HOMILÍA DE LA PRIMERA JAVIERADA 07-03-2010

1. Moisés caminaba por el desierto, en el ejercicio de su profesión de pastor asalariado de su suegro, cuando un día cambió el rumbo de su andadura, como dice el relato del Éxodo que hemos escuchado, y se dijo: “Voy a acercarme a ver este espectáculo maravilloso”. Era la zarza de ardía sin consumirse. Hoy vuelve a cumplirse la palabra de Dios: vosotros y yo hemos venido a contemplar este espectáculo de la javierada, que es también una llama que no se apaga y que cada año vuelve a reverberar en la mañana del primer domingo de marzo. En la zarza Dios salió al encuentro del que había de ser el pastor de su pueblo y había de conducirlo hasta la tierra de promisión a través de un prolongado éxodo. “¡Moisés!, ¡Moisés!”, le llamó el Señor. Tú y yo escucharemos también que nos llama por nuestro nombre. En el centro de la Cuaresma de este año sacerdotal, la liturgia pone a nuestra consideración este relato de vocación, que fue el inicio de la liberación de los israelitas. Y San Pablo nos recuerda que “todo esto les sucedió como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades”.

2. ¡Que gozoso es hablar de vocación! Estamos en la cuna de San Francisco de Javier, nuestro más insigne misionero, patrono universal de las misiones. También él escuchó la voz del Señor mientras se dedicaba a sus estudios en la Universidad de París: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma”, era la cantinela que San Ignacio le repetía una y otra vez. ¿No es sorprendente que, en la vocación de Moisés, también se repita su nombre? Quizás porque Dios, en su misericordia, tiene con nosotros una paciencia casi infinita, como explicaba Jesús en la preciosa parábola de la higuera, que hemos escuchado: “¡Déjala un año más, a ver si da fruto!”. En la explanada veo que sois jóvenes casi todos, como era Javier, como era Moisés cuando oyó por vez primera su nombre. Y puedo constatar que, contrariamente a lo que muchos piensan, el Evangelio atrae profundamente a los jóvenes; seguramente porque al encontrarnos con el Señor, nos damos cuenta de que, por encima del bienestar efímero y muchas veces engañoso que nos ofrece nuestra sociedad, hay una felicidad verdadera. Al Papa le gusta repetir a los jóvenes: “La felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho a saborear tiene un nombre, un rostro, el de Jesús de Nazaret”. Por mi parte, quiero hacerme eco solemne del lema de esta Javierada e invitaros en el nombre del Señor: “Ven y sígueme, como Francisco de Javier”.

Moisés, que se sintió interpelado, descubrió en primer lugar el nombre de Dios que le llamaba: “Soy el que soy”. Los estudiosos han explicado de muchas maneras el sentido del nombre divino, y llegan a la conclusión de que significa que Él está por encima de las criaturas, que no lo podemos manipular, que es el absoluto, el Otro; y, a la vez, que está en medio de nosotros interviniendo a favor nuestro: Él es el que nos hace ser lo que somos, el que nos da la vida como se la dio a los israelitas sacándolos de la esclavitud de Egipto. Con palabras certeras canta el salmista: “¿Quién como el Señor, nuestro Dios, que se sienta en las alturas, y se abaja para mirar los cielos y la tierra? Él levanta del polvo al indigente, y del estiércol hace subir al mísero” (Salmo 113,5-7). Dios se nos da a conocer como el Señor supremo que se acerca a nosotros; y nosotros, en respuesta, repetimos la hermosa oración de San Agustín: “Que te conozca, Señor, que me conozca”. Conocer a Dios y creer en Él es ya comenzar a alabarle.

