VISITAR Y CUIDAR A LOS ENFERMOS 04-10-2009

           Muchas veces nos hemos acercado a consolar enfermos o bien porque eran miembros de nuestra familia o bien porque eran amigos y siempre nos han embargado los mismos sentimientos: la compasión y la impotencia. No son momentos para decir muchas cosas y menos para dar ‘recetas fáciles’ que entrañan grandes dosis de mentira. La enfermedad es una realidad propia de nuestra limitación y por mucho que queramos endulzarla de buenos deseos y propósitos, siempre nos preguntamos lo mismo: ¿Por qué me ha sucedido? ¿Dónde está el amor de Dios que permite estos angustiosos dolores o estos amargos sufrimientos? ¿Qué he hecho yo para que me suceda tal desgracia? Son las preguntas del que se halla sin fuerzas y sin posibilidad de poderse regir por sí mismo.

            La enfermedad es lo que más cuestiona al hombre. La salud es lo más preciado en la vida humana. Pero ocurre que todos, de una forma u otra, vemos quebrantada la salud en alguna ocasión, otros la llevan consigo toda la vida y otros se ven sorprendidos por la enfermedad que les anuncia la muerte inminente. Nadie puede evadirse de tal realidad. Quien visita y cuida a los enfermos lleva un bálsamo especial. El enfermo lo que más aprecia es el cariño y la cercanía del calor humano. Esto es importante y necesario pero incompleto porque hay fibras del espíritu, en nuestro interior, que reclaman algo que va más allá de la naturaleza dañada.

            A la enfermedad debemos darla su propia importancia y al mismo tiempo enmarcarla en su auténtico lugar. Para el creyente en Cristo le ayuda a contemplar el rostro del Crucificado que se hace presente misteriosamente en su frágil condición. La enfermedad desde él adquiere una nueva visión puesto que Jesús lo asocia a su vida pobre y humilde. San Pablo lo entendió muy bien: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Con este estilo, de aceptar la enfermedad, se adquiere una nueva visión.

             La Iglesia ha recibido el mandato de Cristo de “sanar a los enfermos” y esta tarea intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la que los que acompaña. La Iglesia cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, alimento que nos da la vida eterna que es la salud total de nuestras vidas. Hay enfermos que tienen ‘salud’ y sanos que están ‘enfermos’ porque no todo lo da la ‘salud corporal’ a la que muchas veces idolatramos. De ahí la importancia que adquiere en el enfermo la experiencia de la fe. Con este espíritu hemos de acercarnos para visitar y para cuidar a aquellos que están bajo la limitación de la enfermedad y más aún descubriremos en ellos la presencia de Cristo: “estaba enfermo y me fuiste a visitar”.