Vivir y comunicar el Evangelio hoy

INTRODUCCIÓN

 

I. ¿QUÉ ES VIVIR EL EVANGELIO?

Nuestra fe es una fe viva

El primer paso: el encuentro con Jesús vivo

Segundo paso: comunicar el tesoro hallado

Para vivir y comunicar el Evangelio hay que dejarse conducir por el Espíritu

II. LA VIDA DE JESÚS, GUIADA POR EL ESPÍRITU

Su vida entre la gente

Su comunidad de discípulos

Su relación personal con el Padre

Aprender de Jesús a vivir en el Espíritu

III. VIDA EVANGELICA Y CULTURA ACTUAL

Una inculturación difícil y compleja

La siembra evangélica y las condiciones de su fructificar

Vivir la vida como vocación

IV. VIVIR LA VOCACIÓN EN EL QUEHACER COTIDIANO

Nuestro trabajo.

a) Los bienes, fruto del trabajo y don de Dios.

b) Trabajar, confiando en la Providencia

Nuestra familia

Nuestra responsabilidad para con el bien común.

a) El amor como actitud de servicio.

b) Estar al lado de los más pequeños.

c) Trabajar aquí, esperando la venida definitiva del Señor

V. VIVIR LA VOCACIÓN EN COMUNIDAD

La comunidad de base de la familia

La comunidad de referencia

La comunidad parroquial

VI. VIVIR LA VOCACIÓN EN RELACIÓN DIRECTA CON DIOS

Cultivar y templar el espíritu: el ejercicio espiritual

La experiencia del desierto.

a) El desierto como preparación y purificación.

b) El desierto de la prueba radical

La oración como fuente de vida

VII. CONCLUSIÓN:

LA VIDA HEROICA HACIA LA PERFECCIÓN COMO POSIBILIDAD Y NECESIDAD HOY

 

 

 

INTRODUCCION

Entrar en la Cuaresma significa abrirse a un tiempo de gracia, de conversión y de profunda renovación. El Espíritu nos conduce a este tiempo como condujo a Jesús al desierto, a prepararse durante cuarenta días para cumplir su misión. Siguiendo los pasos de Jesús, estamos llamados a vivir esta Cuaresma como tiempo para fortalecer nuestra fidelidad a su Evangelio; para prepararnos a subir a Jerusalén con El y acompañarlo en su pasión y muerte; para disponernos a recibir en plenitud la gracia de su gloriosa resurrección.

En esta ocasión hemos querido aprovechar este tiempo cuaresmal para examinar nuestra vocación a la vida evangélica hoy. Nos parece necesario hacerlo para sentir, de modo renovado y verdadero, que el Evangelio es Buena Noticia para nosotros mismos y para el mundo. En un tiempo y en una cultura en que nos puede parecer difícil comunicar esa Buena Noticia, es preciso que sepamos que no hay dificultad que no podamos superar si dejamos que el Evangelio resuene con fuerza en nuestras vidas.

Dado que se trata de vivir y comunicar el Evangelio, nos ha parecido lo más adecuado acercarnos a los propios evangelios en especial, buscando el complemento de otros textos bíblicos relacionados con el contenido de esta Carta Pastoral. Y lo hemos hecho aguzando nuestra actitud de escucha a la Palabra viva de Dios. Por ello, hemos querido centrarnos en dicha Palabra, dejando que resonara en nuestras mentes y en nuestros corazones, y reflexionando sobre su significado para nosotros. Esa es la razón por la que sólo os ofrecemos textos bíblicos, que hemos deseado que sean abundantes y amplios. Ellos forman la espina dorsal de nuestro escrito .

Partimos de una convicción: El Evangelio es un manantial de verdad y vida tan precioso hoy como en tiempos de Jesús; un tesoro sin igual para nosotros y para el mundo. Quien lo vive de verdad siente el impulso irresistible de comunicarlo a los demás y su testimonio se hace creíble y eficaz. Para vivirlo sólo hay un camino: seguir a Jesús, cada cual según su propia vocación, bajo la guía del Espíritu.

Nosotros, siguiendo a Jesús a través de los relatos evangélicos, nos hemos asomado a su propio caminar en el Espíritu, en total fidelidad al Padre, para descubrir en El al Hijo único de Dios, hecho carne para manifestar al mundo el amor eterno del Padre en la gloria de la Cruz, por la que hemos sido salvados. Nos hemos acercado a El como “el Camino, la Verdad y la Vida”. A partir de su ejemplo de Maestro, hemos tratado de reflexionar sobre nuestro propio camino espiritual para vivir y comunicar el evangelio hoy.

Os ofrecemos, pues, una carta que quiere ser una ayuda para que viváis y comuniquéis el Evangelio. Os invitamos a que la leáis individualmente y en grupo, dejándoos interpelar por la Palabra y abriendo vuestros corazones a su poder transformador. Deseamos de todo corazón que el Espíritu de Jesús os muestre en esta Cuaresma vuestro propio camino para ser testigos fieles del Evangelio y así anunciar al mundo la Buena Noticia pascual.

 

 I. ¿QUÉ ES VIVIR EL EVANGELIO?

“Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”
(Evangelio de San Mateo, capítulo 5, versículo 48)

Jesús acaba con esta frase rotunda un largo discurso que comienza con las Bienaventuranzas y prosigue indicando las pautas de comportamiento de quienes se sienten atraídos por el Reino de los Cielos. Este comportamiento no admite componendas, sino que es una llamada a la perfección, a la santidad y al amor sin límites. Si bien sólo Dios puede ser perfecto, todos estamos llamados a buscar su perfección sin dejar por ello de reconocer nuestra condición de criaturas. Se trata, sin duda, de una de las enseñanzas más emblemáticas de Jesús, que resuena en los corazones de muchas personas y ha servido para inspirar y guiar a cuantos, a lo largo de los siglos, han tratado de seguirlas.

La profunda atracción de esta llamada a la santidad heroica sigue vigente en nuestro mundo y se manifiesta de muchas maneras por una razón obvia: responde a lo más propio y más noble del corazón humano, aunque, por muchas razones, parezca lo contrario. La comunidad cristiana sólo puede ser sal y luz en el mundo si, en respuesta a esa llamada a la vida heroica, siente el Evangelio como un tesoro vivo que, por su especial valor, desea comunicar al mundo entero de palabra y de obra.

1. Nuestra fe es una fe viva

La tradición de la Iglesia tiene el valor insustituible de ser el fundamento histórico de la fe que hemos recibido y en la que hemos sido educados. Conocerla en profundidad es descubrir un rico legado de sabiduría. También es descubrir el largo camino de luces y sombras, de fidelidades e infidelidades, de aciertos y errores, de rupturas aún vigentes, de una Iglesia que en su peregrinar se ha visto confrontada y corregida, muchas veces de manera dolorosa, por la acción purificadora del Espíritu que la guía y la reconforta.

Descubrir la tradición significa, sobre todo, encontrarse cara a cara con todos aquellos, santos y santas, que han sentido en lo más profundo de su ser al Dios vivo y, amándolo apasionadamente, han dado un vuelco a sus vidas y han dado testimonio fructífero de ese amor. Porque, y ésta es su gran lección, aprendida a su vez de Jesús, sólo se puede creer de veras en Dios con amor apasionado.

No hemos de confundir, por tanto, vivir la fe en la riqueza de la tradición que nos ha sido legada, con ser cristiano por tradición y pertenecer culturalmente a la Iglesia. Esta última forma de ser cristiano, muy común entre nosotros, puede descafeinar la validez intrínseca de la fe y su carácter vivo y transformador, para convertirla en algo que, aunque presente en cierta medida en nuestras vidas, no resuena profundamente en nuestro interior.

Por ello, la fe cristiana es percibida por muchos como un mero conjunto de complejas doctrinas, prácticas rituales y normas morales; sin embargo, ver la fe de esa manera es perder su verdadero significado y su alcance. Vivir la fe es, antes que nada, emprender un viaje espiritual que nos cambia la vida y nos llena de fuerza, arrojando luz que nos ayuda a comprendernos, a comprender a los demás y a entender la vida y el mundo. Ese viaje espiritual no acaba nunca, como nunca pueden acabar los profundos anhelos de paz, amor y felicidad que están anclados en el centro de nuestros corazones.

Miradas de esa manera, las doctrinas dejan de percibirse como un conjunto de verdades a abrazar de manera pasiva, para convertirse en manifestaciones vivas de una verdad que, sembrada por Dios, está presente desde siempre en nosotros, intuida de modo más o menos preciso, y que ahora resuena con fuerza en nuestro corazón y en nuestra mente, pasando a se fuente de luz y de vida.

Por su parte, las prácticas rituales no son meras repeticiones de gestos y acciones inmutables consagradas por la tradición, sino auténticos actos liberadores que, sacándonos de la dureza, de la opacidad y de la banalidad de lo ordinario, nos ponen en contacto con la luz, el sentido y el poder del amor divino por el que hemos sido creados y llamados a vivir en plenitud y gozar de la felicidad eterna.

Finalmente, la fe, lejos de constituir una esfera alejada de la vida, nos señala, a través de las normas morales, fundadas en el principio supremo de la caridad, el modo en que los creyentes debemos actuar para vivir justa y santamente. Los caminos del Evangelio nos conducen por la senda de la justicia, de la paz y del amor hacia la plenitud a la que aspiramos en lo más profundo de nuestro ser. Esa es la razón por la que la Biblia subraya una y otra vez el mismo principio: caminar por el sendero justo nos conduce a la verdadera felicidad y contribuye al bien de todas las personas.

Todo esto puede ser resumido del siguiente modo: las verdades de la fe, reveladas por Dios, nos descubren la verdad profunda que ese mismo Dios ha inscrito en nuestro propio ser; la liturgia nos renueva y fortalece mediante la actualización del poder liberador y transformador de la gracia divina; por último, los preceptos morales nos conducen por el camino de la santidad, ayudándonos a superar la ambigüedad y la contingencia de la vida y de la historia. Por ello, vivir el Evangelio sin reservas nos conduce a la plenitud de la verdad y de la vida, dándonos la fuerza que necesitamos para superar el mal, para mantener nuestra capacidad de resistir y de esperar en medio de todas las dificultades, y para así empeñarnos en la tarea de que el mundo y la historia se empapen del amor del Dios de la vida.

 2. El primer paso: el encuentro con Jesús vivo

 Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo:

– Éste es el cordero de Dios.

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó:

– ¿Qué buscáis?

Ellos le contestaron:

– Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?

Él les dijo:

– Venid y lo veréis.

Entonces fueron; vieron dónde vivía, y se quedaron con el aquel día; serían las cuatro de la tarde.

(Evangelio de San Juan, capítulo 1, versículos 35-39)

Quien no haya pasado por el descubrimiento de Jesús, como aquel del que queremos saber todo y con el que compartir todo, no puede vivir el Evangelio y, mucho menos, comunicarlo a los demás. El texto de Juan nos abre una ventana por la que asomarnos a cómo alguien descubre al Jesús que nos constituye en personas que se sienten atraídas por él y desean seguirle.

El texto es la versión escrita de un encuentro en el que anhelos, miradas, movimiento y diálogo forman una realidad viva que nos invita a preguntarnos sobre nuestra manera de vivir el Evangelio siguiendo a Jesús. Este pasaje, como muchos otros en los evangelios, no puede ser simplemente leído, sino que debe ser contemplado y sentido en toda su profundidad y viveza, para que no sólo nuestra comprensión, sino todo nuestro ser, se sienta tocado por esta experiencia de encuentro transformador con Jesús.

Una de las lecciones de este bello pasaje de San Juan es que, a pesar de que todos tenemos personas y valores de referencia en nuestras vidas, todo se convierte en relativo cuando de verdad encontramos lo que realmente nos atrae porque responde de lleno a lo que estábamos buscando. Por ello, cuando los dos discípulos de Juan el Bautista oyen que éste les señala a Jesús, diciendo “Éste es el cordero de Dios”, dejan a su maestro y, como empujados por una fuerza irresistible, siguen a Jesús.

El Evangelio nos dice que Jesús se volvió, notó que le seguían y les preguntó qué buscaban. Es como si Jesús se volviera a cada uno de nosotros y nos preguntara por qué somos cristianos. Tal vez no sería fácil para nosotros encontrar una respuesta satisfactoria más allá de lo convencional. Los dos discípulos del Evangelio nos muestran el camino. Su respuesta a Jesús es profundamente vital: “Rabí (Maestro), ¿dónde vives?” En primer lugar y sin ninguna sombra de duda le llaman Maestro, a pesar de que hasta unos breves momentos su maestro había sido Juan el Bautista. Más sorprendente aún es la pregunta que sigue a esta confesión: “¿dónde vives?”

La actitud de los dos discípulos denota lo que se conoce como “flechazo” o “amor a primera vista”. Están tan prendados de Jesús que no sólo le reconocen como Maestro sin antes conocerle, sino que además se quieren meter de inmediato en su casa, lo que equivale a decir en su vida. La respuesta de Jesús se corresponde perfectamente con el anhelo de los discípulos: “Venid y lo veréis”, recalcando así que sólo de manera práctica, siguiéndole en su camino, se le puede conocer. El texto nos deja entrever la viveza del deseo de los discípulos de participar en la vida de Jesús, al relatar que los discípulos siguieron a Jesús y se quedaron con él todo el día. El encuentro dejó tal huella en la vida de los discípulos, que la hora en que se produjo quedó registrada para siempre: “serían las cuatro de la tarde”.

 

3. Segundo paso: comunicar el tesoro hallado

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo:

– Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:

– Tú eres Simón el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).

(Evangelio de San Juan, capítulo 1, versículos 40-42)

¿Podemos guardarnos para nosotros mismos algo tan valioso, que trastoca y cambia nuestra vida? Algo así no sólo se nos nota en el rostro, sino que no podemos evitar el comunicarlo a los demás, porque es como si nos reventara en el pecho. Una fe viva, que es auténtica luz, no puede ocultarse, sino que, como dice Jesús en el Evangelio, está hecha para que ilumine a todos.

Movido por su hallazgo, Andrés, uno de los dos discípulos que había descubierto a Jesús como el nuevo centro de su vida, va al encuentro de su hermano Simón y le comunica la gran noticia: “Hemos encontrado al Mesías”, lo que equivale a decir que habían encontrado a quien el pueblo entero de Israel había estado aguardando durante siglos como su salvador. Pero la cosa no queda ahí, en una mera noticia, sino que su necesidad de compartir y de anunciar el hallazgo hace que conduzca a su hermano donde Jesús. El anuncio no puede quedarse en simplemente comunicar una noticia, por muy importante que sea, sino que una fe viva, tocada por Jesús, desea y necesita pasar a la acción, conduciendo a los demás hasta El.

La última parte del texto es reveladora de cómo el encuentro con Jesús vivo nos cambia para siempre. Al mirarle fijamente a Simón, Jesús se mete en su alma y, con el simbólico cambio de nombre, transforma también todo su ser para el resto de su vida. El relato también sirve para hacernos comprender que, aunque de palabra y de obra llevemos a otros a Jesús, no somos nosotros los que les cambiamos, sino que es el propio Jesús el que lo hace.

 ¿Cómo vivir y comunicar la experiencia de fe viva y transformadora de estos primeros discípulos de Jesús?

 4. Para vivir y comunicar el Evangelio hay que dejarse conducir por el Espíritu

 

Una de las cosas que más cuesta en la vida es fiarse de verdad de los demás. Aún más nos cuesta dejar que los otros nos conduzcan. Algunas experiencias centrales de nuestra vida, especialmente la de ser madre o padre, pasan por un olvidarse de nosotros mismos para que otros, nuestros hijos e hijas, sean el centro de nuestra existencia. Estas experiencias se reducen, casi de modo exclusivo, al ámbito de lo privado, un ámbito cada vez más problematizado en una cultura que prima al sistema – el conocimiento tecno-científico, la producción de riqueza y la organización – frente a la vida.

 

En la vida de las personas, la autonomía es un valor que ha ido en aumento, de la mano de la educación, del progreso material y de la importancia de la profesionalización. Culturalmente, ponerse en manos del “otro” parece crear un vértigo creciente, cuando “ser uno mismo” se considera una condición necesaria para ser persona y tener éxito en la vida. Este factor de creciente autonomía e individuación ha cambiado en gran manera las relaciones humanas, sobre todo en el ámbito familiar, que vive la paradoja de ser el más valorado socialmente y, sin embargo, estar sometido a un proceso de precarización.

 

En esta situación, hablar de ponerse en manos del Espíritu puede producir una reacción de rechazo, análoga a la que nos refiere Pablo acerca de Jesucristo crucificado: escándalo para unos y locura para otros. Y, sin embargo, sólo se puede vivir la fe sintiéndose en situación de auténtica infancia espiritual, dejándose tomar de la mano y ser conducido por el Espíritu.

 

Eso y no otra cosa es la espiritualidad; una espiritualidad que no se limita a la vida de recogimiento, de oración y de práctica sacramental, sino que envuelve toda nuestra existencia, vivida por la fuerza del Espíritu Santo, en sus múltiples vertientes.

 

 

 

II. LA VIDA DE JESUS, GUIADA POR EL ESPIRITU

 

El Evangelio de San Lucas nos dice de Jesús, refiriéndose a los años de su vida oculta en Nazaret, que “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Los evangelios nos muestran que este crecer de Jesús va a continuar hasta su entrega total. Si nos metemos profundamente en los relatos evangélicos, dejando que los mismos lean nuestra vida, el itinerario espiritual de Jesús se nos aparece con toda claridad. Jesús, impregnado de una viva y singular conciencia de Dios como Padre, va descubriendo paso a paso su vocación de manera más clara y profunda, dejándose encaminar a “la subida a Jerusalén”, donde le esperan su pasión y muerte en cruz.

 

Ese itinerario espiritual de Jesús se desarrolla en tres ámbitos distintos pero inseparables entre sí: el de sus relaciones con la gente, el de su relación con su grupo de discípulos y el de su relación continua con el Padre. El Espíritu le va descubriendo las implicaciones de su vocación original e inquebrantable, conduciéndole para ello a través de estos tres ámbitos, todos ellos necesarios en el discurrir de su itinerario.

 

1. Su vida entre la gente

 

Jesús va a ir acercándose y percibiendo cada vez mejor a Dios a través de su encuentro con las gentes. Los pobres, los enfermos, la mujer cananea, la viuda del óbolo en el templo, las gentes que le dieron lástima porque parecían “ovejas sin pastor”, el centurión, Zaqueo y la mujer que, en su entrega total, le lava sus pies con sus lágrimas, se los seca con sus cabellos, los cubre de besos y se los unge con un perfume caro, le van mostrando cada vez más vivamente el rostro misericordioso, la gratuidad radical y el amor sin límites de Dios. Este descubrimiento le hace exclamar a Jesús una y otra vez, a la vez sorprendido y maravillado: “¡Qué grande es tu fe!”, refiriéndose a la gente, y “Yo te alabo”, dirigiéndose al Padre, con el que está íntima e indisolublemente unido.

 

Este Jesús, que bajo la guía del Espíritu crece en sabiduría y en gracia, va a manifestarse como un gran reformador religioso, comunicando su adhesión confiada al Dios del amor no sólo en sus discursos, parábolas y mandatos morales, sino también en la confrontación con los sabios, los ricos, los doctores de la ley y los sumos sacerdotes.

