentir en el pensamiento, la sensibilidad y el comportamiento de bastantes. La adhesión mental y práctica a determinadas pautas morales de la Iglesia no es tan clara ni tan generalizada sobre todo en el campo de la ética sexual, familiar y social. Tales incoherencias no deterioran, sin embargo, en ellos la conciencia, el afecto confiado y la voluntad de pertenecer a la Iglesia. Se autodenominan sin vacilaciones «católicos practicantes».

Al ser, con mucho, el más numeroso, este grupo contribuye decisivamente a la creación de la imagen social de la comunidad cristiana. Por un lado, al congregarse cada domingo para la Eucaristía, constituyen el rostro tal vez más visible y habitual de la Iglesia. Si su número siguiera descendiendo la misma visibilidad de la Iglesia quedaría desdibujada. Por otro lado la mediocridad cristiana de bastantes practicantes difumina sensiblemente el testimonio evangélico, que es razón de ser de la Iglesia.

1.3. Los practicantes ocasionales

8. Un considerable porcentaje de bautizados (aproximadamente un tercio según los sondeos realizados) se desentienden del Encuentro semanal de la Eucaristía. Su práctica religiosa pública queda reducida a la celebración litúrgica de momentos especiales de su existencia por medio del bautismo, la primera comunión, el matrimonio o los funerales. En unos, el desarraigo de su parroquia de origen, las exigencias del ocio en los fines de semana, la «normalización social de la inasistencia» y otros factores han producido este desenganche. En otros, más jóvenes, la costumbre de la Misa dominical apenas ha existido en la historia de su vida. La escasa apetencia religiosa es uno de los caracteres preocupantes de este grupo. No por ello se sienten desligados del todo de la comunidad cristiana. Es más: «quieren que en nuestra sociedad exista la Iglesia institucional y los valores que representa». En las encuestas se califican a sí mismos como «católicos no practicantes». Pero sus lazos reales con la comunidad son, por lo general, débiles. Poco conectados con ella, son propensos a compartir en cierta medida con el ambiente una imagen poco positiva de la comunidad eclesial y de sus pastores. Sus criterios y comportamientos morales no parecen distinguirse significativamente de los del conjunto de la sociedad. Su espiritualidad es, en muchos casos, bastante pobre.

Tres rasgos de valor incalculable subyacen sin embargo en estos «creyentes desvanecidos». Cuando son interpelados acerca de su fe responden inmediatamente que son creyentes. Hay un «algo» precioso, que los mantiene ligados a una fe siquiera fragmentada e imprecisa y que les vincula también a la Iglesia a la que no quieren dejar de pertenecer. El segundo rasgo es la oración. Los estudios sociológicos muestran que un buen porcentaje ora eventual o esporádicamente, a veces intensamente. El tercer rasgo es la inquietud religiosa que se despierta en una proporción numérica no desdeñable cuando, con ocasión de los sacramentos de los hijos, se sienten invitados a repensar su actitud religiosa. Sin embargo, estos tres tesoros parecen más bien restos de un naufragio. Los sociólogos observan que, año tras año, estos «católicos no practicantes» van pasando a engrosar el grupo de los indiferentes.

 1.4. Los alejados de la vida de la comunidad

9. Hay todavía un grupo de bautizados cuyos vínculos con la fe y la Iglesia son más tenues, casi inexistentes. Muchos de ellos afirman creer en Dios. Pero su rostro no tiene trazos vigorosos. Es una especie de sol mortecino. El nombre de Dios no les es ni familiar ni movilizador. Más que creer en Dios, creen que Dios existe. Esta creencia no tiene influencia ninguna en su diario vivir. Algunos tienen de Él una imagen nebulosa y desdibujada, de rasgos apenas personales. «Tiene que haber Algo» es su expresión socorrida. Otros están incluso cercanos al agnosticismo: «creo que existe, pero no estoy muy seguro». Jesucristo es para ellos un personaje de una talla mental y moral excepcional pero no están muy convencidos de que sea el Hijo de Dios. Del Evangelio aprecian casi exclusivamente sus valores morales de signo humanista. El conjunto del mensaje cristiano les parece una construcción mental tejida, a lo largo de los siglos, en torno al recuerdo de Jesús. La oración no tiene cabida en sus vidas, salvo en momentos muy críticos y angustiosos.

Se autocalifican cristianos y católicos. Pero estas expresiones tienen en ellos un sentido casi exclusivamente sociológico. Tienen conciencia, más o menos explícita, según su nivel cultural, de pertenecer a esa tradición occidental que tuvo al cristianismo y a la Iglesia como su principal matriz y su aliento inspirador. Quieren seguir perteneciendo a esa tradición cultural que les ha modelado. Cuando en ocasiones, más bien excepcionales, se acercan a la Iglesia, pretenden expresar y mantener su pertenencia a dicha tradición. Son «católicos sin Iglesia, sin Cristo Salvador y sin Dios Padre».

Han llegado a su situación actual a través de muchos caminos. El abandono de la práctica les privó del contacto cercano con testigos vivos de la fe. Un concepto estrecho de la razón, que no admite como razonable lo que es misterioso, ha ido vaciando por dentro el edificio de su fe temprana, como las grandes termitas carcomen la pulpa de los árboles en un bosque tropical: quedan el tronco y el ramaje casi vacíos. Una forma de vivir que se mueve en los espacios de una familia, una profesión y unas relaciones sociales, que no les suscitan preguntas más radicales, les asienta en su posición.

2. Una aproximación global

10. Era muy conveniente identificar y describir a los diferentes grupos de cristianos que forman parte de nuestras diócesis para no ser imprecisos ni injustos. Pero la descripción antedicha no nos permite detectar con suficiente nitidez fenómenos importantes y generales que están sucediendo tanto en el ámbito de la Iglesia como en el amplio mundo de la misma Religión. Aproximarnos a ellos es necesario para tomar de verdad el pulso a nuestras comunidades. Algúnos son signos alentadores. Otros, en cambio, resultan muy preocupantes. Es preciso recoger unos y otros para evitar al mismo tiempo un optimismo que no quiere ver la realidad en toda su crudeza y un abatimiento que sólo registra datos sombríos del panorama eclesial.

2.1. Signos alentadores

2.1.1. En el ámbito estricto de la Iglesia

11. Existen en todos los rincones de nuestras Iglesias realidades evangélicas que certifican la presencia viva y activa del Espíritu Santo. La Palabra de Dios comienza a ser mejor conocida y más estimada que en épocas pasadas. A pesar de que no ocupa todavía el puesto central que se merece, va convirtiéndose efectivamente paso a paso en «sustento y vigor de la Iglesia». Se multiplican las sesiones de iniciación a su lectura personal y comunitaria. Muchos creyentes están descubriendo con alegría la Palabra del Señor y experimentan su eficacia salvadora. Devolver la Palabra al pueblo creyente es un viejo deber de sus pastores.

Algo semejante sucede con la misma teología. El número de laicos/as que se acercan a servicios de formación ofrecidos por nuestras Iglesias es notable y creciente. El deseo de conocer mejor el meollo de nuestra fe, la inquietud por disipar dudas y malentendidos, la voluntad de llevar una vida cristiana más coherente y la preocupación por «formarse mejor para formar mejor» motivan a los que buscan este servicio eclesial.

Es verdad que bastantes asistentes a la Eucaristía dominical la encuentran tediosa y repetitiva. Sin embargo, a pesar del largo camino que nos queda por recorrer, es indudable que la calidad de su celebración ha mejorado en muchos lugares. En general, las moniciones, los cantos, el ritmo, la participación, la proclamación de la Palabra, la misma preparación han ganado en dignidad y cuidado.

La solidaridad afectiva y efectiva con los excluídos y marginados es un signo inequívoco de humanismo y una piedra de toque imprescindible de nuestra fe. Todos los indicadores revelan que en este punto la «temperatura media» de los cristianos es más alta que la del conjunto de la sociedad. Nuestras Cáritas son vigorosas y creativas y constituyen uno de los rostros de la Iglesia más reconocidos por la sociedad. El número de cristianos implicados en iniciativas de solidaridad, eclesiales y cívicas, es notable. El desprendimiento económico de la comunidad cristiana a favor de los necesitados alcanza una parte muy substanciosa de sus ingresos reales. La aportación a «Manos Unidas» y otras organizaciones en favor del Tercer Mundo, es extraordinariamente generosa. Es verdad que los pobres no están todavía en el centro de nuestras comunidades en torno al Señor. Es asimismo verdad que están cada día más cerca.

