LA UNIDAD, PLANTA DELICADA 17-01-2010

              Durante esta semana y la próxima hasta el día 25 los cristianos nos sentimos especialmente unidos por la oración común al constatar que, aunque todavía estamos separados en la comunidad de la Iglesia, necesitamos la unidad que Cristo pidió al Padre para sus discípulos. Una familia que no está unida pierde la alegría y con dolor manifiesta el deseo de unirse cuánto antes. A todos nos interesa que la familia cristiana bajo tantas denominaciones viva en este clima de unidad y de convivencia. Las rupturas de siglos se van uniendo un poco más. ¡Ojalá que llegue cuánto antes y se restablezca la unidad entre todos! Sería el mejor testimonio y la mejor ofrenda para una sociedad que se debate entre luchas, guerras y escisiones a todos los niveles.

               La unidad fortalece la vida humana y cristiana puesto que las empresas aún las más arduas se fraguan en las labores que conjuntamente se hayan desarrollado. Si no hubiera labor de equipo los fines no se consiguen. El individualismo y la vida solitaria nunca son buenos consejeros. Dios nos ha creado para vivir en compañía los unos con los otros y ayudarnos como hermanos. San Agustín decía que “en una buena orquesta hay muchos instrumentos diferentes. Pero todos ellos están tan cuidadosamente afinados y entonados que la audiencia oye sólo una melodía. Éste ha de ser nuestro ideal: ser una orquesta para el Señor” (In ps. 150, 7).

                Durante esta semana de oración por la unidad hemos de poner un empeño mayor para recuperar y restaurar, aunque sea a pequeña escala, las divisiones o rupturas que se han podido producir en nuestra vida. La unidad siempre ha sido una planta delicada. Crece junto a la corriente de agua, pero tiene que resistir frente a tantas  adversidades. El lema escogido para este año está tomado del evangelio de Lucas:” Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24,48).

                  La unidad no puede tomar como única fuente los puros sentimientos porque estos nos traicionan muchas veces, tampoco se puede ir a las fuentes de las simples ideologías porque no concuerdan entre sí y provocan insatisfacciones. La fuente abundante de la unidad está en la entraña de Dios que es la verdad y él es el único que puede realizarla en nosotros.

                  Las divisiones que se han producido a través de la historia son efecto de la dureza del corazón que ha bebido en la tozuda afirmación de lo accidental dejando pasar de largo lo esencial. Solamente desde la caridad se logrará recuperar el tiempo perdido. Dios es la fuente de la vida porque en él sólo hay amor y unidad. Es bueno que todos los cristianos nos pongamos a rezar para que se recupere la comunión perdida. Se van dando pasos muy lentos pero ‘pasos son’. Y no sólo en esta semana, que tiene una significación especial, sino en todas las del año hemos de pedir a Dios para que el ecumenismo se convierta un día en una gozosa vivencia de fraterna unidad consumada y todos estemos en un mismo rebaño y bajo el cayado de un único pastor.