ILUMINADOS POR EL SEÑOR RESUCITADO 13-04-2008

La fe es una luz particular que regala Dios y quien cree se ve envuelto por una presencia viva que es Jesucristo Resucitado. Las mejores experiencias que se hacen de la fe se desarrollan desde la niñez a la juventud, posteriormente se va madurando y consolidando en el encuentro con el mejor Amigo. La amistad que tuve con Jesucristo cuando era niño nunca lo podré olvidar y ésta aumentó el día de mi primera comunión porque dentro de mí nació una amistad mucho más fuerte que la que tenía con cualquier otro. Era algo excepcional que poco a poco se hizo tan cercano que le podía tocar. “Quien cree en Cristo, toca a Cristo” decía San Agustín. Me es tan necesaria esta amistad que no podría vivir sin ella.

La fe no es un desarrollo intelectual sobre ciertas afirmaciones que vienen dadas en el Evangelio o en las Enseñanzas de la Iglesia; creer es una cercanía y una relación íntima con el Dios que nos ha manifestado Jesucristo. Así comprendí después todo el Credo que es la columna vertebral de nuestra fe. Con Jesús el Padre se me hacía más familiar y el Espíritu Santo lo sentía como un Fuego que me abrasaba por dentro con el amor. La fe no es algo frío y distante, es una experiencia muy familiar. De tal forma que cuando hago la señal de la Cruz me siento muy abrazado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y ahora comprendo a los santos que pusieron toda su mente y experiencia humana al calor de esta familia Trinitaria. Su embeleso era siempre el estilo de su contemplación. Contemplar no es una manifestación extraña sino la felicidad de sentirse uno amado por Dios.

La fe es un encuentro con la Palabra de Dios. San Juan Crisóstomo contaba que hombres y mujeres del pueblo fiel llevaban, atado al cuello, un pequeño libro de los Evangelios de tal forma que siempre lo tenían consigo. Era tal la importancia que se daba a la Palabra de Dios que no se podía prescindir de ella. Y San Jerónimo, gran conocedor de la Sagrada Escritura, decía que San Antonio en el desierto, con la lectura asidua y con prolongada meditación, había hecho de su corazón la biblioteca de Cristo. Un cristiano auténtico y apasionado por la fe en Cristo debe poner en el centro de su actuar la voz de Dios y su Palabra puesto que ésta es “viva y eficaz” (Hb 4,12). Una fe viva se vitaliza leyendo, meditando y practicando la Sagrada Escritura y esto será el carta de identidad del cristiano.

La fe me lleva a creer en la Iglesia que contiene todos los tesoros que me acercan a Dios y son los sacramentos. La Iglesia es el lugar donde Dios habita y donde se me manifiesta lo que será la eterna amistad con él sellada y pagada por la Resurrección de Cristo. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica. En ella, como en el seno de una madre, nos vamos configurando para posteriormente participar de la gloria y santidad de Dios. Por esta fe apuesto y por ella me entrego para testificar que la mayor suerte que he recibido es este gran don. Nada es comparable a la fe puesto que en ella encuentro mi auténtica libertad y felicidad. Como una luz que me hace caminar en medio de las tinieblas, así es la fe que Dios me ha regalado. Por ello doy gracias y nunca me cansaré de alabar al Dios que ha tenido tanta bondad conmigo y con los demás.