12. En los veinte últimos años el número de laicos implicados en tareas de colaboración pastoral se ha multiplicado. Las puertas para favorecer su formación y su verdadera corresponsabilidad están cada vez más abiertas. Notamos, sin embargo con preocupación, que el relevo de las generaciones de ayer se torna cada día más difícil. La resistencia al compromiso estable es hoy común en toda la sociedad. Cada vez cuesta más encontrar gente dispuesta para formar parte de un comité de empresa, para militar en un partido político, para presentarse en una candidatura municipal, para formar parte de un consejo escolar, para renovar la directiva de un club deportivo. Y, por supuesto, para comprometerse en tareas y responsabilidades de una parroquia o de una obra eclesial.

La imagen de nuestra Iglesia es «directiva y poco participativa». La realidad va cambiando paso a paso. Casi todas nuestras parroquias tienen algún órgano colegiado en torno a sus presbíteros: un Consejo de Pastoral o una Junta parroquial. Casi todas las obras de los religiosos tienen también sus Consejos. El Consejo Pastoral Diocesano es una realidad asentada. Es cierto que quedan todavía reflejos autoritarios y decisiones tomadas en soledad. Queda un trecho para que arraigue entre nosotros una «cultura» participativa y corresponsable.

La misma situación de la Iglesia, carente del respaldo de las instituciones civiles y del «viento a favor» del ambiente, nos está ayudando a ser más humildes y menos arrogantes, más transparentes y menos opacos en la información y comunicación.

En fin, la pacificación de estas tierras, marcadas por largos enfrentamientos; sacudidas por el terrorismo; testigos de la vulneración de derechos humanos individuales y colectivos; surcadas por sensibilidades políticas muy diferentes; poco trabajadas por el diálogo entre los partidos…, ha sido preocupación constante y activa de los responsables eclesiales y de muchos cristianos. El anhelo de una paz estable y justa es muy intenso y muy extendido en la comunidad católica.

La intemperie religiosa que padecemos en la atmósfera cultural de nuestro tiempo ha debilitado sin duda la fe de muchos. Los horrores de la historia de la humanidad en este último siglo (el holocausto nazi, los «gulags» comunistas, las matanzas de Rwanda y Sudán, la extensión pavorosa del SIDA así como las catástrofes naturales), golpean nuestra fe con más contundencia que muchos libros de los filósofos increyentes. Pero en muchos casos esta fe se ha purificado y ha pasado de ser simplemente heredada a ser más personal, más purificada y más trabajada.

 

2.1.2. En el amplio mundo religioso

13. El hombre y la mujer son, por su propia estructura, «deseo de Dios». Están diseñados para buscarle a tientas y encontrar su plenitud en Él. Por muy adversas que sean las circunstancias para que emerja este deseo, la orientación del ser humano a Dios tiene que dejarse ver, de manera más o menos patente o latente, incluso en ese grupo hoy muy numeroso que ni se pregunta ni se ocupa ni se preocupa de Dios. Podemos, pues, rastrear esta orientación a través de algunos indicios.

El primero de estos indicios nos lo ofrece el análisis mismo del deseo humano. En sus aspiraciones y proyectos, el hombre y la mujer de todos los tiempos y lugares se manifiesta, incluso sin saberlo, como un ser limitado dotado de un ansia ilimitada. A la luz de la fe cristiana, este desnivel entre lo que puede y lo que quiere, entre lo que busca y lo que encuentra no es, en absoluto, señal de que somos seres «mal hechos», sino el hueco en el que se revela la indestructible orientación del hombre a Dios. Él está, pues, en el horizonte de todo deseo humano. Cuando deseamos algo o deseamos a alguien estamos, aún sin saberlo, deseando a Dios.

No es, pues, extraño que este deseo de Dios se manifieste más o menos explícitamente en muchos de nuestros contemporáneos increyentes. En algunos de ellos aparece envuelto en la adhesión generosa a ideales que son para ellos más importantes que sus propios intereses personales. La lucha sostenida y pacífica por una sociedad más justa, la entrega abnegada y constante a los últimos de la tierra, la dedicación de una vida entera a promover la salud, la ciencia, la dignidad de la mujer, la habitabilidad del planeta, revelan la existencia en ellos de unos «valores absolutos». Tales valores no tienen para ellos rostro divino. Pero son sagrados. Desde una mirada creyente, tras ellos está Dios.

Otras personas, formadas en medios en los que Dios ha sido colocado más o menos «respetuosamente aparte» y cargadas por ello de dificultades mentales y vitales para abrirse a la fe, manifiestan un deseo más o menos patente de Dios, una nostalgia de su existencia, un querer que exista. Desde hace unos años es notable en varios países el número de jóvenes mayores y de adultos, apenas impregnados en su infancia por la propuesta cristiana, bien integrados en su familia, en su profesión y en su vida cívica, que se preguntan: «¿esto es todo? ¿No hay nada que dé un sentido global a mi vida y a mi muerte, al gozar y al sufrir, a las luchas, victorias y fracasos de la existencia? ¿Viviremos sólo ante nosotros mismos y ante los demás? ¿No viviremos ante Alguien?» No es desatinado aventurar qué inquietudes y preguntas semejantes anidan también, siquiera por temporadas o en momentos existenciales, en muchos de nuestros conciudadanos.

14. El auge increíble de los llamados «nuevos movimientos religiosos» ha sorprendido a propios y extraños. Nos aproximaremos más adelante a este fenómeno. Digamos ahora que este «revivir de lo religioso», a pesar de sus carencias, ambigüedades, contaminaciones y distorsiones, lejos de revelar una descomposición de la Religión, parece expresar una resistencia y una protesta del corazón humano ante un clima social y cultural asfixiante, empeñado en explicar, dominar y parcelar la realidad del mundo y olvidado de contemplarlo como un todo, de respetarlo y de preguntarse por su origen y su destino. Los nuevos movimientos religiosos revelarían la apertura básica de los humanos a Algo o Alguien que nos desborda.

Hay tres experiencias humanas que desconciertan al hombre o a la mujer no religiosos y les pueden abrir a ese Misterio que les desborda. La primera se hace presente cuando nos sentimos como necesitados de agradecer algo que no es puro fruto de nuestro esfuerzo ni don de los demás y no sabemos a quién dirigir nuestro agradecimiento. Unos padres increyentes que han tenido un hijo, ¿no sienten la necesidad de dar gracias por este hijo que, además de fruto de su amor y trabajo de la naturaleza, es, sobre todo, regalo de Alguien? La segunda es la experiencia de la culpa. Por más que esfuerzos personales y corrientes culturales quieran acallarla ignorándola, aparece vinculada a nuestro proceder como la sombra va unida al cuerpo. ¿No necesita el ser humano confesar su falta, saberse perdonado por Alguien, ser aceptado con sus errores y verse de nuevo restituido en su dignidad perdida? La tercera es la muerte de los seres queridos. Supone una ruptura, siquiera corta, con nuestra vida ordinaria hecha de trabajo, de ocio, de proyectos. Se ve la vida desde otra posición. Ayuda a apreciar más algunos valores olvidados y a no afanarse tanto por otros objetivos menos valiosos. Es momento propicio para enfrentarnos con la pregunta: «¿qué sentido tiene vivir si todo acaba así?».

Voces significativas y autorizadas, hondamente preocupadas por la «profunda crisis de sentido que conmueve a la sociedad contemporánea», se alzan aquí y allá en el mundo alejado de la Iglesia y muestran su resistencia a reducir la vida humana a «producir, consumir y divertirse», cuando precisamente las conquistas humanas han conseguido «aliviar el sufrimiento, mitigar la dureza del trabajo, expandir la posibilidad del conocimiento… Hemos desencantado el mundo para entregarlo a un mecánico engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades» sin encarar «el sentido del mundo ni percibir el misterio que lo trasciende. Durante siglos este misterio ha sido expresado bajo el nombre de Dios. Hay que plantear la cuestión de Dios».

