Iglesia pobre, Iglesia rica

Se oyen con frecuencia voces críticas contra las riquezas de la Iglesia, por mejor decirlo, contra una Iglesia demasiado rica. Estas críticas nos vienen bien, porque nos ayudan a ser críticos con nosotros mismos. Y de alguna manera nos honran, porque quienes nos critican, implícitamente, están reconociendo que la Iglesia de Jesucristo, como consecuencia de su vocación espiritual, tiene que ser santa, austera, pobre y solidaria.

En nuestro caso, es verdad que la Iglesia de Navarra tiene un gran patrimonio, dos catedrales, varios santuarios importantes, numerosos templos y casas parroquiales. Un patrimonio que, evidentemente, no está dedicado a una rentabilidad económica, sino que está dedicado al servicio de la vida espiritual y religiosa de quien quiera utilizarlo y que, desde el punto de vista económico, es más carga que otra cosa.

Con un poco de buena voluntad, la vida económica de la Iglesia es fácil de comprender y aun de justificar. Las parroquias viven en su mayor parte de las libres aportaciones de los fieles. Los gastos ordinarios son discretos y comprenden la nómina del sacerdote (700 €), los pequeños gastos del culto, el mantenimiento de los edificios y las instalaciones, junto con lo necesario para el ejercicio de la caridad con los pobres que es esencial a la vida de las comunidades cristianas.

Lo más difícil de resolver llega cuando hay que renovar los tejados o cuando hay que edificar una nueva parroquia. Poner en marcha una nueva parroquia nos cuesta más de dos millones de euros. Esta inversión carga sobre el esfuerzo de la Diócesis y de los feligreses de la parroquia. Es admirable y digna de gratitud la generosidad de los católicos con su Iglesia. Con confianza en Dios y la diligente colaboración de muchas personas vamos saliendo adelante con todo.

En estos días pasados hemos conocido la noticia de que el Gobierno piensa aumentar el índice de la voluntaria asignación tributaria del 0,5 al 0,7. Esta modificación permitirá prescindir del complemento presupuestario que el Gobierno añadía cada año para completar el resultado de la asignación tributaria hasta la cantidad prevista. A partir de esta modificación, este capítulo de los ingresos de la Iglesia dependerá exclusivamente de la generosidad y responsabilidad de los católicos. El número de los contribuyentes que ponen la “X” a favor de la Iglesia en sus declaraciones de la renta no es muy alto. Gracias a Dios, en Navarra estamos bastante por encima de la media nacional. Es preciso que los cristianos conozcan mejor la vida de su Iglesia y crezca en ellos la estima y la gratitud hacia esta Iglesia mediante la cual nos llegan los bienes de la redención de Jesucristo y el amor de Dios nuestro Padre.

Esta modificación está siendo bien acogida porque subraya la voluntariedad de la contribución de los ciudadanos y la libertad de la Iglesia. De todos modos, los católicos tenemos que tener clara la idea de que, en una sociedad auténticamente democrática y aconfesional, la Iglesia, por sus actividades estrictamente religiosas (construcción y restauración de templos, mantenimiento de actividades apostólicas y asistenciales), tiene tanto derecho a ser subvencionada con dinero público como cualquier otra actividad opcional que favorezca el bien común, material o espiritual, de los ciudadanos. En una visión serena y objetiva de las cosas, es claro que los ciudadanos tienen derecho a recibir ayudas del Estado para ejercitar su libertad religiosa y practicar la religión que quieran, como otros reciben subvenciones para enriquecer su vida cultural o practicar el deporte.

Si una pequeña asociación dedicada al teatro, a la música o al deporte, merece ser apoyada por el gobierno, ¿por qué no va a merecerlo otra asociación, grande o pequeña, que se dedica a favorecer la educación religiosa y moral de los ciudadanos, a fomentar el comportamiento virtuoso de todos, a mitigar los sufrimientos de enfermos y necesitados? No podemos dar por buena esa opinión tan difundida de que en un Estado no confesional no se puede dedicar dinero público a favorecer la vida religiosa de los ciudadanos. Todo depende de si consideramos a la religión como algo positivo que forma parte del bien común de los ciudadanos, o la consideramos como algo pernicioso que, en el mejor de los casos, no merece más que mera tolerancia. La Administración, si quiere actuar democráticamente, no puede mirar con indiferencia, y menos con aversión, una actividad que es tan importante como la religión y la vida moral para una parte importante de los ciudadanos.

Al margen de estas discusiones, los católicos tenemos muy claro que hemos de mantener la vida y las actividades de nuestra Iglesia, también, con nuestras aportaciones personales. Actualmente, en Navarra, el 85 % de los recursos que manejamos proviene directamente de los donativos de los fieles. Gracias a Dios, no falta ni la colaboración personal en forma de voluntariado, ni las ayudas económicas en forma de donativos ocasionales o como cuotas periódicas y continuas.

A la vez que os doy las gracias de todo corazón por vuestras generosas aportaciones, quiero deciros sinceramente que necesitamos hacer todos un pequeño esfuerzo de generosidad. Necesitamos construir varias parroquias nuevas en Pamplona y alrededores, tenemos que remediar la situación de muchas iglesias rurales que necesitan ser restauradas. El motor de todo es el amor de Dios, el entusiasmo por nuestro Señor Jesucristo, la valoración agradecido por los bienes de la redención, el amor a nuestros hermanos que necesitan recibir los dones de Dios para ser felices y alimentar su esperanza.

Es evidente que ni el dinero ni los bienes materiales son lo más importante en la Iglesia. Para todos es muy claro que las verdaderas riquezas de la Iglesia son la fe y la vida espiritual, las obras de misericordia, de los cristianos. Todo lo demás está en el orden de los medios y nos viene por añadidura. No tenemos inquietud. Contamos con la providencia amorosa de nuestro Dios y con la colaboración generosa de los fieles y de otras personas de buena voluntad. Ninguna de las dos cosas nos van a faltar. Dios sea bendito.

+ Fernando Sebastián Aguilar,

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela