LA SANTIDAD DIGNIFICA Y HUMANIZA 02-11-2008

Al hablar de la santidad generalmente me suelen decir que ese modo de vida está hecho para pocas personas y es algo inalcanzable para el común de la gente. En la mentalidad de mucha persona existe este modo de pensar y huyen ante las propuestas que vienen dadas a la hora de presentárseles. Me parece normal que uno se ponga de guardia ante semejante proposición pero lo que es cierto y así nos lo propone la Iglesia es que “todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (LG 40). Todo un capítulo V de la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II está dedicado a la “vocación universal a la santidad en la Iglesia”. Nunca la Iglesia había dedicado un texto tan profundo y extenso a este tema.

              La santidad no es cosa de pocos y menos de personas selectas, la santidad es patrimonio de todos pues nadie está excluido. Todo el género humano es candidato a la santidad. “Se ha de evitar la tentación de presentar el estado religioso como una suerte de aristocracia de la santidad y al seglar como un cristiano de segunda clase” (G. Philips). La santidad no es inalcanzable. El mismo San Pablo amonesta a que “vivan como conviene a los santos” (Ef 5,3), y que “como elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12) y produzcan los frutos del espíritu para santificación de todos. Pero como tropezamos en muchas cosas, tenemos continua necesidad de la misericordia de Dios y hemos de pedir todos los días: “Perdónanos nuestros pecados” (Mt 6,12).

              La santidad no contradice a la experiencia humana sino que la dignifica y humaniza. La razón es muy sencilla y se basa en el dicho latino: “bonum est diffusivum sui”, el bien se difunde por sí mismo. Lo bueno, lo bello y lo inmenso se hace presente en esta experiencia de santidad. Los santos han mostrado el rostro de Dios que es bueno y justo, han brillado con la belleza de la gracia y han tenido un corazón abierto a todos. En ellos se ha podido comprobar que nada de lo humano les era ajeno o extraño, al contrario se han dedicado hasta dar la vida si era necesario por una causa justa. Han vivido en la bienaventuranza de la alegría porque su vida tenía un único fin: Amar como Cristo nos ama.

              La santidad es propia de la vocación cristiana, el modelo ideal del ser persona en cuanto es capaz de llegar a ser plenamente discípulo de Jesucristo, seguidor suyo, configurado desde el bautismo con él e identificado personalmente con cuanto él significa y representa. Y para esto todos estamos llamados desde la vocación concreta: religiosa, matrimonial, sacerdotal. Nadie está excluido de la santidad porque Dios nos ama por igual a todos. El día dedicado a TODOS LOS SANTOS roguemos a Jesucristo que nos configure de tal forma que vivamos su misma experiencia de caridad y amor a fin de llegar a ser santos.