Anunciar la verdad de la vida

Nos causa asombro ver con qué pasión se entregó Francisco de Javier a la misión de anunciar la doctrina de Jesús. Antes de ir a la India, y aun antes de ser ordenado sacerdote, desde que sale de París hacia Roma, Francisco dedica lo mejor de su tiempo a atender a los enfermos y a enseñar el catecismo cristiano a los niños y a cuantos querían escucharle.

Una vez en la India, el P. Francisco se desvive para explicar los artículos del Credo de los Apóstoles y los mandamientos de la ley santa de Dios a los indígenas, a la vez que les invitaba a rezar con él el Padrenuestro y el Avemaría.

Con otras palabras, San Francisco les hacía saber que los hombres podemos contar con el amor de un Dios bueno, un Dios que es nuestro Padre, Creador del mundo y Salvador de los hombres, por la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo nuestro Señor.

Los santos perciben mucho mejor que nosotros los bienes que recibimos cuando llegamos al conocimiento y a la aceptación de Dios, tal como nos lo ha revelado Jesucristo. Jesús nos habla de lo que sabe, de lo que vive en el fondo de su corazón. El es el Hijo amado de Dios y en su corazón humano se siente querido, habitado por el amor del Padre que le comunica la plenitud de su vida. A este gran amor del Padre, El responde con un amor de Hijo, un amor que es paz, obediencia, fortaleza, felicidad.

Esta experiencia profunda del alma de Jesús es la sustancia misma de su humanidad, el Principio y la Raíz de una manera nueva de ser hombre y de vivir en el mundo. Por eso Jesús quiere que nosotros vivamos como El, seguros del amor paternal de Dios y centrados en la respuesta de amor filial como origen y consistencia de nuestra libertad de hombres. Gracias al testimonio y a la experiencia de Jesús, los cristianos hemos podido llegar a esta expresión sorprendente y clarificadora: “Dios es amor”.

El Papa Benedicto XVI nos ha invitado a los cristianos a llevar a nuestros conciudadanos esta gran noticia que resume la revelación, la vida y el mensaje de Jesús: Dios es Amor, Dios es Amor infinito, operante y vivificador, misericordioso y glorificador. Adorar a un Dios conocido como Amor, lleva consigo reconocer el amor y la bondad de Dios como justificación última de nuestra existencia y razón de nuestra esperanza eterna, tratar de vivir en el amor como valor supremo y como norma universal de comportamiento en nuestra vida.

Ayudar a nuestros amigos a conocer a Jesús, ayudarles a aceptar lo que Jesús nos enseñó sobre la bondad de Dios nuestro Padre, es facilitarles el camino para este gran descubrimiento que ilumina la vida y la centra definitivamente como una aventura hermosa, posible, iluminada, inundada de gozo por la fidelidad del amor de Dios que nos sostiene en un camino de esperanza.

Verlo así, vivirlo así, con expresiones más o menos modernas, llena, en primer lugar, de gozo nuestro corazón, nos llena de gratitud y nos mueve a vivir con entusiasmo la verdad profunda de nuestra fe y las mil manifestaciones prácticas del amor de Dios que crece también en nuestros corazones. Sentirse querido por Dios y tratar de querer a los demás en su nombre, nos llena de paz, nos hace fuertes y generosos, nos llena de esperanza y de felicidad. Así nos libera de la seducción del mal, de los falsos paraísos de felicidad que nos decepcionan y nos destruyen.

Esta experiencia hace que surja en nosotros el deseo eficaz de comunicar a los demás este conocimiento que ha cambiado nuestra vida. Hoy San Francisco gastaría su vida para decirles a sus paisanos en todos los tonos posibles que ese amor y esa felicidad que buscan están en el Dios de Jesús, nos vienen de El y lo alcanzamos cuando ponemos a este Dios vivo en el centro de nuestro corazón, amándole sobre todas las cosas, adorándole de corazón y cumpliendo su voluntad en todas nuestras actuaciones.

No es difícil comprender estas cosas. Basta pararse un poco, basta intentar aclararse interiormente tratando de escuchar la voz de nuestro corazón, dejar que Dios se acerque y nos ilumine. Si lo hacéis así, os sentiréis diferentes, como si nacierais de nuevo, vuestra vida tendrá un nuevo esplendor y a lo mejor sentís la llamada y el deseo de dejar otras ocupaciones y dedicar la vida entera a difundir esta Noticia por el mundo, como San Francisco de Javier.

 

+ Fernando Sebastián Aguilar,

Arzopispo de Pamplona y Obispo de Tudela