 

2.2. Signos preocupantes

15. A pesar de los indicadores antedichos, la fe cristiana va debilitándose implacablemente en todo el occidente europeo. He aquí un hecho unánimemente reconocido por los observadores. Todos estos países sin excepción registran un notable debilitamiento. Estamos pasando en Europa un riguroso invierno religioso y eclesial. Veamos sus caracteres más salientes:

2.2.1. Una crisis religiosa global

La Religión es, a la vez, un conjunto de creencias, de normas morales, de prácticas, de símbolos, de valores, de sentimientos. El alma de todos estos elementos es la fe. Todos ellos y la fe misma, están hoy gravemente tocados por la crisis. Ésta es más profunda en los grupos humanos más alejados de la comunidad eclesial. Pero afecta también a grupos más próximos, incluso internos a ella.

a) Crisis de creencias

16. Por supuesto, un número muy notable de católicos asume íntegramente la fe de la Iglesia. Pero son cada vez más numerosos los creyentes que se van distanciando respecto de bastantes de sus contenidos. Apunta la reserva crítica y la sospecha respecto a bastantes afirmaciones medulares del Mensaje cristiano. La tendencia a escoger en el «supermercado de la fe» aquellos ingredientes de mi propio plato combinado es real y creciente. La «fe heredada» va convirtiéndose para muchos en «fe subjetiva». Algunos califican este fenómeno como «cisma soterrado».

b) Crisis de las normas morales

17. Existe un grupo notable de católicos que aceptan «tal cual» todo el mensaje moral de la Iglesia. Pero, en esta área, el desmarque con respecto a la doctrina moral propuesta por aquélla es sensiblemente mayor. Tal desmarque no es una simple desviación de una conducta práctica que se aparta de las pautas morales. Numerosos cristianos, incluso practicantes, ponen graves reparos ante los criterios eclesiales relativos a la moral sexual, familiar y a la ética de la vida humana. En estos puntos el discernimiento moral que rige la conducta práctica se realiza sin atenerse, al menos suficientemente, a la doctrina eclesial. Es, con todo, sensiblemente más neta su adhesión, al menos teórica, a la doctrina social de la Iglesia e incluso a las líneas mayores de su mensaje moral.

c) Crisis de la práctica religiosa

18. He aquí el aspecto más visible de la crisis. El abandono de la Eucaristía dominical por parte de muchos es palpable y cuantificable. No es sólo un fenómeno nuestro. En los sondeos sociológicos conocidos, una mitad de los católicos se declaran «no practicantes». La práctica dominical ha descendido en diez puntos a lo largo de los diez últimos años. Algo análogo sucede, según afirmación unánime de los analistas, en todos los países del occidente cristiano europeo.

La edad media de los feligreses que vemos en nuestras celebraciones eucarísticas es, por lo general, elevada. La banda de asistencia entre los 15 y los 50 años es muy estrecha.

Dos sacramentos de la iniciación cristiana resisten por ahora esta erosión: el Bautismo y la Primera Eucaristía. Los porcentajes son todavía muy altos, aunque en algunas zonas comienzan a descender sensiblemente y los motivos por los que son solicitados no son exclusivamente religiosos. En muchos casos, ni siquiera son los principales. A pesar de los notables cuidados pastorales en torno al Sacramento de la Confirmación, el número de adolescentes y jóvenes que acceden a él, tras haber conocido recientemente un período de auge, está descendiendo sensiblemente. La celebración del sacramento del Matrimonio se mantiene en un 60%. La práctica individual del Sacramento de la Penitencia ha sufrido una merma muy notable. La celebración comunitaria se realiza al ritmo de los tiempos fuertes del año litúrgico. La Unción individual de los Enfermos ha descendido notablemente, mientras se han intensificado y dignificado las celebraciones comunitarias de este sacramento.

Con noble y justificado interés y éxito desigual, nuestras Iglesias locales ofrecen encuentros de preparación que intentan despertar la fe, con frecuencia adormecida, antes de recibir los sacramentos. Se revelan manifiestamente insuficientes para el fin que pretenden y mueven al desaliento a no pocos pastores y responsables.

Al tiempo que la participación litúrgica languidece, se mantienen y florecen entre nosotros algunas manifestaciones de piedad y religiosidad populares. Prenden no sólo en los católicos practicantes sino en muchos no practicantes, incluso próximos a la indiferencia. El atractivo religioso de nuestros santuarios, sobre todo marianos, es evidente, persistente y consolador. Los «Vía Crucis» del Viernes Santo congregan a creyentes de niveles muy diversos. Estos fenómenos constituyen un vínculo precioso, aunque insuficiente, de muchos creyentes de fe distraída con su Iglesia.

Las Cofradías parecen resurgir. Somos conscientes de sus múltiples motivaciones, de sus riesgos, de la necesidad y dificultad de su purificación. Creemos, con todo, que subsiste en ellas un «algo» de signo religioso que se resiste a ser adulterado. Atraen a un número notable de creyentes que no participan en la vida litúrgica de la comunidad. Pensamos, asimismo, que pueden reflejar la necesidad de asideros, en tiempos de un cambio tan profundo y acelerado. Quienes se acercan a ellas parecen buscar «tierra firme» en determinadas formas de religiosidad colectiva heredadas de sus mayores. Necesitan atención y seguimiento.

d) «¿Crisis de Dios?»

19. En los ámbitos más alejados de la fe de la Iglesia, nos encontramos con bautizados y no bautizados sumidos en una total indiferencia religiosa. Tal situación fue ya prevista por el Vaticano II: «Muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la Religión… Prescindir de ella no constituye, como en épocas anteriores, algo insólito o individual. No parecen sentir inquietud religiosa ni advierten por qué han de ocuparse de la Religión». Entre jóvenes y mayores la indiferencia ha adquirido en el último decenio amplitud y caracteres muy graves.

Los indiferentes no son ateos: el ateo niega a Dios; ellos no se pronuncian ni a favor ni en contra de Dios. Simplemente se despreocupan de la Religión. No les interesa. Sumergidos en las ocupaciones, preocupaciones, satisfacciones y frustraciones de la vida cotidiana, no se formulan preguntas que pudieran llevarles a los umbrales de una opción de fe. Ellos «profundizan en la superficie» de la existencia humana. Las encuestas detectan un 24% de nuestra juventud que se adhieren a esta respuesta: «paso de Dios; no me interesa el tema; para mí, Dios no existe».

Los caminos por los que han llegado a esta estación en la que se han bajado del tren de la fe son diferentes. Unos se han ido «silenciosamente» por un abandono progresivo y nada reflexivo. Otros, más jóvenes, no han tenido apenas una conexión de alguna consistencia con la tradición creyente. Otros, tras un tiempo de conflicto interior entre la fe y la increencia, han llegado a la conclusión de que la fe, lejos de resolver los problemas importantes de la vida, es un obstáculo para desenvolvernos espontáneamente en este mundo. Bastantes se han identificado con una percepción del cristianismo como algo extraño, caduco y reaccionario. No faltan entre ellos algunos espíritus muy sensibles a la mediocridad, la infidelidad e incluso el escándalo de creyentes y pastores.

«La indiferencia no constituye, como pensábamos en otros tiempos, una situación intermedia entre el creyente y el ateo, sino la forma más radical de alejamiento de Dios. Él ha dejado de ser problema: ni ocupa ni preocupa».

La extensión de la indiferencia ha conducido a algunos teólogos y analistas a detectar en el horizonte de Europa la emergencia de una nueva modalidad humana: «el hombre arreligioso» y a denominar la crisis religiosa que padecemos como «crisis de Dios» (J.B. Metz). Con todo, «el hombre y la mujer de hoy son diferentes pero son humanos». No es que el Emisor no llame ni que el receptor haya cambiado de onda; es que se encuentra estropeada la comunicación.

2.2.2. Un proceso de secularización interna

20. Las crisis antedichas manifiestan y reflejan una crisis de mayor calado que afecta en alguna medida a creyentes y pastores: la comunidad cristiana se está secularizando (mundanizando). Así lo declaró en su día nuestra Conferencia Episcopal: «La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiental cuanto en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera». La Iglesia está llamada a ser secular, pero no a ser mundana. Ser secular significa ofrecer al mundo su mensaje y su colaboración humanizadora. Ser mundana significa acomodarse a los criterios, actitudes y comportamientos vigentes en la sociedad, desviándose de los criterios evangélicos. «Si la Iglesia se vuelve idéntica al mundo… no tiene nada que decirle, sino repetirle maquinalmente lo que éste ya sabe».

En un cierto grado, esto está sucediendo en nuestras Iglesias. Tal sucede en la medida en que el bienestar se nos vuelve más necesario que la espiritualidad, la fe no es un valor a transmitir con respetuoso empeño en la familia, la Semana Santa se nos convierte en «vacaciones de primavera», los sacramentos son ante todo celebraciones familiares y nuestra fe tiene escasa incidencia en las opciones económicas y sociales que jalonan nuestra vida.

No queremos en absoluto subestimar las comunidades reales. Las conocemos y las apreciamos. Son gente honesta, de buena voluntad, no insensible a Dios ni a su conciencia. No queremos culpabilizarlas ni desalentarlas como si su debilidad se debiera primordialmente a su propia pasividad y no a la poderosa influencia del ambiente. Sabemos que es difícil «mantener el tipo» en esta sociedad. Nos duelen las deficiencias que comprobamos, así como nos alegran los signos de vida. Manifestamos con alegría que en todas hay cristianos de calidad y en casi todas un núcleo vivo, espiritual y entregado. Sabemos que es utópico pedir radicalidad evangélica a colectividades a veces numerosas y heterogéneas. Pero les debemos sinceridad y verdad. Al decirla, reconocemos también nuestras deficiencias personales como creyentes y pastores.

Es preocupante la insuficiente incidencia de la fe en la existencia cotidiana de bastantes creyentes incluso practicantes. Su vida individual y familiar, su comportamiento al dictado de la propia conciencia moral, la disponibilidad para el servicio, no parecen ser en ellos «significativamente muy diferentes» por el hecho de su fe. Una minoría abultada y admirable «marca netamente la diferencia». Pero, en general, la coherencia entre la fe y la vida debería ser sensiblemente mayor en el conjunto de la comunidad creyente.

Hemos afirmado que dentro del gran grupo de católicos los niveles de vida cristiana son muy diversos. Pero, ¿no es cierto que, en una proporción considerable, la experiencia de Dios, la formación teológica, los vínculos con la Iglesia, la implicación sentida en el culto y el compromiso eclesial y social, son más bien modestos? ¿Será posible que los increyentes descubran en el rostro de estas comunidades la novedad liberadora y salvadora del Evangelio? Una cierta inapetencia religiosa no es, en alguna medida, patrimonio exclusivo de los alejados de la fe.

21. Uno de los signos de nuestras carencias espirituales y evangelizadoras es la gran dificultad que experimentamos al transmitir la fe a las jóvenes generaciones. Sería injusto atribuir a tales carencias la responsabilidad principal de esta impotencia. Muchos padres cristianos sufren y hacen lo indecible para comunicar a sus hijos, como saben y pueden, el tesoro de la fe cristiana. La cultura en la que están inmersos nuestros niños y jóvenes es casi un paisaje polar para despertar a la fe y crecer en ella. No podemos, sin embargo, omitir estas tres observaciones. La primera nos recuerda que el riesgo de que se interrumpa la cadena de la transmisión de la fe es hoy real entre nosotros. Supondría un desfallecimiento de la memoria cristiana en la sociedad. La segunda nos advierte que, generalmente, los niños y jóvenes sensibles a la fe proceden de familias sólidamente cristianas. Por desgracia, no podemos afirmar que todas las familias sólidamente cristianas tienen la dicha de ver crecer en la fe a sus hijos. Ni todos los colegios netamente cristianos y evangelizadores. Ni todas las parroquias que se dedican arduamente a la pastoral infantil y juvenil. La tercera observación registra que muchos padres no se empeñan demasiado en despertar religiosamente a sus hijos ni saben bien cómo hacerlo, puesto que ellos mismos están envueltos en un mar de ignorancia religiosa, dudas, ambigüedades e incoherencias.

La matriz de nuestras comunidades eclesiales muestra, asimismo, su déficit de vigor en una menor capacidad de engendrar asociaciones vivas que enriquezcan la vida cristiana de la comunidad y aporten oxígeno a la sociedad. Son muchos los grupos de laicos/as asociados, desde la Acción Católica hasta los llamados nuevos movimientos eclesiales. Pero es escaso el número de sus miembros en proporción a la totalidad de los católicos practicantes. Son grupos que toman muy en serio su fe y cuidan y acompañan con esmero la de sus miembros. Cada uno de ellos subraya aspectos fundamentales de la vida cristiana: bien sea la oración, la formación de sus adheridos, el servicio a la comunidad cristiana o el compromiso con la sociedad. Tienen el riesgo de subestimar otros valores cristianos básicos. No son, por lo general, grupos enfrentados entre sí. Pero sería necesaria una menor dispersión, una mayor comunicación y, en algunos de ellos, un arraigo más sólido, más familiar y más confiado en la comunidad diocesana.

Es verdad: no son tiempos propicios para la militancia cívica ni para la militancia eclesial. Pero la calidad evangélica de la comunidad cristiana es el caldo de cultivo necesario para que nazcan en su seno grupos vivos y vivificadores.

Parecido vigor necesita una comunidad para que en ella puedan surgir vocaciones al ministerio presbiteral, a la vida consagrada, a las misiones. La atmósfera de la sociedad que envuelve e impregna a nuestros jóvenes está muy revuelta para que germinen vocaciones de esta naturaleza, necesarias para vigorizar la comunidad. Aunque el Espíritu Santo las suscita donde quiere y cuando quiere, la tierra de una comunidad enriquecida por una vida cristiana ferviente es el suelo connatural de estas vocaciones. ¿No necesita este suelo ser regado y abonado para alumbrarlas?

2.2.3. Una institución eclesial debilitada

22. La Iglesia católica ha sido reconocida durante siglos como una institución sólida que ofrecía a sus miembros una identidad muy precisa y mostraba una notable cohesión. En unos tiempos en los que se cuartean muchas instituciones valoradas en el pasado, también la Iglesia, como institución, está padeciendo una grave crisis.

Por una parte, el alto crédito que ella y sus responsables tenían en la sociedad ha bajado muchos enteros. Algunas posiciones mantenidas por la Jerarquía no sólo son discutidas y debatidas por una parte muy notable de la sociedad, sino que suscitan en ocasiones una sensible agresividad, por ser consideradas como interferencias indebidas en una sociedad adulta o como intervenciones dictadas por intereses corporativos empeñados en defender situaciones de verdadero privilegio. Es verdad que la voz de la Iglesia es escuchada con respeto cuando expone grandes principios morales o los aplica a situaciones como la guerra, el hambre y la miseria de continentes enteros. Es también cierto que el aprecio real de muchos ciudadanos es mayor que el aprecio reflejado en muchos Medios de Comunicación. Pero… son horas bajas las actuales para la credibilidad de la Iglesia. En los últimos años, la imagen de la Jerarquía ha sufrido un notable descenso en la escala de la valoración social.

Las mismas comunidades cristianas y sus pastores inmediatos han perdido gran parte del relieve que tenían en nuestras comunidades humanas. La gente cree conocer el Evangelio que predican y no descubre en él novedad alguna. La Conferencia Episcopal de España afirma que la propuesta del Evangelio encuentra hoy menores dificultades de acogida en personas no bautizadas, que no tienen conocimiento alguno de él, que en otras bautizadas para quienes les resulta «sabido y superado».

23. Es cierto, con todo, que gran parte de nuestra sociedad descubre en el rostro de la Iglesia algunos rasgos más amables: las acciones de Cáritas, el testimonio de los misioneros, el compromiso de los religiosos a favor de los últimos (p.e., los hogares para víctimas del SIDA). Muchos otros aspectos saludables y socialmente fructíferos (p.e., la Escuela cristiana), no son suficientemente reconocidos.

Pero la crisis de la institución eclesial no es sólo exterior. No consiste únicamente en la percepción que de ella tiene la sociedad, sino también en las tensiones internas entre la institución eclesial y la vida de bastantes de sus miembros. Parecen cancelados, al menos por ahora, los tiempos en los que ser cristiano se reducía básicamente a creer confiadamente en el mensaje íntegro de Dios propuesto por la Iglesia, en atenerse fielmente a todas sus normas de comportamiento moral, en participar regularmente en su vida cultual y en colaborar dócilmente en sus obras apostólicas y sociales. El sentido crítico de muchos encuentra dificultades en la fe propuesta. La alta valoración de su autonomía les inmuniza ante ciertas normas morales. Los mandatos relativos a la celebración dominical y festiva chocan con una concepción más ancha de la ley y con la organización del ocio en los fines de semana. Los compromisos a favor de los necesitados se estrellan contra las exigencias del individualismo y del confort y contra jornadas laborales exigentes. En unos tiempos en los que se ha difuminado un tanto la neta diferencia entre creer y pertenecer, nos encontramos con la paradoja de creyentes que declaran no pertenecer a la Iglesia e increyentes que dicen pertenecer a ella.

