MARÍA, ESPERANZA PARA EL MUNDO 22-11-2009

           Tengo el recuerdo agradable cuando, en Roma, el Papa Juan Pablo II al hacer la consagración a la Virgen María el día 8 de Octubre del año 2000, la pedía que nos librara en el umbral del nuevo milenio de caer a la humanidad en reducir el mundo en un cúmulo de escombros. Y sin duda que hay momentos en los que a uno le entra la tentación de la desesperanza al ver ciertos males que acosan nuestra sociedad. Basta pensar en los que sufren y son atormentados por la enfermedad del sida, de los que pretenden cambiar la sociedad con el salvaje terrorismo, de las intrigas que tanto daño hacen como son los grupos que se asocian a las sectas promovidas por el maligno, los que promueven el ganar cada vez más y materialmente aún a costa de la muerte de inocentes o considerar normal que el aborto sea un derecho y no un delito. Son abundantes las miserias humanas que presagian males irreversibles si no se ponen remedios con urgencia.

           Tales remedios han de solventarse no sólo poniendo la buena voluntad sino propiciando que el corazón del ser humano se temple en el fuego abrasador de la fe en Dios que hace posible la conversión. Los males de nuestra sociedad son fruto del “corazón de piedra” que está albergado en nuestro interior y sólo puede ser transformado en bien si este mismo corazón se convierte en un “corazón de carne” e impulsado y enardecido por el amor más sublime que está enraizado en Dios. María, la Virgen, es importante en el recorrido de nuestra vida. Ella nos conoce y nos atiende con su amor de Madre. De ahí que el Papa Juan Pablo II invitara durante aquel año a mantener una cercanía sencilla y sincera con ella.

            La oración del rosario que ha sido un punto de encuentro en las familias ha sostenido y sostiene, en muchos momentos, la unidad familiar, el perdón entre hermanos e hijos con sus padres, ha llenado y sigue llenando el corazón de esperanza que va más allá de las dificultades que encontramos en el camino de nuestra existencia, ha aliviado y alivia nuestras vidas atormentadas por los avatares contrapuestos de una sociedad a veces atrapada por intereses e intrigas. María es nuestra Madre y nunca deja en la estacada a sus hijos. Comprendo que todos acudamos a sus fiestas y que a ella recurramos como abogada, maestra y esperanza de los que nos encontramos recorriendo los caminos de la vida.

            Dentro de pocos días celebraremos a la Virgen Inmaculada y ella nos enseña a poner nuestra mirada en el Salvador del género humano, su Hijo Jesucristo. Ruego a todos los diocesanos que mantengamos viva la devoción a María y que durante el tiempo de adviento, a pocos días del inicio, recemos a la Virgen por la paz del mundo, por la fraterna armonía que ha de reinar entre todos, por la fidelidad de las vocaciones tanto matrimoniales como consagradas y por el respeto a la vida desde los inicios hasta el final. La oración no es una pérdida de tiempo sino todo lo contrario es un momento de amigable encuentro con Dios que pone a punto nuestras vidas, ajusta nuestras conciencias y fortalece la voluntad para realizar el bien y desechar el mal. En María apoyaremos nuestra esperanza y la rogaremos para que el mundo no se convierta en un “cúmulo de escombros”.