LA PRIMACÍA DE LA GRACIA 21-02-2010

En estos momentos de reflexión y de hondo sentimiento de plegaria y oración, una vez más, la Cuaresma nos invita a poner la mirada en Jesucristo nuestro Salvador. El Papa Juan Pablo II decía que hemos de tener muy presente la “primacía de la gracia” es decir estar a bien con Dios, con los seres humanos y con la creación. Para ello, los cristianos tenemos medios estupendos que no se han de olvidar nunca: la caridad actuante y los sacramentos que la fortalecen. La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con Él, la primacía de la vida interior y de la santidad. Si esto no se respeta no nos hemos de asustar de que las cosas no salgan bien. La frustración más profunda que puede darse en el ser humano nace de la falta de horizonte. El guía y horizonte por excelencia es Jesucristo.

Nos vamos preparando para celebrar la Semana Santa, que es un momento del año de profunda revisión y de renovación cristiana. Asistiremos con fidelidad, asiduidad y devoción a los actos litúrgicos de las parroquias o lugares de culto, para participar convenientemente en los misterios que nos dieron y nos siguen dando la vida verdadera, tratando de tener “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”. No debemos olvidar que la auténtica religiosidad parte de la liturgia y lleva a la liturgia. Tomar parte en la Santa Misa y en la recepción del sacramento de la Penitencia es la base de una verdadera celebración de la Semana Santa y de los actos de devoción que en ella se realicen.

 

En este tiempo preparatorio invito a todos los diocesanos para que os acerquéis a recibir dichos sacramentos que nos unen a Dios y nos unen entre nosotros. Hemos de esforzarnos por todos los medios para afrontar la crisis del ‘sentido del pecado’ que se da en la cultura contemporánea, pero más aún, alentarnos y animarnos para que descubramos a Cristo como “misterio de piedad y compasión”, en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo. Éste es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la Penitencia que, para un cristiano, es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo” (NMI, nº 37).

Nosotros, los sacerdotes, hemos de estar dispuestos y con actitud de verdadero servicio a la digna atención de los fieles.“¡No debemos rendirnos ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor y los sacramentos son lo más precioso: vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la historia” (Ibd., nº 37). La labor del sacerdote que más importancia tiene, además de las obras de misericordia que pueda ejercitar, es el servicio ministerial para la concesión de la “gracia de Dios”. En esto, nadie puede sustituir al sacerdote.

Preparemos bien este momento especial de gracia para que la Cuaresma y la Semana Santa no se conviertan sólo en unos días vacíos de espiritualidad o de unas vacaciones sin contenido. Que la veneración de los pasos de Jesucristo o de la Virgen María, en las procesiones, sean estímulo y fuerza para entrar más a fondo en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo que nos regala su gracia a través de su misericordia en el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con Dios y con los hermanos.