Somos una Iglesia evangélica y apostólicamente debilitada en una sociedad poderosa. Pero «ni el cristianismo del pasado fue tan sólido como se cree, ni el actual es tan débil como parece». Pablo nos recuerda además que «cuando estoy débil, entonces soy fuerte», porque «la fuerza (de Dios) se realiza en (nuestra) debilidad».

II.– LAS RAÍCES DE NUESTRA ACTUAL SITUACIÓN

24. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cuáles son los factores internos y externos a la Iglesia que han provocado la crisis actual? ¿Qué responsabilidad tenemos, por acción u omisión, la comunidad cristiana y sus pastores?

1. Unambio primordialmente cultural

La reacción espontánea que genera el panorama descrito en muchos creyentes sensibles y motivados, suele consistir en un sentimiento de culpabilidad individual y comunitario. La mediocridad de los cristianos, los escándalos de personas y grupos eclesiales, la visión corta de sus pastores, la falta de valentía para renovaciones de calado serían los principales motivos de nuestra situación actual. Habríamos convertido en rutina la novedad transformadora del mensaje del Señor.

Nadie puede negar que la comunidad cristiana y sus miembros (pastores y fieles) tenemos nuestra cuota de responsabilidad. El Vaticano II afirmó con vigor: «En la génesis del ateísmo puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña en cuanto que… por los defectos de su vida religiosa, moral y social debe decirse que han velado, más que revelado, el rostro de Dios y de la religión».

Con todo el mismo Concilio nos orienta también en otra dirección al decirnos que «la misma civilización actual… puede dificultar a veces el acceso a Dios porque está demasiado enredado en las realidades humanas» y porque «adjudica indebidamente valor absoluto a algunos bienes humanos que son considerados como dioses».

Hoy existe una convicción compartida en virtud de la cual razones de orden cultural serían las causas principales de la actual situación de la fe. Así lo ve la Conferencia Episcopal de Francia: «La crisis que atraviesa hoy en día la Iglesia se debe en buena medida a la repercusión en la Iglesia misma y en la vida de sus miembros, de un conjunto de cambios sociales y culturales rápidos y profundos que tienen una dimensión mundial». Los poderosos resortes de nuestra sociedad han influido notablemente en la Iglesia. La visión moralista que atribuye primordialmente la situación de la Iglesia a nuestros pecados no es, pues, justa ni plenamente acertada.

Por otro lado, esta sociedad moderna y poderosa a la que pertenece nuestra Iglesia, es una sociedad en crisis, precisamente por la profundidad y la rapidez de los cambios sobrevenidos. Ellos constituyen tal vez la más severa y rápida ruptura cultural que se ha dado en la historia. No controla sino muy imperfectamente la deriva hacia la que le empujan sus mismos logros y fuerzas. Altamente rica en los medios de que dispone es profundamente pobre al diseñar sus propios fines. Estamos cambiando de mundo y de sociedad. Un mundo desaparece y otro está emergiendo, sin que exista ningún modelo preestablecido para su construcción. La Iglesia se encontraba bien insertada en el mundo que desaparece y permanece todavía desconcertada en el que se está alumbrando.

2. Cambios múltiples

25. No tenemos el propósito ni la competencia para ofrecer una imagen sistemática y completa de los cambios culturales acaecidos. Menos aún pretendemos demonizar la cultura de nuestro tiempo que aporta tantos y tan grandes bienes económicos, sanitarios, formativos, incluso morales (aunque, lamentablemente, no a toda la humanidad). Nuestra intención es más modesta. Nos remitimos a señalar algunos factores que han marcado especialmente nuestra vida creyente y eclesial.

2.1. Crisis de tradición

Algunos sociólogos sostienen que vivimos en una sociedad predominante y progresivamente post-tradicional. No se debilitan solamente algunas tradiciones, que se vuelven residuales o inexistentes. Es toda la tradición la que esta cuestionada de raíz. La revisión crítica de todas las tradiciones realizada con una mirada no sólo cuidadosa, sino cautelosa e incluso suspicaz les ha «movido el suelo», hasta el punto de que nuestra sociedad va perdiendo memoria histórica y volviéndose «amnésica».

La tradición es necesaria para vincularnos con el pasado y proyectar el futuro. Da coherencia a la vida individual y social. Al ser compartida, ayuda a crear comunidad. Es fuente de moral porque nos asigna unas obligaciones para con los otros. Posibilita la comunicación entre los miembros de la comunidad porque les ofrece un fondo común de creencias, valores y prácticas que compartir.

Ciertamente hay tradiciones y tradiciones. No son todas igualmente bienhechoras. Una tradición muy rigurosa puede fácilmente coartar la libertad personal y frenar la creatividad y el progreso. Puede volverse esclerótica y convertirse en un corsé ortopédico para sus miembros. Cuando tal sucede, la adhesión a la tradición se vuelve tradicionalismo. Por eso las tradiciones necesitan ser actualizadas. Pero, en principio, son un saludable sostén de la humanidad.

No es extraño que la crisis de la tradición afecte en su misma médula la vida de la Iglesia. Muchos de nuestros contemporáneos contemplan a la Iglesia como una institución anquilosada y aferrada a su propio pasado que habría congelado el mensaje fresco y renovador del Evangelio. Esta sensibilidad no es ajena a miembros de la misma Iglesia. La reserva cautelosa ante el contenido de la tradición que transmite la Iglesia y la tendencia a sobrevalorar la novedad se alojan también en la vida de bastantes creyentes.

La Iglesia es memorial viviente del Acontecimiento salvador de la Muerte y Resurrección del Señor Nos tocará mostrar con obras que si miramos al pasado, lo hacemos no para fijarnos nostálgicamente en él, sino para agradecerlo y extraer de él la fuerza que nos ayude a construir el futuro que Dios quiere: una humanidad libre, solidaria, dichosa, abierta a Él.

2.2. Crisis de instituciones

26. Las instituciones encarnan, conservan, transmiten y actualizan las tradiciones. En consecuencia están afectadas por una crisis análoga. La institución familiar, sometida a tantas y tan profundas transformaciones es uno de los ejemplos más actuales y más conocidos en nuestros días. La institución escolar está asimismo surcada por la crisis: la autoridad de los educadores, y su mismo papel en la formación de los alumnos están siendo muy cuestionados. Basta observar las cotas de indisciplina hoy tan frecuentes en muchos centros. La institución sindical está notablemente debilitada. El porcentaje de afiliados no rebasa el 30% de la población laboral. Los sondeos de opinión acerca de la valoración de las instituciones políticas (gobiernos, partidos, etc.) las sitúan entre los puestos más bajos de la clasificación. La adhesión a ellas es precaria; la confianza depositada en ellas es débil.

Hemos explicado ampliamente en el capítulo I que la institución eclesial participa intensamente de este descrédito generalizado. Nos limitamos aquí a situarlo en un panorama más general y a subrayar la repercusión de este fenómeno en la salud espiritual y pastoral de la Iglesia. La institución eclesial es, según opiniones autorizadas, el valor más erosionado de todo el sistema cristiano. En consecuencia la misión mediadora de la Iglesia en la transmisión de la fe y en la formulación de las pautas éticas derivadas del Evangelio está hoy seriamente comprometida.

2.3. El individualismo

27. La valoración del individuo es una de las conquistas más importantes de los tiempos modernos. Un ser humano no es un número ni una simple pieza de un conjunto familiar o social. Tiene su singularidad irrepetible y su derecho a un proyecto propio. Esta convicción, presente hoy en el ánimo de las personas, ha favorecido la libertad y la realización de muchos hombres y mujeres.

 

Cuando la valoración del individuo no está compensada y equilibrada por otros factores importantes, conduce al individualismo. En el límite, para el individualista las relaciones de grupo «valen» y «sirven» si, en un balance, resultan gratificadoras para sus miembros. El individualista no pertenece de verdad a nada ni a nadie. No ama generosamente a nadie. Ama en la medida en que los demás refuerzan su satisfacción o su autoestima.