 

Veamos, como ejemplo de este itinerario espiritual entre las gentes, el episodio revelador de la mujer cananea, tal como nos lo relata el Evangelio de San Mateo:

 

Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

– Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

– Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó:

– Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas:

– Señor, socórreme.

Él le contestó:

– No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso:

– Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Jesús le respondió:

– Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

(Evangelio de San Mateo, capítulo 15, versículos 21-28)

 

El relato comienza diciéndonos que Jesús salió de donde estaba para encaminarse a otro lugar. Es un ejemplo del constante itinerar de Jesús que nos muestran los evangelios. El libro de los Hechos de los Apóstoles se refiere a los creyentes como aquellos que abrazan “el camino”. En el relato evangélico, Jesús sale de donde está para retirarse a la región de Tiro y Sidón. Dos datos son significativos: Jesús quiere retirarse, algo que trata de hacer frecuentemente tras haber actuado; y lo hace yéndose a territorio pagano.

 

Como tantas veces le ocurre, es reconocido y sus deseos de retiro se ven frustrados por una mujer cananea, pagana por tanto, que comienza a pedir a gritos que cure a su hija. Jesús ni se digna contestarle. Parece muy contrariado. En un segundo momento, sus discípulos le piden que, al menos, se dirija a ella para decirle que se vaya y deje de molestar, pero él parece seguir sin querer saber nada de la mujer y les recuerda que su misión se limita al pueblo de Israel. En ese momento, la mujer se planta delante de Jesús y se postra ante él, pidiéndole que le socorra, forzándole a que le atienda. Jesús le trata con dureza, diciéndole que atenderla sería como echar a los perros el pan de los hijos, que son los que pertenecen al pueblo de Israel. La mujer, lejos de darse por vencida, adopta una actitud de profunda humildad y le da una respuesta que denota una gran fe en la universalidad de la misericordia y del amor de Dios. Jesús capta inmediatamente el significado de esa fe, de boca de alguien que no contaba para nada, en este caso por su doble condición de mujer y de pagana. El episodio es una muestra de cómo Jesús descubre en los que no cuentan una fe y una comprensión de Dios, que van a sorprenderle de forma continua y poderosa.

 

2. Su comunidad de discípulos

 

Pero Jesús no vive solo este proceso de descubrir un Dios siempre nuevo y de sentir cada vez con mayor fuerza la vocación de anunciarlo con la entrega de su propia vida, sino que comparte su vida y sus experiencias con la comunidad de discípulos y discípulas que itineraban con él y, muy especialmente, con los doce. Podríamos decir que los que le seguían eran su comunidad, aquellos con los que iba hablando, comentando sus experiencias con la gente y las situaciones cotidianas con que se encontraba, y buscándoles su sentido. El grupo constituía lo que hoy llamaríamos un grupo de referencia, de revisión de vida y de maduración en la fe.

 

Los ejemplos de este segundo polo de la espiritualidad de Jesús son constantes en el Evangelio, haciéndose especialmente relevantes en algunos pasajes, tales como la última cena y el lavatorio de los pies. Jesús no puede entenderse sin sus discípulos, sin su comunidad de vida y de proyecto. Veamos, como ejemplo del funcionamiento de este ser conducido por el Espíritu a través de sus discípulos, el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan:

 

Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron:

– Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

– ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?

Y dijo:

– Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce:

– ¿También vosotros queréis marcharos?

Simón Pedro le contestó:

– Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.

(Evangelio de San Juan, capítulo 6, versículos 60-62 y 65-69)

 

El pasaje nos muestra un momento crucial en el caminar de Jesús; un momento de crisis, en el que se pone de manifiesto que sus enseñanzas no se corresponden con el sentir ni de las gentes ni de los que le seguían, quienes se sentían escandalizados por su contenido. Su propia comunidad de discípulos se disgrega y muchos le abandonan. Jesús necesita saber si aquellos que él mismo ha elegido también le van a abandonar, porque ello significaría el final de su comunidad y, por tanto, el fracaso de su predicación.

 

El relato pone de relieve la importancia de la comunidad en la vida y obra de Jesús. De ahí que se dirija a los doce para preguntarles si de verdad creen en él o, por el contrario, como los demás, se sienten escandalizados y desean abandonarle. La confesión de Pedro, que habla por todos, expresa la fe en Jesús de su propio grupo de referencia y la decisión de seguir con él, a pesar de que los demás le hayan abandonado. Esta confesión de fe de Pedro, en nombre de los doce, se encuentra en los cuatro evangelios y marca un momento crucial en la vida y en la misión de Jesús, reflejado en el anuncio de su pasión y en el relato de la transfiguración de Jesús, que los evangelios sinópticos sitúan a continuación de este pasaje. A partir de ese momento, su predicación va a reflejar de modo más decidido su carácter definitivo, de cumplimiento de la ley y de los profetas, tanto frente a los sacerdotes, ancianos, escribas y fariseos, como frente a las autoridades civiles.

 

3. Su relación personal con el Padre

 

El tercer polo de la espiritualidad de Jesús – presente desde el principio en los dos polos anteriores y del que todo procede – es su relación personal con el Padre, que le ha llamado y le va conduciendo por caminos que el propio Jesús, como lo mostrará en la oración de Getsemaní, preferiría no tomar. El lugar es siempre un lugar apartado, del que el desierto es la figura más simbólica. Se puede concebir la vida pública de Jesús como una vida entre dos experiencias de desierto radical, la de la preparación para su vida pública y la de su pasión, crucifixión y muerte. En ambas, Jesús es tentado para que use su poder para su propio provecho, abandonando así su fidelidad a Dios Padre. En ambas pruebas se manifiesta su fragilidad, y por tanto el estar sujeto a la tentación, y su fidelidad, o lo que es lo mismo, su no estar sometido al pecado.

 

La Carta a los Hebreos capta perfectamente esta doble condición de fragilidad y fidelidad de Jesús, cuando nos dice “Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (capítulo 4, versículo 5). Es sobre todo en esas ocasiones de prueba cuando Jesús aparece solo, orando personalmente al Padre, en un lugar apartado, buscando la relación directa con la fuente de su vida y realizando un ejercicio de discernimiento que viene exigido por el paso al que se siente conducido por el Espíritu. A veces, la oración se torna dramática y angustiosa, como en el siguiente pasaje de la oración del huerto:

 

Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:

– Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:

– Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

– Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos.

Dijo a Pedro:

– ¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

– Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.

Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:

– Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.

(Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos 36-46)

 

Este pasaje muestra a la perfección y en el límite, la experiencia de soledad y de desierto radical de Jesús, en el umbral de su pasión y muerte ignominiosa en la cruz. Nada más acabar la Ultima Cena, Jesús va con los discípulos al llamado huerto de Getsemaní. Lo más importante del relato son los movimientos continuos de Jesús, que se corresponden con sus movimientos espirituales. El primer movimiento muestra que, como en otras ocasiones, dentro de los doce existe un círculo más estrecho de tres discípulos. Jesús deja a los doce para orar al Padre, pero toma a tres en los que apoyarse y, porque siente tristeza y angustia, les pide que velen con él.

 

A partir de ahí Jesús se mueve tres veces hacia el Padre, para ponerse en sus manos, y otras tantas hacia el grupo de los tres, buscando el apoyo de su círculo más íntimo en una hora de tanta angustia. El relato nos dice que los tres discípulos caen dormidos y no velan con él, acentuando aún más la inevitabilidad de la soledad en momento tan supremo y anunciando que todos sus discípulos le abandonarán en su pasión y muerte en cruz. Los tres movimientos hacia adelante y hacia atrás subrayan la lucha entre sus deseos y la voluntad del Padre; en otras palabras, la lucha entre la tentación que nace de la fragilidad y la fidelidad a la vocación que le señala el Espíritu. La frase final de Jesús indica que la hora final ya ha llegado y que su decisión de aceptar libremente la voluntad del Padre es firme y definitiva, haciendo que ya no necesite el apoyo de sus tres más íntimos.

 

4. Aprender de Jesús a vivir en el Espíritu

 

Aunque el camino de Jesús es único, por su condición constitutiva de Hijo y su íntima e inquebrantable unión con el Padre, nos muestra de manera excelente algunos elementos de nuestro propio itinerario espiritual. El primero es que vivir la fe, esto es, la relación con Dios, supone ponerse en manos del Espíritu para dejarse conducir por El. El segundo elemento es que el Espíritu nos conduce por el camino al que nos llama Dios, esto es, por el camino de nuestra vocación. Espiritualidad y vocación, por tanto, son indivisibles, como las dos caras de una misma moneda. El tercer elemento es que dejarse conducir por el Espíritu, respondiendo positivamente a nuestra vocación, supone tomar decisiones cruciales, que marcan nuestra vida y le dan su sentido definitivo. El cuarto elemento es que esas decisiones consisten en acciones concretas que testimonian y comunican nuestra fe; en otras palabras, vivir y comunicar la fe son los dos aspectos del seguimiento de Jesús, recorriendo el camino concreto de la vocación de cada uno, bajo la guía del Espíritu. El quinto y último es que toda espiritualidad tiene tres polos distintos, pero necesarios e íntimamente unidos entre sí: el mundo en el que ejercemos nuestra vocación, la comunidad en la que vivimos y discernimos nuestra vocación y, finalmente, la experiencia de desierto y de relación personal, oracional, con el Dios de Jesús.

 

 

III. VIDA EVANGELICA Y CULTURA ACTUAL

 

Si bien el camino espiritual de toda persona creyente es el arriba esbozado, debemos preguntarnos si tal camino es hoy social y culturalmente posible. La respuesta es sí, pero no en las mismas condiciones en que lo ha sido en otro tiempo. Ser cristiano a favor de la corriente ya no es posible, salvo en casos muy concretos y limitados. Y no lo es no sólo para la gente en general, sino para todas las personas que quieran vivir en profundidad su fe, sea cual sea su compromiso vocacional.

 

La vivencia de la fe en nuestra cultura se halla profundamente problematizada, a pesar de que las personas sigamos teniendo un gran vacío espiritual del que, las más de las veces, no seamos conscientes. En nuestras anteriores cartas pastorales hemos analizado en detalle esta situación desde distintos ángulos, señalando su repercusión en la propia comunidad cristiana.

 

1. Una inculturación difícil y compleja

 

Tal como hemos apuntado más arriba y lo analizamos en la Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de 2003, Vivir la experiencia de la fe, el problema de raíz es la dificultad de vivir la experiencia del Dios trascendente, pero a la vez personal y cercano – el Dios-con-nosotros manifestado en Cristo Jesús -, en una cultura que, forjada por la modernidad, tiene a la ciencia como guía y al progreso como objetivo.

 

Esta cultura moderna occidental nos ha acostumbrado a pensar que somos el resultado de nuestro propio proyecto, valorando así de modo especial la autonomía personal. Esta nos erige en centro y referencia de nosotros mismos, pero, ¿no es verdad que este proyecto centrado en nosotros mismos ha resultado paradójicamente trágico en múltiples ocasiones? Hechos históricos muy dolorosos nos alertan sobre los riesgos de una modernidad que busca la emancipación de todas las personas, pero ha desarrollado un modelo de racionalidad y progreso que conduce a nuevas formas de instrumentalización y alienación individual y social.

 

En lo positivo, la modernidad ha ayudado a que nos liberemos de modos de vida que, por estar consagrados por una tradición secular, considerábamos normales e inevitables hace tan sólo unas pocas décadas, pero que encerraban profundas limitaciones materiales, humanas y espirituales. La modernidad y el progreso han sido en ese sentido factores importantes de creación de riqueza, de mejora de las condiciones materiales de vida y de asombrosos avances científicos. A ello hay que añadir la defensa de la dignidad y de los derechos humanos, la promoción de la justicia redistributiva y, como consecuencia, el logro de una mayor igualdad entre las personas. La lucha por la emancipación de las personas sujetas a cualquier tipo de discriminación sigue hoy dando frutos y es proseguida por innumerables individuos y organizaciones a escala tanto local como internacional.

 

Como normalmente ocurre en las cosas humanas, este aspecto positivo de la cultura moderna occidental está empañado por otros elementos claramente negativos, tales como la colonización y explotación de otros pueblos, los horrores de las guerras y los genocidios vividos en el siglo pasado, el abismo de la actual desigualdad en el mundo, el escándalo del hambre en tantos lugares del planeta, los peligrosos conflictos armados en curso, la confrontación con otras culturas y tradiciones, y, en general, la implantación de una cultura individualista de la fuerza y de la satisfacción, que cercena y margina las dimensiones espirituales y comunitarias, y cuyas derivas, carencias y enfermedades son de todos conocidas.

 

Muchos se preguntan si el único “pensamiento fuerte” en esta cultura no es el de sobrevivir y tener éxito en un clima de creciente competitividad. Frente a él, todos los demás pensamientos de convertirían en débiles, incluida la propuesta cristiana. Pero, ¿qué se encierra detrás de esta nueva versión de la ley de la fuerza? ¿No es verdad que nuestro preciado estado de derecho queda reducido a los límites de los países ricos? ¿Puede existir un estado de derecho sólo para los privilegiados? ¿No encierra nuestra cultura un profundo nihilismo parejo al valor de su fuerza y su capacidad de dominio y preponderancia? ¿No estamos asistiendo a una suplantación de los motivos profundos para vivir por mecanismos compensatorios? ¿No son tales la subyugación narcisista por el mito de la eterna juventud y belleza, la fascinación por el éxito y la búsqueda del placer y de la satisfacción por el consumo?

 

Desde un punto de vista religioso, la cultura actual, por su dimensión crítica y emancipadora, ha ayudado a que la vivencia de la fe, tanto en su vertiente individual como comunitaria, se haya purificado, sintiendo la necesidad de convertirse en más auténtica y radical. Al mismo tiempo, sin embargo, la emancipación con respecto a los modos culturales heredados de la tradición, el sentimiento de que Dios no es necesario – cuando no un enemigo – para progresar y la cultura del éxito, de la abundancia y de la satisfacción han achatado y privatizado enormemente nuestras dimensiones espiritual y comunitaria.

En este estado de cosas, la comunidad cristiana se interrogó acerca de su naturaleza y misión en el Concilio Vaticano II (1962-65), para poder responder mejor a los cambios socioculturales operados. En su constitución pastoral sobre la Iglesia, Gaudium et Spes, el concilio plasmó su forma de relación con el mundo moderno y marcó las directrices para convertirse en una comunidad de carácter evangélico, llamada a ser sal y luz en la época actual. Era un gran desafío. Resultaban insuficientes los moldes eclesiales anteriores, surgidos en una sociedad muy distinta de la moderna, en la que la Iglesia había ocupado un gran espacio social, cultural e incluso político, en tiempos aún no demasiado lejanos. Se trataba de renovar su misión evangélica en una sociedad cada vez más emancipada de la Iglesia, programáticamente laica y con su propia jerarquía de valores y metas. ¿Ha logrado la Iglesia responder adecuadamente a este gran desafío?

 

La Iglesia, además de ser teológica y espiritualmente católica, es una realidad sociológicamente universal. En muchos lugares del planeta, incluidas ciertas partes del continente europeo, hay comunidades cristianas que están experimentando un notable florecimiento, bajo el soplo del Espíritu que las empuja y anima. En ellas, el seguimiento de Jesús, en sus múltiples variantes vocacionales, se convierte en el centro de la vida de un número notable de personas. Esta realidad positiva es parte de nuestra Iglesia católica, que, progresivamente, cobra importancia en el hemisferio sur del planeta y en muchos países asiáticos, a pesar de que, en la mayoría de estos, la población que profesa la fe cristiana sea sociológicamente marginal.

 

Nuestra situación, sin embargo, es muy diferente, en especial por la fuerza de la cultura del conocimiento y del progreso, y por el achatamiento espiritual y comunitario arriba referido. El deseo de abrazar, de manera seria y estable, un ideal heroico, distanciado de los valores por los que se mide el éxito, aparece como una locura o sinsentido de pequeña o nula viabilidad. Como ya ha sido repetido por varios autores, la experiencia y la vivencia religiosas se convierten para muchos de nosotros en mecanismos, con frecuencia ocasionales, para compensar la frialdad de la existencia en un medio en el que tienden a primar los factores de la competitividad y del éxito profesional y económico. Siguiendo las directrices del concilio, nuestra Iglesia trata de vivir y comunicar el Evangelio, en diálogo con esta cultura fuerte.

 

Esta situación tiene un cierto paralelismo con el intento de San Pablo de anunciar a los atenienses el Evangelio, tratando de establecer una relación entre la búsqueda filosófica y cultural de la divinidad por parte de los atenienses y la respuesta cristiana a tal búsqueda. Acerquémonos al relato del libro de los Hechos de los Apóstoles:

 

Mientras Pablo les esperaba en Atenas, estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos. Discutía en la sinagoga con los judíos y con los que adoraban a Dios; y diariamente en el ágora con los que por allí se encontraban. Trababan también conversación con él algunos filósofos epicúreos y estoicos. Le tomaron y le llevaron al Areópago; y le dijeron: «¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan.» Todos los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad.

Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:

«Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: `Al Dios desconocido.’ Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar.

«El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de hombres; ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros:

`Porque somos también de su linaje.’

«Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano.

«Dios, pues, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos.»

Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: «Sobre esto ya te oiremos otra vez.» De este modo Pablo se marchó de entre ellos. Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos.

(Hechos de los Apóstoles, capítulo 17, versículos 22-34)

 

Este relato nos ayuda a entender la dificultad de la inculturación de la fe en una sociedad modelada por la modernidad. El texto nos remite a un tema bíblico central y capital, el de los ídolos, cuya presencia en la ciudad causaba la indignación de Pablo y le movía a anunciar al único Dios, manifestado en Cristo Jesús.

 

Para el pueblo de Israel, ídolo era todo aquello que iba en contra del mandato central recogido en el libro del Deuteronomio, capítulo 6, versículos 4-5: “Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.” Este mandato es reiterado por Jesús en su predicación, como se lee en el Evangelio de San Marcos, capítulo 12, versículos 29-30. Interrogado Jesús acerca de cuál era el principal mandamiento de la ley por parte de un especialista en ella, “Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.»”

 

La radicalidad de este mandato exige de toda persona auténticamente creyente una actitud constante de conversión, porque siempre descubrirá en su propio interior las semillas de los ídolos que le impiden que el Dios de Jesús sea el único centro de su vida. Pero, culturalmente hablando, nuestra sociedad valora más que nada su capacidad de cambio continuo, sobre dos pilares centrales que se apoyan mutuamente: el crecimiento económico y el progreso científico, o, volviendo al texto de los Hechos de los Apóstoles, el oro y el ingenio humano.

 

Nuestra manera de ver las cosas y de vivir, seamos o no conscientes de ello, está basada en el mito que articula y modela nuestra cultura: el progreso. Frente a la potencia de tal mito, muchos de nosotros, como los atenienses, volvemos a repetir a los Pablos de hoy que se esfuerzan por establecer un diálogo entre el anuncio de Cristo resucitado, juez del universo, y nuestra cultura: “Sobre esto ya te oiremos otra vez.”

 

El texto también nos enseña algo importante sobre la manera de inculturar el Evangelio. El relato prosigue diciendo que “Pablo se marchó de entre ellos”, dando a entender que abandonaba su esfuerzo por evangelizar mediante el diálogo cultural, aunque también señala que tal esfuerzo no fue totalmente en vano, porque “algunos hombres se adhirieron a él y creyeron.” Algo, ciertamente, debe ser retenido de este relato: en ningún caso debe comprometerse el anuncio de Jesús, muerto y resucitado, y la consiguiente llamada a la conversión, en aras del diálogo. La Iglesia debe conocer y acercarse empáticamente a la cultura a la que desea anunciar el mensaje, tal como ocurre en la predicación ateniense de Pablo; pero no para adaptarse cómodamente a la misma en aras a salir a su encuentro, sino para mostrarle sus carencias y el sentido final de sus búsquedas y anhelos.

 

En resumen, el pasaje nos alerta acerca de las dificultades y riesgos de una evangelización que intenta razonar la fe desde las claves de una cultura fuerte y triunfadora como la nuestra, al tiempo que nos promete que el esfuerzo no será totalmente baldío.

 

2. La siembra evangélica y las condiciones de su fructificar

 

Ni la experiencia de Dios ni el vivir y comunicar el Evangelio pueden darse como se venían dando en las condiciones culturales de un mundo que ya no existe. Si algo está claro desde el “¡Escucha Israel!” del Deuteronomio hasta el “vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme” del Evangelio, es que la fe no tiene nada de pensamiento ni de propuesta débil. Por tanto, vivir y comunicar el Evangelio hoy pasa por ser miembro activo de una comunidad eclesial con identidad y carácter propios, que hunda sus raíces en la memoria, continuamente reactualizada, de su propia historia de relación con Dios; una comunidad que, de manera especial, guarde la memoria de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, siguiéndolo bajo la guía del Espíritu.

 

Parece indudable que el huerto natural de nuestra cultura ya no da los frutos evangélicos necesarios. Es preciso, aunque no resulte sencillo, activar mecanismos personales y comunitarios para crear huertos especializados en el cultivo de distintas comunidades de marcado carácter evangélico, que hagan posible que la Iglesia entera sea sal y luz de nuestro mundo. Para ello, y siguiendo el itinerario espiritual de Jesús, no basta vivir la fe de modo ambiental, sino que debemos vivirla de manera interiorizada, consciente y vocacional, en presencia continua de Dios y teniendo constantemente presente la llamada radical a la perfección de la santidad. En este sentido, “los signos de los tiempos” nos invitan a releer con ojos nuevos la parábola del sembrador:

 

– Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.

Y añadió:

– El que tenga oídos para oír, que oiga.

Y añadió:

– ¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.

(Evangelio de San Marcos, capítulo 4, versículos 3-9 y 13-20)

 

Comencemos por el final: la semilla que cae en tierra buena. Que el Espíritu siembra sin cesar en dicha tierra entre nosotros es algo que, preocupados como estamos por la disminución sociológica del número de los que se consideran creyentes, tal vez no alcancemos a percibir; sin embargo, el Espíritu no se rige ni por los patrones culturales ni por nuestra manera de concebir la vida evangélica, sino que innova, abriendo nuevos caminos que nos pueden pasar desapercibidos e incluso resultar difíciles de comprender y de recorrer. Por ello es fundamental mantenernos siempre a la escucha, para descubrir “los signos de los tiempos”.

 

La siembra en buena tierra la está haciendo el Espíritu al conducir a la Iglesia por la difícil senda de la purificación y del desnudamiento cultural, para renovar su carácter constitutivo de levadura. Quizá en este sentido nuestras iglesias deban reflexionar en profundidad sobre si se puede ser a la vez masa y levadura, tal como la comunidad cristiana ha tratado de serlo en una situación cultural en la que ser creyente era lo normal.

 

El Espíritu no sólo ha purificado a la Iglesia mediante el desnudamiento, sino que, como ya señalábamos en nuestra anterior Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de 2005, Renovar nuestras comunidades cristianas, también ha suscitado y sigue suscitando “signos alentadores”, en forma de nuevos carismas y vocaciones para este tiempo nuevo. Es cierto que tales carismas y vocaciones no son ni de carácter masivo ni, algunos de ellos, al uso de los hasta ahora existentes; pero, por eso mismo, esta nueva situación nos exige una actitud de mayor atención al soplo del Espíritu. Estos nuevos signos alentadores no echan raíces en la cultura dominante, sino en el terreno denso de una fe y de una vocación interiorizadas, cultivadas, celebradas y forjadas en el seguimiento de Jesús, bajo la guía del Espíritu.

 

Pastoral y sociológicamente hablando, lo que la parábola nos dice que sucede con la semilla caída entre abrojos es lo que más se asemeja a nuestra situación. Como se ha descrito más arriba, es tal la fuerza de la cultura moderna en la que vivimos, que la Palabra – esto es, la llamada de Dios a la conversión, a la escucha de Jesús y a su seguimiento – aparece como una locura, una bella pero inalcanzable utopía en el mejor de los casos, y queda ahogada por el afán de progreso, de conocimiento, y de éxito. Todos los que pertenecemos a esta cultura somos presa de esta situación en una u otra medida.

 

En los términos de la parábola, somos muchos los que vemos agostarse el poder de la Palabra en nosotros como consecuencia de “las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias”, que, literalmente, nos “invaden”. Si adaptamos la terminología, los valores de nuestra cultura arriba aludidos – la búsqueda del éxito y la inmersión en la cultura de la satisfacción y del bienestar – hacen que vivir y comunicar el Evangelio nos resulte una tarea humanamente cada vez más inalcanzable.

 

No faltan hoy, sobre todo entre los jóvenes, impulsos generosos que pueden identificarse con la alegría al acoger la Palabra de la que habla la parábola al referirse a la siembra que cae en terreno pedregoso. Muchas parejas creyentes y practicantes no son capaces de transmitir su fe a sus hijos e hijas, que dejan de valorarla a edades cada vez más tempranas. Este hecho no sólo tiene que ver con la falta de constancia, característica de una sociedad que valora mucho la capacidad de cambio propia de una autonomía a ultranza frente a la estabilidad del compromiso; manifiesta también la falta de profundas raíces en la fe de muchos jóvenes, dado que el terreno cultural sobre el que se asienta es pedregoso y superficial.

 

Un elemento central merece nuestra atención en este pasaje evangélico y nos ayuda a comprender nuestra situación actual, en la que el Espíritu nos está ayudando a redescubrir “la diferencia cristiana”: no toda la siembra de la Palabra germina y da fruto abundante, sino sólo aquella que cae en tierra buena. Traducido a nuestra situación actual, esto nos ayuda a confiar en el Espíritu, a no caer en la nostalgia de una Iglesia sociológicamente fuerte y a purificar nuestra propia identidad cristiana, individual y eclesial.

 

Nuestra cultura y nuestra propia contingencia humana son tierra pedregosa y de abrojos, que agosta y ahoga la buena semilla. Hemos de preparar nuestra buena tierra personal y comunitaria para vivir y comunicar el Evangelio. En otras palabras, ni podemos ser cristianos ni Iglesia como hasta ahora, sino que hemos de sustituir nuestra fe “natural” por otra espiritualmente recibida y expresamente cultivada. En tanto que comunidad cristiana, hemos de trabajar con ahínco para, leyendo “los signos de los tiempos”, preparar tierras buenas donde puedan cuajar los nuevos dones del Espíritu.

 

3. Vivir la vida como vocación

 

Que la vida la hemos recibido sin nuestro concurso no lo niega nadie. Vivirla como un don, como una carga pesada, o simplemente vivirla porque está ahí, sin buscarle sentido, es algo que cada uno de nosotros debe dilucidar en el proceso de tejer nuestra existencia. Nuestra vida, como la historia, está hecha de momentos luminosos, de momentos grises y de otros que son oscuros y dolorosos. Nunca ha resultado tarea fácil vivir recta y dignamente, teniendo un norte como guía, pero no parece fácil concebir otra manera de vivir si se desea responder al anhelo de felicidad que toda persona alberga.

 

No basta sin embargo la búsqueda de una vida recta y digna para vivir y comunicar el Evangelio. No se puede lograrlo sin descubrir y aceptar algo que, por ser “más interior a nosotros que nosotros mismos”, pasa las más de las veces inadvertido: hemos sido creados por amor y estamos llamados a participar plenamente de ese amor. ¿Hemos descubierto este misterio que nos habita y nos conforma desde nuestra misma raíz? Muchos de nosotros creemos en un Dios que resulta lejano y, por tanto, externo y ajeno a nosotros mismos.

 

A este Dios se le han dado innumerables títulos: infinito, inefable, absoluto, omnisciente, omnipotente, omnipresente, causa primera y causa final y un largo e interesante etcétera que nos ha legado nuestra rica tradición teológica. Todos ellos son verdaderos, pero no pueden mover nuestro corazón. Sólo un título le hace plenamente justicia, el único a la vez necesario y suficiente: “Dios es amor.”

 

Queridos hermanos,

amémonos unos a otros,

ya que el amor es de Dios,

y todo el que ama

ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Quien no ama no ha conocido a Dios,

porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene:

en que Dios envió al mundo a su Hijo único,

para que vivamos por medio de él.

(Primera Epístola de San Juan, capítulo 4, versículos 7-9)

 

Este texto capital y sublime del Nuevo Testamento surge de un espíritu traspasado por la experiencia del amor de Dios y, más que ninguna teología, nos asoma al misterio de un Dios todo El amor. El pasaje nos revela la esencia misma del Dios trinitario y de toda la obra divina, el porqué de la creación, de la redención y de la llamada a participar plena y eternamente de la vida de Dios. También nos desvela el único “defecto” divino expresado en términos humanos: Dios no puede no amar. Es este “amor invencible” de Dios el que llamamos gracia o vida divina.

 

En tanto que criaturas de y por la gracia divina, el núcleo de nuestro propio ser está hecho de ese amor. De ahí que la máxima aspiración humana – la de ser plenamente felices – sólo pueda ser satisfecha amando y siendo amados sin ningún límite. Esta aspiración es nuestro anhelo más profundo, el que en el fondo nos mueve a ser y a actuar; opera siempre como fundamento y horizonte de nuestro dinamismo humano, y sólo puede ser alcanzada en plenitud y definitivamente en la vida de los bienaventurados.

 

Las dos afirmaciones centrales y complementarias del texto son: el amor es de Dios y Dios es amor. Todo lo demás se deduce de ello. En tanto que criaturas de Dios, esto es, creados por amor y llamados a participar plenamente de ese amor, tampoco nosotros en el fondo podemos no amar sin dejar de ser nosotros mismos.

 

Sobre esta base, el doble e indivisible mandato de amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a nosotros mismos no es algo impuesto desde fuera como condición para ser salvados, sino lo único que, por estar habitados por el Espíritu, sabemos y deseamos hacer en el fondo de nuestro ser; expresado de otro modo, la conducta moral a seguir es una derivada directa del Dios-amor y del amor de Dios, por el que nos ha creado y que habita en nosotros.

 

El texto finaliza con la afirmación de que ese amor se nos ha revelado en que Jesús, Hijo único del Padre, ha sido enviado al mundo para que vivamos por medio de El. Es por Jesús por quien vivimos, lo que deja bien a las claras el porqué del discipulado y el porqué del “amor a primera vista” de los dos primeros discípulos. Ambos sienten que Jesús es el Mesías anhelado, su salvador y liberador.

 

Las bases, por tanto, del discipulado y de la única vocación posible, que es amar, se derivan de nuestro propio ser: somos criaturas de un Dios-amor Padre que nos ha creado; El nos ha revelado cuál es su ser en el envío al mundo de su Dios-Hijo único, para librarnos de nuestras propias esclavitudes y para que así tengamos vida; El habita en nosotros y nos guía amorosamente como Dios-Espíritu Santo.

 

Tal y como lo expresamos en nuestra Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de 2003, Vivir la experiencia de la fe, todo esto no puede recibirse como mera revelación externa ni quedarse en algo teóricamente comprendido. Ese Dios ha de ser experimentado, para que se convierta así en cimiento vivo y anhelo impulsor de nuestro propio ser.

 

Decíamos también en dicha Carta Pastoral que esa experiencia anida en nosotros, tanto en nuestra vida diaria como en los acontecimientos más importantes de nuestra existencia. El problema es que, normalmente, esa auténtica experiencia mística original que todos poseemos – verdadero telón de fondo de nuestros quereres y sentires – no sólo nos pasa desapercibida, sino que está sujeta a la contingencia, la ambigüedad y la opacidad propias de la existencia humana. Para hacerla aflorar y reconocerla sólo hay una vía: buscar, encontrar (más bien, dejarse encontrar) y seguir a Jesús, porque, como El mismo nos dice en el Evangelio de San Juan, “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

 

Nuestra vocación es, por tanto, a la vez don y tarea: hemos sido llamados a participar en plenitud del Amor que nos ha creado y redimido, y que anida en nuestra alma, amando en plenitud a Dios y al prójimo, en el seguimiento fiel a Jesús, bajo la guía del Espíritu.

 

El Espíritu ha suscitado en todos los tiempos y culturas múltiples maneras, explícitas e implícitas, de responder a esa vocación. Los incontables “milagros del amor” que ocurren constante e inadvertidamente en nuestras vidas y a nuestro alrededor, y gracias a los cuales vivimos humanamente, son, sin duda, fruto de la respuesta positiva a esa vocación radical que nos nace de lo más íntimo de nuestro ser; sin embargo, en cuanto creyentes en el Dios de Jesús, estamos llamados hoy, más que nunca, a vivir y a comunicar la Buena Noticia, de modo que se convierta en tal para nosotros mismos – rescatándonos así de la languidez y de la apatía frutos de la tibieza – y para nuestra sociedad.

 

Vivir vocacionalmente, del modo concreto que cada cual discierna como propio de forma madura y contrastada, exige dejarse conducir por el Espíritu a través del triple polo que hemos descubierto en Jesús: el polo de nuestra vida y quehaceres cotidianos, el polo de la comunidad cristiana y el polo del encuentro personal con Dios.

 

 

IV. VIVIR LA VOCACIÓN EN EL QUEHACER COTIDIANO

 

El desarrollo de nuestra vocación evangélica, a través del cual todos hemos de aspirar a ser perfectos como el Padre es perfecto, exige mantener una tensión entre la actitud de disposición total, por una parte, y la práctica cotidiana concreta, por otra parte. No solamente por razones prácticas evidentes, sino desde nuestra participación en el amor creador de Dios, somos, a nuestra vez, cooperadores con su obra a través de nuestro trabajo, del amor conyugal y familiar y de nuestra contribución al bien común.

 

Estos tres quehaceres cotidianos básicos se desarrollan a través de un sinnúmero de actividades y relaciones imprescindibles, que, sin embargo, sólo cobran su auténtico sentido si tienen como centro al Dios que hemos de amar con todo nuestro ser y sobre todas las demás cosas. De ahí que todos nuestros afanes y tareas hayan de realizarse con la mirada puesta en Dios, siendo, según la espiritualidad ignaciana, “contemplativos en la acción”.

 

Tanto lo que somos como lo que hacemos tiene su raíz y su centro en Dios. Jesús nos habla de esta radicalidad, presentándonos exigencias para seguirle que nos resultan difíciles de entender, que parecen chocar con nuestros deberes elementales; y, sin embargo, aunque parezca lo contrario, son aplicables a toda persona creyente y no únicamente a las vocaciones especialmente consagradas. Veámoslo, comenzando por su exhortación acerca del seguimiento:

 

Jesús llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo:

– El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?

(Evangelio de Marcos, capítulo 8, versículos 34-37)

 

¿Puede pensarse algo más contracultural? ¿Puede, sin embargo, pensarse algo más necesario para sanar una cultura obsesionada consigo misma y con sus propios logros? ¿Podemos responder afirmativa y auténticamente a esta llamada de Jesús sin que ello nos cree un conflicto con nosotros mismos, con nuestro entorno y con las responsabilidades de todo tipo que recaen sobre nosotros? Presentimos, sin embargo, que una respuesta afirmativa encierra un gran potencial liberador.

 

Hay que distinguir dos niveles en esta llamada exigente de Jesús, que se repite una y otra vez, aplicada a los principales ámbitos de la vida, tales como el trabajo, los bienes que poseemos, nuestros múltiples y agobiantes afanes, la familia y la responsabilidad frente a los demás. El primer nivel va siempre a la raíz: Dios es la fuente y el centro de nuestro ser y de nuestro quehacer y, por tanto, todo, absolutamente todo, ha de ser referido mediata o inmediatamente a El. El segundo nivel es de carácter práctico y consiste en adoptar un estilo de vida coherente con lo anterior, hecho de acciones concretas que marcan el carácter de nuestro seguimiento a Jesús.

 

Negarse a uno mismo, significa, en primer lugar, reconocer que yo no soy ni mi propio dios ni el dios de nadie; significa igualmente reconocer que la vida es un don que me ha sido dado gratis por Dios. Por ello, si me cierro en mi mismo, guardando mi vida para mi, no haré otra cosa que convertirme en mi propio prisionero, en el sirviente de mis propias obsesiones, matando de ese modo la raíz por la que me uno a la fuente de la vida y, por tanto, matando mi propia vida.

 

Esto tiene una vertiente práctica evidente: el don de la vida recibida sólo puede fructificar y crecer en cuanto don, esto es, siendo a su vez, como en el caso de Jesús, don y fuente de vida para los demás y para el mundo. En caso contrario, se traiciona a si mismo y se agosta y muere. Esta aparente paradoja es la experiencia humana más auténtica y básica, a pesar de que, como ya lo hemos dicho más arriba, nuestra cultura, nuestras limitaciones y la consiguiente opacidad de la existencia nos impidan reconocerla con claridad.

 

1. Nuestro trabajo

 

Este principio va a regir en todas las enseñanzas y exhortaciones de Jesús. Veamos un ejemplo referido al trabajo y a nuestros innumerables afanes:

 

Cuando iban de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.

Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:

– Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.

Pero el Señor le contestó:

– Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

(Evangelio de San Lucas, capítulo 10, versículos 38-42)

 

Como en cualquier relato evangélico, los detalles son imprescindibles para captar toda su profundidad. Jesús y la comunidad de sus seguidores van siempre de camino, en un constante peregrinar guiado por el Espíritu que, como sabemos, les conducirá finalmente a Jerusalén y, más en concreto, guiará a Jesús hasta el calvario. Al inicio del pasaje Jesús entra en un pueblo y una mujer, Marta, lo recibe en su casa. Ayer como hoy, recibir a alguien en nuestra propia casa no es algo superficial, sino mostrar y compartir una parte de lo que somos y nuestra manera de vivir. Es, por tanto, un acto significativo de amistad, por el que mostramos nuestro aprecio y confianza a quien recibimos. La confianza es necesaria porque, al abrir nuestra casa a otros, exponemos una parte fundamental de nuestra manera de ser y de vivir, lo que sin duda entraña arriesgarse o descubrirse ante ellos. Marta asume ese riesgo y recibe a Jesús.

 

El texto nos hace volver la vista hacia la hermana de Marta, María, quien, por su actitud, considera a Jesús un gran maestro espiritual. Los datos que lo hacen suponer son dos: el primero es su colocación con respecto a Jesús, no como su interlocutora, sentada a su misma altura, sino a sus pies, como señal de admiración y respeto. El segundo es que tal postura tenía por objeto escuchar las palabras que Jesús decía. Nos la podemos imaginar sorbiendo las palabras de Jesús. Una vez más, se nos muestra que el movimiento físico y el espiritual se dan la mano.

 

El relato nos presenta dos actitudes diferentes ante la visita de Jesús, al decirnos que, mientras María estaba absorta como discípula, Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio. Considerando que su hermana María le dejaba a ella toda la carga del trabajo, Marta, la anfitriona, le pide a Jesús que tome postura y actúe en su favor. La respuesta de Jesús, favorable a María, de que sólo una cosa es necesaria, es de nuevo un claro reflejo de cuál ha de ser nuestra jerarquía de valores para vivir el Evangelio: Jesús, Hijo encarnado del Padre, es lo único esencial. Todas nuestras tareas y afanes, por muy importantes que nos parezcan, no son esenciales, sino en la medida en que se refieran al seguimiento de Jesús.

 

Nuestra cultura está centrada de manera preponderante en la acción transformadora que conduce a un progreso científico y económico cada vez más vertiginoso. La acción que tiene éxito, que hace avanzar nuestra capacidad de dominar el mundo físico para transformarlo según nuestras prioridades o que “crea riqueza”, es la que mejor se cotiza en el “mercado de valores” de nuestra cultura. Esto nos mueve a todos a pujar en semejante mercado, preparándonos, especializándonos y profesionalizándonos, para poder contar y ser alguien.

 

¿Somos conscientes de que el mundo de lo propiamente humano está cada vez más sometido a esta dinámica que comienza a resultar arriesgada e incluso peligrosa? ¿A dónde nos está conduciendo? Cada vez se alzan más voces diciendo que ese gran ídolo de nuestra cultura que llamamos progreso y en cuyo altar se nos exige que lo sacrifiquemos casi todo, nos está conduciendo a la destrucción del planeta. Llamados a ser colaboradores con la obra de la Creación, nos hemos convertido en agentes de su ruina, deslumbrados de forma inmadura por nuestras capacidades técnicas. Cegados por nuestro propio bienestar egoísta y creyéndonos “los amos del mundo”, no somos capaces de ver que vamos a legar un planeta maltrecho a las futuras generaciones. En último término, nuestra dinámica de “progreso” no sólo daña al planeta físico, sino que hiere gravemente el mundo de los valores humanos y de la vida.

 

Este relato clásico de Marta y María relativiza y critica la importancia de la “acción transformadora” que nos agobia y obsesiona, para dirigir nuestras miradas a lo único necesario: Jesús, peregrino del designio salvífico del Padre, conducido por el Espíritu. El es el maestro y guía que nos muestra el rostro de Dios y, por tanto nuestro auténtico ser y el del mundo que hemos sido llamados a cuidar, preservar y humanizar mediante nuestro trabajo.

 

a. Los bienes, fruto del trabajo y don de Dios

 

El progreso derivado del trabajo se mide de modo casi exclusivo en términos de riqueza. En la práctica esto ha generado una cultura de la competencia, cada vez más agresiva e individualista. Para compensar la dureza de esa competencia hemos desarrollado también una cultura de la satisfacción. ¿Es esto acorde con el vivir evangélico? Dejemos hablar al propio Evangelio:

 

Cuando salía Jesús de camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:

– Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

Jesús le contestó:

– ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios.

Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

Él replicó:

– Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.

Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:

– Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:

– ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!

(Evangelio de Marcos, capítulo 10, versículos 17-23)

 

¿Quién, que de una u otra manera se haya interrogado acerca de su fidelidad al Evangelio, no se siente reflejado en este pasaje? Como la mayor parte de los relatos evangélicos, éste también está surcado por detalles que le otorgan gran capacidad para reflejar sentimientos y actitudes de honda humanidad y espiritualidad. Volvemos a encontrarnos con un Jesús que, en este caso y una vez más, se pone en camino en manos del Espíritu.

 

El texto nos describe en detalle la manera como una persona se dirige de pronto a Jesús, revelándonos así la actitud espiritual de dicha persona: corre, al encuentro de Jesús, se arrodilla, ante El, le pregunta, y se dirige a El como Maestro bueno, esto es: siente la urgencia de discernir su propia vida, percibe que para ello necesita encontrarse con Jesús, adopta una posición de total humildad ante El, busca tener un encuentro franco y directo; finalmente, le reconoce como el Maestro que puede aclarar su dilema existencial clave, ya que es bueno.

 

La reacción de Jesús al ser llamado bueno revela su papel mediador y su especial relación con el Padre. Jesús cuestiona el apelativo de bueno y lo atribuye exclusivamente al Padre, actualizando ante su interlocutor su radical amor a Dios como único centro de su existencia, e invitándole a hacer lo propio. ¿Quién, que haya tratado de ser franco y noble consigo mismo y con Jesús, no se siente reflejado en la búsqueda anhelante que revela la respuesta de la persona a la lista de preceptos que Jesús le acaba de enumerar? Sentimos que, aunque no resulte siempre fácil cumplir los preceptos, el hacerlo no es suficiente; presentimos que ellos son indicadores de algo mucho más importante que deseamos alcanzar.

 

Es precisamente la nobleza de esa búsqueda anhelante la que, de pronto, toca el corazón de Jesús y le mueve a mirar fijamente, con cariño, a su interlocutor. El gesto, como en otras ocasiones en el Evangelio, muestra la hondura de su encarnación a través de su profunda humanidad. También muchos de nosotros hemos sentido su mirada penetrante en el pozo de nuestro corazón, hemos experimentado su amor y, por tanto, hemos escuchado su invitación: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.” Y, por ello, nos sentimos plenamente reflejados en la tristeza y la falta de audacia del noble discípulo para dar el salto cualitativo que Jesús le demanda. El relato finaliza con un Jesús que, mirando a su alrededor, nos dice a todos los que queremos seguirle: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!” Son palabras que nos invitan a meditar muy profundamente.

 

La cuestión planteada y la respuesta de Jesús nos afectan a todos: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” La pregunta no se refiere a qué debe hacerse para seguirle de manera especial, o, como se decía en la teología medieval y ha pervivido hasta el Vaticano II, para abrazar un modo de vida de mayor perfección, sino que se refiere a la condición misma para salvarse. Esto ayuda a comprender que no hay distintos grados de santidad entre el discipulado, sino sólo distintos modos, igualmente necesarios y válidos, de seguimiento, porque todos estamos llamados a la perfección de la santidad.

 

El texto nos muestra algo especialmente relevante para nuestra cultura y para todos los que estamos inmersos en ella: la invitación a tener un tesoro en el cielo. Dios es nuestro único tesoro verdadero y, por tanto, todo lo creado adquiere la condición de tesoro en cuanto está referido a El. Si en vez de ese tesoro, nos fabricamos otros, cortando así nuestra relación esencial con la fuente de la vida, no podemos tener vida eterna. Sabemos por experiencia lo difícil que resulta liberarse de esos otros tesoros en una cultura que, por su fuerza, es como un río que nos arrastra. Por ello, vivir el Evangelio hoy tiene un notable componente contracultural. Mantenernos firmes en medio de la corriente nos exige generosidad, lucidez, apoyo comunitario y relación personal con Dios para contrastar, discernir, actuar y perseverar.

 

Esta actitud radical y primaria de tener nuestro tesoro en el cielo debe encontrar un reflejo práctico: obsesionados como estamos con la carrera del progreso y de la mejora de nuestro cada vez más alto nivel de vida, Jesús nos recuerda que no tenemos derecho a guardar nuestros bienes sólo para nosotros. Todo es de Dios y Dios nos llama con urgencia a compartir lo que tenemos con quienes pasan necesidad, para que todos tengamos un sitio en la mesa común de la creación.

 

¿Podemos celebrar la eucaristía hoy sin sentir el aguijón de que al otro lado de la mesa del Señor de todos se sienta más de una mitad de la humanidad que pertenece a la “multitud de los desheredados”, por los que Jesús sentía una conmovedora compasión? ¿Cómo conciliar esta escandalosa insolidaridad con las palabras de San Pablo acerca de la celebración de la Eucaristía, cuando escribía a la comunidad de Corintio: “Cuando os reunís, pues, en común, eso no es comer la cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga.”? (Primera Carta de San Pablo a los Corintios, capítulo 11, versículos 20-21).

 

No basta con la solidaridad distributiva dentro de nuestra propia sociedad, sino que esa solidaridad ha de extenderse a todas las personas creadas por Dios. Como individuos y como comunidad cristiana hemos de buscar los necesarios cauces prácticos a tal fin. Es urgente que nos preguntemos si no somos Epulones indiferentes ante los Lázaros del mundo, que gimen a nuestra puerta. También es preciso que aprendamos de tanta gente humilde entre nosotros, muchos de ellos pensionistas, que, como la viuda del Evangelio, entregan su óbolo, movidos por la caridad.

 

La invitación de Jesús tiene otra consecuencia práctica: si nuestros bienes nos separan de Dios y del prójimo, no son sino un impedimento para nuestra propia vida y felicidad, debiendo deshacernos de ellos para “viajar ligeros de equipaje”. Esto nos lleva a tomar medidas para avanzar en otro rasgo del vivir el Evangelio que también resulta contracultural en una cultura de bienes y servicios cada vez más abundantes, complejos y sofisticados: la simplicidad de vida.

 

No se trata de rechazar por principio todo lo que signifique abundancia, complejidad y sofisticación, para volver a una especie de “vida natural” que nunca ha existido. No debemos olvidar que Dios creador fue el primer transformador del cielo y de la tierra creados por El. Así, en el primer momento tras su creación, según nos lo relata el Libro del Génesis, “la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo.” Dios convirtió este caos en un cosmos, esto es, en algo ordenado, creando la luz, separando las aguas, creando el firmamento, las plantas, los animales, la maravilla del Jardín del Edén y, por fin, el género humano, como hombre y mujer.

 

Todos los santos y santas de la historia que han querido recuperar la simplicidad evangélica han seguido cultivando y transformando con amor el regalo de la creación, muchas veces con sus propias manos. Para San Benito, el trabajo manual del monje era fundamental, tanto práctica como humana y espiritualmente. Ello condujo a la orden benedictina a jugar un papel tecnológico y cultural de primer orden en Europa, entre los siglos VI-XIII. San Buenaventura nos refiere que el propio San Francisco de Asís, modelo de desprendimiento y sencillez, arregló las iglesias de San Damián, San Pedro y la Porciúncula, siguiendo el mandato del Señor de reparar su Iglesia, casi en ruinas. Este hecho, de carácter espiritual, se manifestó en una acción física, aceptando y mejorando de ese modo la herencia recibida, al servicio de Dios.

 

No se trata, por tanto, de desertar de nuestra necesaria colaboración con la creación divina, para situarnos en una simplicidad falsa e inexistente. Somos y hemos de seguir siendo colaboradores del amor creador de Dios, pero no hasta el punto de convertirnos en prisioneros y esclavos de nuestras propias obras. La simplicidad es un requisito y un gran apoyo para la libertad de espíritu. La abundancia nos pesa, nos lastra y nos empobrece física, espiritual y creativamente. La saciedad, tan presente o tan buscada como actitud en nuestra sociedad de la satisfacción, simplemente nos mata en todos los sentidos.

 

No es ni fácil ni sencillo dar pasos concretos en esta materia ni personal, ni familiar, ni socialmente, por lo que supone de renuncia y de navegar contra corriente. De ahí que el salto que nos pide Jesús, mirándonos fijamente y amándonos profundamente, nos entristezca y nos asuste. Por ello mismo resulta del todo imprescindible. En este punto como en muchos otros, vivir con la mirada puesta en nuestro tesoro del cielo, esto es en el Dios a la vez trascendente e íntimo, nos libera de cadenas y nos ayuda a ser más creativos.

 

b. Trabajar, confiando en la Providencia

 

Quizá el colofón de lo antedicho esté en la siguiente enseñanza de Jesús acerca de la providencia divina:

 

– No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.

(Evangelio de San Mateo, capítulo 6, versículos 31-34)

 

No podemos decir que vivamos tiempos muy propicios a la creencia firme en la divina providencia. Dicha creencia está muy cerca de convertirse para nuestra cultura en sinónimo de superstición. Si algo cree firmemente la cultura moderna es en el poder de la acción humana para guiar y transformar la historia, máxime en una sociedad que se tiene a si misma por desarrollada y está orgullosa de sus propios logros. Es tan fuerte esta convicción que, en la práctica, todos la hemos interiorizado, hasta hacerla formar parte de nuestro modo natural de ver las cosas.

 

¿Tiene peso en nuestras vidas la creencia de que Dios, que nos ama hasta el extremo, mira sobre cada uno de nosotros con cariño y ternura de Padre? Hay entre nosotros gente y comunidades profundamente creyentes que, viviendo en presencia de Dios, sienten su mirada providente y dan testimonio de ello. Todos conocemos algunas de ellas, que nos sirven de inspiración y cuestionan nuestra manera de ver las cosas. Probablemente, sin embargo, una mayoría de nosotros haya de reconocer que, cuando menos, el peso de nuestra confianza en ese amor providente es muy relativo y más simbólico que real.

 

Este texto evangélico encierra algo en extremo significativo, aunque nos pueda pasar desapercibido: no es lo mismo creer que tenemos un Padre que no creerlo. Creer marca una diferencia esencial, con consecuencias prácticas que cambian radicalmente la manera de ver la vida y de vivir. Es normal, viene a decir Jesús, que quien no crea en ese Padre esté preocupado por las necesidades más elementales de la vida – comer, beber y vestirse – y se afane en asegurar la cobertura de las mismas. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Quién puede sustraerse a semejante preocupación? Aquí es adonde Jesús quiere dirigirse: el creyente en el Padre celestial del que ha recibido el don de la vida, si de verdad cree en El, no puede afanarse de la misma manera, sino que ha de tener una actitud confiada en Aquel que le ha creado y conoce sus necesidades.

 

Esta enseñanza de Jesús nos mueve a hacernos las siguientes preguntas: ¿sentimos que nuestra fe es un tesoro y una fuente inagotable de vida y de fuerza? ¿O la valoramos más bien como algo recibido, que no goza de gran predicamento social ni cultural y que no queremos ni perder del todo ni que nos marque de manera decisiva? Es cierto que el amor de Dios se extiende a todas sus criaturas y que el Espíritu guía toda la historia y suscita seguidores entre gentes de todas las culturas, razas y religiones. No por ello, sin embargo, debemos pensar que es igual profesar o no nuestra fe en el Dios revelado en Jesucristo; menos aún debemos ser presa de un sentimiento difuso que nos empuja a no distinguirnos de los demás. ¿No denota este sentimiento algo mucho más profundo, cual es la debilidad de nuestra fe frente a una cultura brillante y fuerte a la que estamos vitalmente adaptados y de la que nos resistimos a tomar distancia?

 

Jesús nos escruta el corazón con su mirada profunda y nos ama cuando le confesamos nuestra tibieza y le pedimos su guía para conocer y amar al Dios de la vida y del amor. Dejarnos tocar por su mirada amorosa y seguirlo nos libera de tal modo que nada vuelve a ser igual. La presencia del Dios providente en toda vida humana, hasta ese momento desapercibida, pasa a un primer plano y se vuelve concreta, luminosa e inspiradora de una gran confianza en Aquel que nos ama y toma nuestras vidas en sus manos. Este sentimiento hace exclamar al salmista:

 

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?

(Salmo 27, versículo 1)

 

Es esa la experiencia y la clave desde la que Jesús nos habla, nos descentra de nuestras preocupaciones y afanes cotidianos y nos recentra en torno a lo único esencial: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.” Nuestro único y auténtico afán es la búsqueda del Reino de Dios, esto es, de la presencia eficaz y definitiva del Dios-amor entre nosotros acontecida en Cristo, siguiendo en esa búsqueda la pauta marcada por las Bienaventuranzas. Quien abraza ese afán vive confiadamente, sintiéndose en las manos providentes del Padre, aunque no falten los momentos de prueba y de oscuridad.

 

2. Nuestra familia

 

No podemos ser ni ingenuos ni ilusos al hablar de la familia. Nunca ha resultado fácil formar y sacar adelante una familia. Entraña grandes dosis de paciencia, perseverancia y sacrificio para sobrellevar dificultades, sinsabores, frustraciones y, a veces, dolores del alma de los que nos dejan profunda huella. A pesar de todo ello, la mayoría de la gente considera la familia, tanto aquella en la que han nacido como la que han fundado, un bien sumamente preciado, que juega un papel central en su vida.

 

No deja de llamar poderosamente la atención que, en un mundo tan cambiante como el nuestro, que ha trastocado y rehecho la jerarquía de valores, la familia siga siendo el valor socialmente más valorado. Las razones de ello, sin embargo, no parecen difíciles de adivinar. La familia sigue siendo el lugar privilegiado donde se experimenta de manera única algo que marca definitivamente nuestras vidas y las sella con una sed que nada puede saciar: el amor incondicional y gratuito, que se deriva directamente del Dios que es amor y que nos hace “partícipes de Dios” porque “el amor es de Dios”. Sólo esa experiencia única merece el título de humana.

 

Toda la Biblia tiene como telón expresivo de fondo del Dios-amor y del amor que es de Dios el que surge de la experiencia del amor incondicional y gratuito que se experimenta en la familia, así como de la fragilidad por la que está siempre amenazado. Las incontables figuras del amor aparecen y reaparecen para expresar el juego del enamoramiento, la unión, la infidelidad, el desengaño, el sentimiento de repudio, la reconciliación, el sacrificio, la incondicionalidad, y, sobre todo, lo invencible e irrevocable del amor divino.

 

La Biblia refiere todo ello a la relación de Dios con el pueblo de Israel y con sus criaturas. Los profetas, los salmos, el Cantar de los Cantares y, de una manera más o menos implícita, el resto de los libros del Antiguo Testamento están atravesados por dicho lenguaje. No es de extrañar, por tanto, que Jesús exprese constantemente su relación con Dios como una relación paterno-filial y que la fe de la Iglesia haya hecho de esa relación uno de los rasgos esenciales del Dios trinitario. Escuchemos con atención las palabras de Jesús:

 

Como tú, Padre, en mí, y yo en ti,

que ellos también lo sean en nosotros,

para que el mundo crea que tú me has enviado.

También les di a ellos la gloria que me diste,

para que sean uno, como nosotros somos uno;

yo en ellos, y tú en mí,

para que sean completamente uno,

de modo que el mundo sepa que tú me has enviado

y los has amado como me has amado a mí.

Padre, éste es mi deseo:

que los que me confiaste

estén conmigo donde yo estoy

y contemplen mi gloria,

la que me diste,

porque me amabas,

antes de la fundación del mundo.

(Evangelio de San Juan, capítulo 17, versículos 21-24)

 

La fe de la Iglesia confiesa a un Dios trinitario y a un Dios-Hijo en el que ve la unión perfecta de las naturalezas humana y divina. Esa fe tiene su origen en una experiencia concreta: los discípulos vieron en Jesús, de manera provisional durante su vida terrena y firmemente tras su resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo, a Aquel que, representando la plenitud del ser humano, estaba tan íntimamente unido a Dios que no podía sino ser también auténtico Dios.

 

No debemos nunca olvidar que la fe de la Iglesia nace de la experiencia de unos discípulos que se sienten plenamente reflejados, reconocidos, asumidos, amados, confrontados, liberados, salvados y plenificados por Jesús, en quien vieron al Cristo, al enviado del Padre. Esta experiencia fue celebrada y expresada como anuncio al mundo y, finalmente, definida y proclamada como fe auténtica y constitutiva de la Iglesia. La fe sólo tiene una matriz: la experiencia personal y comunitaria del amor extremo de Jesús, incondicional y gratuito, expresión del ser mismo de Dios.

 

Esa experiencia se expresa en términos de amor paterno-filial, dejando así a las claras que las experiencias de amor dentro de la familia son una ventana única por donde atisbar y experimentar qué y quién es Dios. Jesús le dice al Padre que lo ha conocido porque ha experimentado su amor antes de la creación del mundo, esto es, un amor eterno. Amor y conocimiento, por tanto, van unidos.

 

Una madre y un padre ¿no sienten cada cual a su modo que aman apasionadamente a sus hijos e hijas hasta el punto de encontrarse a su merced, de no poder dejarlos de amar y de percibir íntimamente que su vida está para siempre unida a la de aquellos a los que y por los que han dado la vida? ¿No va surgiendo poco a poco en los hijos la conciencia de que lo que han recibido de sus padres sobrepasa todo límite imaginable y, por supuesto, rompe toda la lógica de los valores culturales en boga? ¿No es verdad que el ámbito familiar, a pesar de todas sus carencias y de su precariedad creciente, es de los únicos en los que se nos muestra la posibilidad y necesidad de la entrega incondicional? En él experimentamos tanto las posibilidades insospechadas del milagro del amor como el dolor más intenso por las rupturas y por las pérdidas irreparables. Por esa razón, la familia es una fuente única de espiritualidad, de descubrimiento de quiénes somos y de qué estamos llamados a ser.

 

La importancia capital de la familia como escuela de amor no puede hacernos olvidar ni sus carencias y peligros, ni algo más relevante aún: que no puede absolutizarse y convertirse en ídolo frente a Dios. Aunque está claro que la relación capital que nos une a la familia debe ser respetada ¿no convertimos a nuestra familia en un recinto hermético a la crítica propia y ajena, por muy sana y constructiva que ésta sea? Si bien la familia es el ámbito natural en el que experimentamos la naturaleza desbordante del amor gratuito, ¿no corremos el peligro de convertirla en un refugio cerrado frente a la dureza del sistema, colaborando de ese modo a una cultura individualista que no hace sino empobrecernos, dividirnos y favorecer la ley del más fuerte? En el siguiente texto, Jesús nos invita a preguntarnos si nuestras familias viven en presencia del Dios que es fuente del amor que las constituye y referencia última de todo:

 

Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dijo:

– Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.

Les contestó:

– ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Y, paseando la mirada por el corro, dijo:

– Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

(Evangelio de San Marcos, capítulo 3, versículos 31-35)

 

El texto juega con las circunstancias para remachar el punto fundamental: Dios es en último término nuestro único Señor y sólo a El debemos obediencia. Por ello, el relato nos dice que la familia de Jesús está en un ámbito distinto al de El: El está “dentro”, rodeado de mucha gente que le escucha, mientras que ellos se quedan “fuera”. Por ello también, para señalar que están en claves distintas, no hablan directamente entre sí, sino a través de intermediarios. Su familia manda a decirle que le “buscan”. El les contesta afirmando su libertad radical y su misión: su familia es la de sus discípulos, esto es, los que no solamente le escuchan, sino que, como El, disciernen y cumplen la voluntad del Padre.

 

3. Nuestra responsabilidad para con el bien común

 

Dentro del polo de nuestros quehaceres cotidianos, además del trabajo y la familia, el ejercicio de nuestras responsabilidades socio-políticas en aras del bien común es también fuente imprescindible de nuestra espiritualidad. Dar la espalda a tal responsabilidad es cerrarse al dato fundamental de que todas las personas que habitamos este mundo somos criaturas de Dios por igual, llamados a formar parte, sin exclusión de nadie, del Reino que nos anuncia y que nos trae Jesús. Esto requiere entender adecuadamente el espíritu con el que debemos ejercer nuestro servicio, cuál ha de ser nuestra preocupación fundamental al realizarlo y cual es su significado con respecto a la sociedad en general.

 

a) El amor como actitud de servicio

 

Nuestro trabajo en aras del bien común se deriva directamente del Dios-amor y tiene su reflejo, como ya se ha comentado, en el doble mandato de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. El Evangelio de San Juan expresa la segunda parte del mandato en términos más específicamente cristianos al relatarnos las palabras de Jesús a sus discípulos en su discurso de despedida durante la cena pascual:

 

Este es mi mandamiento:

que os améis unos a otros

como yo os he amado.

(Evangelio de San Juan, capítulo 15, versículo 12)

 

El Jesús que se sabe amado eternamente por el Padre y que conoce al Padre por dicho amor, ama a su vez a sus discípulos y a toda la humanidad “hasta el extremo”, dando su vida por todos y llamándonos a que nos amemos los unos a los otros del mismo modo, con un amor total, hasta el extremo. Este mandato sigue al relato en que Jesús lava los pies a sus discípulos. Se trata de un texto capital para comprender el espíritu de nuestro servicio a los demás:

 

Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo:

– Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?

Jesús le replicó:

– Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.

Pedro le dijo:

– No me lavarás los pies jamás.

Jesús le contestó:

– Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.

Simón Pedro le dijo:

– Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

– ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

(Evangelio de San Juan, capítulo 13, versículos 2-9, 12-14)

 

El episodio tiene lugar durante la cena pascual, una ocasión especialmente solemne, que se desarrolla según el ritual establecido para ella. En ese marco, Jesús realiza un gesto imprevisto e inusitado. El gesto queda reflejado enfáticamente por las acciones de Jesús: se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe, echa agua en un recipiente, lava los pies de los discípulos y se los seca con la toalla que se había ceñido. Sólo los sirvientes permanecían levantados mientras los señores comían. Jesús, al levantarse señala ya su condición de servidor. Los vestidos significaban la dignidad propia de quien los vestía. Al quitarse el manto y ceñirse una toalla, Jesús se abaja, despojándose de su rango, tal como nos lo señala la Carta de San Pablo a los Filipenses, para convertirse en servidor. Los gestos que siguen son todos ellos propios de un sirviente.

 

La resistencia feroz de Pedro muestra lo inusitado del caso. La respuesta tajante de Jesús a Pedro indica, por su parte, la importancia capital del gesto, revelador del carácter mismo de su misión: convertirse en servidor de todos, hasta el extremo. Sólo quien acepta ese servicio total participa de lo que Jesús es. El gesto queda aclarado para los atónitos discípulos cuando Jesús, vistiendo de nuevo su manto y volviendo a la mesa, les explica que El, como Maestro y Señor, se ha querido hacer su servidor, para mostrarles patentemente que se deben servir los unos a los otros, siguiendo su ejemplo.

 

Esta lección práctica de la inversión de roles entre Señor y sirviente se efectúa por la trascendencia y urgencia del momento: Jesús sabe “que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía.” Esta conciencia de responsabilidad total y de final del camino es la que mueve a Jesús a poner todas las cartas encima de la mesa, a modo de testamento, manifestando con absoluta claridad tanto el sentido de su misión como la dirección que han de seguir sus discípulos. Esta idea tan presente en los evangelios, de que el primero ha de ser el último, el servidor, indica bien a las claras que, por principio, vivir y comunicar el Evangelio entraña trabajar por el bien de los demás como un servicio radical, dando un profundo giro a los roles tradicionalmente atribuidos a las autoridades y a los súbditos.

 

b) Estar al lado de los más pequeños

 

Si la actitud es de servicio radical, la orientación de dicho servicio no lo es menos: los pobres, los más débiles, los niños, las viudas, los huérfanos, los enfermos, los hambrientos, los pecadores, los desheredados son los preferidos de Jesús. No sólo es cuestión de justicia, sino sobre todo y fundamentalmente, de gratuidad o, para expresarlo en términos más religiosos, de gracia; pero una gracia que está impresa en el corazón mismo de toda persona. La parábola del buen samaritano es iluminadora a este respecto, como respuesta de Jesús a la pregunta de un letrado: ¿quién es el prójimo?

 

Jesús dijo:

– Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:

– Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

El letrado contestó:

– El que practicó la misericordia con él.

Díjole Jesús:

– Anda, haz tú lo mismo.

(Evangelio de San Lucas, capítulo 10, versículos 30-37)

 

La escena de nuevo está llena de movimientos, para expresar así las actitudes y el sentido de las acciones de los distintos personajes. El protagonista, aunque pasivo, sobre el que gira la acción, es simplemente un caminante, que se desplaza de Jerusalén a Jericó por motivos desconocidos y, cosa muy relevante, del que no sabemos nada. Es, por así decirlo, un personaje anónimo, sin etiquetas, sin ningún galón ni relación, neutro, salvo por un rasgo esencial: es un ser humano. Una vez más la acción se desarrolla en el camino, símbolo de nuestra vida y de nuestra contingencia, en el que puede acaecer cualquier cosa.

 

Los siguientes personajes en entrar en acción son unos salteadores que le despojan de lo que tenía, le dan una paliza y se van dejándole medio muerto. Nuestro personaje neutro y anónimo pasa a convertirse así en una persona injustamente tratada, despojada de sus bienes y de su dignidad, y cuya vida está en peligro; dicho de otro modo, es el símbolo de tantos habitantes anónimos de nuestro mundo, a los que la vida y la injusticia han colocado en una situación de máxima precariedad e indigencia.

 

A continuación aparecen en escena un sacerdote y un levita. Representan al templo y a una institución secular del pueblo de Israel con especial encomienda divina, y por tanto gozan de posición y prestigio. También ellos se encuentran en el camino de la vida con esa persona maltratada, pero le ven y dan un rodeo. Tratan conscientemente de no implicarse en una situación en extremo engorrosa, que, de seguro, les iba a traer problemas y quebrantos.

 

Es aquí cuando Jesús presenta en escena al protagonista activo de la misma. No se trata de ningún judío, sino de un samaritano. Para los judíos de aquel tiempo un samaritano era como un hereje, alguien que había abrazado un camino religioso equivocado frente a la verdad representada por los judíos y su templo de Jerusalén. También a él el camino de la vida le conduce hasta el viajero injustamente maltrecho. Es claro a todas luces que, si nadie le echa una mano, va a morir sin remedio. Así lo ve él, quien, al contrario del sacerdote y del levita, siente lástima y se compadece.

 

La descripción de sus acciones revela cómo se involucra física, moral y económicamente con el viajero desahuciado: se acerca, venda sus heridas, echa aceite y vino en ellas, lo carga en su propia cabalgadura (lo que simboliza el bajarse de la situación de privilegio en que se encontraba en beneficio del necesitado), lo lleva a una posada y cuida personalmente de él. Por si fuera poco, cuando ha de proseguir viaje, provee todo lo necesario para que el herido sea cuidado y sanado.

 

Aunque la palabra prójimo signifique alguien con quien existe alguna relación de proximidad, el núcleo de esta enseñanza, en la que todos los personajes son simbólicos y anónimos, apunta en la dirección contraria: el prójimo resulta ser alguien que no sólo no tiene ninguna relación de proximidad con el injustamente despojado y malherido, sino que, por motivos históricos y religiosos, tiene razones para sentirse distante del herido. Los más próximos a éste, que no son ningunos herejes sino plenamente ortodoxos, son los que miran para otro lado, aunque ya han visto la gravedad de la situación. El samaritano, por el contrario, se implica sin reservas en su auxilio hasta garantizar su curación, esto es, su reincorporación al camino de la vida.

 

El mandato final de Jesús: “Anda, haz tú lo mismo” resuena con fuerza en nuestros oídos y conciencias, sin que podamos evitar sentirnos profundamente cuestionados, personal y comunitariamente, por el mismo. ¿Estamos dispuestos a ver, esto es, a cobrar conciencia de los males e injusticias que afectan a tanta gente próxima y lejana? ¿Nos atrevemos a bajar la guardia de nuestros propios quehaceres, oficios, agobios e intereses para dar espacio a la compasión, sintiendo el dolor del otro como propio? ¿Va nuestra compasión más allá de lo sentimental, llegando a ser efectiva? ¿Nos comprometemos en tiempo, en afecto, en cuidados y en dinero con los que sufren? ¿Somos capaces de compadecernos también de aquellos con los que no nos tratamos o consideramos nuestros adversarios por razones históricas e ideológicas? En el contexto de nuestras diócesis, todos sabemos que ésta cuestión no tiene nada de retórica y nos exige una revisión y conversión profundas.

 

Uno de los prefacios de la Eucaristía nos dice que Jesús “también hoy, como buen samaritano, se acerca a todo el que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”. Sin duda conocemos ejemplos de personas y colectivos cristianos que, siguiendo a Jesús, hacen lo mismo. Pero sería cínico pretender que ya hacemos lo suficiente. La pregunta de fondo nos turba: ¿estamos dispuestos a cambiar para que no sigan existiendo prójimos injustamente despojados y abandonados a su propia suerte en la cuneta del camino de la vida?

 

Como personas y como Iglesia debemos sentir el mandato de Jesús como inquietante e interpelante: El nos llama a amar especialmente a las personas necesitadas y sufrientes que encontramos en el camino de nuestras vidas. El sufrimiento no se mide por estadísticas, sino que es concreto y lo tenemos junto a nosotros. Lo descubrimos siempre que, dejando de mirar para otro lado, volvemos nuestra mirada compasiva hacia todos los que, en nuestra propia sociedad del bienestar, yacen maltrechos, tirados en el camino: los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los emigrantes, los enfermos y los encarcelados. A estos “pequeños” del Juicio Final del Evangelio de San Mateo, hemos de añadir los ancianos, la gente sin hogar ni familia, las víctimas del terrorismo y sus familiares, y tantas otras personas que, por unas u otras razones, se sienten morir en vida. Cada una de estas personas nos muestra el rostro doliente de Jesús y nos llama a convertirnos como individuos y como Iglesia, a pedir perdón por nuestra indiferencia, a compadecernos y a hacer lo mismo que el buen samaritano.

 

Debemos imitarlo también, trabajando sin descanso por la causa de la justicia y la solidaridad universales. Lo contrario, ir con la corriente de una sociedad satisfecha que tiene dificultades crecientes para sentir compasión en sus entrañas, sólo quiere seguir “progresando” y no está dispuesta a compartir ni un vergonzoso 0,7% de su riqueza con los desheredados de la tierra, no hará sino deshumanizarnos más y debilitar nuestra poca fe personal y comunitaria.

 

c) Trabajar aquí, esperando la venida definitiva del Señor

 

Hemos de dar un paso más al examinar nuestra responsabilidad para con el bien común. Este paso nos debe ayudar a comprender qué nos asemeja y qué nos separa de lo que Jesús llama “el mundo”, para que sepamos cuál es nuestra auténtica identidad. Volvamos para ello a la oración que Jesús dirige al Padre al despedirse de sus discípulos:

 

Padre santo:

guárdalos en tu nombre a los que me has dado,

para que sean uno, como nosotros.

Cuando estaba con ellos,

yo guardaba en tu nombre a los que me diste,

Yo les he dado tu Palabra,

y el mundo los ha odiado

porque no son del mundo,

como tampoco yo soy del mundo.

No ruego que los retires del mundo,

sino que los guardes del mal.

No son del mundo,

como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad;

tu Palabra es verdad.

Como tú me enviaste al mundo,

así los envío yo también al mundo.

(Evangelio de San Juan, capítulo 17, versículos 11-12, 14-18)

 

Este texto evangélico es, cuando menos, inquietante e incómodo, tanto por su contenido y significación, cuanto por sus implicaciones. Nos presenta un tema central del Evangelio de San Juan: la tensión entre el mundo, por una parte, y todo lo que el Padre, Jesús y sus discípulos representan, por la otra. La unidad y verdad plenas corresponden a este segundo ámbito. El texto es inquietante porque, al indicar que el mundo odia a los discípulos de Jesús, nos desvela que el camino del seguimiento no es ni social ni existencialmente inocuo, sino que conlleva un importante coste.

 

La incomodidad se deriva de la dificultad de no ser “normal” en términos socioculturales. Nuestro sentimiento de ser ciudadanos plenos del mundo y de nuestra cultura hace que nos resulte muy difícil aceptar que, como discípulos de Jesús, somos distintos de lo que nuestra sociedad y nuestra cultura representan. De ahí que hayamos de examinarnos con toda sinceridad. ¿Sentimos necesidad de ser realmente distintos de lo que el mundo valora? ¿Estamos preparados a serlo? ¿No buscamos más bien nuestra plena integración en la sociedad en la que vivimos, deseando alcanzar además éxito profesional y económico? ¿Hasta qué punto somos una alternativa en nuestra forma de pensar y de vivir? ¿En qué medida estamos dispuestos a cambiar nuestra manera de vivir y a actuar en sociedad de modo acorde al Evangelio?

 

Esta oración de Jesús al Padre contiene otros elementos de gran relieve, que nos ayudan a comprender nuestra misión de discípulos en una sociedad cada vez más plural y más distanciada de la fe cristiana. Unida a la afirmación de Jesús de que ni El ni nosotros somos del mundo, se eleva su oración para pedirle al Padre que no nos retire del mundo, sino que nos guarde del mal. No es que Dios reniegue del mundo, su propia obra, sino todo lo contrario, como nos dice el mismo Evangelio de San Juan:

 

Tanto amó Dios al mundo

que entregó a su Hijo único.

Todos los que creen en él tienen vida eterna.

Dios no mandó su Hijo al mundo

para condenar al mundo,

sino para que el mundo se salve por él.

(Evangelio de San Juan, capítulo 3, versículos 16-17)

 

El envío de Jesús por parte del Padre y el nuestro por parte del propio Jesús tienen su origen en el amor que Dios tiene al mundo y en su deseo de borrar el pecado, el mal y la muerte de la faz de la tierra. Por eso Jesús le pide al Padre que no nos retire del mundo, sino que nos proteja del mal. No se trata de condenar al mundo sino de que el mundo se salve. Nuestro problema, sin embargo, como individuos y como comunidad cristiana, no es tanto nuestra inclinación a condenar al mundo, sino a identificarnos de hecho con él. ¿Cómo podemos ser sal y luz si no nos distinguimos de los valores y modos de vida dominantes en nuestra cultura?

 

Vivir el Evangelio para así poderlo comunicar implica abrazar sus valores, que son los del Reino que Jesús vino a anunciar y a instaurar. Por ello, en cuanto discípulos, somos ciudadanos del Reino de Dios, que, tal y como Jesús testimonió ante Pilato, de ningún modo se puede identificar con nuestro mundo. ¿Creemos de verdad con Jesús que nuestro Reino no es de este mundo? Esta es una cuestión capital a la hora de entendernos a nosotros mismos en relación con la sociedad en general y a nuestro papel en ella.

 

Sin duda hemos de colaborar con todas nuestras fuerzas al logro del bien común, especialmente compadeciéndonos con Jesús de todos los que están en seria desventaja y tratando de trabajar en su favor. Este principio vale principalmente para las personas que sienten la llamada a seguir a Jesús y a vivir el Evangelio en el ejercicio de la política, algo que, por constituir en sí mismo un servicio a todos, sin duda, les ennoblece; sin embargo, esta colaboración al logro del bien común ha de realizarse con nuestro corazón y nuestra esperanza puestos en el Reino. Los valores de ese Reino no son los que gobiernan este mundo. Los vivimos en tensión y en esperanza, anhelando la venida definitiva de Jesucristo. Sólo de esa forma haremos a nuestro mundo el servicio para el que Jesús nos ha enviado.

 

 

V. VIVIR LA VOCACIÓN EN COMUNIDAD

 

Como ya venimos insistiendo a lo largo de esta carta, hemos de vivir nuestra espiritualidad, al igual que Jesús, no sólo en nuestros quehaceres cotidianos, sino también en comunidad. Este modo imprescindible de dejarse guiar por el Espíritu es especialmente necesario en nuestro tiempo. ¿Cómo, si no, evitar ser envueltos y tragados por la fuerza de una sociedad que se siente triunfadora? Sin negar las distintas formas de seguimiento y los distintos acentos de cada vocación, ninguno de nosotros puede vivir su fe por libre, de modo exclusivamente individual. Toda vocación necesita la experiencia de la comunidad en la que se enraíza, se encuadra y da fruto. Esa experiencia comunitaria puede, a su vez, revestir distintas formas, de las que deseamos destacar tres: la familiar, la de las comunidades de referencia y la parroquial. Ninguna es excluyente, sino que las tres se complementan.

 

1. La comunidad de base de la familia

 

En el punto anterior nos hemos referido a la familia como fuente de espiritualidad en nuestros quehaceres cotidianos. Ahora deseamos hacerlo como fuente comunitaria de espiritualidad. Ya en una ocasión anterior tratamos esta cuestión en profundidad, en nuestra carta pastoral de Pascua de 1995, Redescubrir la familia. Es conveniente recordar algunos de los puntos que señalábamos entonces.

 

Nuestra fe considera el matrimonio un sacramento. En él, la gracia de Dios, su amor creador e invencible, sella la fortaleza y la vocación de aquellos que se unen por amor en el mismo momento en que fundan una comunidad de vida. Esta dimensión comunitaria es esencial a la familia. Se puede decir que el éxito de toda familia estriba en alimentar continuamente la experiencia de común unión entre todos sus miembros, tanto en los momentos más gratificantes y luminosos, como en el vivir cotidiano y, de modo muy especial, en los momentos de dolor y de dificultad.

 

Para que esa experiencia cobre todo su sentido ha de estar referida a su propia fuente, que no es otra que el amor de Dios, derramado en la gracia del sacramento del matrimonio. Desde ese punto de vista, la vida familiar comunitaria es una vida en la que anida el Espíritu y en la que se experimenta el ser guiado por el Espíritu. Ello supone vivir abierto a las sorpresas del Espíritu y dejarse conducir por El, tal como lo relata este pasaje evangélico:

 

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.

A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:

– Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.

Él les contestó:

– ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?

Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.

Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

(Evangelio de San Lucas, capítulo 2, versículos 41-52)

 El comienzo del relato nos revela que la vida de la sagrada familia de Nazaret está referida de modo fundamental al Dios de la fe de José y María.La celebración de la Pascua y la subida a Jerusalén marcan y sellan anualmente esa referencia. Hay algo importante a reseñar: la vivencia de la fe y del Evangelio no son algo racional y abstracto, sino que pasan por el ejercicio de prácticas concretas que, por su especial significado y por incorporarnos física y espiritualmente a ellas, conforman nuestra identidad.

Sin la concreción de unas prácticas significativas es fácil caer en un racionalismo religioso que dista mucho de una fe viva, que envuelve todo nuestro ser. Este peligro no es teórico, sino muy real en todos nosotros, imbuidos como estamos de una cultura que exalta la razón y margina el corazón y la voluntad. ¿Podemos vivir el Evangelio y el seguimiento de Jesús en nuestras familias sin prácticas religiosas, salvo algunas ocasionales y simbólicas? ¿Podemos hacerlo sin orar habitualmente para así referir los aspectos más decisivos de la vida familiar al Dios-amor providente? ¿O sin celebrar con regularidad la eucaristía como un acontecimiento central en la vida de nuestras familias? Por ese camino, la densidad de nuestra vida de creyentes, tanto personal como familiar, se adelgaza y debilita sin remedio.

No olvidamos que en muchas familias de hoy, por muchas razones, sus miembros abrigan distintas actitudes con respecto a la fe. Incluso en aquellas en que ambos cónyuges desean educar a sus hijos en el seguimiento de Jesús, surgen las dificultades de transmisión a que hemos hecho referencia más arriba. En tales casos, muchos padres siguen procurando con esfuerzo que la fe se enraíce en sus hijos. Conocemos su sufrimiento cuando no lo logran. Sin duda resulta de gran ayuda para tan difícil labor que los hijos experimenten desde su más temprana edad la centralidad de una fe comunitariamente vivida en la familia y ligada a los actos más importantes de la vida familiar. Es esa experiencia la que une la vida a la fe, otorgando una honda significación al aprendizaje religioso.

El juego de las libertades y de las vocaciones que se forjan en el seno de la familia nunca ha sido fácil de gestionar. Así nos lo muestra Jesús, quien, sin decir nada a sus padres, decide tomarse la libertad, con doce años, de quedarse en Jerusalén mientras que sus padres inician el camino de vuelta a casa. Este es el momento en que se nos facilita otro dato relevante: la familia no había subido a Jerusalén en solitario, sino formando parte de una caravana. Se nos indica así que la vivencia de la fe y el peregrinar que supone se viven en familia, pero no de modo cerrado, sino participando en una comunidad más amplia.

La escena siguiente tiene dos partes. En la primera vuelve a prefigurarse la vocación y misión de Jesús: el está llamado a ser el auténtico Maestro de Israel. Así lo atestigua el asombro de los maestros en el templo. Los tres días que tarda en aparecer son una referencia clara a su muerte y resurrección. La segunda parte de la escena nos da cuenta de un hecho insólito: el niño no deja que sus padres, sorprendidos y angustiados, le recriminen su comportamiento, sino que es él el que recrimina a sus padres el desconocimiento que tienen de su misión: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” Naturalmente, José y María no entendieron semejante respuesta, pero la actitud del niño les movió a pensar y meditar.

El final del relato es de una profunda sabiduría y afecta a todos los miembros de la familia de Nazaret. Jesús vuelva a casa con sus padres para prepararse para su hora. Y lo hace en obediencia, viviendo sujeto a ellos. De María se nos dice que escrutaba continuamente la voluntad de Dios sobre la familia, conservando cuidadosamente en su corazón todos los acontecimientos y las cosas que no entendía, pero cuya importancia intuía. El pasaje se cierra aplicando a Jesús las tres dimensiones esenciales del crecimiento de una persona: en estatura, en sabiduría y en gracia, esto es, físicamente, en el conocimiento de la realidad y de uno mismo, y espiritualmente.

Algunos elementos claves de un relato tan rico merecen ser especialmente destacados. Empezando por el final, es importante tener claro en nuestras familias que crecer no se reduce a alimentarse bien y a prepararse de la mejor manera para tener éxito en la vida. La comunidad familiar se convierte en auténtica comunidad cristiana y en escuela para vivir el Evangelio cuando busca que todos sus miembros crezcan no sólo en conocimientos y en éxito, sino en sabiduría y estatura moral y, sobre todo, en gracia, esto es, en el amor de Dios, fuente y horizonte de toda persona y de toda familia.

Un segundo elemento a resaltar hace referencia a la vocación. Como en el caso del amor del Dios trinitario, en el que la unión perfecta no anula sino que funda y nutre la especificad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la comunidad familiar también funda y nutre la especificidad de cada uno de sus miembros. Padres y madres desean lo mejor para sus hijos e hijas y viven con especial ansiedad y zozobra la incertidumbre de su futuro.

No es difícil, sin embargo, identificar de modo automático lo mejor con aquello que, a juicio de los padres, garantice a sus hijos un éxito profesional y económico que les coloque en una buena posición en la vida. ¿Qué escala de valores es la que opera en tal identificación? ¿Qué papel juega en nuestras familias el principio de que cada uno de sus miembros debe descubrir su propia vocación para servir mejor a Dios y a los demás? ¿No es cierto que cuando un hijo o hija muestra su deseo de seguir una vocación animada por ideales nobles y valiosos, pero poco valorados social y económicamente, los padres sienten una angustia especial y tratan de disuadirle? ¿No es cierto en muchos casos que la vocación a algún tipo de vida religiosa produce una angustia y resistencia particulares en los padres? ¿Cómo se entiende tal cosa en una familia que se considera cristiana y aprecia el Evangelio?

Un tercer elemento se une a lo anterior. No todo es luz en la comunidad familiar por mucho que sea fiel a la voluntad de Dios. A veces, es precisamente esa búsqueda la fuente de desconcierto y de oscuridad. Eso les ocurre a José y María con el extraño comportamiento de su hijo, quien, pasado el episodio de Jerusalén, crece en todos los sentidos bajo su sujeción, sin crearles ningún tipo de problemas. También esos momentos de oscuridad y desconcierto, que no son pocos en la vida de cualquier familia normal, sirven para crecer en la fe y en la fidelidad al Evangelio, si, como en el caso de María, son referidos a Dios y nos ayudan a meditar profundamente su sentido. En el fondo, ella al hacerlo está siguiendo ya a su Hijo.

En conjunto, el texto sirve para mostrar que nuestra vida evangélica en el seguimiento de Jesús, guiados por el Espíritu, encuentra una de sus fuentes esenciales en la comunidad familiar. Esta ha de ser entendida no como la única, sino como una primera y auténtica comunidad cristiana de base, o, como “una especie de iglesia doméstica”, enraizada en el amor mismo de Dios. Como tal, esa comunidad se convierte en una comunidad de sentido y de vivencia de la buena noticia de que el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nos envuelve, nos transforma y nos llena de fuerza y de esperanza.

2. La comunidad de referencia

La vida en comunidad ha sido uno de los dones del Espíritu a nuestra Iglesia desde su fundación. Han sido muchas las personas que, a lo largo de los siglos, se han visto llamadas a vivir el Evangelio dentro de una comunidad. Las órdenes monásticas, las distintas familias religiosas y una gran variedad de institutos creados a tal fin constituyen un tesoro y una referencia inapreciables dentro de la diversidad de vocaciones y carismas que componen la Iglesia de Cristo. De esta llamada a la vida comunitaria han surgido numerosos “espacios comunitarios” en los ámbitos de la enseñanza, la salud y la caridad. Además de sus frutos abundantes, estas realidades han sido y continúan siendo capitales para la renovación de la Iglesia y para plasmar la llamada a seguir a Jesús en cada momento de la historia.

Este don del Espíritu para vivir la fidelidad al Evangelio cobra un relieve especial en nuestra sociedad plural, moderna, rica, profundamente secularizada y ordenada como un estado democrático de derecho, que, por principio, es aconfesional y laico. Como se ha apuntado en diferentes lugares de esta carta, vivir y comunicar el Evangelio hoy implica forjar nuestro espíritu en el ejercicio del discernimiento y de la vigilancia para mantener firme el rumbo de la fidelidad radical a Dios y al prójimo. En respuesta a tal necesidad, el propio Espíritu ha ido suscitando entre nosotros nuevos modos comunitarios de vivir el seguimiento, especialmente entre el laicado.

Hasta hace pocos años, los grupos de revisión de vida eran el medio privilegiado de vivir el Evangelio y vivificar la fe dentro de los movimientos generales y especializados de Acción Católica. Los frutos de tales grupos han sido y siguen siendo abundantes a la hora de mantener y desarrollar la manera evangélica de vivir las realidades del mundo, viéndolas con los ojos de la fe, leyéndolas e interpretándolas desde la Palabra y actuando como discípulos que se sienten llamados a vivir y a testimoniar el Reino.

A medida que los contornos de nuestro marco sociocultural han ido cambiando, también el Espíritu ha ido suscitando nuevas formas de espiritualidad comunitaria. Una de ellas es la aparición de numerosos movimientos impulsores de comunidades laicales, de grupos o comunidades de referencia y de equipos de lectura creyente de la Palabra, entre otros. Todos ellos buscan anclar y apoyar la fidelidad al Evangelio en nuestra sociedad. Han nacido en el seno de las parroquias, movimientos, órdenes, congregaciones e institutos religiosos y seculares. Una buena parte del laicado más activo forma parte de estas nuevas comunidades.

La espiritualidad comunitaria fue uno de los rasgos constitutivos del seguimiento de Jesús de los primeros discípulos. En los Hechos de los Apóstoles se halla este precioso pasaje referido a los apóstoles, tras la detención, juicio y posterior liberación de Pedro y Andrés:

Puestos en libertad, Pedro y Juan volvieron al grupo de los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.

Al oírlo, todos juntos invocaron a Dios en voz alta:

Señor, tú hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contienen; tú inspiraste a tu siervo, nuestro padre David, para que dijera:

«¿Por qué se amotinan las naciones,

y los pueblos planean un fracaso?

¿Se alían los reyes de la tierra,

los príncipes conspiran

contra el Señor y contra su Mesías?».

Así fue: en esta ciudad se aliaron Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, tu Ungido, para realizar cuanto tu poder y tu voluntad habían determinado. Ahora, Señor, mira cómo nos amenazan, y da a tus siervos valentía para anunciar tu palabra; mientras tu brazo realiza curaciones, signos y prodigios, por el nombre de tu santo siervo Jesús.

Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos, los llenó a todos el Espíritu Santo, y anunciaban con valentía la palabra de Dios.

(Hechos de los Apóstoles, capítulo 4, versículos 23-31)

En este pasaje hallamos los rasgos esenciales de la espiritualidad de una pequeña comunidad en la que compartir los acontecimientos más relevantes de nuestra vida, leerlos e interpretarlos a la luz de la Palabra y acoger al Espíritu para actuar según el Evangelio. Lo primero que notamos es que Pedro y Juan sienten la necesidad de compartir con el resto de los apóstoles lo que habían vivido. Así, el texto nos dice que vuelven a los suyos en cuanto quedan libres para relatarles todo lo sucedido. El término “los suyos” denota que se sienten un grupo distinto al resto de la sociedad, una comunidad marcada por la fe en Jesús y el anuncio de su muerte y resurrección en un medio que piensa y ve las cosas de otro modo. Por ello habían sido detenidos, interrogados y amenazados por las autoridades religiosas.

Es lo más probable que ninguno de nosotros vaya a pasar por una situación semejante a la aquí relatada; sin embargo, en nuestra vida cotidiana se nos presentan con frecuencia situaciones que no son fácilmente compatibles con el Evangelio. A veces son situaciones referidas a la existencia de profundas injusticias y escandalosas desigualdades; otras veces se trata de situaciones en las que actuar de manera honesta y leal tiene repercusiones prácticas que nos intimidan; otras se refieren a decisiones ligadas a nuestra vida personal y familiar y al lugar que los demás, especialmente los más necesitados, ocupan en ella.

En momentos así es crucial sentirse miembro de una comunidad de discípulos con la que compartir nuestros dilemas y discernir el camino a seguir. En una sociedad profundamente individualista también nosotros hemos ido adoptando una actitud reacia a contrastar nuestros modos de vida y nuestras decisiones. Esta actitud nos encierra en nosotros mismos y debilita sobremanera nuestra capacidad de ser fieles al Evangelio. El Espíritu nos está llamando, por ello, a sentirnos parte de una comunidad de discípulos en la que compartir y contrastar nuestras vidas.

El segundo rasgo es que los hechos acaecidos son leídos e interpretados a la luz de la Palabra, yendo al fondo de la cuestión. La lectura de un pasaje del Salmo 2 ilumina a los apóstoles para llegar a la conclusión de que no se trata simplemente de un enfrentamiento entre posiciones más o menos diferentes y opuestas, sino de algo tan fundamental como la alianza de todos los poderes contra Jesús y su misión y, como consecuencia, contra sus seguidores.

En una sociedad cada vez más indiferente a la fe y tan “ateniense” como la nuestra no parece que corramos el riesgo de ser perseguidos por causa del Evangelio. ¿Quién de nosotros lo siente? Probablemente este dato ya sea en sí mismo todo un síntoma de la debilidad individual y eclesial de nuestra vida evangélica. Pero, ¿cómo leemos e interpretamos la falta de relevancia y de tono de la vida cristiana en nuestra sociedad? ¿Intentamos hacerlo a la luz de la Palabra? ¿Podemos hacerlo solos?

El tercer y último rasgo está referido directamente a la decisión de los apóstoles de seguir su vocación en un entorno tan hostil, proclamando la Palabra con toda valentía. Para ello piden el auxilio del Señor, quien se lo otorga mediante el envío del Espíritu Santo. El texto nos relata que la llegada del Espíritu sacudió el lugar en el que se encontraban, indicando así que su poder es capaz de remover cualquier situación hasta sus cimientos. ¿Nos sentimos con fuerzas para tomar la misma decisión que los apóstoles en nuestras vidas? ¿No consideramos en el fondo que tomarse las cosas así, tan a pecho, es excesivo y contraproducente? ¿No es más cierto, en consecuencia, que necesitamos una comunidad de la que sentirnos auténticos miembros para sentir el auxilio del Espíritu y actuar de una manera evangélica? ¿Estamos dispuestos a que la fuerza del Espíritu nos mueva hasta los cimientos?

 

3. La comunidad parroquial

Ni la comunidad familiar ni la de referencia agotan la dimensión comunitaria de nuestra espiritualidad. Esa dimensión es universal, como lo son la naturaleza y misión de la Iglesia. Fundada sobre los apóstoles, la Iglesia universal se realiza en cada diócesis, llamada a vivir en comunión con todas las demás, bajo el primado de Pedro y sus sucesores. Dentro de cada diócesis, la parroquia tiene vocación de ser comunidad de comunidades.

Como ya indicamos en nuestra última carta pastoral de Cuaresma-Pascua de 2005, Renovar nuestras comunidades cristianas, la parroquia está llamada a cambiar y a abrirse a la realidad de las nuevas Unidades Pastorales. Tampoco podemos pasar por alto que los cambios socioculturales han restado a las parroquias una gran parte del papel de socialización en la fe y en el entorno que han jugado hasta tiempos aún recientes. A pesar de todo ello, la parroquia sigue siendo una realidad insustituible para vivir la dimensión comunitaria constitutiva del seguimiento de Jesús.

En las primeras comunidades cristianas, que conocemos a través de los escritos de San Pablo y del libro de los Hechos de los Apóstoles, podemos observar los rasgos esenciales que deben formar la espina dorsal de nuestras parroquias. Veámoslo en el siguiente pasaje:

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.

Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

(Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos 42, 44-45)

En este breve pasaje se resume por entero la vida de toda comunidad cristiana: escuchar y anunciar la Buena Noticia, celebrarla, ejercitarla en la práctica de la caridad, y vivir la comunión. Toda comunidad cristiana, de la naturaleza que sea, está formada por estos rasgos y funciones; sin embargo, su ejercicio cobra un significado especial en la comunidad parroquial: en la parroquia se vive la diversidad que nos abre más allá de los límites naturales o de afinidad personal, social o vocacional que caracterizan a las comunidades familiar y de referencia o a los distintos movimientos apostólicos.

Esta diversidad cobra su significado propiamente evangélico cuando es vivida como comunión, uno de los grandes dones del Espíritu a la Iglesia del Señor. Sólo en comunión – a la que el texto se refiere dos veces – podemos vivir nuestra propia vocación al seguimiento, purificada de las limitaciones características de los quereres, modos de pensamiento, posición social, cualidades e inclinaciones de cada cual. Esta comunión tiene dos dimensiones que se exigen y complementan entre sí: la espiritual y la material.

La espiritual, a la que se refería Cristo en la oración al Padre ya comentada, nos hace vivir la experiencia de nuestra unión radical con Dios y con los demás, por encima de diferencias y ambigüedades, a la vez como un don y como una promesa. Esta comunión espiritual conduce a la material, esto es, a compartir con los demás todo lo que somos y tenemos, porque todos lo hemos recibido todo de Dios. No sólo estamos llamados a compartir nuestros bienes materiales con los demás en la medida que cada cual necesita, sino también nuestros propios carismas y vocaciones con toda la comunidad, para edificar, como San Pablo nos lo recuerda, un solo cuerpo que tiene como cabeza a Cristo. En la comunidad parroquial, estamos llamados, pues, a ejercer una caridad más plena.

 

La comunidad parroquial, al igual que la primera comunidad cristiana, está llamada a ser constante en la escucha de “la enseñanza de los apóstoles”. Por ello, bajo la guía del obispo diocesano como sucesor de los apóstoles, es el lugar en el que se enseña y se anuncia el misterio salvífico que se celebra y se practica: que el amor eterno del Padre creador nos ha sido dado a conocer en plenitud en su Hijo Jesucristo salvador y habita en nosotros por la efusión del Espíritu vivificador.

 

Con el término la “fracción del pan”, el texto se refiere a la celebración de la eucaristía, centro de la vida de la comunidad creyente. Por ello, queremos insistir una vez más en la importancia capital de la eucaristía y de su celebración dominical. Sin ella, no podemos hablar propiamente de fe cristiana. Esta celebración eucarística encuentra en la parroquia un ámbito adecuado y necesario dentro de la comunión diocesana. En la parroquia se combina la diversidad de carismas y vocaciones con el sentido de pertenencia a la comunidad, sin el que la eucaristía pierde su auténtico carácter.

 

Puede celebrarse la eucaristía en comunidades de ámbito más reducido cuando haya razones pastorales que así lo aconsejen. Puede también resultar pastoralmente conveniente la celebración de eucaristías dirigidas a determinados colectivos, como el de los jóvenes, las familias, u otros. Tampoco queremos pasar por alto el servicio que prestan los centros de culto de las distintas familias religiosas, en los que se celebra la eucaristía. No obstante, nada de ello debe hacernos olvidar la importancia de la celebración eucarística parroquial.

 

En general, la parroquia es el ámbito normal y adecuado de la vida sacramental. Es ella la que garantiza que podamos superar la tentación del individualismo de la gracia, al colocar la efusión del Espíritu en el ámbito de toda la comunidad, representada en la parroquia. Es la comunidad parroquial la que nos recibe en la Iglesia por el Bautismo y nos acompaña a confirmar nuestra fe. Es también la que nos despide en la esperanza de la resurrección cuando partimos de este mundo.

 

Asimismo, la comunidad parroquial, como la del texto, es una comunidad orante, que se relaciona con Dios como tal comunidad a la vez diversa y una, transformada por la experiencia del misterio de su amor infinito e inabarcable, para expresarle sus alegrías y penas, luces y sombras, fortalezas y debilidades, esperanzas y frustraciones, siempre en camino de purificación y discernimiento para seguir a Jesús como tal comunidad.

 

 

VI. VIVIR LA VOCACIÓN EN RELACIÓN DIRECTA CON DIOS

 

Cada uno de nosotros está llamado, en último término, a encontrarse con Dios en la soledad de nuestra alma. No es ésta una experiencia reservada a ciertas vocaciones, sino común a todos los que hemos recibido la Buena Noticia y la queremos vivir y comunicar. Sin este encuentro directo tampoco es posible vivir de verdad la espiritualidad, ni en la vida cotidiana ni en comunidad. Nunca puede fallar ninguno de los tres polos si de verdad queremos vivir y comunicar el Evangelio. No obstante, tampoco resulta fácil encontrarnos con Dios en el desierto de nuestro ser más íntimo. Posiblemente no estemos bien equipados para ello.

 

Para relacionarnos directa y personalmente con Dios necesitamos cultivar y templar nuestro espíritu mediante el ejercicio espiritual. Esa relación con Dios se hace mucho más necesaria en dos momentos particulares: cuando discernimos y nos preparamos para seguir nuestra vocación y cuando pasamos por experiencias tan difíciles, que nos llevan a poner en duda el sentido de nuestra fe y de nuestra existencia. Por último, necesitamos encontrar la manera de expresarnos lo más plenamente posible ante Dios mediante la oración.

 

1. Cultivar y templar el espíritu: el ejercicio espiritual

 

Como ya se ha apuntado más arriba, la experiencia de que nuestra vida es más grande que nosotros mismos y, por tanto, de que vivimos continuamente en presencia de un misterio es, de algún modo, la experiencia humana más básica y común. Esta experiencia mística de base, que traspasa todo nuestro ser, nos resulta una gran desconocida. Aunque todos estamos cada vez más sensibilizados acerca de la necesidad de cuidar nuestra salud mediante la práctica sistemática del ejercicio físico, vivimos casi totalmente de espaldas a la necesidad de ejercitarnos también para mantener la salud de nuestro espíritu y poder así vivir de manera plenamente humana.

 

En nuestra ya mencionada carta pastoral de Cuaresma-Pascua de 2005, Renovar nuestras comunidades cristianas, advertimos sobre este reduccionismo, que también afecta a nuestro estilo y práctica pastoral. Ya apuntábamos entonces que nuestras comunidades no pueden renovarse si no es a través de la experiencia del misterio del amor de Dios. La existencia de comunidades cristianas que viven con intensidad la presencia del Espíritu no nos debe hacer olvidar que la sequía de nuestra cultura en materias del espíritu nos está afectando personal y comunitariamente.

 

Uno de nuestros retos más serios es dar una respuesta adecuada a la profunda sed espiritual que se manifiesta en nuestra Iglesia y en la misma sociedad. Son muchos los que tratan de abrirse nuevos caminos en este campo, señalándonos así un signo de los tiempos. ¿No nos debe extrañar que en todo Occidente se descubra y se practique el ejercicio espiritual sistemático de otras religiones o tradiciones espirituales, especialmente orientales, mientras se ignora la inmensa riqueza de la tradición cristiana en esta materia? ¿No debemos ver en esto una llamada a poner los medios para vivir en profundidad la raíz espiritual de toda vocación evangélica?

 

La literatura bíblica sapiencial es un manantial inagotable de recursos para bucear en lo más hondo de nosotros mismos y hallar la auténtica sabiduría; no la aparente o la que se refiere a lo externo, sino la que mana de nuestro propio espíritu, don del Espíritu mismo de Dios. Un bello texto nos ayuda a descubrir las claves del camino espiritual:

 

Cuando aún era joven, antes de viajar por el mundo,

busqué sinceramente la sabiduría en la oración.

A la puerta del templo la pedí,

y la busqué hasta el último día.

Cuando floreció como racimo maduro,

mi corazón se alegró.

 

Entonces mi pie avanzó por el camino recto,

desde mi juventud seguí sus huellas.

Incliné un poco mi oído y la recibí,

y me encontré con una gran enseñanza.

Gracias a ella he progresado mucho,

daré gloria a quien me ha dado la sabiduría.

 

Mis entrañas se conmovieron al buscarla,

por eso he hecho una buena adquisición.

En recompensa el Señor me dio una lengua,

y con ella le alabaré.

(Eclesiástico, capítulo 51, versículos 13-17, 21-22)

 

La sabiduría es en la literatura sapiencial un atributo eterno de Dios. La tradición cristiana ha visto en ella la figura del logos eterno del Padre, encarnado en Jesucristo. San Pablo, por su parte, llama a Cristo sabiduría de Dios. Adquirir la sabiduría, por tanto, supone estar en perfecta sintonía con Dios y actuar de acuerdo con sus dictados. En términos cristianos, el sabio es el que conoce el camino a seguir, esto es, a Jesús, y lo sigue fielmente sin desfallecer.

 

¿Cómo se adquiere esta sabiduría espiritual? El texto nos da algunas claves. En primer lugar nos dice que su búsqueda comienza a edad temprana, antes de viajar por el mundo. Con ello se significa que no hay que buscarla en la sabiduría del mundo, en la que uno adquiere comúnmente en la vida. El texto nos aclara que se busca en la oración y de forma sincera. Ese es el inicio del ejercicio espiritual. ¿Promovemos este tipo de búsqueda temprana, sincera y en la oración en nuestros hijos y en nuestros jóvenes? ¿Somos conscientes de la importancia de este ejercicio espiritual temprano? ¿No es verdad que somos mucho más conscientes de la importancia de la adquisición de conocimientos y del “viajar por el mundo” para afrontar la vida con garantías de seguridad y de éxito?

 

A continuación se relaciona esa búsqueda con el templo, la morada de Dios; búsqueda que se vuelve petición persistente “hasta el último día”, o sea, hasta conseguir su objetivo. ¿Cómo expresar mejor que la verdadera sabiduría se busca mediante el ejercicio constante y persistente de la oración, solicitándola al Unico que la posee? Cuando la vemos florecer en nosotros, nuestro corazón se alegra.

 

La sabiduría, sin embargo, hay que conservarla y cultivarla mediante otros dos ejercicios que el texto nos describe. El primero consiste en seguir sus indicaciones, tomando el camino recto. No podemos preservar la alegría de nuestro corazón, fruto del don de la sabiduría, más que manteniéndonos fieles en nuestro camino de discípulos. El segundo ejercicio es complementario: a lo largo de ese camino recto hay que estar siempre a la escucha, inclinando nuestro oído hacia Dios, fuente de la sabiduría.

 

Estos dos ejercicios complementarios nos permiten descubrir la esencia y la razón profunda del obrar rectamente, para entenderlo como un mandato lleno de sentido. El texto nos describe este entendimiento como una gran enseñanza y como un estremecimiento de las entrañas: no sólo nuestro entendimiento se transforma, sino todo nuestro ser, hasta lo más profundo del mismo. Por ello se nos dice que de esa profundidad de nuestro ser transformado surgen la gloria y alabanza al Señor que nos da el don de la sabiduría.

 

2. La experiencia de desierto

 

Hablar de experiencia de soledad y de desierto nos remite de forma casi automática a algo difícil, seco e ingrato. Por una parte, tal como nos lo muestra Jesús en los evangelios, el desierto es necesario para forjar nuestra propia vocación en la fidelidad a la voluntad de Dios. Hay, sin embargo, otro tipo de desierto, que es el desierto de Dios, el producido por su ocultamiento en tiempos de dolor y adversidad. También Jesús experimenta este desierto a la vista de su crucifixión y su muerte, como lo hemos visto en la oración del huerto de Getsemaní. Ponerse en manos del Espíritu para que nos guíe por estas dos clases de desierto es capital para descubrir todos los matices del Dios de Jesús, cuya voluntad también nosotros queremos cumplir, siguiendo a su Hijo.

 

a. El desierto como preparación y purificación

 

En la forja del espíritu hay un elemento capital, presente en todas las tradiciones religiosas y espirituales: labrar la constancia y la fidelidad de la inteligencia, del corazón y de la voluntad, para entender según el Espíritu, sentir con el Espíritu y actuar bajo la guía del Espíritu. A la persona que se mantiene fiel a los caminos del Señor, el Antiguo Testamento la denomina justa. Jesús llama a esa fidelidad santidad o perfección. En la tradición cristiana se la llama también virtud.

 

El Evangelio nos muestra a Jesús forjando su espíritu en el desierto para ser fiel a la voluntad que el Padre le va a manifestar en cada momento y, que finalmente, le conducirá a la cruz. El pasaje es de aplicación a cada uno de nosotros:

 

Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre.

Y el tentador se le acercó y le dijo:

– Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

Pero él le contestó diciendo:

– Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice:

– Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras».

Jesús le dijo:

– También está escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios».

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo:

-Todo esto te daré si te postras y me adoras.

Entonces le dijo Jesús:

– Vete, Satanás, porque está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto».

Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.

(Evangelio de San Mateo, capítulo 4, versículos 1-11)

 

Este pasaje evangélico relaciona el camino de preparación y purificación del pueblo de Israel para entrar en la tierra prometida con la preparación de Jesús para su vida pública y las pruebas que le aguardaban hasta su última subida a Jerusalén y su crucifixión. Así como el pueblo sacado por Yahvé de la esclavitud de Egipto se preparó peregrinando por el desierto durante cuarenta años, también Jesús pasa cuarenta días y cuarenta noches de preparación en el desierto. Del mismo modo como el pueblo fue tentado y probado repetidamente en el desierto, también Jesús va a ser probado y tentado. Pero al contrario que el pueblo, que mostró su infidelidad a Yahvé en repetidas ocasiones, Jesús saldrá victorioso de la prueba, manteniendo su fidelidad inquebrantable a Dios, prefigurando así al nuevo Israel de la nueva alianza, vencedor del mal y del maligno.

 

El desierto es una metáfora del despojamiento, del vivir la desnudez necesaria para forjar el espíritu, creando las condiciones necesarias para encontrarnos con nosotros mismos, bajando al pozo de nuestro propio ser, reconociendo quiénes somos y, sobre todo, descubriendo y abriéndonos al Espíritu que nos habita y nos da vida.

 

Jesús no va por sí mismo al desierto, sino que es llevado por el Espíritu, poniéndose totalmente en Sus manos y dejándose guiar por El en cada momento, para ser fiel al Padre hasta el fin. En este caso, es conducido al desierto “para ser tentado por el diablo” y así forjar su fidelidad en la prueba de la tentación. Su despojamiento y preparación para la prueba se subrayan mediante su largo ayuno, al final del cual “sintió hambre.” De este modo se nos indica que Jesús, como nosotros, participa de la debilidad humana, mostrando un flanco débil por el que va a atacar el tentador.

 

Las tres tentaciones reflejan las más típicas y profundas que el ser humano ha experimentado desde antiguo y que seguimos experimentando cada uno de nosotros en nuestras vidas. La primera la sentimos cada día, en el afán de saciar nuestra sed y nuestra hambre con la abundancia de los bienes que se pueden adquirir. Basta asomarnos con lucidez y sinceridad a nuestra propia vida para reconocer que la cultura y sociedad que hemos creado nos mueven a aceptar la propuesta del tentador, buscando que el consumo cada vez mayor de bienes y servicios sacie nuestra hambre. Pero la respuesta no se encuentra ahí. Como veíamos en el caso de la búsqueda de la sabiduría y nos lo indica Jesús en este pasaje, sólo inclinando el oído a la palabra de Dios y manteniéndonos firmes en sus caminos, encontramos la fuente de la vida. ¿Buscamos el desierto de la sencillez y de la simplicidad para que nuestro oído se mantenga inclinado a esa Palabra liberadora?

 

Dios no se muestra sólo como fuente de la auténtica vida, sino también como el único Dios, Aquel a quien no podemos ni sustituir ni manipular. Así nos lo muestra la segunda tentación. ¿Cuántas veces tentamos a Dios, tratando de que siga el juego de nuestra manera descabellada de vivir? ¿Cuántas veces lo hacemos, tratando de no querer saber nada, o al menos no demasiado, acerca de los que están tirados en la cunetas del mundo, desvalidos ante las heridas mortales de los golpes y del despojo de la injusticia? ¿No lo hacemos al no ser ni fríos ni calientes para no buscarnos problemas, pretendiendo al mismo tiempo vivir el Evangelio y no cuestionarnos su radicalidad? ¿No estamos arrojándonos al precipicio de los patrones que nuestra sociedad marca, diciendo al mismo tiempo, ¡Señor! ¡Señor!? ¡Dejemos que resuene en nosotros todo el alcance de las palabras de Jesús: “No tentarás al Señor, tu Dios”!

 

Hemos finalmente de forjar nuestro espíritu para superar la tercera tentación, la más crucial: la de adorar a los ídolos del poder y de la gloria, vendiendo así nuestra alma al diablo. Empecemos por reconocer que hasta el lenguaje nos resulta chocante y excesivo. ¿Diablo? ¿Tentador? ¿Vender nuestra alma? Todos estos términos no cuadran con la cultura ilustrada en la que vivimos. Nos suena todo ello a demasiado mitológico, tocado por supersticiones que hay que superar. Pero, ¿no es verdad que sentimos una gran atracción por el poder y la gloria, en la forma de prestigio y éxito profesional y económico? ¿No hemos adoptado las varas de medir de la cultura dominante, en vez de usar las del Evangelio? ¿Somos tan ilusos de pensar que el mal y el pecado son fruto de la ignorancia y que los podemos desterrar con las armas de la educación y de los valores ciudadanos? ¿No significa esto que nos hemos creado nuestros propios ídolos?

 

Jesús nos invita a seguirle en el desierto de la desnudez, en el que se nos desvelan nuestras propias mentiras y engaños interesados. Lo necesitamos tanto o más que nunca para purificarnos y forjar nuestro espíritu, para poder así mantener en nuestras vidas la fidelidad al Evangelio y alcanzar la meta de la que nos habla San Pablo. La presencia de los ángeles en el desierto para servir a Jesús muestra que el tentador ha sido vencido por la fidelidad de Aquel que mantiene su mirada fija en el único y verdadero Dios.

 

b. El desierto de la prueba radical

 

La segunda experiencia de desierto la vemos representada en el sufrimiento angustiado del justo. Para superarla se necesita, pero no basta, la primera. Jesús es de nuevo el prototipo de esta segunda forma de desierto, al aceptar la voluntad del Padre hasta la cruz, por encima de sus propios sentimientos y deseos. El Antiguo Testamento nos presenta numerosos ejemplos de esta experiencia espiritual límite en el libro de los Salmos, en el de las Lamentaciones y, de manera muy especial, en el libro de Job. Veamos un pasaje de este último:

 

Y ahora mi vida se diluye,

me tocan días de aflicción.

De noche el mal perfora mis huesos,

no descansan las llagas que me corroen.

Me agarra con fuerza por la ropa,

me aprieta como el cuello de mi túnica;

Me arroja en el barro,

parezco polvo y ceniza.

 

Te pido auxilio y no respondes,

me presento y no haces caso.

Te has vuelto cruel conmigo,

tu fuerte mano se ceba en mí.

Me haces cabalgar sobre el viento,

sacudido a merced del huracán.

Sé que me devuelves a la muerte,

al lugar donde se citan los vivientes.

 

¿No tendí acaso la mano al indigente

cuando angustiado pedía justicia?

¿No lloré con quien vive en apuros?

¿no he mostrado piedad por el pobre?

Esperaba la dicha, me vino el fracaso,

aguardaba la luz, llegó la oscuridad.

Me hierven las entrañas sin parar,

me esperan días de penar.

(Job, capítulo 30, versículos 16-27)

 

La experiencia de Job es un modelo de progreso espiritual en la adversidad extrema. Nos muestra que sólo llegamos a conocer de verdad lo que somos cuando la vida nos lleva a tal situación límite. Es en esa situación donde alcanzamos a atisbar qué supone nuestra fe y quién es el Dios del que nos hemos fiado.

 

Muy en resumen, el libro de Job nos viene a decir que es muy fácil creer y confiar en Dios cuando la vida nos va muy bien y no nos falta de nada. También viene a decirnos que nuestra relación con Dios no es una especie de intercambio, según el cual Dios hace que nos vaya bien o mal en la vida dependiendo de que seamos o no buenos. Finalmente, nos enseña que la gratuidad y grandeza de Dios están por encima de nuestra justicia y nuestra medida de las cosas. En consecuencia, hasta que descubramos eso en nuestras vidas, no se puede decir que conocemos de verdad a Dios.

 

Al perderlo todo, hasta la salud, y verse tirado en el estercolero de la vida, Job comienza a buscar las razones de su situación. Su mujer le recomienda que reniegue de Dios, porque considera que Dios le ha fallado totalmente. Job se mantendrá firme en su fe, aunque no cesará de mostrar a Dios su dolor intenso y su sentimiento de haber sido no sólo abandonado, sino golpeado, perseguido y conducido a la muerte por El. Para Job, lo terrible de verdad es sentirse injustamente maltratado por Dios mismo. Ello le lleva a quejarse a Dios de que le trata cruelmente, hasta el punto de cebarse en él.

 

Una lección importante es que Job no cesa de orar con Dios en ningún momento. Por encima de los profundos razonamientos teológicos que el libro contiene, lo verdaderamente esencial es la relación entre Job y Dios, auténtica fuente de sabiduría más allá de toda teología. En esa relación, Job no deja de orar, expresándose y quejándose con toda libertad, mostrando así que la oración no excluye ni siquiera la diatriba y la queja amarga frente a Dios.

 

El punto crucial es que Job considera haber caminado siempre por el camino recto, practicando la justicia y la misericordia, tal como Dios lo quiere. Al proclamar su inocencia, Job reclama que Yahvé le muestre en qué se ha apartado del camino justo o, en caso contrario, le dé cuenta del porqué de su comportamiento, que Job considera del todo inexplicable e injusto. El mayor sufrimiento de Job es el ocultamiento y el silencio de Dios. Por ello clama con desgarro, exigiendo una respuesta:

 

¡Ojalá que alguien me escuchara!

¡He dicho mi última palabra!

A Shaddai le toca responder.

(Job, capítulo 31, versículo 35)

 

Shaddai, como Job llama a Dios, habla finalmente, no para mostrarle a Job que ha faltado a la justicia y merece el castigo, sino para ayudarle a entender que está en un nivel totalmente distinto del de su grandeza, justicia y gratuidad. Tras la respuesta de Yahvé, Job admite su pequeñez y acepta su voluntad:

 

Me doy cuenta que todo lo puedes,

que eres capaz de cualquier proyecto.

Sí, hablé sin pensar de maravillas

que me superan y que ignoro.

Sólo de oídas te conocía,

pero ahora te han visto mis ojos.

Por eso me retracto y me arrepiento

echado en el polvo y la ceniza.

(Job, capítulo 42, versículos 2-3, 5-6)

 

Lo nuclear de este último pasaje es que Job confiesa que, a través de esta prueba dolorosa hasta el límite, su relación franca y oracional con Dios, en una intimidad total y sin reservas, le ha permitido superar su anterior conocimiento incompleto de Dios, hasta llegar a conocerlo a fondo: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos.”

 

¿No es cierto que todos los ídolos de nuestra cultura fuerte se nos derrumban cuando la suerte nos vuelve la espalda, la enfermedad nos muestra su lado más duro o la muerte nos arranca un ser querido? ¿No nos volvemos entonces más permeables al dolor de los demás, especialmente al de los más desvalidos? Ser justos como Job supone estar junto a ellos y serles fieles en la prueba. Es también el modo de prepararnos para la nuestra propia y poder avanzar de ese modo en el verdadero conocimiento de un Dios cuyo amor gratuito y grandeza nos superan totalmente. Job nos enseña que en ese momento de desolación se puede y se debe orar. Volvamos ahora nuestra atención hacia ese modo insustituible de relación íntima con Dios.

 

3. La oración como fuente de vida

 

El encuentro personal con Dios encuentra su forma de expresión privilegiada en la oración. Sin ella, ese encuentro nunca acaba de ser completo y a nuestro espíritu le faltarán medios para reconocer a Dios. Sólo en la oración puede ocurrir tal reconocimiento. En nuestra Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de 1999, La oración cristiana hoy, tuvimos ocasión de tratar con amplitud los diversos aspectos relacionados con la oración. En esta carta queremos retomar algunos de ellos.

 

No podemos decir que vivamos en un medio favorable al cultivo de la oración, a pesar de que la necesitemos más que nunca. Quizá la misma sequedad y frialdad de nuestra cultura tecnocientífica está haciendo que aparezca cada vez con mayor claridad la profunda sed espiritual de mucha gente. También en nuestras diócesis constatamos con alegría y esperanza que el Espíritu está suscitando un número creciente de personas y grupos, que están redescubriendo la oración como fuente de sentido y rico manantial espiritual. Este don del Espíritu nos está ayudando como Iglesia a renovar la importancia de la experiencia de Dios, nacida del encuentro con El.

 

La persona que vive en constante presencia de Dios está orando, en cierto modo, de forma continua; sin embargo, ese tipo de oración debe buscar su expresión plena, para convertirse así en fuente viva de espiritualidad. Un espíritu ejercitado y forjado en la soledad del desierto está preparado para intimar con Dios en la oración. Esta es en sí misma parte del ejercicio espiritual y de la experiencia de desierto, como hemos visto en los textos anteriores.

 

La intimidad con Dios busca su expresión en una amplísima gama de registros oracionales. El libro de los Salmos, tan presente en la oración litúrgica, nos ofrece numerosos ejemplos vivos de ello. En los salmos encontramos expresados los distintos estados de nuestro espíritu, a través de oraciones en las que referimos tales estados de ánimo a Dios: alegrías y afanes, frustraciones y penas, dolor y angustia, limitaciones y pecados, nuestro deseo de conversión y de ser totalmente renovados, nuestra más profunda acción de gracias por todo lo recibido y nuestra petición confiada en la necesidad. Todo ello, en el fondo, nos conduce a experimentar y proclamar nuestro encuentro con Dios y la confianza plena en El. El Salmo 23 nos invita a hacerlo:

 

El Señor es mi pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

 

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,

por el honor de su nombre.

 

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan.

 

Preparas una mesa ante mí,

enfrente de mis enemigos;

me unges la cabeza con perfume,

y mi copa rebosa.

 

Tu bondad y tu misericordia me acompañan

todos los días de mi vida,

y habitaré en la casa del Señor

por años sin término.

 

Esta emocionada confesión, nacida de la alegría y la paz de un corazón que ha conocido a Dios, forma parte insustituible de la oración litúrgica de la Iglesia. Nunca podrá ser repetida suficientemente y siempre suscitará en nosotros un anhelo de identificarnos con ella. Está escrita de la única forma posible: desde la experiencia viva de que nada nos hace falta si tenemos a Dios y el alimento de su gracia y amor infinitos; una experiencia que va cobrando fuerza a medida que nos dejamos transformar por el Espíritu, buscando la sabiduría, inclinando nuestro oído hacia la Palabra hecha carne en Jesús y manteniéndonos firmes en su seguimiento.

 

El salmista sabe que debemos reparar nuestras fuerzas en el camino de la vida, pero sabe también que no todas las praderas ni fuentes son iguales. Las hay que, además de no satisfacernos, marchitan nuestra existencia y nos vuelven apáticos, indiferentes, egoístas, insatisfechos y desasosegados. Las praderas del Señor, por contra, nos rejuvenecen con su verdor y sus fuentes nos serenan con su tranquilidad. Esas praderas y fuentes no son otras que su Palabra viva, su gracia amorosa y providente, y sus sendas rectas. Jesús, en su conciencia de unión total con Dios, encarna esas praderas y fuentes cuando nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

 

La vida nos hace pasar por momentos difíciles y oscuros, incluso de desierto radical. Cuando, forjado nuestro espíritu en la búsqueda continua de Dios y en la prueba de su ocultamiento doloroso, podemos exclamar con Job “sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos”, entonces cobra sentido y descubrimos la verdad profunda de lo que nos dice el salmo: Dios está siempre con nosotros y sentimos que su vara y su cayado nos abren el camino y nos sirven de apoyo firme.

 

Así, por paradójico que nos resulte, nos damos cuenta, con Job y sobre todo con Jesús, que es en la oscuridad de la vida y en el ocultamiento de su sentido donde, de una forma especial y única, se alumbra la luz de la gracia de Dios y se manifiestan su gloria y verdad eternas. Llegados a esta “luminosa oscuridad”, descubrimos que la vida es un don único, fruto de un amor infinito. El salmista lo sabe por experiencia propia y lo expresa de una manera poética y simbólica: toda la vida es un banquete de gracia. Es Dios quien prepara esta mesa viva contra la que nada pueden los enemigos; es El quien nos unge con el perfume de su elección al llamarnos a la vida; El quien nos llena hasta rebosar la copa de nuestra fe, esperanza y caridad.

 

La explicitación de todo ello la encontramos en la estrofa final: Dios es bondad y amor en sí y hacia nosotros, sus criaturas, a quienes acompaña hasta el final de nuestras vidas y por siempre. De ahí que el canto finalice proclamando la esperanza de que viviremos en Dios por siempre. ¿Nos parece que esta hermosa confesión de fe y confianza nacida del encuentro con Dios es demasiado bella para nosotros? Tal vez tengamos razones para sentirlo así. Tal vez buscamos vivir un Evangelio a nuestra manera; o tal vez lo entendemos en los términos de nuestros propios ideales de justicia. Sin embargo, nada de ello nos satisfará. Para vivir el Evangelio en plenitud hay que experimentar la bondad y el amor de un Dios que nos ha llamado a la vida, tomándonos en sus manos para siempre.

 

En último término, el reconocimiento de Dios en lo más íntimo de nuestro ser y nuestra intimidad con El en el silencio y en la oración nos conducen, más allá de nosotros mismos, al descubrimiento del Dios único y verdadero, cuya gloria eterna alabamos y proclamamos. Hagámoslo con el Salmo 150:

 

¡Aleluya!

 

Alabad a Dios en su santuario,

alabadlo en su poderoso firmamento,

alabadlo por sus grandes hazañas,

alabadlo por su inmensa grandeza.

 

Alabadlo con el toque de cuerno,

alabadlo con arpa y con cítara,

alabadlo con tambores y danzas,

alabadlo con cuerdas y flautas,

alabadlo con címbalos sonoros,

alabadlo con címbalos y aclamaciones.

 

¡Todo cuanto respira alabe a Yahvé!

 

¡Aleluya!

 

La primera estrofa proclama la grandeza de Dios y su amor creador y providente a través de las figuras del santuario y del firmamento, y haciendo referencia a sus hazañas. La segunda usa el recurso de los distintos instrumentos musicales para significar que la alabanza está más allá de toda posibilidad de expresión y nos envuelve totalmente. De ahí que el salmista quiera expresar ese mismo sentimiento invitando a que todo lo creado se una al himno de alabanza a la gloria de Dios

La alabanza se abre y se cierra con el un ¡Aleluya! que es expresión irreprimible de nuestra experiencia de la gloria de Dios. Esta experiencia pertenece al corazón mismo de la relación de Jesús con el Padre, tal como se nos relata en el Evangelio de San Juan, y nos va envolviendo a medida que avanzamos en el itinerario espiritual de vivir el Evangelio como discípulos guiados por el Espíritu. Es esa gloria la que ansían ver nuestros ojos, en ese anhelado cara a cara con Dios que ha sacudido e inspirado a los místicos. No se trata ya de nuestro encuentro con Dios, sino que el centro se desplaza totalmente al propio Dios y a su gloria, que deseamos contemplar.

 

VII. CONCLUSIÓN: LA VIDA HEROICA HACIA LA PERFECCIÓN COMO POSIBILIDAD Y NECESIDAD HOY

Cada uno de nosotros hemos recibido un tesoro precioso: el amor de Dios, corazón de nuestras propias vidas. Lo conocemos directa, aunque no patentemente, porque habita en nosotros. El Evangelio de Jesús nos lo manifiesta en plenitud, porque en el Hijo, como nos dice San Juan, “hemos conocido la gloria eterna del Padre”. La comunidad cristiana y cada uno de nosotros en su seno somos portadores de este tesoro para nosotros y para el mundo. Aunque, tal como leemos en San Pablo, lo llevamos “en vasijas de barro”, el propio apóstol nos da la razón de que sea así: “para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros”.

Esta es la buena noticia. Vivirla como tal, personal y comunitariamente, buscando la perfección, haciéndola carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, iluminará y transformará nuestras vidas. Y, por la fuerza del Espíritu, irradiará y vivificará nuestra sociedad y nuestro mundo, haciendo así más fácil y clara la presencia del Reino entre nosotros. ¿Quién puede dudar de la bondad, necesidad e incluso urgencia de ello?

 

Abrazar la vida evangélica es una invitación amorosa de Jesús a seguirle bajo la guía y la asistencia del Espíritu, en cuyas manos nos hemos de poner con total confianza. Esto supone traspasar el umbral de nuestros propios moldes, miras e intereses y dar el salto de permitir que el Espíritu pilote nuestras vidas, abriéndolas a una experiencia fascinante y plenamente liberadora. Tras el umbral, hallaremos “el tesoro del cielo”, que no es otro que el amor infinito de Dios.

 

Las transformaciones culturales operadas nos afectan hondamente, tanto personal como eclesialmente, e impiden que podamos vivir el Evangelio del modo como lo hacíamos en épocas anteriores. Hemos de cobrar clara conciencia de ello. Vivir hoy el Evangelio en todas las circunstancias de nuestra vida nos exige decisión, discernimiento, contraste, apoyo y encuentro directo con Dios en el desierto de nuestro ser, esto es, aceptar la invitación a la vida heroica de la perfección. ¿Podemos hacerlo? Ciertamente, e incluso más que antes, cuando pensábamos que remábamos a favor de la corriente, porque Dios no se manifiesta en nuestra fuerza, sino en nuestra debilidad.

 

No estamos ni solos ni mucho menos abandonados en esta apasionante forma de vida. La rica tradición que nos ha sido legada está llena de héroes y heroínas que la han abrazado antes que nosotros, abriendo inmensos surcos en una tierra buena, en la que la semilla de Dios ha dado frutos abundantes. No sólo son un recuerdo o un ejemplo que se extiende hasta nuestros días, sino que su entrega nos da fuerza y alimenta nuestra generosidad, por medio del Espíritu.

 

Estamos acompañados por Abraham, Moisés, David, Isaías, Judith, Ruth, Ester, Job, Daniel y la madre de los siete hermanos Macabeos. Ni el Faraón, ni Goliat, ni los ídolos, ni Holofernes, ni Darío, ni Antíoco, ni ninguno de los poderes de la historia pudieron vencerles. Nos ayudan a ser fuertes María y las santas mujeres del Evangelio, quienes acompañaron a Jesús hasta el fracaso de la cruz, lo reconocieron como resucitado y lo anunciaron “a los once y a todos los demás”. Nos apoyamos en la firmeza del fundamento apostólico: el de San Pedro y los demás apóstoles, quienes, llenos del Espíritu Santo, desafiaron a los poderes de su tiempo por ser fieles al Dios de Jesús, hasta dejar su vida en el empeño. Nos empuja a evangelizar nuestra cultura el irresistible celo apostólico de San Pablo, quien anunció la Buena Noticia a los gentiles, soportando denuncias y acusaciones, orgulloso de gastar su vida hasta alcanzar la meta definitiva. Nos animan, por fin, todos los santos y santas de Dios, como san Prudencio, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Valentín de Berriotxoa y Santa María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, suscitados de entre nosotros por el Espíritu, para entregarse por entero a vivir y comunicar el Evangelio.

 

Sobre todos estos héroes y heroínas sobresale una presencia única, humilde, pequeña y frágil, señalándonos con su arrojo y con su vida el camino a seguir para que la fuerza liberadora de Dios y de su buena noticia nos habite: una joven de Nazaret que, a la vez anonadada y llena del Espíritu, da su sí a que se haga en ella la voluntad de Dios. Revisitar su historia es fuente de inspiración y de fortaleza para hacer lo mismo hoy:

 

Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:

– Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo:

– No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Y María dijo al ángel:

– ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?

El ángel le contestó:

– El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.

Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.

María contestó:

– Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra.

Y la dejó el ángel.

(Evangelio de San Lucas, capítulo 1, versículos 26-38)

 

El inicio del relato nos presenta a los personajes y sus circunstancias. El centro lo ocupan el ángel Gabriel, enviado de Dios, y María, una virgen de Nazaret de Galilea, desposada con José, de la casa de David. A continuación se nos narra que el ángel entra para hacer el anuncio a María, esto es, entra irrumpiendo de pronto en la vida de María, turbándola profundamente con su presencia y su saludo, cuyo significado se le escapaba a la Virgen. Varias veces a lo largo de su vida tuvo que sufrir María la misma experiencia de perplejidad y turbación, aprendiendo, poco a poco, a guardar y meditar todas esas experiencias en su corazón. ¿No se turba nuestro espíritu cada vez que el ángel del Señor entra irrumpiendo en nuestras vidas, invitándonos a que las trastoquemos para que el amor de Dios habite plenamente en nosotros?

 

El anuncio del ángel, lejos de despejar las dudas de María, aumenta si cabe sus temores y su perplejidad: concebir y dar a luz un hijo sin conocer varón no sólo le parecía imposible, sino que despertaba sus miedos por la dificultad de explicar semejante situación tanto a José, con quien estaba desposada, como a su entorno. Ella se temía el repudio, temor no infundado como nos lo relata en otro pasaje el mismo Evangelio de San Lucas. Hay dos razones que mueven a María al sí: que es Dios quien se lo pide y que, como le dice el ángel, “para Dios nada hay imposible.”

 

La respuesta de María cambia no sólo su historia personal, sino la nuestra y la Historia con mayúsculas. No es un simple recuerdo, sino una respuesta eficaz también hoy, que se requiere de cada uno de nosotros y de toda la Iglesia: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra.”

 

La presencia de María en los relatos evangélicos desaparece casi del todo en la vida pública de Jesús. Sin embargo, el Evangelio de San Juan nos relata dos presencias suyas muy significativas: como acicate del inicio de la vida pública de su hijo Jesús, en Caná de Galilea, señalando a los sirvientes que hagan lo que Jesús les ordene, y a los pies de la cruz. La tradición ha visto desde siempre en esos dos momentos cruciales a la Iglesia representada por María: indicando a Jesús como el Maestro a seguir, mostrando su obediencia plena a El y reconociendo la gloria de Dios a los pies de su cruz.

 

Esa virgen frágil y turbada, se sintió plenamente liberada por su sí definitivo, estallando su alegría en el más bello himno de los evangelios. También nosotros estamos invitados por el ángel, como personas y como Iglesia, a ponernos plenamente en manos del Espíritu, para dar nuestro sí definitivo al vivir y comunicar el Evangelio hoy, uniéndonos a la alegría desbordante de María:

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

(Evangelio de san Lucas, capítulo 1, versículos 46-55)

 

 

 

Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria

21 de febrero de 2007, Miércoles de Ceniza

 

 

+ Fernando, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

+ Ricardo, Obispo de Bilbao

+ Juan María, Obispo de San Sebastián

+ Miguel, Obispo de Vitoria

+ Carmelo, Obispo Auxiliar de Bilbao