EL GRAN MILAGRO DEL AMOR DE DIOS 28-03-2010

             A medida que vamos caminando en la vida y los años nos apresan, como en una jaula, se buscan los remedios más sofisticados y más escondidos que nos pareceqye  pueden resolver los problemas que nos invaden. Sin embargo dejamos aparcado el lado positivo de la misma vida. Todos queremos que se nos resuelvan los problemas inmediatamente y nos situamos con intransigencia ante Dios porque no nos concede o realiza el “milagro” que le pedimos. Nos sorprenden ciertos milagros por ejemplo que hace Jesucristo, él “resucita a un hombre y todos nos admiramos. Hace nacer a miles de personas todos los días y nadie se percata”( San Agustín, In Joan. 8,1).

             Nos maravillamos de ciertas enfermedades superadas, de los logros inmediatos en la cirugía y de las consecuciones que produce la misma ciencia, pero parece normal que todos los días nos podamos levantar, podamos comer o pasear. “Los milagros de Dios son tan cotidianos que el hombre irreflexivo, a fuerza de darlos por supuestos, acaba creyéndolos vulgares(San Agustín, Serm. 126,4; 242,1). El milagro mayor es lo que se nos concede día a día, en las pequeñas cosas de cada jornada.

              La Semana Santa es un buen momento para reconocer el gran milagro del amor de Dios que se hace presente en el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, evento que traspasa la historia de cada ser humano y la historia de la humanidad. Con este sentido tan profundo, la vida humana adquiere valor específico y nada de lo que al hombre le suceda está falto de rumbo. La renovación que Cristo nos trae hace posible el milagro más excelso que pueda existir y es la del hombre mismo reconocido en sí mismo por lo que es y por lo que significa para Dios.

              No hay regalo mayor en la vida que este “enamorado amor”, puesto que es el único que no tiene fin sino que es prenda segura de eternidad. Lo cotidiano se hace milagroso si contiene la semilla amorosa de la eternidad; se hace tedioso y aburrido si sólo se mira desde la despótica limitación egoísta. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los demás. Es el mensaje de la Semana Santa, que tiene como centro a Jesucristo, quien ofrece su vida por amor a nosotros y así nos levanta de la pesada carga de nuestras frágiles debilidades. Nos hace pasar de la muerte del pecado a la resurrección de la vida y de la gracia.

              Invito a todos los diocesanos a que no dejemos pasar de largo esta Semana Santa. Que asistamos con fidelidad, asiduidad y devoción a los actos litúrgicos de las parroquias o lugares de culto, para participar convenientemente en los misterios que nos dieron y nos siguen dando la vida verdadera, tratando de tener los mismos sentimientos de Jesucristo. El milagro de su presencia viva entre nosotros actúa a través de la caridad operante y de la religiosidad que la hace más viva a través de los sacramentos donde el mismo Cristo se nos ofrece con su entrega y amor.

              Tomemos parte en las celebraciones, de modo especial en las de la Penitencia y la Eucaristía, para que su amor se derrame y desborde en nuestra existencia. Quien no reconoce, ama y adora a Cristo, en los actos propios donde él se nos da, es muy difícil que después lo pueda descubrir en lo cotidiano. Las actitudes y actos de la experiencia de la fe tienen como fuente el encuentro con Jesucristo, de lo contrario nos podemos dejar llevar por nuestros propios deseos y sentimientos que son embadurnados de superficial religiosidad pero no de la fe profunda que es encuentro amoroso con el Dios vivo.