La cultura de la individualidad, si no quiere caer en un individualismo, ha de ser enriquecida por la «cultura del vínculo». Ser persona consiste al mismo tiempo en ser libre y en estar ligado. «Los grupos humanos no sólo se fundan en la independencia individual, sino en la dependencia mutua. Ella asegura el valor y el sentido de la verdadera libertad».

Una tendencia predominante de la cultura contemporánea empuja en la dirección del individualismo al afirmar con fuerza «la independencia del individuo por encima de la tradición y de la colectividad». «Estar bien consigo mismo» parece haberse convertido en el supremo ideal de vida para muchos.

En la medida en que la niebla del individualismo envuelve e impregna a las personas, la conciencia sentida de estar ligados a Dios, vinculados a una comunidad, interiormente orientados a ser fieles y solidarios, invitados con apremio a amar, se vuelve más «contracultural», más extraña. «Quien no ama no conoce a Dios». El individualismo puede inducir a lo sumo a formas de religiosidad que pretenden sobre todo el bienestar psicológico del individuo. Algunos «nuevos movimientos religiosos» parecen responder a esta necesidad. No es, pues, sorprendente, la apatía de tantos conciudadanos a aceptar la doctrina y la vida cristiana propuestas por la Iglesia.

2.4. La tendencia nihilista de nuestra cultura

28. Podría parecer contradictorio que en una «cultura de la satisfacción» cobrara fuerza simultáneamente la tentación nihilista. Sin embargo, muchos expertos sagaces la detectan como una de las constantes de nuestro tiempo.

«Nunca hasta ahora el hombre ha conocido tanto acerca de sus orígenes; nunca ha sabido tan poco acerca de su destino». Esta frase de un gran filósofo retrata acertadamente una carencia de nuestro tiempo. Conocemos cada vez mejor cómo funcionan las cosas y el mundo pero, como confesará el mismo Nietzsche, «falta el fin, falta la respuesta a la pregunta: para qué?» Para él la realidad que somos y conocemos no tiene valor porque no tiene sentido: en esto consiste el nihilismo.

Esta situación no es simplemente el estado anímico de una minoría pensante que «está de vuelta». Estamos más tocados de lo que parece por él. Cuando nos acosa continuamente la expresión: «total, ¿para qué esforzarme, para qué trabajar, para qué ser honesto y solidario, para qué vivir?»; estamos siendo tentados, en alguna medida, por el nihilismo. Cuando estas preguntas se vuelven insistentes en el corazón de un creyente «¿qué otra cosa le queda sino aprender a vivir solo, sin Dios y sin moral? Todo da igual; nada vale».

La tendencia nihilista se hace patente muy particularmente en la llamada «crisis de la mitad de la vida», cuando el hombre y la mujer, llegados a este altozano, contemplan su pasado con su carga de logros precarios, de decepciones, de fatiga y atisban su futuro lleno de interrogantes y nubarrones desde una voluntad de vivir debilitada. No se trata de una simple crisis de eficacia ni de impotencia. Es una crisis de sentido. La pregunta brota desolada y desoladora: «¿Tiene sentido empeñarse? ¿Vale la pena ilusionarse con las personas y los proyectos? ¿No es un absurdo entregar la vida a los menesteres que me ocupan? ¿No es un voluntarismo ciego, estéril y fatigante, incapaz de aceptar el principio de la realidad?»

La cultura presente acentúa y prolonga esta situación transitoria, que se vuelve crónica en muchos contemporáneos. Su malestar no queda ahogado por la respuesta ingeniosa, pero tramposa, de J. Monod: «la pregunta por el sentido no tiene sentido». Buscan sentidos parciales que les motivan para vivir. La familia es uno de los más nobles. Muchas mujeres, por ejemplo, confiesan querer tener un hijo para tener a alguien a quien entregarse y evitar el vacío de sentido en su vida. Los ideales sociales de la lucha por los pobres y contra la pobreza, la promoción de la mujer o la ecología del planeta, son instancias de sentido que ofrecen un «para qué» o «para quién». Otros motivos no son tan nobles: la acumulación del dinero, la búsqueda obsesiva del placer, la ambición del poder… Muchos viven enfrascados en estos sentidos parciales.

Ninguno de éstos encuentra significación al acontecimiento ineludible de la muerte. Sin un sentido que englobe también a la muerte podemos, en el mejor de los casos «ir de victoria en victoria hasta la derrota final». Bastantes son conscientes de la necesidad de un sentido global y lo buscan. Algunos lo encuentran en la fe cristiana que nos recuerda que toda nuestra vida está envuelta en la mirada de Dios Padre y en un amor que por ser más fuerte que la necesidad de morir nos asegura una vida plena, perpetua, comunitaria, dichosa en su Presencia. Pero otros muchos, recelosos ante la tradición y desconfiados ante todo lo que no se puede «tocar y pesar» no alcanzan, en esta cultura, a descubrir en Dios el Sentido total de su existencia. Y cuando el viajero se pierde en la niebla, tarde o temprano todo le pesa para seguir caminando. «El hombre es creado para vivir. Y para morir. Y para VIVIR. Tal es el ritmo de la existencia cristiana: vivir-morir-VIVIR. Quitad la tercera pieza y la vida es una atroz decadencia».

2.5. «Producir y consumir»

29. Despojada de su sentido, la vida humana no tiene otro camino que la búsqueda de ídolos de recambio a los que reconocer un valor absoluto. El ídolo más socorrido de nuestro tiempo parece consistir en el binomio «producir-consumir». El afán obsesivo por producir y el ansia compulsiva de consumir son, en realidad, dos salidas diferentes y falsas al vacío de sentido de la vida humana.

 • «Producir»: Se ha convertido para muchos en una extenuante manera de llenar la vida. Las horas dedicadas al trabajo y la intensidad demandada por él detraen con frecuencia el tiempo necesario para una convivencia conyugal y familiar de calidad. Reducen el cultivo de las relaciones de amistad y de las aficiones personales. Recortan el deseo de complementar nuestra formación personal. Limitan nuestra dedicación a compromisos humanitarios.

 Un señuelo alimenta esta dedicación excesiva a la productividad: el económico. «Ganar dinero» es un imperativo y un signo de éxito social. El dinero es buscado para asegurarnos unos niveles de confort y un tren de vida altos. El dinero se convierte así en sucedáneo de Dios. Cuando es buscado como lo más importante, «metaliza» nuestro corazón y lo hace insensible a la voz de Dios y al clamor de los necesitados. La «fiebre del oro» tan magistralmente retratada en una inmortal película de Charles Chaplin, acaba arruinando nuestra salud espiritual. Los ídolos acaban siempre «quemando».

Poderosos intereses económicos se encargan de nutrir en nosotros la «necesidad» de trabajar mucho para ganar mucho. El sistema económico vigente necesita trabajadores denodados y consumidores acendrados.

• «Consumir»: La tendencia dominante de nuestra cultura no parece consistir tanto en producir para ahorrar cuanto en producir para consumir. No es extraño que así sea. Cuando se difumina el sentido de nuestra vida, ésta tiende a convertirse en una sucesión de instantes de placer. Si la memoria del pasado es flaca y la esperanza de futuro incierta, sólo queda disfrutar ávidamente del presente. Estamos a las puertas del consumismo. Ser consumista consiste en considerar los propios deseos y necesidades como centro de la preocupación personal y en orientar la vida a satisfacerlos. Éstas son sus características señaladas: crea en las personas una verdadera dependencia respecto de muchos objetos que no son en absoluto necesarios. Genera, pues, «necesidades innecesarias». El consumista vive obsesionado por comprar vestidos, vehículos, ropa de deporte, aparatos musicales y por consumir sesiones de televisión, bebidas, alimentos, espectáculos, viajes. Para el consumista «el mundo es una gran manzana, una gran botella, un gran pecho. Nosotros somos los lactantes, los eternamente expectantes y los eternamente desilusionados» (E. Fromm).

Es prácticamente imposible que la pasión por Dios, el seguimiento radical de Jesús, la adhesión firme a su comunidad, la debilidad para con los pobres «quepan» en un corazón consumista. Resulta difícil mantener una auténtica vida cristiana en un ambiente que de mil maneras, más o menos sutiles, nos invita al consumismo. Una buena parte de los miembros de nuestras comunidades no somos ajenos a esta verdadera tentación.

3. Las debilidades e infidelidades de la comunidad cristiana

30. Sería injusto y poco evangélico endosar toda la responsabilidad de la actual situación de la Iglesia a factores culturales como los apuntados en el apartado inmediatamente anterior. Al igual que los Profetas recordaban a Israel que su penosa situación se debía no sólo al poder de los imperios que lo rodeaban, sino también a sus propios pecados, también la Iglesia debe tener la humildad y sinceridad de reconocerlos. El Concilio Vaticano II y el Papa Juan Pablo nos han ofrecido testimonios ejemplares y alentadores. Nos proponemos identificar algunos factores internos a la Iglesia misma que nos ayuden a explicar la situación en la que nos encontramos.

3.1. El descuido de la experiencia de la fe

Enfrascados en tantas doctrinas y embarcados en tantas tareas hemos olvidado más de la cuenta lo verdaderamente fundamental: cuidar la experiencia de la fe. Los tiempos recios reclaman una fe especialmente viva que implique no sólo a la mente y a la voluntad, sino también al corazón y, en consecuencia, al comportamiento. Si la experiencia no se aviva, la fe languidece y se convierte en una especie de ideología o en un voluntarismo extenuante.

Dedicamos la Carta Cuaresmal de 2002 a aproximarnos a la comprensión de la experiencia de la fe, de sus características, de sus formas, de los factores que la dificultan, de las condiciones que requiere. Volveremos todavía a ocuparnos de ella a lo largo de esta Carta. Tal vez por un recelo hacia lo emotivo y por un miedo infundado a caer en un espiritualismo insensible al dolor y a la injusticia hemos descuidado el cultivo esmerado de la experiencia religiosa.

 

3.2. La difuminación de los contenidos nucleares de la fe

31. El desarrollo doctrinal del cristianismo a través de la reflexión teológica es muy amplio. Como un árbol muy frondoso oculta sus ramas fundamentales, tanta doctrina puede desdibujarnos las convicciones básicas de la fe. Tales convicciones pueden incluso estar cuarteándose en muchos creyentes, mientras estamos ocupados en hablarles de temas periféricos o ampliar sus conocimientos teológicos. Dios Padre, Jesucristo y su Misterio Pascual, el Espíritu constructor de la Iglesia, el amor y la misericordia como valores primordiales, el seguimiento de Jesús vinculados a María, la comunidad eclesial, la esperanza, el testimonio de la fe y la dedicación a los pobres constituyen el núcleo fundamental. Tenemos que preguntarnos si nos hemos dedicado primordialmente a clarificar y afianzar este núcleo o hemos rellenado nuestros mensajes y programas con contenidos y actividades válidas, pero secundarias.

Los cristianos tocados por esta tentación vivimos, quizás sin formularlo, un conflicto mal resuelto entre «actualidad cultural» y «lealtad eclesial». Tendemos a pensar que renovar la Iglesia equivale, sin más, a «ponerla al día», es decir, en sintonía con la cultura del ambiente. Somos propensos a confundir acomodación con adaptación. Acomodarse es sintonizar con la cultura sin cuidarse de no perder la propia identidad. Adaptarse es actualizarse manteniendo tal identidad. El misterio de la Encarnación urge a la Iglesia a adaptarse a la cultura ambiental tras un discernimiento por el que, no sin ayuda del Espíritu, distinga con sumo cuidado, larga reflexión y mucha paciencia, aquello que es conforme al Evangelio y a la dignidad del ser humano de aquello que es deshumanizador e incompatible con el Evangelio. Y puesto que todas las culturas llevan dentro de sí rasgos de uno y otro género, a la Iglesia le tocará siempre vivir al mismo tiempo en sintonía y en contradicción con la cultura en la que vive.

3.3. La crisis del seguimiento

32. Instalados en la «cultura de la satisfacción» (Galbraith) muchos de nosotros experimentamos especiales dificultades para enrolarnos en el seguimiento de Jesús. Tal vez experimentamos un cierto atractivo y afecto y una admiración de su talla moral y su mensaje, pero estos sentimientos no cuajan en las actitudes más hondas del seguimiento, que desvelaremos más adelante. Es verdad que siempre seremos «aprendices de seguidores». Pero es necesario ponerse a serlo. No muchos cristianos nos atrevemos. Las exigencias que plantea el seguimiento de Jesús nos desbordan siempre; nos sitúan ante un ideal nunca plenamente realizable. Podemos y debemos avanzar siempre con la ayuda del Espíritu. No hemos de olvidar que «sólo proponiéndose lo imposible se logra todo lo posible» (Unamuno).

Conocemos bien las dificultades de las grandes colectividades para asumir caminos como éste. Pero si fuera notablemente mayor el número de auténticos seguidores, nuestras mismas comunidades tendrían «otro color»: no dejarían esta impresión de atonía y mediocridad que desanima y disuade a los buscadores.

3.4. El predominio de la ética sobre la fe viva

33. Desde siempre el hueco dejado por un déficit de experiencia creyente suele ser rellenado con el empeño ético. No se niega la fe, pero se marginan algunos aspectos importantes de la misma, entre ellas la contemplación y la oración.

El cristianismo tiene una dimensión ética que no se puede orillar. El «hombre nuevo» no puede envilecer ningún aspecto importante de su vida con una conducta incoherente. Pero el cristianismo es básica y medularmente fe, no ética.

La ética social rellena en ocasiones el vacío de una auténtica experiencia creyente. Convencidos de que «creer es comprometerse» muchos creyentes han entrado en las aguas de un compromiso social incluso admirable, pero insuficientemente regado por la oración y por la motivación cristiana. El resultado ha sido en demasiadas ocasiones el debilitamiento y hasta la pérdida de la fe. Una mística sin compromiso es de dudosa identidad cristiana. Pero un compromiso sin mística acaba convirtiéndose en puro altruismo o quemándose por el cansancio o la decepción. «Todo comenzó en mística y acabó en política», decía Ch. Péguy refiriéndose a una generación de cristianos que habían perdido su fe en el empeño social.

Cuando es la ética sexual la que suple el déficit de la experiencia creyente, se convierte en una normativa desprovista de su impulso motivador. La ética sexual sin el aliento de una experiencia de la fe suele derivar fácilmente hacia la rigidez o la laxitud.

Un cristianismo predominantemente ético no puede encender la vida de los cristianos ni atraer a la fe a los que no creen o dudan. ¿No pecan nuestras predicaciones de ser excesivamente éticas, aunque lo sean de modo muy genérico? ¿No necesitan hoy los creyentes más ánimo que chaparrones éticos? Los filósofos griegos distinguían bien el impulso ético del ánimo vital subyacente a él. Habían comprobado que sin ánimo no hay ética. Sin «moral» no hay moralidad.

3.5. La tendencia a la fragmentación

34. Cambios sociales y debilidades eclesiales favorecen la fragmentación. La cultura postmoderna es la «cultura del fragmento». Esta cultura produce su impacto también en los creyentes, particularmente en los jóvenes. Permanecen afortunadamente en pie la aceptación de los contenidos centrales de la fe, la adhesión a la persona de Jesús y a los valores morales del Evangelio y el sentimiento de pertenecer a la Iglesia. Pero la legítima pluralidad hacia posiciones doctrinales u opciones pastorales tan diversas que oscurecen y debilitan la necesaria cohesión de la comunidad católica producen dentro y fuera de la comunidad cristiana una impresión de confusión y desconcierto.

3.6. Reacciones inadecuadas ante el impacto cultural

35. La interpelación que dirige la cultura contemporánea a los creyentes suscita en la comunidad cristiana actitudes muy diversas, algunas de las cuales pueden constituir un severo contratestimonio.

a) La primera consiste en confundir y suplir «la radicalidad evangélica con el rigorismo». Ambas actitudes son, en realidad muy diferentes. En cierta medida el rigorismo es la caricatura de la radicalidad. El rigorismo procede de caracteres más propensos al deber que al amor y se aloja en personas apegadas a la ley y tendentes a la intolerancia. En la radicalidad evangélica el precepto exterior, al ser asumido desde una profunda vivencia creyente, se convierte en un movimiento espontáneo de nuestra sensibilidad cristiana. Si fuésemos evangélicamente más radicales, no necesitaríamos ser tan rigurosos. El rigorismo disuade; la radicalidad atrae. El rigorismo produce fatiga y desolación interior. La radicalidad genera crecimiento y riqueza interior. Jesús fue radical, no rigorista.

b) La segunda reacción no puede resistir el rechazo frontal que despierta la presentación íntegra del mensaje cristiano en el entorno cultural dominante. Pretende entonces omitir o encubrir los aspectos más paradójicos de la existencia cristiana y resaltar únicamente los aspectos del cristianismo más asumibles por la mentalidad del ambiente. En el límite extremo, convierte la fe en un puro humanismo. Para abrazarlo, un hombre o mujer de hoy no se hacen cristianos.

c) La búsqueda de condiciones sociales o legales especialmente favorables a la comunidad cristiana.