3. Hoy es día de encuentro con Dios, con el Dios de Moisés, con el Dios que se ha encarnado en Jesús. Hoy es día de buscar sinceramente al Señor, y bien sabéis que le encontramos en la oración, en los sacramentos y en los más pobres y necesitados.

a. Os invito encarecidamente a que entabléis con Él una relación intensa y constante en la oración y, en la medida de vuestras posibilidades, que encontréis momentos propicios en vuestra jornada para permanecer exclusivamente en su compañía. Si no sabéis cómo rezar, pedid que sea Él mismo quien os lo enseñe. Un cristiano sin oración es como un canario sin voz, “como un cardo en la estepa”. “Ojala escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.

Es posible que alguno de vosotros tenga la misma experiencia de Santa Edith Stein que confesaba poco antes de sentir la llamada al Carmelo que “había perdido deliberadamente la costumbre de rezar” Pues hoy es día de recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios que nos ama y al que queremos amar. Dadle el derecho a hablaros. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra alma y acaricie con su gracia vuestro corazón. Este año, en el mes de junio, al ser el año sacerdotal, proclamado por el Papa Benedicto XVI, quiero consagrar la Diócesis al Corazón de Jesucristo. Sólo en el corazón de Dios podemos encontrar alivio y esperanza. Muchos jóvenes os han ofrecido unos mensajes de los Papas sobre este amor profundo a Cristo que pasa entre nosotros y sólo nos demuestra su amor. ¡En Ti confío, Señor!

b. Encuentro con Cristo en los sacramentos, muy especialmente en los de la Penitencia y la Eucaristía. Sé que hoy muchos de vosotros os habéis acercado al sacramento del Perdón con cualquiera de los muchos sacerdotes que han estado y están a vuestra disposición. Es la experiencia liberadora del amor misericordioso. Sentid el gozo del perdón. Ahora mismo estamos participando en esta solemne y juvenil Eucaristía. Preparaos bien para recibir al Señor en la Comunión, abridle el alma para que pueda asentarse con la misma firmeza que lo hizo en el corazón de Javier. Y amad mucho la Misa, donde nos alimentamos con la palabra de Dios y participamos a su mesa. Sed apóstoles de la Misa de los domingos que, gracias a Dios, se va recuperando; pero es preciso que todos los cristianos sintamos la necesidad de participar en la Misa dominical.

c. Nos encontramos con Jesús en los más pobres y necesitados; en los más indefensos como son los no nacidos y que están en el seno de la madre. El Papa nos urge en el mensaje de la cuaresma a vivir con exigencia la justicia. Y explica que justicia para un cristiano es mucho más que lo que afirmaba el viejo aforismo de derecho romano: “Dar a cada uno lo suyo”. Más bien es dar a cada uno lo que cada uno necesita. Moisés fue elegido para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, es decir, para cumplir con ellos la justicia que exigía dar la libertad a los que carecían de ella. Pero fue Dios el primero en escuchar el clamor de su pueblo. Dios siempre está atento al grito de los desdichados y, como respuesta, pide de nosotros justicia con el pobre, el forastero, el esclavo, el no nacido. Como Moisés tuvo que salir de su situación acomodada para hacer justicia con los oprimidos, también nosotros para entrar en la justicia necesitamos salir de la ilusión de la autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de toda injusticia. Si Dios obró en Moisés, antes de nada, una liberación del corazón, también en nosotros obrará el milagro del amor, que es el único camino de la libertad y de la justicia verdadera. Ante las leyes de muerte, como la que defiende el aborto, la mayor de las injusticias que se han podido legislar, nosotros hemos de exigir que se cumpla la justicia: el respeto a la vida en sus distintas etapas. La altanería de la prepotencia humana sólo lleva consigo caminos de destrucción e injusticia. Y por eso hoy hemos de pedir y rogar a Dios que nos lleve por los caminos de la justicia.

La Virgen oyó también la voz del Señor que la llamaba por su nombre: “Dios te salve, María”. Y respondió con prontitud y disponibilidad: “He aquí la esclava. Hágase en mi según tu palabra”. A ella nos acogemos para que nos enseñe a escuchar la voz del Señor y a responderle con generosidad.