Gran negocio, gran estafa

Puede parecer demasiado duro, pero me parece rigurosamente exacto. Primero fue el libro con sus 40 millones de ejemplares vendidos. Ahora será la película con no sabemos cuántos espectadores. Detrás de todo, un producto literariamente modestito y científicamente nulo, apoyado en un gran montaje propagandístico. Hablo del Código da Vinci. Ya lo ven ustedes.

Sin embargo, queda por explicar el porqué de este éxito. Gran parte del éxito se deberá al lanzamiento, sin duda, que ha sido multimillonario. Pero hay razones más hondas. Dan Brown utiliza la fuerza que tiene la persona de Jesucristo en la conciencia de millones de personas, incluso más allá de las fronteras de la Iglesia, para aprovecharla en favor de su obra y de su negocio. Construye una novela medio policíaca, medio de ficción, con apariencias de investigación histórica.

A lo largo del escrito acusa a la Iglesia de haber manipulado la historia de Jesús en favor de su propio interés. Cuando es él quien hace exactamente eso. Si esta obra se hubiera presentado como una obra de literatura ficción a propósito de Jesús, podríamos discutir el buen gusto del autor al hacer chirigota con un personaje que para los cristianos es sagrado, pero no podríamos denunciar el escrito como falso ni como estafa. Pero el autor presenta su obra como fruto de largos y profundos estudios históricos, atribuyendo a sus afirmaciones un valor científico e histórico que no tienen desde ningún punto de vista. Hay datos históricos innegables, pero con ellos, y otras muchas cosas que son meras fábulas, compone un conjunto del estilo de los libros de caballerías.

El conjunto de personajes que presenta y la descripción de instituciones que maneja, o son enteramente realidades de ficción, o vienen descritas de manera que no responde a la realidad. La tesis central de la novela es decir que el cristianismo es falso porque es creación de unos hombres sin escrúpulos que inventaron sus dogmas fundamentales en el siglo IV para dominar los resortes del imperio. El autor dice contar la verdadera historia de Jesús como un personaje, sin ningún signo ni pretensión de divinidad, muerto como los demás hombres, que vivió, casado con María Magdalena, con la cual tuvo varios hijos de los que proceden algunos grupos misteriosos y truculentos que son pura invención suya.

Para apoyar sus tesis utiliza un método muy sencillo. Niega validez a las fuentes históricas del cristianismo, desconociendo todos los estudios sobre historicidad de los evangelios, el análisis crítico de su texto, la fidelidad en la conservación de los textos originales, etc. Y se la concede a otros escritos mucho más tardíos, de comprobada falta de rigor histórico, afectados por las doctrinas de grupos disidentes y heréticos, y completa el producto incorporando otras afirmaciones truculentas que son puras leyendas medievales y a veces inventos del todo imposibles por graves alteraciones históricas y afirmaciones arbitrarias.

Sus afirmaciones sobre la Magdalena, los conflictos de ésta con Pedro, los hijos de Jesús, las luchas de la Iglesia contra ellos y la pretensión del Opus de acabar con los últimos descendientes de Jesús, son una mezcla de tópicos, aprovechando la morbosidad de los mitos del momento, que no tiene valor histórico ninguno. ¿Cómo pudo inventar Constantino la divinidad de Jesús, cuando en los siglos I, II y III habían muerto tantos mártires por profesar su divinidad y esperar la resurrección? Estamos en el género del Amadís de Gaula.

Mucha gente nos pregunta qué podemos pensar los cristianos de todo esto. Yo lo veo de la siguiente manera:

1.Los cristianos no debemos asustarnos de semejante engendro. No dice nada serio que pueda cuestionar ninguna de las bases históricas del cristianismo científicamente establecidas. No hay razón para ponerse nerviosos ni para sentir siquiera curiosidad. Considerado en sí mismo, no vale la pena tomarlo en serio. Su fuerza está en la propaganda, en la morbosidad que despierta, en la debilidad de muchas conciencias. El que quiera enterarse de algo sobre Jesús es mejor que lea los evangelios.

2.Tampoco debemos dejarnos ganar por el morbo de su atractivo. Quienes quieran leer la obra o ver la película que lo hagan, sin credulidad, sin dejarse llevar infantilmente por el morbo de la presentación, con una cierta distancia crítica. Desde luego quienes vean esta película o lean esta obra con fruición, tendrán que reconocer que no andan muy claros en su fe, si es que la tienen, ni andan tampoco fuertes en sabiduría. El europeo que quiera liberarse de sus orígenes cristianos, se verá aliviado por este género de literatura que busca desprestigiar los fundamentos históricos y la validez religiosa y humana de la tradición cristiana. La verdad es que este estilo de obras son poco serias y no logran tocar los cimientos históricos y científicos de nuestra fe. Dejando aparte que la fe religiosa es algo más que la certeza que pueden producir los datos históricos y las argumentaciones racionales.

3. Para los que no tengan alguna razón especial, como puede ser, su responsabilidad como críticos o educadores, la mejor postura es el desinterés. No vale la pena. No aporta nada serio ni bien fundamentado. Ni como historia ni como arte.

¿No han notado ustedes cómo desde hace algún tiempo, cada tres o cuatro meses, sale alguna obra que “va a conmover los cimientos de la Iglesia católica”? Pero aquí seguimos. La Iglesia está edificada sobre la piedra firme que es Cristo, de modo que los poderes del infierno no podrán contra ella.

Dios saca bienes de los males, y escribe derecho con renglones torcidos. Este libro deplorable ha despertado la curiosidad de muchos y nos ofrece una ocasión excelente para explicar a los cristianos, y a los no cristianos, los verdaderos orígenes históricos del cristianismo, las fuentes documentales del conocimiento de Jesús, de su vida y de su mensaje, y explicar cómo fueron los primeros años de la vida de la Iglesia y la expansión de la fe cristiana por el mundo conocido. Esta es ahora nuestra misión. Podemos animar a leer algún libro, o a buscar en internet una información seria y fidedigna sobre la persona de Jesús, sobre el Dios Padre del cual vino a dar testimonio para nuestra iluminación y salvación. Y enterarnos mejor de la naturaleza y la misión de esta humilde Iglesia nuestra, hecha de santos y pecadores, que nos ha conservado fielmente la memoria de Jesús, de su mensaje y de su testimonio. Ella nos ayuda a vivir como personas libres, hijos de Dios y ciudadanos del Cielo. Por todo ello damos muchas gracias a Dios.

 

+ Mons. Fernando Sebastián Aguilar

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela