LA FELICIDAD ¿ES POSIBLE? 20-09-2009

           Todos tenemos ansias y deseos de ser felices y no siempre encontramos la felicidad porque la buscamos en fuentes que no la dan. Hace poco me encontré con un joven que tenía el rostro desfigurado y entristecido y le pregunté si era feliz. Él me respondió que no lo era. Toda la semana había buscado ser feliz y nada ni nadie colmaba el deseo de felicidad que ansiaba. Le propuse que meditara en aquello que dice Jesucristo al ‘joven rico’: “Si quieres ser feliz, deja todo lo que tienes, ven y sígueme”. Para Cristo sólo hay un deseo y es el de que seamos felices. San Agustín buscaba ser feliz y un día encontró la fuente de esta felicidad: ¿Cómo es, Señor, que yo te busque? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti” (Conf. 10,2029).

          Sólo Dios sacia aquello que buscamos. Es una afirmación que no tiene cobertura informativa tal y como se mueven en este tiempo ciertos modos de vivir materialistas, pero tiene cobertura existencial puesto que la realidad va más allá de las simples afirmaciones vacías de significado y llenas de mucho engaño. Con voz alta lo digo, lo creo y lo intento vivir con todas mis fuerzas; la felicidad auténtica viene de Dios y no del montaje efímero de nuestros ídolos aunque sean los más nobles que puedan darse en la naturaleza y en nuestra vida. Dios es el único que no muere, lo demás fenece y pronto. Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada.

         Dios nos llama a su propia bienaventuranza que es la dicha sin fin. El Catecismo de la Iglesia católica (nº 1723) afirma que si queremos vivir felices hemos de optar por actos y actitudes morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

         Como decía el Cardenal Newman: el dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad. Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días y la notoriedad es otro. La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo, lo que podría llamarse una fama de prensa, ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración. Es tan inconsistente este modo de proceder que al final de la jornada uno se encuentra consigo mismo y esto le lleva o a una  fantasmagórica experiencia que sólo produce tristeza y malestar o a una razón de vivir que le pone en la clave de lo único que vale y es total plenitud. La felicidad es posible si se basa en Dios que es su fuente.