Fe y justificación

Recientemente, el Papa, en una de sus catequesis sobre San Pablo, se ha ocupado del tema de la justificación. Lo presenta de una manera muy personal y muy directa. La discusión teológica sobre la justificación trata de responder a esta pregunta capital ¿Cómo puedo yo llegar a ser justo delante de Dios? Esta fue la gran preocupación de Lutero. Y ésta fue también su principal discrepancia con la doctrina católica. Leyendo la carta de San Pablo a los romanos, Lutero llegaba a la conclusión de que lo que nos hace justos ante Dios es la fe y sólo la fe. La fe sin las obras, la pura confianza en la bondad de Dios que nos salva porque quiere, sin necesidad de que hagamos obras buenas, que no valen para nada, ni siquiera de que evitemos los pecados, que tampoco cuentan para nada porque están todos perdonados de antemano por la muerte de N. S. Jesucristo. Ésta es también la principal diferencia que hay hoy entre cristianos católicos y cristianos protestantes. Además de otras también importantes. Contra esta doctrina de Lutero, el Concilio de Trento, tratando de ajustarse a las enseñanzas de San Pablo y de todo el Nuevo Testamento, dejó definido que la justificación nos viene, ciertamente por la fe, pero también, y sobre todo, por la caridad y por las buenas obras: “Porque la fe, si no se le añade la esperanza y la caridad, ni nos une realmente a Cristo ni nos hace justos”.

Algunos se han podido sorprender de que ahora el Papa haya dicho que la expresión de Lutero “Dios nos justifica por la fe en Cristo”, si se entiende bien, es verdadera. El Papa dice, la fórmula de Lutero “sola fide” es cierta si no se opone la fe a la caridad. El Papa sabe muy bien lo que dice. No hay en ello ninguna contradicción. Tiene una explicación muy sencilla y muy oportuna. Primero, no se puede negar que San Pablo dice y repite muchas veces que la fe en Cristo nos justifica de nuestros pecados y nos trae la salvación. Pero esto no quiere decir que Lutero tenga razón. Por una razón muy sencilla. En tiempos de Lutero, los teólogos, el propio Lutero y los Padres de Trento, entendían la fe como una virtud teologal, distinta de la esperanza y de la caridad. La fe, así entendida, sin caridad, sin arrepentimiento, sin conversión del corazón, no justifica, no nos salva. Por eso los Padres de Trento dicen, en su lenguaje y entendiendo la fe a la manera de los teólogos del tiempo, que para alcanzar la justificación, hace falta la fe, por supuesto, pero no basta la fe sola, sino que tiene que ser una fe con esperanza y con caridad. Y eso es precisamente lo mismo que dice San Pablo, porque cuando él dice que la fe sí nos salva, no está hablando de una fe solamente intelectual -“creer lo que no se ve”-, sino de una fe que es una adhesión personal y amorosa a la persona de Cristo reconociéndole como Hijo de Dios Salvador, es decir una fe en Cristo que incluye la esperanza y la caridad, una fe que es amor y nos hace actuar santamente por amor. “Me amó y se entregó por mí”.

En el cap. 3º de la carta a los filipenses se ve muy bien cómo entiende y cómo vive Pablo su fe en Jesucristo. Para él el conocimiento y la unión con Jesús es lo más importante, todas las demás cosas le parecen basura, todo lo ha dejado para acercarse a Jesús y unirse a El, en sus padecimientos y en su vida santa, se siente dominado, habitado y dirigido por Jesús, y gracias a esta fe en Jesús, que le lleva a El y le hace abrazarse a El, espera recibir la justicia y la salvación que nos viene de Dios por medio de su Hijo Jesucristo. En otro lugar dice que por el hecho de creer en Jesús, él ya no vive por su cuenta sino que es Jesucristo quien vive en él y dirige toda su vida (Cf Gal 2, 19 y 20). Esta es la fe que salva. Pero ésta no era la fe de la que hablaba Lutero. Esa es la diferencia.

Con lo cual queda claro que muchas veces nosotros nos liamos queriendo ser demasiado listos y confiando demasiado en nuestras teorías. El recurso humilde y religioso a la palabra de Dios, leída e interpretada en comunión con la tradición viva de la Iglesia, vale más que todas las sabidurías y es el verdadero camino para recuperar la unidad de los cristianos. Sin duda èsta es la intención que late bajo las sabias palabras del Papa. Las dijo como de paso, pero con mucha intención.