La Iglesia católica en la España actual

INTRODUCCIÓN

La primera palabra tiene que ser una palabra de saludo. Ha terminado el verano. En estos meses se produce un poco de dispersión, de incomunicación. Estas Jornadas marcan el principio del curso en el que la vida y el trabajo se hace más regular.

Las Jornadas del Pueblo de Dios tienen siempre un carácter programático. ¿Qué objetivos centrales va a tener nuestro trabajo pastoral y nuestra vida cristiana durante este curso que comienza? En la respuesta no puede haber muchas novedades. De un año para otro no cambia la vida mucho, y por otra parte la misión de la Iglesia y nuestra misión como sacerdotes es siempre fundamentalmente la misma.

Para centrar nuestra reflexión digamos que el título de esta charla es demasiado ambicioso. Queremos hablar de la Iglesia, de nuestra Iglesia, pero de quiénes en concreto? Porque todos somos Iglesia. Los Obispos, los sacerdotes, los fieles, y entre los fieles también hay diferencias, los que asisten los que no asisten, los fervorosos, los tibios. De qué queremos hablar en concreto?

Por otra parte parece que ya estamos un poco saturados de tantos análisis. Con el fin de aterrizar en algo más concreto podemos convertir el título en este otro: COMO SER CRISTIANOS EN LA ESPAÑA ACTUAL. O más concretamente todavía, cómo tenemos que ser cristianos ahora y aquí, en Navarra.

 

I. UNA MIRADA DE COMPRENSIÓN A NUESTRA CIRCUNSTANCIA

Tiempos de dificultad

Lo menos que podemos decir es que estamos en un tiempo de dificultad. Podemos preguntar en qué consiste esta dificultad. Mirando las cosas de fuera a adentro, podemos decir que hay en el ambiente muchas reticencias respecto de la Iglesia, del cristianismo, de la religión en sí misma considerada. Con frecuencia parecen en los medios de comunicación actitudes contrarias a la Iglesia, muchas personas se han alejado de la vida cristiana, en cuestiones morales hay un fuerte disentimiento, en bioética, en moral sexual, los asuntos económicos son muy complejos y la dimensión moral queda muy diluida, en la vida política se rehuye expresamente la existencia de una ley moral objetiva. Nos acusan frecuentemente de no saber vivir en la democracia, nos dicen que añoramos los tiempos del franquismo, que echamos de menos el proteccionismo, que pretendemos imponer la fe y la moral al conjunto de la sociedad.

No es difícil responder a estas acusaciones. Lo hemos hecho muchas veces, pero las acusaciones vuelven a aparecer en cuanto se presenta la ocasión. La verdad es que al menos desde 1971 los Obispos españoles optaron por favorecer la democratización de la sociedad española. Antes ya lo habían hecho en 1931. Después del Concilio y en el momento de la transición hubo una apuesta muy decidida por la democracia que nunca ha sido negada.

Yendo más al fondo de la cuestión, tenemos que reconocer que lo que se rechaza es la religión misma, en sus elementos esenciales, diciendo que no es compatible con los valores más apreciados de la vida actual, como son la ciencia, la libertad, el bienestar. La reflexión tanto filosófica como teológica, el testimonio de la historia, demuestra que la fe cristiana no es contraria a estos valores de la vida humana, sino que es contraria a una manera de entenderlos, en el marco de una visión deformada y reducida de la realidad en la cual el hombre sería el centro del universo y como el dueño último de su existencia. Se trata de una comprensión de la libertad y de la verdad profundamente contraria al cristianismo porque dependen de una visión atea de la realidad. Si no hay Dios, si existimos por azar en un mundo meramente fáctico, sin más norma que la casualidad, entonces todos los valores son relativos, ninguna tiene valor absoluto, más que la propia felicidad conseguida libremente sin sometimiento a nada ni a nadie.

Quienes creen que esta manera de ver las cosas es la verdadera cultura moderna y democrática, liberada de las imposiciones de la tiranía y de la religión, no soportan una Iglesia diferente y fiel a sí misma, quieren una Iglesia que se acomode, que cambie sus estructuras y sus enseñanzas, que se someta al criterio común de la nueva cultura. Pero esta actitud no es democrática. Nosotros pedimos una democracia en la que se respeten las diferencias, en donde ser católico o ser laico no lleve consigo ni privilegios ni sospechas de ninguna clase.

 

Las causas profundas de esta situación

Es difícil averiguar por qué ocurre esto. En realidad se trata de un movimiento cultural que se desarrolla en todo Occidente desde el siglo XVIII. Lo que comenzó como un conflicto entre la fe y la ciencia moderna, dio lugar a una crítica radical de toda religión y al desarrollo de un ideal humanista que pone al hombre como centro del mundo y dueño absoluto de sí mismo sin referencia ninguna a un Dios Creador ni Providente. Hoy vivimos la socialización de aquellas ideas hechas usos y prácticas comunes de vida.

En España este movimiento cultural tiene características especiales que lo hacen más radical y más intransigente.

1º, Reacción histórica. El movimiento secularizador tiene entre nosotros la fuerza de una reacción pendular a una situación anterior en la que la religión era casi la única forma de vida socialmente aceptada. Eso que es verdad en toda España, lo es Navarra de una manera singular. La reacción contra la guerra civil y los cuarenta años de franquismo alimenta el laicismo de muchas personas instituciones a falta de otros argumentos teóricos. Decimos a veces que esto podría valer para los adultos y no para los jóvenes. Pero lo cierto es que la crítica a estas situaciones ha creado ya unos criterios que se manejan y se aplican como axiomas indiscutibles.

2º, Vivimos acaparados por las ofertas del consumismo. La gente no tiene tiempo para pensar ni para hacerse preguntas existenciales, tiene una vida muy apretada, está sometida a un ritmo frenético que no le priva de cualquier cuestionamiento en profundidad. Es más, el pragmatismo imperante hace que estas preguntas por la verdad profunda y el sentido último de la existencia, resulten preguntas incómodas, que alteran el ritmo y la consistencia de la vida, que no tienen interés ni conducen a ninguna parte. Somos muy pragmáticos, interesados, hedonistas. En este sistema de vida Dios, la religión, la Iglesia aparecen como inútiles. Es lo último en el ranking de nuestros intereses, nunca tenemos tiempo para cosas tan inútiles y tan inciertas.

3º, El valor supremo, el verdadero “dios” que se adora en este mundo nuestro es el propio bienestar, el bienestar inmediato, material, el bienestar del dinero, de las diversiones, del sexo, de los viajes, de la abundancia económica. Todo lo demás pertenece a otro mundo ya superado, un mundo precientífico y predemocrático.

4º, Por debajo de esta crítica a la religión existe el desconocimiento del verdadero Dios, tal como ha sido revelado por Jesucristo, un Dios de Amor y de libertad, que no es amenaza para el hombre, sino fuente de vida y horizonte de esperanza. Desde el punto de vista cristiano, lo que está ocurriendo tiene el sentido de un error trágico por el que el pensamiento y la cultura modernos tratan de liberar a la humanidad de un dios falso y pretenden construir una cultura nueva en la que el hombre solo sea el verdadero dios de la creación sin que nadie le libere de sus limitaciones ni de sus pecados. Este es un empeño seductor, pero imposible, que está en el origen de las frustraciones y los fracasos de nuestro mundo.

La abundancia reinante hace que la iglesia se ha quedado en esta sociedad sin poder ofrecer nada interesante. Todos los servicios están asumidos por el Estado. A la hora de la verdad, esto no es así, los servicios del Estado de Bienestar dejan muchas rendijas por donde se cuela el sufrimiento, un sufrimiento que sólo la caridad personal y el amor desinteresado pueden remediar. Pero esto no se reconoce. Todos, de derechas o de izquierdas, quieren un Estado que garantice enteramente su felicidad y le atienda en todas sus necesidades.

En consecuencia la Iglesia no tiene nada que ofrecer más que el evangelio puro y duro, la religión químicamente pura. Una mercancía que ya no interesa a casi nadie. Como dice el Papa Benedicto, No existe solo la sordera física que aísla de la sociedad, Existe también la sordera espiritual, una dureza de oído para con Dios, de la que nos vemos particularmente aquejados en la actualidad. (Benedicto XVI). Además hay demasiadas voces que nos aturden, que no nos dejan distinguir la palabra de Dios, ni mucho menos apreciarla. En el mundo actual los hombres perdemos la capacidad de hablar de El, y con El. Y así caemos en una reducción de la existencia que resulta angustiosa. Somos los centros del mundo, pero estamos solos en el mundo, en un mundo lleno de personajes solitarios en el que todos pretenden ser el centro de los demás. Nuestro mundo es un mundo de egoísmos, un mundo de soledad, y un mundo de conflictos. “Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana, aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en el que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado, en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo normal es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada” (La Iglesia en Europa, n. 7). Se pretende imponer y vivir un “antropología sin Dios y sin Cristo”. Esta es la raíz de la desesperanza, del temor al futuro, de la sensación de inseguridad y desarraigo en que muchas personas viven y sufren (Cf, La Iglesia en Europa, nn. 8 y 9).

Muchos cristianos viven afectados por esta ideología y entre nosotros también se ha producido lo que el Papa Juan Pablo II llamaba la pérdida de la memoria y de la herencia cristiana (La Iglesia en Europa, n.7). Y a lo mejor no hemos acertado en las soluciones. Ante los primeros síntomas de este enfrentamiento entre el mundo de la fe y el mundo del laicismo, quisimos hacer la Iglesia más interesante, más atractiva, más dialogante. Es decir, una Iglesia que hablase menos de Dios y más de la tierra. Una Iglesia portadora de un mensaje terreno, de tipo moralizante, dirigido a fomentar la justicia y garantizar el bienestar de los hombres en el mundo. Los hechos están demostrando que esta manera de pensar se equivoca y confunde el diálogo con la condescendencia. Esta presentación del cristianismo, desprovista de su dimensión religiosa y escatológica, sin una clara conciencia de su propia identidad y de sus propios perfiles, tampoco interesa a nadie. Debilita por dentro la vida de los cristianos, rompe la unidad de la Iglesia y no aparece como una verdadera alternativa de vida a los que viven en la cultura del hedonismo.

En el bautismo, la Iglesia nos dice la misma palabra de Jesús al sordo de nacimiento, “Effetá”, ábrete. Los cristianos no somos sordos a la palabra de dios, el bautismo nos introduce en la sociedad de los que oyen, escuchan, de los que hablan con Dios y de Dios. Nos hace capaces de vivir con Jesús y escuchar sus palabras. Somos interlocutores, invitados, comensales de Dios. El Papa Benedicto nos advierte, “Pero el bautismo no tiene nada de mágico. Tiene que dar lugar a un proceso de desarrollo progresivo en el que crezcamos en la vida de comunión con Dios, consiguiendo una forma distinta de considerar al hombre y a la creación “.

 

Una nueva situación está apareciendo en el mundo y en la Iglesia.

Aunque el laicismo suene mucho, y las objeciones contra la Iglesia se nos repitan muchas veces, ésta es ya una fase concluida, básicamente cerrada. En el mundo está comenzando una fase nueva. Nueva para la sociedad y nueva para la Iglesia. Nueva para la sociedad, porque las sociedades cultas y democráticas reconocen que dentro de la democracia tiene que existir el respeto profundo hace la libertad religiosa de los ciudadanos. Las instituciones civiles se van convenciendo de que el ejercicio de la libertad religiosa, y en consecuencia, el ejercicio libre de las propia religión por parte de los ciudadanos es una parte importante del bien común que el Estado tiene que proteger y garantizar, del cual se siguen muchos bienes para las personas y para la consistencia de la sociedad entera. En nuestro caso, podemos decir ¿quién mejor que la Iglesia educa para la convivencia, para el trabajo, para la justicia y la solidaridad? La carta “Deus caritas est” del Papa Benedicto lo expone hermosamente.

Y en buena parte nueva también para la Iglesia, porque poco a poco vamos aprendiendo a vivir en libertad y en pluralismo, aprendemos a convivir con otros que viven de otra manera, sin que eso signifique ni conflicto ni sometimiento. Quien diga que la Iglesia no sabe vivir en democracia no dice verdad. NO añoramos ningún poder político, no pretendemos imponer a nadie nuestra fe ni nuestra moral mediante el poder o las instituciones políticas. Pretendemos simplemente poder vivir en libertad, sin restricciones, como cualquier otro grupo religioso o cultural, y poder anunciar libremente nuestro mensaje y nuestros puntos de vista sobre la vida personal, familiar y social. Todo perfectamente admisible en una concepción democrática de la sociedad. Si en algo pecamos es en vivir demasiado cohibidos, sin atrevernos a marcar las diferencias con el resto de la población, a ejercer nuestros derechos civiles y políticos de acuerdo con nuestras propias creencias y nuestros intereses de grupo.

Situación nueva desde el punto de vista de la Iglesia, pues hoy todas las Iglesias de occidente, también la nuestra, saben vivir en una sociedad democrática, al amparo del reconocimiento de la libertad religiosa de los ciudadanos, sin privilegios ni discriminaciones de ninguna clase.

Para ser justos hay que decir que entre nosotros hay grupos y partidos políticos que tienen una concepción estrecha de la democracia, en la cual no cabe la vida religiosa de los ciudadanos, partidos que no saben ver la vida religiosa de los ciudadanos como parte del bien común, como simple ejercicio de la libertad en una dimensión importante de la persona humana. Con frecuencia nuestras críticas contra esta manera estrecha e injusta de entender la democracia son interpretadas como una incapacidad de acomodarnos a una vida democrática real. No es que nos quejemos de la democracia, sino que queremos más democracia, menos intervensionismo del Estado en materias religiosas y morales, más neutralidad de las autoridades políticas ante las manifestaciones y el ejercicio de la libertad religiosa de los ciudadanos.

En concreto, los Obispos hacemos a la administración dos tipos de crítica. Uno pidiendo que las decisiones de la autoridad se sometan como actividad humana a las normas morales vigentes en la sociedad, fundadas en la recta razón y en la historia cultural y religiosa de la población. No es querer imponer nada, es defender la libertad de la sociedad y los límites de la autoridad. Quienes gobiernan no están autorizados a gobernarnos y dirigirnos como les parezca mejor, sin tener en cuenta las normas de la moral natural y de la moral histórica de nuestra sociedad. La segunda crítica es reclamar el derecho a ser reconocidos y tratados como cualquier otro grupo cultural, sin discriminaciones ni restricciones por el hecho de ser una institución religiosa.

Tenemos que hacernos a la idea de que vivimos en OTRA NAVARRA. Un país diferente, en el que hay RECUERDOS CRISTIANOS, de otras épocas, pero habitado por otras gentes recién llegadas, que son paganas. La realidad es todavía más complicada, porque vivimos a la vez en dos países, en dos mundos, en los residuos de la Navarra antigua, cristiana, honesta, amiga de la Iglesia, y en otra Navarra secularizada, en la que priva el interés económico, el bienestar, la diversión, y en la que la religión es algo sin importancia que se deja con facilidad, o se practica sin profundidad, o se mira con desprecio y hasta con resentimiento como una reliquia de un pasado detestable.

Sin embargo, no podemos ser pesimistas, también ahora en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia HAY MUCHAS COSAS POSITIVAS. Por lo pronto una tercera parte de los ciudadanos son miembros decididos de la Iglesia, asisten fielmente a las celebraciones litúrgicas y tratan sinceramente de vivir según la fe de Jesucristo. Dos terceras partes de nuestros conciudadanos se confiesan cristianos. Más bien tendríamos que preguntarnos cómo les estamos ayudando a vivir su fe en el mundo real de cada día. Por otra parte no podemos exagerar las dificultades que padecemos. Nadie nos persigue. Ni tenemos que hacer grandes renuncias por ser fieles a nuestra fe. Si nos quejamos alguien nos podría decir como se dice a los destinatarios de la Carta a los Hebreos, “No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha con el pecado” (12, 4). Simplemente, no nos estiman, no nos hacen caso, no nos valoran.

Por otra parte el pecado y la idolatría llevan dentro el germen de su destrucción. La gente más sensata comienza a darse cuenta de que una sociedad sin religión ni moral es un sociedad sin alma, sin fuerza interior, amenazada de disolución por los conflictos de las pasiones y de las ambiciones. La situación actual no es normal, ha de llegar el momento de la lucidez y la reacción, la sensatez y la sabiduría de la gente sencilla y honesta tiene que reaccionar frente al espectáculo de la degradación y la injusticia. Tenemos que estar preparados para esta hora. No podemos defraudar a quines vienen a nosotros buscando la paz y el consuelo de la bondad de Dios.

 

II. FASES PREPARATORIAS. NUEVAS ACTITUDES

Conscientes de esta situación no podemos esperar ni menos exigir que cambien los demás, que vivan según nuestras convicciones y no según lo que ellos consideran verdadero e interesante. Somos nosotros los que tenemos que cambiar. Dependerá de nosotros, de nuestra clarividencia y de nuestra fidelidad, la marcha de los acontecimientos. La gracia de Dios no falta, El es quien “da incremento” (Cf IC 3, 6-7), cada uno es dueño de su propia libertad, pero el anuncio del evangelio de Dios, respaldado con el testimonio de una vida santa, tiene una fuerza capaz de convencer y ganar la adhesión de muchas personas que buscan honestamente la verdad.

Recuperar la alegría del cristianismo.

Primero tendremos que quitarnos de encima los pesimismos, los miedos, los desalientos. No podemos dejarnos dominar del fatalismo ni de la desesperanza. “Devuélveme la alegría de la salvación”, dice el salmista. Benedicto XVI cuando preparaba su viaje a Baviera dijo que iba con la intención de ayudar a su gente a “Recuperar la alegría del cristianismo”. A nosotros esto mismo nos hace mucha falta. Somos muchas veces cristianos tristes, porque añoramos épocas pasadas, porque vemos amenazado el futuro de la Iglesia, porque tenemos vergüenza, una vergüenza histórica y cultural. Esta tristeza nos lleva a vivir un cristianismo angustiado, sin atractivo, o bien un cristianismo recortado, cohibido, condescendiente.

Esta alegría no puede apoyarse en la ignorancia de las dificultades del momento, sino en la fe en la bondad de Dios y en el valor del evangelio y de la persona de Jesucristo. La Buena Noticia de Jesús vale hoy como ayer, responde a las aspiraciones más profundas de los corazones, es capaz de despertar la fe y llenar la vida de nuestros jóvenes. Con la alegría nos vendrá la confianza que necesitamos para emprender una labor apostólica verdaderamente evangelizadora, una actividad pastoral que salga de los límites de nuestra rutina y vaya a a buscar gente nueva, a anunciar el evangelio a los que no frecuentan nuestros locales ni nuestras reuniones. No es soberbia ni petulancia pensar que tenemos algo importante que aportar a la vida de las personas y a la vida de la sociedad. El conocimiento de Cristo y la fe en Dios es la ayuda mejor para la realización de las personas, para la felicidad y para la justicia y la estabilidad en una sociedad. En otros países más democráticos y más laicos que el nuestro estas afirmaciones comienzan a ser reconocidas por los políticos.

Nuestro mundo necesita a Dios. Y necesita precisamente al Dios que anuncia Jesucristo, el Dios que es amor, que asegura la vida, que nos invita a poner el ideal de nuestra vida en el amor, que ensancha y fortalece nuestra libertad. Por eso el evangelio de Jesús es buena noticia, la buena noticia de la verdad del hombre, de la belleza y posibilidad de nuestra vida.

El catolicismo una opción positiva

El Papa acaba de decirnos que es preciso redescubrir el cristianismo no como un conjunto de prohibiciones sino como una opción positiva, una opción de vida, un camino de recuperación y rescate de lo mejor de nuestra humanidad. Pero entendámoslo bien, para presentar el cristianismo como opción positiva de vida y de esperanza no hay que maquillarlo ni recortarlo, es el cristianismo por sí mismo, el cristianismo entero, como sistema de vida coherente y completo lo que es una opción de vida que llena el corazón y las aspiraciones más profundas de los hombres de todos los tiempos. Precisamente ahora, con la renovación teológica y pastoral impulsada por el Concilio Vaticano II, continuada por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, podemos salir al encuentro de nuestros hermanos ofreciéndoles la persona de Jesús como camino de salvación y fuente de vida. Jesús revela al hombre su propia verdad y le comunica la posibilidad de realizar en plenitud su propia humanidad.

Tenemos que cultivar la seguridad de que estos jóvenes que nos vuelven la espalda, aunque ellos no lo sepan, necesitan conocer a Jesús y creer en El para librarse de sus errores y descubrir las mejores posibilidades de sí mismos. Para ello tenemos que acercarnos a ellos con mucho amor, con mucha paciencia, con mucha misericordia. Cuando la luz del esplendor de Jesús ilumine sus corazones se alegrarán y se darán cuenta de su pobreza espiritual. Serán como el beduino que camina por el desierto muerto de sed, y de repente encuentra un oasis. Recobra la vida y se da cuenta de la sequedad en que vivía. Como un excursionista perdido en la noche, se alegra cuando sale el sol. Descubrir la maravilla de la encarnación, lo nuevo, lo específico del cristianismo, el amor y la cercanía de Dios, es un verdadero amanecer en nuestra vida, un acontecimiento de gracia que cambia la vida y hace ver todas las cosas de forma diferente.

Recuperar la confianza

Es verdad que en nuestro ambiente hay muchas dificultades para ser cristiano. La Iglesia y la religión están desprestigiadas y son objeto de crítica y de burla con mucha frecuencia. Los comentarios, los ejemplos, la fuerza del ambiente favorece todo lo que satisface los gustos y los instintos sin ningún criterio moral ni la menos aspiración espiritual. Las normas morales se ven como limitaciones irracionales de la libertad y de la felicidad a la que todos tenemos derecho. Todo parece que está en contra.

Tenemos que ver que en el fondo del corazón mucha gente está deseando otra cosa. El pecado, lo que es contrario a la ley de Dios es también contrario al bien del hombre, a las aspiraciones profundas de nuestro corazón. Hay mucha gente que sufre las consecuencias del error, del egoísmo, de la soledad. ¿Qué pasa cuando se alejan del cristianismo? El pecado tarde o temprano produce sufrimiento, desamor, injusticia, soledad desesperanza. Las familias se rompen, las personas se enfrentan, los amigos defraudan, la vida se hace cada vez más sombría y más sin sentido. Como en la parábola del hijo pródigo, la experiencia del pecado despierta la nostalgia de la vida con Dios. Aunque haya mucha gente que anda fuera de los caminos, la gente necesita que haya de vez en cuando luces encendidas, iglesias abiertas, comunidades cristianas que les sirvan de recordatorio y de referencia, donde saben que van a ser acogidos en cuanto ellos quieran, en donde van a encontrar la paz, el perdón, la tierra firme de la que ahora ellos están huyendo por la fuerza del ambiente y la seducción de los poderes de este mundo.

Mitigar los personalismos y fortalecer la unidad

Para que podamos ofrecer esta esperanza de salvación a nuestro mundo es preciso que seamos capaces de dar un testimonio de unidad. La gente necesita ver con facilidad en qué consiste el cristianismo, cuáles son los perfiles concretos de la fe y de la vida cristianas. Esto no es posible si nosotros damos el espectáculo de nuestras divisiones, de nuestras críticas, de nuestras rebeldías. Me refiero primero a la unidad en la doctrina, en el culto litúrgico, en los usos habituales de la comunidad cristiana. Hay entre nosotros diferencias y omisiones importantes que debilitan el testimonio de la Iglesia, por ejemplo en la celebración eucarística y en la devoción al santísimo sacramento, en la práctica del sacramento de la penitencia, en la aceptación de la enseñanza de la Iglesia en algunas normas morales sobre la vida matrimonial y sexual, sobre algunas cuestiones de bioética. En el fondo de estos disentimientos está el no reconocimiento de la mediación de la Iglesia y la presunción de ser cada uno árbitro de su fe, una especie de “libre examen”, de individualismo que puede llegar a comprometer la catolicidad de la fe personal.

Al hablar de la unidad hay que referirse también a la necesidad de fortalecer nuestra unidad en el respeto a las diferencias, en la aceptación generosa de todas aquellas diferencias que están aceptadas por la Iglesia y son compatibles con la fidelidad a la apostolicidad y la catolicidad de nuestra fe. A veces somos muy tolerantes y muy condescendientes con los que no son católicos o no están en comunión con la Iglesia y somos duramente intransigentes con los que viven dentro de la Iglesia pero no coinciden en todo con nuestros criterios o nuestras preferencias. Esta intolerancia interna crea entre nosotros críticas, amarguras, inhibiciones y faltas de coordinación. No nos damos cuenta de que ya pasó el tiempo de las disidencias y que el Señor nos está pidiendo la unidad en lo fundamental para ser capaces de centrarnos con ilusión y eficacia en la misión. Estas diferencias están muy extendidas entre nosotros. Casi sin darnos cuenta estamos creando divisiones y matando iniciativas porque son de unos o de otros, porque provienen de un grupo o de otro. Nos excluimos mutuamente y dejamos con un contenido muy mermado la realidad operante de nuestra Iglesia. Tenemos que exigirnos el respetar la libertad de los cristianos para vivir su fe como les parezca mejor, dentro de las exigencias de la comunión. Aceptarnos unos a otros de verdad es convivir, colaborar, no excluir, ni en un sentido ni en otro. Solo “mediante el crecimiento de la colaboración entre los diversos sectores de la Iglesia, bajo la guía paternal de los Obispos” podremos presentar ante nuestros conciudadanos una imagen más limpia y más creible de nuestro Redentor (Cf Iglesia en Europa, n. 29). Seguramente todos tenemos algo de lo que arrepentirnos y enmendarnos. ESTA ES UNA NECESIDAD MUY URGENTE ENTRE NOSOTROS. Algo tan sencillo CAMBIARÍA LA VIDA DE LA DIÓCESIS.

 

III. CLAVES PARA EL FUTURO

En primer lugar la buena formación

“El anuncio del evangelio comporta que se promueva el paso de una fe sustentada en buena parte por costumbres sociales a una fe más personal y madura, iluminada y convencida. Los cristianos necesitan vivir su fe de modo que puedan enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones, incidir eficazmente en los ambientes culturales, económicos, sociales y políticos, manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica, transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones, construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos” (Iglesia en Europa, n. 50).

He aquí una gran tarea para los sacerdotes, los catequistas y los educadores cristianos. Nuestras parroquias. Con poca gente o con mucha, tienen que ofrecer a los adultos la posibilidad de formarse mejor con el estudio de las Escrituras, la lectura de las encíclicas y escritos de los Papas, con el seguimiento de la vida y actividades de la Iglesia mediante la lectura de alguna revista católica. Con el esfuerzo de todos nuestras catequesis tienen que ser realmente un medio de que los niños y jóvenes aprendan las oraciones y las afirmaciones básicas de la conciencia cristiana, se familiaricen con la historia de la salvación y conozcan amorosamente la vida, las palabras y los hechos de N.S. Jesucristo. “es necesario que las comunidades cristianas se movilicen para ofrecer una catequesis apropiada a los diversos itinerarios espirituales de los fieles en las diversas edades y condiciones de vida.. En este cometido el Catecismo de la Iglesia Católica es un punto de referencia fundamental” (l.c. n. 51).

En esta formación hay que atender especialmente a aquellas cuestiones que son más directamente olvidadas en nuestra cultura circundante, como es la soberanía de Dios, la necesidad de vivir en relación con Dios para desarrollarse como persona en la verdad y en el bien, la esperanza de la salvación eterna, la necesidad del amor de Dios para vivir en plenitud y la maldad del pecado. En una palabra, la racionabilidad de la fe y la religiosidad de la razón, la justificación de la necesidad y la superioridad de la fe cristiana, la fuerza humanizadora de la fe y las consecuencias degradantes y destructores del pecado. En concreto, es preciso hacer ver a los jóvenes, cómo los valores más ampliamente reconocidos en nuestra sociedad, como son la razón y la libertad, se degradan y se pervierten si no crecen en la afirmación y la aceptación de Dios. No perdamos la esperanza. No es normal que la gente se aparte tan masivamente de Dios. Esta situación tiene que cambiar. Tenemos que estar preparados para cuando llegue ese momento. Tenemos que adelantar esta hora de gracia con nuestra oración y nuestro trabajo.

No hay cristianismo sin conversión

En este trabajo de formación tenemos que tener la convicción de que no es posible conocer a Jesucristo y mucho menos formar parte de su Iglesia sin un cambio real de nuestra vida. Jesucristo nos pide nuestro corazón, nos pide amor y seguimiento, en realidad nos pide que le adoremos como Dios nuestro y referencia central y decisiva de nuestra vida. Nadie es cristiano espontáneamente. Es preciso convertirse, cambiar los ideales y los valores de nuestra vida, ajustar nuestra vida a las enseñanzas y a los ejemplos de Jesús. En este mundo nuestro para ser cristiano HAY QUE QUERER SERLO. Hay que dejar atrás las formas comunes de vida y adoptar el seguimiento y la imitación de Jesucristo, aceptando en todo la mediación y el magisterio de la Iglesia, movidos por un gran amor, por el amor apasionado y total a Jesucristo como Dios cercano, principio de esperanza y fuente de vida verdadera.

Jesús nos llama a la conversión, al arrepentimiento de nuestros pecados, al abandono de posturas racionalistas y pretenciosas, alimentadas por el amor propio, nos llama al amor y al seguimiento, en la oración y en la piedad, en la austeridad y la la pobreza, en la comunión y en la obediencia, en el amor sincero y efectivo que nos haga empeñar nuestro tiempo y todas nuestras energías en el anuncio del evangelio y en el servicio a nuestros hermanos más necesitados espiritual o corporalmente. Como a las siete Iglesias del Apocalipsis, Dios nos llama a conversión, “has sufrido por mi nombre sin desfallecer, pero tengo contra ti que has perdido el amor primero” (Ap 2, 4 y 5; Iglesia en Europa, n. 23). Tenemos que volver al fervor inicial, tenemos que reconstruir nuestra vida a partir del sentimiento de que JESÚS ES LO PRIMERO, que no queremos anteponer nada al amor de Dios. Comencemos cada uno por reformar nuestra vida. Todo será más fácil, todo será mas hermoso, todo será más eficaz.

En nuestra vida pastoral tenemos que apoyarnos en la convicción Jesús es el remedio para todos los males de nuestro mundo, El es la respuesta a todas las preguntas y la liberación de todas las esclavitudes. No nos resignemos a un mundo cada vez más alejado de Jesús y más herido por las fuerzas del mal y las consecuencias del pecado. En nuestras parroquias, en los colegios, en todos los ambientes cristianos tiene que desarrollarse un nuevo estilo de pastoral orientada a la conversión. Una pastoral que busque el encuentro con los que no vienen habitualmente a nosotros, una pastoral que ofrezca en directo el conocimiento de Jesús como camino de libertad y de vida, una pastoral que se haga notar y capte la atención de los que buscan a veces con angustia el sentido de su vida. Esta orientación hacia la conversión tiene que estar presente en las actividades ordinarias de nuestras parroquias y colegios, orientan la selección de los temas y dirigiendo las formas de nuestra vida y de nuestra actuación.

La Misa dominical convocatoria constituyente

Tenemos que sacar las consecuencias prácticas de que la eucaristía dominical, la celebración del domingo en su conjunto, es la realización visible de la comunidad cristiana. Ello requiere que la celebración dominical esté presente a lo largo de toda la semana. El sacerdote, los equipos parroquiales, el conjunto de los fieles tiene que vivir del fuego de la Eucaristía. Cada Eucaristía tiene que ser preparada a lo largo de la semana, meditando la palabra de Dios, purificando nuestra conciencia, orando y viviendo en la presencia del señor, ejercitando la caridad fraterna, preparando la ofrenda de nuestra vida.

El lector tiene que preparar la proclamación de la palabra como un acto importante capaz de iluminar la vida de la comunidad durante la semana. El sacerdote tiene que preparar su ánimo para explicar bien al Pueblo la palabra de Dios, presidir la oración uy alentar la participación de todos en la oblación de Jesús y en el amor de dios que se derrama sobre nosotros. Todos los fieles, personalmente o en familia, tenemos que preparar ese momento de oración colectiva en el que nos acercamos al misterio de Cristo redentor y al misterio profundo de nuestra vida. La Eucaristía es el momento de mayor acercamiento personal al Dios presente en Jesucristo y es el momento de afirmación y consolidación de la comunión espiritual y material de todos los fieles en el mismo amor redentor de Cristo que nos redime y nos hermana como hijos de Dios. Tenemos que superar las tendencias particularistas para vivir de verdad esta unidad visible de la comunidad cristiana, punto de partida de la caridad efectiva entre todos nosotros en todos los momentos y las circunstancias de nuestra vida. En tiempos de tanta dispersión y de tanta incomunicación, la Eucaristía vuelve a ser la gran fiesta de los cristianos, el mejor antídoto contra el aislamiento, la soledad y el anonimato que con tanta frecuencia entristecen nuestra vida.

La caridad actividad primordial y testimonio indispensable.

Seguramente no es injusto decir que nuestra cultura es una cultura del egoísmo. El principio del placer como objetivo central de la vida conduce irremediablemente al egoísmo y a la soledad. Cada uno tiene que buscar lo que mejor le vaya. La afirmación de los propios derechos, la búsqueda del propio bienestar nos encierra a cada uno en la burbuja de nuestros deseos. Y sin embargo estamos hechos para el amor, para la comunión y la convivencia. El Papa Benedicto XVI nos ha recordado magistralmente esta verdad elemental. La fe en un Dios que es amor y la proclamación del amor como norma suprema de la vida constituyen el corazón de la fe cristiana. Puesto que es Dios quien nos ha amado primero, el amor no es sólo un mandamiento sino que es la respuesta justa al amor de Dios con el cual viene a nuestro encuentro. El amor al prójimo, enraizado en el amor a Dios, es una tarea de cada fiel cristiana y de la Iglesia entera. La Iglesia no puede prescindir del servicio del amor y de la caridad, como no puede prescindir del anuncio de la Palabra o de la celebración del misterio de la redención en los sacramentos. El amor es el servicio que la Iglesia presta para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, espirituales y materiales, de los hombres, en nombre del Señor. Este servicio de caridad es la continuación en el mundo de las acciones de Jesús que curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios. Estas eran las obras de caridad de Jesús, con las cuales anunciaba de hecho el Reino y la presencia de Dios.

Estoy seguro de que estas obras de misericordia son patrimonio de todos los buenos cristianos y de todas nuestras comunidades parroquiales o religiosas. Pero es preciso que nos esforcemos para hacer más efectiva, más actualizada, y hasta más visible este ejercicio eclesial de la caridad. Somos una de las regiones más ricas de España y de Europa. Que es tanto como casi como decir del mundo. Tenemos que asumir la responsabilidad de contribuir a la promoción de otras sociedades más pobres. Sólo la solidaridad con los pobres puede justificar ante Dios y ante nuestra conciencia la abundancia en que vivimos. Nuestras Caritas tienen que tener un verdadero protagonismo en la vida parroquial, y nuestros compromisos de caridad tienen que responder de verdad a las necesidades y a los sufrimientos de nuestros hermanos precisamente en estos tiempos y en las actuales circunstancias. Este es siempre el mejor argumento en favor de la verdad de la predicación y el valor del cristianismo. El hombre no puede vivir sin el amor. La vida humana no es posible sin amor, sin el amor de la familia, sin el amor de la justicia social, sin el amor del perdón y de la misericordia. Es obligación de la Iglesia y de los cristianos hacer presente este amor como don de dios y camino de vida para todos los hombres de buena voluntad. La inmigración, el desempleo, la soledad de los ancianos y de los enfermos, son otras tantas llamadas para que manifestemos la verdad y la fuerza del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones. Aunque no sea posible construir un orden social perfecto, los cristianos tenemos que ir por delante en la promoción de la justicia y el establecimiento de la paz. La Doctrina Social de la Iglesia, estrechamente vinculada a la dignidad de la persona, es una guía segura que puede ser aceptada y compartida incluso por personas no creyentes sobre la base común de la recta razón.

El apostolado vocación universal y apremiante

En estos momentos de increencia, el apostolado se hace una necesidad urgente. No podemos aceptar como normal esta situación. Sin angustia, sin impaciencia, respetando los ritmos de cada persona y los tiempos de Dios, tenemos que sentir hoy la urgencia del apostolado. La confesión de fe se convierte en testimonio. Creer en Jesús, amar a Dios y a Jesucristo, tiene que movernos a darlo a conocer del mejor modo posible a aquellos con los que compartimos la vida, el trabajo o las diversiones. En un mundo lleno de confusión tenemos que dar testimonio de la vida verdadera que Dios nos da por medio de Jesucristo y de la Iglesia. En estos momentos los cristianos somos especialmente responsables de conservar y difundir la vida verdaderamente digna del hombre. No podemos permitir que el laicismo, el descreimiento, la transgresión se impongan como los verdaderos valores de nuestra vida y de nuestro futuro. No podemos aceptar que en una sola generación se dilapide el patrimonio espiritual de nuestro pueblo, la claridad y el vigor de nuestra moral, la moral familiar, el respeto a la justicia, la veracidad en las relaciones sociales y la primacía del bien común en las actividades políticas

Al hablar así no estoy añorando tiempos pasados. No se trata de negar la libertad de las personas, ni de recurrir /en un proyecto imposible) a la coacción política para imponer los modos cristianos de vida. Se trata más bien de proponer la verdad cristiana a las personas, a las nuevas generaciones, de manera que cada uno, libremente, pueda acceder a la fe en Cristo y encontrar en Dios y en el propio Jesucristo las raíces de su vida y los modelos de su conducta. El evangelio sigue siendo necesario y sigue mereciendo un reconocimiento colectivo, aunque sea por otro camino, no por vía de la imposición coactiva, sino por la vía de la libertad y del convencimiento.

Al hablar del apostolado conviene recordar que la vocación al apostolado es esencial a la vida cristiana, a la vida de todos los cristianos. Cada uno verá cómo puede hacerlo realidad. Existe el apostolado institucional, el apostolado de las parroquias, de las Delegaciones diocesanas, de las instituciones eclesiales de todas clases. En ellas colaboráis muchos de vosotros. La participación de los fieles cristianos cada vez es más necesaria, en la vida parroquial, en las instituciones educativas, en el ejercicio de la caridad con los pobres y con los enfermos, en la creación de una cultura adecuada al reconocimiento de Dios y de su santa ley que respalda y protege la dignidad de nuestra vida personal, familiar y social. Existe el apostolado asociado de los fieles laicos, muy recomendable para facilitar la buena formación doctrinal y espiritual de los fieles y absolutamente indispensable para hacerse respetar y tener alguna eficacia en la vida social. Y existe el apostolado estrictamente personal, el apostolado “boca a boca” cada vez más importante y más necesario. Todos tenemos un lugar en esta hora de evangelización y recuperación de la fe y de la vida cristina. Tenemos que estar convencidos de que el mejor servicio que podemos hacer a quienes queremos es ayudarles a conocer a Jesús y vivir con El en la presencia del buen Padre Dios, en la comunión fraternal que es la Iglesia. He aquí unos cuantos bienes que debemos anunciar y difundir:

1º, las certezas sobre Dios

2º, el respeto de la moral

3º, la valoración personal y social del evangelio.

Estas convicciones han sido la columna vertebral de la sociedad española y navarra, esta fe ha sido como el agua mansa y profunda que da fertilidad a nuestras tierras. Que Dios no permita que se pierda este patrimonio espiritual. De esta fe han nacido las convicciones y los valores espirituales y morales que han dado forma a nuestra vida y han sustentado nuestra vida personal, familiar y colectiva. Aunque cambien muchas cosas externas en nuestra vida, esta fe es capaz de continuar siendo el alma de nuestra vida y de nuestra sociedad. He aquí la llamada de Dios para esta hora, esta es nuestra responsabilidad y nuestra esperanza.

 

CONCLUSIÓN

Ante semejante panorama puede surgir en nuestro interior una sombra de desconfianza. ¿No es todo esto una ilusión imposible? ¿Somos nosotros capaces de semejante tarea? Escuchemos la voz del señor que nos llama y nos promete su ayuda. Demos un paso al frente y digámosle de corazón, SÍ, SEÑOR, CON TU AYUDA PODEMOS.

No se trata de multiplicar las cosas ni de complicar nuestra vida. Más bien hay que simplificar, dejar ocupaciones inútiles y poner la fuerza en lo fundamental. Lo que es de todos, lo que es para todos, lo que nos sitúa más cerca de la presencia y de la acción de Dios en el mundo. No pensemos en los demás, no esperamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer, ni que otros comiencen a hacer lo que nos parece necesario. SITUÉMONOS DELANTE DE DIOS Y VEAMOS LO QUE CADA UNO PUEDE HACER, EN QUE PUEDE MEJORAR, EN QUE PUEDE TRABAJAR.

QUE SEA ESTA LA CONSECUENCIA DE NUESTRA CONVERSIÓN Y DE NUESTRO AMOR.

 

Termino recordando el consejo de S. Francisco Javier, a Juan III Rey de Portugal,

Le pido a Dios que le dé determinación para hacer ahora lo que querría tener hecho a la hora de llegar a su presencia, pues siempre se viene pronto.