Nuevo curso

No me refiero al curso escolar, sino al curso parroquial, diocesano, apostólico. Durante el verano todos hemos estado un poco relajados. Ahora tenemos que volver a la plena actividad. El Señor nos llama, nuestros hermanos nos necesitan y nos esperan.

Al comenzar las ocupaciones del nuevo curso hemos de evitar un posible error. Lo más importante no son las reuniones, las convocatorias, ni ninguna otra actividad externa. Nuestro esfuerzo debe comenzar por la renovación de nuestras actitudes espirituales. Como primera diligencia tendremos que preguntarnos cómo estamos en nuestra vida espiritual, en oración, en la celebración y recepción de los sacramentos, en nuestra conducta con el prójimo, en nuestras disposiciones para el apostolado. Cada uno tiene que ver cómo se pone a punto, cómo reaviva su comunicación con el Señor, cómo se libera de la pereza y de las consideraciones egoístas, cómo fortalece su entrega y su disponibilidad para la causa del Señor.

No podemos vivir tranquilos manteniendo actitudes ambiguas, resentidas, comodonas, centradas de una manera o de otra en el amor propio y en las pequeñas ambiciones personales. El Señor quiere y necesita sacerdotes entusiasmados con su ministerio y sus iniciativas pastorales, religiosos que sean verdaderos testigos de Jesús, del amor de Dios y de las promesas de vida eterna, necesita fieles seglares que vivan con fervor su vocación a la santidad y al apostolado, en la familia, en la profesión, en las relaciones y actividades sociales. Las críticas, las amarguras, las envidias y divisiones están de más. Nuestro mundo necesita una Iglesia fervorosa, unida y entusiasta en la vida y en el apostolado.

En pocos meses han aparecido varias leyes claramente opuestas a la moral cristiana. A medida que pasa el tiempo quedan al descubierto las intenciones de algunos políticos y de algunas asociaciones de quebrar las tradiciones católicas de nuestro país y debilitar la presencia de la Iglesia católica en nuestra sociedad, en la vida familiar, en la educación, en la cultura y los medios de comunicación. La Iglesia española, y con ella todos sus miembros, vivimos bajo la presión de una ofensiva laicista que pretende recluir la vida religiosa y cristiana al ámbito de lo privado, como si las convicciones religiosas no fueran dignas de aparecer ni influir en la vida social y pública.

Con frecuencia tenemos que enfrentarnos con un razonamiento que es una verdadera trampa dialéctica. Lo podemos resumir así: Como quiera que nuestra sociedad es religiosamente plural, dado que unos somos religiosos y otros no, eliminemos la religión de la vida pública y procedamos en los asuntos públicos como si nadie fuera religioso. Así no habrá agravios contra nadie. Luego, en su vida privada, que cada uno haga lo que quiera.

A primera vista éste puede parecer un razonamiento liberal y comprensivo. Pero en realidad es una imposición del laicismo a costa de la libertad de los cristianos. Lo justo es que, si vivimos en una sociedad plural, la administración pública tenga en cuenta por igual a los creyentes y a los no creyentes, a las organizaciones confesionales y a las no confesionales. Que, por ejemplo, los padres, tanto los cristianos como los laicistas, puedan educar a sus hijos como les parezca mejor. Está bien que los cristianos no queramos imponer la fe a los que no creen, pero que los no creyentes no impidan a los cristianos educar a sus hijos como les parezca mejor. Si los cristianos no imponen su fe a nadie, por qué los no cristianos quieren impedirles poder contar con una educación para sus hijos conforme a sus deseos? ¿A quién se le hace mal con eso? Si vivimos en una sociedad plural, ¿por qué nos quieren imponer unos servicios unificados mediante la imposición de un laicismo que muchos no queremos? Si las organizaciones que se dedican al teatro o al deporte pueden ser subvencionadas con el dinero de todos, por qué no pueden ser subvencionadas las asociaciones que favorecen la vida religiosa de los ciudadanos?

En una sociedad equilibrada y culta, la religión tiene que ser reconocida tranquilamente como una actividad positiva y respetable, a la cual los ciudadanos tienen perfecto derecho y que, cuando se vive correctamente, produce muchos bienes espirituales y materiales, estéticos y sociales que están a la vista de todos los hombres de buena voluntad. Sin embargo, hemos de reconocer que en nuestra sociedad es muy frecuente un juicio negativo que ve la religión como algo anacrónico o perverso, que debe ser eliminado para llegar a una sociedad libre y progresista.

Nos queda un largo camino para aprender a convivir en paz creyentes y no creyentes, sin menosprecios ni agresiones, compartiendo un patrimonio y un proyecto común de vida en el que quepamos todos y nadie quiera excluir a nadie. Si en algún momento pudimos pensar que en España estaba resuelto el problema de la convivencia entre católicos y laicistas, ahora vemos que no es así. De nuevo vuelven a aparecen barreras de menosprecio y de exclusión que dan lugar a mucho malestar y pueden degenerar en tensiones y conflictos. No podemos permitir que se reproduzcan entre nosotros aquellas posturas radicales y exclusivistas que predicaban la incompatibilidad entre derechas e izquierdas, entre creyentes y no creyentes, y nos llevaron al desastre de la guerra civil. Por nuestra parte, en Navarra, y en España entera, los católicos queremos ser fermento de convivencia, servidores de la paz y de la unidad. Solo pedimos que se respeten nuestros derechos como nosotros respetamos los derechos de los demás.

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Este curso que ahora comienza es un poco especial. Celebramos el quinto centenario del nacimiento de S. Francisco Javier. La figura del Santo de Javier es un modelo cercano e influyente para todos los católicos de Navarra. Hombre de grandes capacidades humanas, por los caminos inesperados de la divina providencia llegó a ser un discípulo apasionado de Jesucristo y dejando otros posibles ideales de vida se entregó enteramente al seguimiento de Jesús y a la difusión de su Evangelio en las regiones más alejadas del mundo conocido.

La figura de Francisco de Javier nos obliga a los católicos navarros de hoy a plantearnos una pregunta capaz de sacudir nuestras conciencias y cuestionar nuestra vida. ¿Qué hacemos los católicos en la Navarra de hoy para transmitir la fe a las nuevas generaciones? ¿Qué hacemos los sacerdotes, qué hacen los religiosos, qué hacen los padres de familia, qué hacemos entre todos los miembros del Pueblo de Dios? Si amamos a Jesús, si estamos convencidos de que es nuestro Salvador ¿por qué no hablamos más de El, por qué no somos capaces de transmitir ese amor y esa admiración a nuestros jóvenes, a nuestros hijos? Este año jubilar de Javier tiene que ser un año de revisión, de iniciativas apostólicas, de impulso evangelizador y misionero. El lejano Oriente de Javier lo tenemos nosotros en nuestra propia familia, en nuestra parroquia, en la vida y las actividades de nuestra Iglesia.

Es verdad aquello de “No hay mal que por bien no venga”. Se corresponde con lo que dice San Pablo “Dios lo aprovecha todo para el bien de los que ama” Si es verdad que en nuestra sociedad parece que se han desatado las opiniones y las actuaciones contrarias a la fe y a la moral cristianas, con la ayuda de Dios, que no nos va a faltar, tenemos que ser capaces de darle la vuelta a esta situación viviéndola como un momento de renovación y de gracia, como una llamada de Dios a una vida cristiana más firme, más coherente y generosa, más claramente testimoniante y más vigorosamente apostólica.

Gran parte de nuestros jóvenes viven al margen de la Iglesia y de la moral cristiana, en los últimos años ha aumentado rápidamente el número de matrimonios civiles y de separaciones, hace ya más de treinta años que en nuestra Iglesia no surgen vocaciones para el ministerio sacerdotal ni para la vida consagrada y misionera. ¿No nos hemos preguntado nunca qué quiere Dios de nosotros en estos momentos de nuestra Iglesia y nuestra sociedad? He aquí unas cuantas sugerencias.

1)Por lo pronto no podemos desanimarnos ni darnos por vencidos. Escuchemos las palabras de Jesús como dichas directamente a nosotros: “No temáis. Yo estoy con vosotros”.

2)Aprovechemos la circunstancia para reavivar la firmeza de la fe. Nuestras tradiciones y nuestras convicciones cristianas no han sido un error. En la vida de la Iglesia ha podido haber equivocaciones, los cristianos no somos santos y no siempre actuamos de acuerdo con nuestra fe. Pero nuestra fe ha demostrado abundantemente su capacidad humanizadora y santificadora. No tenemos por qué avergonzarnos de nuestra historia.

3)Apoyemos nuestra vida en las afirmaciones fundamentales del evangelio de Jesucristo, en la existencia y providencia amorosa de Dios, en el perdón de los pecados y la conversión del corazón, en el cumplimiento generoso del mandamiento del amor al prójimo, en la preparación del encuentro con Dios y en la esperanza de la vida eterna.

4)Centremos nuestra vida en el seguimiento de Jesucristo, hagamos que la fe en El, viva y operante, sea el hilo conductor y el factor determinante de nuestra vida, de nuestros gustos y decisiones, de nuestros pensamientos y actuaciones.

5) Vivamos con humildad y gratitud nuestra comunión eclesial. Comunión espiritual y visible con la Iglesia universal, presidida por el Papa y los Obispos; y comunión real con la Iglesia local, presidida por el Obispo, con los presbíteros, en estrecha y clara unidad doctrinal y pastoral. Las divisiones, los aislamientos, los personalismos enfrían el fervor de la vida cristiana, matan la alegría de la fidelidad y de la fraternidad y embotan la capacidad apostólica.

6) Por pura gratitud, por amor al Señor que nos salva y por compasión hacia los hermanos que no conocen la fuerza de su salvación, trabajemos decididamente en el anuncio y la difusión del Evangelio de Jesucristo, salgamos al encuentro de quienes no le conocen y no creen en El, abramos una nueva época de expansión misionera en la vida de nuestra Iglesia y de nuestras parroquias Sólo así podremos responder adecuadamente al amor y a los dones de Dios, sólo así podremos estar a la altura de los tiempos.