Es justo que la Iglesia exija para sus miembros las mismas condiciones de libertad que el conjunto de ciudadanos y denuncie las trabas injustas que se oponen al despliegue de su vida y actividades. En cualquier caso es evangélicamente más saludable ser discriminado negativamente que ser privilegiado por los poderes sociales o políticos. «La Iglesia no pone su esperanza en privilegios otorgados por el poder civil. Más aún: renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o cuando las condiciones de vida exijan otras disposiciones».

d) La «baja moral» ante los cambios acaecidos.

La percepción global que albergan la mayoría de los cristianos respecto de la situación de nuestra Iglesia es preferentemente pesimista. Una parte notable de nuestra gente cree que la Iglesia no va bien. Su experiencia personal, la opinión recogida en su entorno, la imagen recibida a través de la mayoría de los medios de comunicación le confirman en esa percepción. El presente es crudo; el futuro es sombrío. El pesimismo prevalece. La autoestima colectiva decrece.

Un grupo cuya autoestima colectiva es baja, emite, aun sin quererlo, mensajes subliminales que resultan más disuasorios que persuasivos. Sus miembros ofrecen acomplejadamente su fe, se vuelven propensos a excusarse de sus debilidades, y tentados de mostrar escasa adhesión a su comunidad. La tentación de Tomás se actualiza en ellos. No se atreven a decir que son cristianos a secas. Son «cristianos críticos», «cristianos dialécticos», «cristianos erasmistas», «cristianos en tensión con la Iglesia». Hace falta tener mucha moral para acercarse siquiera a un grupo que posee esta moral.

Los historiadores encuentran una de las explicaciones de la sorprendente difusión del cristianismo durante los primeros siglos precisamente en su «moral colectiva alta», en claro contraste con un mundo greco-romano muy vasto y poderoso pero tocado por el pesimismo. «Una de las causas más importantes del éxito de la primera evangelización cristiana es que mientras los paganos habían perdido la confianza en sí mismos el cristianismo aparecía a los ojos de todos como una fe por la que merecía la pena vivir porque era también una fe por la que merecía la pena morir».

III.– LECTURA CREYENTE DE NUESTRA SITUACIÓN ECLESIAL

36. Describir una situación e identificar sus causas es necesario, pero insuficiente. Los hechos humanos no son simplemente como los hechos físicos que se explican describiendo sus causas y enumerando sus efectos. Necesitan ser interpretados. Es preciso descubrir su significación.

Al contemplar ante vosotros la realidad de nuestras diócesis, debemos y queremos interpretarlas guiados por la luz de la fe. Queremos descubrir, ante todo, qué nos enseña Dios a través de nuestra situación y qué nos pide que hagamos ante ella. El Concilio Vaticano II nos recuerda el deber de «escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio». Es evidente para nuestra fe que el Espíritu quiere decir algo a su Iglesia en estas circunstancias. Queremos escucharle con suma atención y responderle con activa docilidad.

A) ALGUNAS CLAVES DE LECTURA

1. Una prueba dolorosa

La situación descrita y explicada nos produce sufrimiento porque retrata el fuerte declive de las comunidades cristianas en toda Europa occidental y entre nosotros. Es duro comprobar la apatía religiosa de muchos creyentes, el rechazo de numerosos increyentes y los problemas que unos y otros tienen con la Iglesia. Es difícil asimilar que la fe católica ha pasado de ser un hecho sociológicamente compartido y culturalmente protegido a una situación nueva en la que ser creyentes es, en muchos ambientes, un hecho «contracultural» que hemos de vivir a «contracorriente». Es costoso comprobar que la Iglesia «busca su lugar en una sociedad secularizada y pluralista y no acaba de encontrarlo. Tiene dificultades para acertar con la palabra adecuada a su mensaje y con el tono indicado para decirlo. Antes de encontrarlos deberá realizar una travesía en el desierto y vivir la crisis en profundidad» porque su interlocutor (el hombre y la mujer de nuestro tiempo) ha cambiado no en su estructura más profunda, pero sí en su sensibilidad, sus criterios, sus actitudes, su escala de valores. Es penoso comprobar que nadie sabe con claridad qué es lo que tenemos que hacer ni exactamente cómo se genera, en las actuales circunstancias socioculturales, un cristiano. Es incómodo dejar viejos caminos e incómodo buscar nuevas rutas evangelizadoras. Es triste «ir muriendo» en muchos ambientes.

La llamada de Dios contenida en este sufrimiento consiste en percibir en su seno la Cruz del Señor y adoptar ante ella la actitud propia de los creyentes. Ésta es hoy una de las cruces con la que los cristianos nos identificamos con el Señor y actualizamos su Pasión. Es preciso reconocerla como tal, llevarla con paciente mansedumbre y recordar que, porque va vinculada al Redentor, participa de su fuerza salvadora. Es preciso, al mismo tiempo, reconocer que el único Inocente que llevó su Cruz es el Señor. A nosotros se nos pide asumir con humildad y con paz la parte que nos corresponde de responsabilidad y de pecado en la situación existente.

2. Un desafío colosal

37. Por primera vez en la historia a partir del s. IV la Iglesia católica y las demás Iglesias cristianas viven en muchas regiones de Europa una situación de minoría cada vez más próxima a la diáspora al estilo de las minorías judías presentes por doquiera en el mundo gentil. Con riesgo de desdibujarse en una sociedad que va dejando de ser cristiana. Con la posibilidad y misión de mantener, purificar y ofrecer su fe. Algunos analistas apuntan que el rápido avance de la increencia y de la desafección religiosa en nuestra tierra pone en cuestión la propia pervivencia y persistencia de estas Iglesias como realidad públicamente relevante en el futuro. No sucedería por primera vez en la historia que Iglesias florecientes hubieran quedado marginadas, casi en situación residual. El caso de Asia Menor y del Norte de África serían reveladores.

Jesús ha prometido que su Iglesia será perenne hasta el final de los tiempos. Es cierto que esta promesa del Señor no incluye necesariamente el vigor de nuestra Iglesia ni su presencia sociológicamente sólida entre nosotros. Pero es también verdad que «el futuro de la Iglesia y del cristianismo depende primariamente de Dios y no del hombre. Dios puede, por tanto, confundir las mejores y más fundadas predicciones, como ha sucedido frecuentemente en la historia» (Van der Pol). Lo innegable es que en nuestra tierra el vigor evangélico y la influencia apostólica y humanizadora de la Iglesia se está debilitando sensiblemente.

Dos valores de importancia vital se están jugando en el presente de cara a un futuro ya próximo. Digámoslo en forma de pregunta: ¿será significativa la fe cristiana de mañana en la sociedad europea en la que estamos cada vez más plenamente inmersos? ¿Será creíble nuestra Iglesia como forma colectiva y visible de existencia de tal modo que pueda efectivamente ser mediación acreditada de la fe en Jesucristo? De la respuesta a estas dos preguntas dependerá que en el futuro próximo seamos «un resto» o un «residuo». Un resto en el sentido bíblico es un brote de vida con promesa de futuro florecimiento. Un residuo es un pálido recuerdo de un pasado más vigoroso. Según teólogos valiosos el que pueda prosperar una u otra alternativa dependerá de que el Espíritu suscite, con nuestra colaboración, una nueva manera histórica de ser cristiano, que encarnando todos sus elementos esenciales, sintonice con ese hombre y mujer diferentes que ha generado nuestra cultura. «Lo que está desapareciendo no es el cristianismo, sino una forma histórica de ser cristianos». Asistir y participar en su alumbramiento será nuestra tarea y nuestra dicha.